CAMIONERO (2012), de Sebastián Miló

Estoy recordando mi primer día en la Vocacional“Máximo Gómez”, de Camagüey (año 1976). Han pasado más de tres décadas y solo alcanzo a percibir el recuerdo difuso de una multitud de uniformes azules que lo inundaba todo.

Era la primera vez que me separaba de mi madre, y aún no había cumplido los doce años. El hijo único dejaba el seno sobre protector de su progenitora, para enfrentarse a un mundo absolutamente nuevo, en el cual debería aprender a lidiar con esos “otros” que jamás había visto con anterioridad. Para algunos (y así debieron señalárselo a ella en algún momento), aquello era un exceso: ya no solo sacaban a relucir lo que siempre ha sido mi frágil constitución física, sino las secuelas que desde el punto de vista sicológico podía acarrear la separación a nuestro estable orden familiar.

Todo esto viene de súbito a mi mente después de ver el impactante cortometraje Camionero (2012), de Sebastián Miló. La película me ha dejado en shock, porque el retrato que ofrece de eso que hasta ahora conocíamos de un modo más bien amable como “la beca”, resulta cualquier cosa, menos complaciente.

Al principio de la historia podemos encontrar a modo de exergo lo siguiente: “Durante la década de 1970 comenzó en Cuba un régimen de enseñanza interna en el que los alumnos debían compartir sus jornadas entre el estudio y el trabajo agrícola”. A mi juicio este texto, lejos de informar, encubre el sentido más inquietante de su propuesta. O lo que es peor, corre el riesgo de empobrecer de modo involuntario el alcance de lo que en realidad está examinando el corto.

Porque Camionero, si bien ubica la trama en un momento puntual de nuestra historia nacional (la Cuba de los años 70), en realidad se está refiriendo a un fenómeno absolutamente contemporáneo: el bullying escolar. Ese es el primer gran acierto de este cortometraje que trascenderá no por lo que denuncia del pasado reciente, sino por las abundantes inquietudes que sabe insertar alrededor de esos momentos inevitables en que los humanos se aglomeran (o son aglomerados) por las razones que sean. Tal vez no estemos conscientes de ello, pero Camionero pasará a la historia del audiovisual cubano como el primer filme que se enfrentó a este asunto del abuso escolar de manera frontal y sin eufemismos.

Y si afirmo que se trata de un asunto absolutamente contemporáneo es porque hoy el abuso puede ocurrir en una beca, mañana en una corporación donde todos usan smoking, y pasado mañana, en las situaciones más límites, una cárcel (llegado a este punto siempre recomiendo leer una de mis novelas favoritas: “Hombres sin mujer”, de Carlos Montenegro). En todos estos espacios se pone de manifiesto lo mismo: el individuo que “cada cual es en cada instante” lidiando con esos extraños que conforman al mismo tiempo ese mundo que a diario se construye y reconstruye, y del cual formamos parte mientras estemos vivos. Pues detrás de esa realidad aparentemente armónica que a diario percibimos (todo está en calma, y, sin embargo, “este mundo, tal como lo vemos, está sucediendo”, diría Pablo de Tarso), siempre estará la sorda hostilidad enmascarada con las más sofisticadas normas sociales.

Mi anterior observación, aún cuando despida ese hálito existencialista que incomoda a algunos porque no habla de la vida como algo solidario o lírico por naturaleza, sino en todo caso conflictivo (todo el tiempo conflictivo), en modo alguno se deshace del recuerdo casi eglógico que conservo de mis seis años en la Vocacional MáximoGómez. Mis recuerdos de entonces parecieran estar encadenados sin remedio a ese enfoque bucólico donde reaparecen una y otra vez los amigos que por primera vez me quisieron y protegieron con sus afectos, o la novia que nunca se enteró que fue mi novia, pero que a ratos sigue rondando las fantasías más privadas (como si el tiempo detenido fuese el real), o los profesores que terminaron siendo no solo mis camaradas, sino otra suerte de padres que supieron iluminar con sus consejos (más allá de las aulas, más allá de lo estrictamente académico) el camino que debía seguir. Pero una cosa es defender la autenticidad de eso que se recuerda (pura y legítima subjetividad), y otra creer que la dimensión de nuestro recuerdo puede convertirse en la medida de las cosas: que en nuestro recuerdo cabe todo lo que ha existido.

Lo que me impacta de Camionero es que se esfuerza en eludir ese afán mesiánico que no pocas veces domina nuestros discursos, nuestras maneras de comunicarnos con “los otros” (esos discursos que desde la cumbre espiritual que creemos encarnar, nos hace pensar que deberíamos ser una obligación para el prójimo). Interpretar Camionero desde lo lo que nuestra experiencia única percibe y dicta, por supuesto que es legítimo. Y de hecho será lo que con más regularidad se haga. Pero Camionero no es una foto de familia. Quiero decir, no es algo que puede reducirse a lo que nuestra experiencia sensible ha alcanzado a conocer.

Camionero es cine del bueno, de ese que nos sumerge en los abismos de la condición humana, y nos proyecta hasta nuestros propios límites individuales, única manera de reconocer el sentido recóndito del efímero tránsito por este mundo. Pero es excelente no solo porque se ocupe del individuo y la angustia que supone vivir, sino porque en términos narrativos es impecable, y visualmente deviene un ejercicio inmejorable de aciertos sustentados por lo mejor de la tradición cinematográfica.

Sebastián Miló se muestra convincente a la hora de construir la creciente tensión del filme. Asombra la destreza con que va combinando los momentos en apariencia ociosos con la violencia explícita. Desde luego, nada de eso hubiese sido posible si Miló no hubiese contado con un equipo de realización tremendamente inspirado. El trabajo fotográfico de Luis Najmías Jr., la dirección de arte, el diseño de la banda sonora, la edición que no permite que el relato caiga en tiempos muertos, las actuaciones donde se sortea de modo magistral lo caricaturesco (un riesgo que este tipo de película tiende a fomentar), contribuyeron a ese saldo tan positivo que ahora estamos apreciando.

Juan Antonio García Borrero   

 

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Crítica de Antonio Enrique González Rojas

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Publicado el julio 5, 2012 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA, CORTOMETRAJES CUBANOS. Añade a favoritos el enlace permanente. 5 comentarios.

  1. Antonio Enrique González Rojas

    Juany, me alegra mucho coincidir contigo en la calidad de Camionero, como lo evidencia mi crítica publicada por tí. Pero tras esta primer escritura, he seguido rumiando el corto, y más cuando lo he presentado en espacios de la AHS de acá, y una hipótesis se ha colado en mi mente acerca de los dos personajes protagónicos, concebidos sutilmente como dos aristas del mismo caracter, a lo Fight Club de Finsher. Fíjate que los encuentros de ambos son esporádicos y en soledad, además, uno solo es el que narra y como que la historia son dos niveles de realidad, uno ficticio y otro “real”, a la preferencia del receptor. Nada, elucubraciones mías. Si las crees plausibles, quisiera conocer tu opinión.

    Un abrazo

    Tony

  2. Pues la verdad es que yo también me he quedado con deseos de revisar la historia desde otros ángulos. En realidad, la primera lectura (esa que la anécdota más visible, por ser tan fuerte, monopoliza toda la atención) en verdad no cierra nuevas interpretaciones. Por eso insisto en que este corto es bueno, no tanto por lo que retrata de modo puntual, como por lo que sugiere acerca de la violencia como componente de la cotidianidad, más allá de las normas civilizadoras. Creo que si trascendiera sería por la sutileza del planteamiento, más que por la crudeza de lo que retrata. Un abrazo, Juany

  3. No conocía esta pequeña gran obra maestra de Sebastián Miló. Tambien viví y me eduqué en esa época en Cuba. Y este documento cinematográfico estremecedor e impactante, desata en mi memoria y en mi corazón los recuerdos más electrizantes pero tambien los de mayor ternura de esa etapa de mi vida y de mis años de secundaria, y de preuniversitario. Me sitúa, claro está, en La Habana de los 70’s y en todo el ambiente nacional de entonces, Rememoro acontecimientos personales, familires, escolares, grupales, barriales y de todo tipo. Los cuestionamientos de entonces vuelven a cobrar vigencia, y tambien escapan del estrecho margen de la crítica de aquellos días para tomar dimensiones universales y hacer sonar con mayor ímpetu las alarmas contra la intolerancia y el machismo cavernario que subsiste ennuestros días. Camionero, además de lo dicho, es un documento hermoso y triste, bello en su factura y en su concepción artística. Por eso, ya lo he publicado, mi agradecimientoy mi reconocimiento a Sebastián Miló. ¡Cuánto se puede decir e impresionar, y hacer reflexionar en escasos 25 minutos!

  4. Tuve la oportunidad de ver el corto y es un filme magnífico, yo carezco de conocimientos artísticos; pero me pareció una historia magnifica que retrata muchas realidades de nuestro comportamiento social en ocasiones como cómplices silenciosos…….Un saludos desde la eterna primavera de Guatemala……..Un saludo para mis amigos los Cubanos…..

  1. Pingback: Penúltimos Días

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