MARIO CRESPO SOBRE ELSA MUSTELIER, VESTUARISTA

Este post se lo pedí a Mario Crespo porque desde hace algún tiempo esto tratando de cubrir en el blog lo que llamo el área de “los oficios invisibles en el cine”, que son esos que casi siempre los historiadores pasan por alto. Gracias, Mario, y deberías reunir todos esos recuerdos en un libro. De hecho tus posts sobre el asistente de dirección es uno de los que más consultan en el blog. Que yo recuerde, nadie había escrito hasta ahora sobre asunto. Un abrazo, y otra vez gracias por la complicidad.

 Juan Antonio García Borrero

 Elsa Mustelier, un homenaje compartido

 Por Mario Crespo

Una de las primeras cosas que hice cuando llegué al ICAIC, en el año 1975 fue ir a conocer los estudios de CUBANACÁN  al oeste de la Ciudad de La Habana  Unos estudios que prácticamente hoy no existen –el poder destructivo de la desidia puede ser mayor que el de un tsunami o una guerra- pero en aquel lejano año 1975, brillaba  aún de magia y leyenda, ante mis asombrados ojos de recién graduado de una carrera en la que me asomé al mundo del arte a través de pinacotecas y diapositivas. No había más.

Como ya los Estudios de Cubanacán son más leyenda que objeto palpable,  me voy a referir a su magia de entonces, aunque podría escribirse kilómetros sobre  sus estanques entre los edificios y sus jardines; sobre lo moderno y cómodo de sus camerinos y cuartos de maquillaje; de su enorme y funcional foro, con piscina, que no tenía que envidiar en la época a los de México o Argentina; de los almacenes de utilería y escenografía; de la magnífica colección de carros de época, el misterioso departamento de truca donde unos magos hacían mover una enorme mole de acero negro que llamaban “la Oxberry” como si de una gran señora se trataray desde la cual salían batallas de aviones, letras, truenos, lluvia, incendios, disolvencias, “fades” , todo tipo de transiciones, cámaras lentas, rápidas, sobreimposiciones de imágenes, de créditos, mates y contramates, cortinillas, acercamientos y alejamientos ópticos, reencuadres de imágenes, recomposiciones de encuadres (todo esto me lo recuerda uno de aquellos magos, de entonces, Jorge Pucheaux)… En fin, un pequeño estudio de Hollywood con todo o casi todo lo que la imaginación de un realizador pudiera necesitar.

Entre todo aquel mundo fantástico, contrastante con la realidad de la ciudad,  destacaba el departamento de vestuario con su largo galpón atestado de percheros y estantes donde se podía palpar visones y zorros auténticos, sedas de  las más puras, zapatos, vestidos y sombreros de Chanel, Balenciaga, Hubert de Givench o Balmain, todo cuidado con celo y pasión por Carmelina, la jefa y capataza de un ejército de mujeres todas formadas  en el molde implacable y estricto de la primera, pero todas con una sonrisa y pasión por el trabajo que inspiraban confianza a realizadores, directores de arte y diseñadores.

Destacaba entre todas, Elsa Mustelier, diosa africana, con voz de tiple y carcajada sonora como Oshun, que hacía dúo dinámico y respetado con Violeta Cooper; Elsa con anchas caderas, rostro ovalado, ojos almendrados y gigantes y por supuesto, dientes blancos y parejos con una separación leve entre sus incisivos,era una alegría para los ojos; Violeta alta y delgada, muy seca de carnes, muy negra de piel;  fuerte y ágil, con menos risa, pero con la misma bondad y talante tranquilo, completaba el dúo. Era una garantía y una gran tranquilidad tenerlas en el equipo de una película.  Miro atrás y no recuerdo haber trabajado con otras vestuaristas.

El vestuario es lo que aparece siempre en primer plano porque  forma parte de la imagen del  actor-personaje  y el que más los ayuda a desempeñar su papel. Detrás, están la escenografía, la ambientación y la utilería que les rodea, pero  si el actor no se siente a gusto con su vestuario, seguramente hará su papel con más dificultad.  No se trata sólo de lavar y planchar ropa y hacerlo bien, sin maltratarla y que siempre tenga el apresto que el tipo de vestuario exige y sea suave al contacto con la piel, así sea un traje de mendigo, con pátina y rasgado. Debe ser puesto sobre el cuerpo del actor por unas manos amorosas y confiables.  A una vestuarista se le exige  saber leer el desglose del guión y no equivocar el vestuario de una escena y para eso no había mejores manos que las de Violeta y Elsa. Las menciono a las dos, pues no las imagino a la una sin la otra. Recuerdo películas como Aquella larga noche ( Enrique Pineda Barnet), La Tierra y el Cielo (Manuel Octavio Gómez); Cecilia (Humberto Solás) que requirieron tanto vestuario de época, tan variado, tan difícil y me pregunto, cómo mantener la ropa de tantos actores y figurantes limpia, arreglada  y clasificada, cómo vestir a tantos, antes  y durante un rodaje.  Basta ver las películas y pensar en esto para asombrarse.

Hace unos días supimos de la partida de Elsa Mustelier. Se marchó, seguramente tranquila y risueña como está ahora en mi mente, pero nos dejó vestidos y arropados con su cálida mirada de ojos enormes, con su risa, con su inteligencia para el trabajo y para el trato. Cuando veamos cualquiera de las centenares de películas en las que aparece su nombre, sabremos que detrás de cada escenario estuvo ella con sus lentes a la punta  de la nariz, arreglando un descosido, planchado un encaje cuidadosamente y mimando al actor o a la actriz a la hora de colocarle su vestuario y alentándolo a salir confiado al set.  Se que muchos actores añorarán esa última caricia sobre el hombro, ese batir de vuelos unos segundos antes de salir al set que prodigaban las manos de esta mujer. Elsa, sé que a dónde has ido, también estarán contentos de tenerte allí.  Llénales los sentidos con tu risa. Se que no vas a permitir que ningún ángel salga desaliñado a escena.

Publicado el octubre 23, 2012 en OFICIOS DEL CINE. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Juan Antonio García Borrero

    Les debo una disculpa a los lectores habituales del blog, y en específico a la persona que fue ofendida en un comentario que acabo de borrar, y que inexplicablemente apareció publicado.

    Me he cansado de decir que ese tipo de ofensa no cabe aquí. Las personas tienen derecho a expresarse del modo que deseen, pero como rector de este blog que es absolutamente personal, y con vocación académica, no tolero ese lenguaje soez, y mucho menos cuando va dirigido a un individuo en específico (y no me importa la preferencia ideológica o sexual).

    Es una lástima que el resentimiento de algunos les impida percibir las características de determinados sitios, y no noten cómo pueden desentonar sus intervenciones. Sé que las bajas pasiones, el rencor, forma parte de la condición humana, pero hastiado precisamente de eso es que he mantenido este blog, con la aspiración de compartir con amigos que, por encima de las diferencias, ponemos por delante el amor al cine cubano.

    Ruego, pues, a quienes no se sientan parte de esa línea que no se molesten en comentar aquí, en tanto blogosfera para insultar de forma irresponsable e infantil es lo que sobra. Y reitero mi disculpa inicial.

    Juan Antonio García Borrero

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