IRREMEDIABLEMENTE JUNTOS (2012), de Jorge Luis Sánchez

¡Definitivamente irremediable!

Por: Antonio Enrique González Rojas

Ni el mismísimo Baz Luhrmann pretendiendo ser deliberadamente kitsch en su inefable Moulin Rouge! (2001) cuando hizo cantar a Nicole Kidman y Ewan McGregor “I Will Always Love You”, bien encaramados en una nubecita, consiguió un momento tan desastroso como la tenue línea de la reciente cinta cubana Irremediablemente juntos (Jorge Luis Sánchez, 2012), donde el protagónico masculino Alexander (Orián Suárez) le dice a su amada Liz (Ariadna Núñez) que le dedica el cielo con todas las estrellas…y todo sin que en ese mismo instante el realizador de El Benny (2006) se salve del fracaso más palmario develando el gran bromazo que pudiera ser su segunda cinta, lo cual reivindicaría tanta actuación encartonada de todo el elenco a despecho de las variadas experiencias histriónicas confluyentes, la ascendencia profesional o la generación; regulares interpretaciones musicales cuyo único objetivo parece ser entorpecer el transcurrir dramático de las acciones, y la fallida fotografía incapaz de aprehender con mínima dignidad las muy simples coreografías desplegadas en varios momentos.

El parlamento de marras, cursi in extremis, resume los múltiples despropósitos de un filme que desaprovechó el mérito innegable de ser probablemente uno de los pocos títulos criollos que tenga como tema central las relaciones amorosas interraciales y el racismo perviviente en Cuba, develando la primera de varias ironías solapadas: en una nación tan mestiza como la nuestra es poco común la mixtura en su gran pantalla de duetos amatorios con diferente cromatismo dérmico (Roble de olor, de Rigoberto López, 2003, es una de las excepciones) con todas las consecuencias sociales y familiares que esto aun puede traer, algo un tanto menos extremo en el audiovisual televisivo.

Otro sinsentido es que siendo la música médula sociocultural del país, el cine criollo del último medio siglo apenas cuente en su haber con escasos y casi siempre olvidables títulos eminentemente musicales (como el Patakín de 1982; con mayor dignidad para la segunda historia de la coral Tres veces Dos, de 2004 o el corto Trovador de Sebastián Miló, 2007; y la equívoca Y sin embargo…, de Rudy Mora, 2012), por lo cual reviste cierta valentía la primera incursión de Sánchez en este género tras una ópera prima que aunque de tema melódico (la biografía de Benny Moré) y con interpretaciones completas de números, no clasifica definitivamente como “musical”, pues la música no funciona como definitorio recurso narrativo ni deviene código comunicativo básico en la “realidad” vivida por los personajes.

El desmañado resultado final hace mermar los elogios hasta el silencio casi absoluto, dada la supina inexperticia delatada por todo el colectivo de realización, deslucido su obrar fotográfico, coreográfico y la dirección de arte en general, incluso ante la experiencia ganada en la abundante producción de video clips donde sus cultores (varios de ellos cineastas) recurren con frecuencia a la danza y se sabe articular la dramaturgia con el tema defendido, más allá de la mera graficación o la explicitez ingenua.

Sánchez y compañía se revelan desnudos de precedentes nacionales sólidos en cuestiones de cine musical, no es su culpa, pero igualmente incurren en el desconocimiento de pautas básicas sentadas, expandidas, redimensionadas y violadas para bien, en la inmensa tradición mundial del cine musical y danzario, desde los fundacionales El cantante de jazz (Alan Crosland, 1927) y La melodía de Broadway (Harry Beaumont ,1929), los icónicos El mago de Oz (Victor Fleming, 1939) y Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen & Gene Kelly, 1952), hasta las mayores bizarrías de Los paraguas de Cherburgo (Jaques Demy, 1964), Pink Floyd The Wall (Alan Parker, 1982), el mencionado Moulin Rouge!, Dancer in The Dark (Lars von Trier, 2000) y A través del Universo (Julie Taymor, 2007), pasando por mil y un ejemplos más. Fundar conlleva siempre el riesgo de errar, pero se ennoblece por la responsabilidad creativa desplegada.

Lamentable es además cómo cintas que buscan escudriñar llagas ocultas de la sociedad cubana contemporánea, como puede ser la propia Verde Verde (Enrique Pineda-Barnet, 2011) y la más salvable Chamaco (Juan Carlos Cremata, 2011) para el caso de la persistente homofobia y la autorrepresión sexual; Boleto al Paraíso (Gerardo Chijona, 2011) para las capas sociales obliteradas como los freakies y el fenómeno del VIH/SIDA; o Los Dioses Rotos (Ernesto Daranas, 2009) para el tema de la prostitución y el proxenetismo; escoren irremediablemente hacia el raquitismo artístico y el panfletarismo llano con el que comulga la propuesta de Sánchez, dedicada al racismo, basada en el libreto teatral Pogolotti-Miramar, de Alexis Vázquez, naufragando a medio camino entre Adivina quién viene a cenar (Stanley Kramer, 1967) y West Side Story (Robert Wise & Jerome Robbins).

Centrada las acciones en la axial y barbilinda parejita de Liz-ella es blanca y Alexander- él es negro ¡qué bonitos son los dos!, resulta que la cubanita conductora del programa Fuera de rosca y nuevo prospecto a ubicuo sex symbol nacional, hasta desafía en belleza a la Julia Stiles de la romántica Salva el último baile (Thomas Carter, 2001) y él en compostura al respectivo partenaire Sean Patrick Thomas, para hablar de una cinta menos contundente que las clásicas mencionadas y más apegada al tonito melodramático de Irremediablemente…, aunque apele a cuestiones danzarias, pero igualmente discursa sobre el amor interracial de componente social. Pues el negro siempre es el pobre y la blanca es la ricachona que renuncia a las comodidades en un rapto de amor verdadero, si bien una comedia como Adivina quién (Kevin Rodney Sullivan, 2005) invierte por una vez los roles.

Irremediablemente juntos es un paso más del cine nacional en un sendero inverso del cual no parece desviarse mucho, carente de autores realmente sólidos y consolidados, mucho menos poéticas maduras sobre las que saltar hasta las estrellas, a la saga de cinematografías nacionales como la iraní, la china, la tailandesa, la serbia, la danesa, la uruguaya, que descuellan en el ámbito mundial bien por los logros de realizadores específicos, movimientos o fenómenos, a pesar de carencias monetarias, dificultades de distribución, promoción y otros obstáculos muy reales pero que también resultan oportunas justificaciones para la mediocridad y el desaliño. Cinta triste por sus grandes fallos de factura, técnica y concepto, revoca toda nobleza sociocultural pretendida (?), difuminándose cualquier Norte a seguir por esta barca sin remos, atrapada en un torbellino creado por su propia errática deriva.

Publicado el septiembre 6, 2012 en PELICULAS DEL ICAIC. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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