REYNALDO LASTRE SOBRE LAS OPCIONES DE LA CRÍTICA

Las opciones de la crítica

Por Reynaldo Lastre Labrada

Adscribirse a determinada manera de construir una crítica es una aventura que en un alto por ciento de veces termina en fracaso. La crítica de cine debería reinventarse en cada película que se analiza. La eficacia de este ejercicio no podría determinarse tampoco a partir del uso o no de un buen instrumental teórico ni de un acertado estilo literario. En el caso del “buen uso” de la teoría, podría aventurar una opinión acerca de un par de ellas que en apariencia promueven determinados tipos de análisis con cierto grado de sagacidad. Sin embargo, muchos de estos análisis, como bien ya ha comentado Juan Antonio García Borrero, tienen su base en la teoría literaria, no advirtiendo el hecho de que se trata de dos manifestaciones artísticas (el cine y la literatura) que se articulan de manera distinta, en tanto sus elementos de base son prácticamente disjuntos.

Es cierto, como ha enunciado Paul de Man, que la resistencia a la teoría es una constante que se ha venido sistematizando desde los años sesenta del pasado siglo, sobre todo por el hecho de que la nueva crítica que aparece emparentada con esta teoría, viene permeada de cierta terminología importada desde la esfera de la lingüística que contribuye poderosamente a obscurecer la esencia de “lo que se dice”. Desde aquí, que tengamos que aclarar que me adscribo a la perspectiva de Paul de Man, en tanto que se debe explotar todas las potencialidades que la teoría brinda al análisis crítico, lo qué si habría que preguntarse hasta qué punto determinada teoría es funcional a un análisis de naturaleza fílmica, pues se corre el riesgo, lejos de profundizar en las arenas de cierta película, entremos en el terreno de la superficialidad y la palabra vacía, en el terreno de los significantes que carecen de significado.

Por otra parte, sería arriesgado hacer valer una crítica de cine por el solo hecho de constituir exquisita literatura. La crítica de cine, en todo caso, tendría que asumir, como toda buena literatura, un estilo refinado, pero de ahí a hacer depender la eficacia de la crítica del estilo propiamente hay un buen trecho. En ese sentido cabría traer a colación nuevamente a Kant, quien asumió, en su tercer período creativo, el ejercicio de la crítica. Kant desconfiaba del estilo rebuscado, cargado de adjetivos, para llevar a cabo un análisis. La prosa de este filósofo es sintética, bien concreta y definida a la hora de abordar los fenómenos. Es cierto que su estilo no podría emular al de un Hegel o un Schopenhauer, pero su poder analítico sí que no tiene parangón en la historia de las ideas. Luego, habría que desconfiar del estilo que se esparce como un bálsamo en la hoja, y hace al lector erizar la piel por el uso de este o aquel adjetivo, pero que calzan una crítica que resulta bien poco profunda y efectiva en su sentido intrínseco.

En otro sentido, me gustaría también comentar ese tipo de crítica que parte del ejercicio de interpretación del objeto, y de esa otra que termina acometiendo juicios de valor tajantes sobre el mismo. En cuanto a la interpretación, muchos prejuicios ha instalado Susan Sontag en el mundo académico, sobre todo cuando se le leen sus opiniones y diatribas de manera superficial. Ya otros, como los que se adscriben a las escuelas decontruccionistas, evadían la palabra “interpretación” a la hora de acometer un análisis, para terminar canonizando uno de los estilos que con más efervescencia se vale de este ejercicio. Es una falacia intentar salir de los márgenes de la interpretación. Sin embargo, hay que señalar que ciertos estilos hermenéuticos pueden llegar a provocar pavor en el lector, en tanto terminan creando más confusión en el lector de la que presumiblemente tenían antes de leer la crítica. De aquí que haya necesariamente que hablar, cuando de interpretación se quiera, de Ricoeur y de Gadamer, porque han constituido históricamente paradigmas de cómo hacer “buen uso” de la hermenéutica en sus escritos.

La crítica de cine tendría pues que replantearse o reconfigurarse sus propias herramientas. De nada vale hacer de dictador imponiendo juicios de valor, cuando lo importante es encontrar ciertas claves que me relacionen con el objeto analizado, que me hagan sentir cercanía o desconfianza de la obra en sí. Por eso sería interesante proponer hasta un nueva manera de entender la estética (que parte por lo general de las artes plásticas), ajustada al entorno cinematográfico, como lo intentó el propio Freud cuando desplazó la idea de la misma desde “lo bello” hacia “el estudio de las cualidades de la sensibilidad”, tratando de adaptar este estadio filosófico a sus presupuestos psicoanalíticos.

Luego, la crítica de cine tendría que partir de una nueva estética que se pueda articular no desde la escritura o desde la sociología, sino desde el par imagen-tiempo e imagen-movimiento, e incluso, en nuestro caso, tendría que tomar en cuenta las peculiaridades de nuestro cine, que a fuerza más descalabros que aciertos ya ha conformado un estilo que lo distingue de otras cinematografías. Para esto no es necesario, como hizo notar en su comentario el joven crítico Justo Planas, de cierta edad que remita a la “experiencia”. Tanto en el ejercicio de la crítica o el razonamiento atinado, como en la creación cinematográfica sobran ejemplos de admirada lozanía, desde Hume o Schelling (quien articuló todo su sistema filosófico antes de los veinte años) hasta Welles. No creo pues que los años sean sinónimo ni de ganancia en la energía lingüística ni en el poder cognitivo. No obstante, si cabe el señalamiento para el joven que pretende llamar la atención desde ciertas “catedrales de conocimiento” que al final resultan ser solo “catedrales de paja”, pues basta con soplar un poco para verlas esparcidas por el suelo. Por eso, creo que más allá de la crítica, habría que reflexionar en lo que implica hacer público nuestro razonamiento, ahora que se hace tan fácil con la red de redes. Digo esto porque pienso que bajo esta metamorfosis que ha venido a sufrir la crítica, muchas veces se hace gala de la ligereza más que de la agudeza, y se cae preso de ese afán de trascendencia que tanto afecta a nuestra época.

De aquí que me llame poderosamente la atención la cita que Juan Antonio García Borrero hiciera de Heidegger en un reciente post, ilustrando el valor del silencio por encima del juicio llano “que proyectan una aparente claridad” (Heidegger). Por eso, aún teniendo la posibilidad de exhibir cierto criterio, de construir con “elegancia” una crítica ante la impresión que me provoca una película recién estrenada, termino la mayoría de las veces plagiando a Bartleby, ese intransigente personaje de Melville, cuando repetía impasiblemente en ese mítico relato: “preferiría no hacerlo”.

Publicado el octubre 17, 2012 en POLÉMICAS, SOBRE LA CRITICA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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