Y, SIN EMBARGO … (2012), de Rudy Mora

Y sin embargo…el cine cubano parece moverse

Por: Antonio Enrique González Rojas

De a poco, la compañía teatral La Colmenita, consolida una suerte de
monopolio sobre el cine cubano protagonizado por niños, ya con tres
cintas apuntadas a su nombre, que a la vez expanden la raquítica (casi
nula) lista fílmica nacional dedicada al público infanto-juvenil: Viva
Cuba
(Juan Carlos Cremata, 2005), Habanastation (Ian Padrón, 2011), Y,
sin embargo…
(Rudy Mora, 2012), pues dichas obras buscan
indistintamente, desde códigos, registros y estéticas afines a los
espectadores de menor edad, cartografiar aristas psicosociales del
niño cubano contemporáneo, enmarcado en un contexto socio-parental
donde abunda más la acritud que la dulzura, con padres que pugnan como
la virulencia de Montescos y Capuletos; en las manifiestas diferencias
de clase en la Cuba de ahora; y las continuas negaciones del derecho a
fantasear, soñar, asumir creativamente el mundo circundante, donde un
sombrero tiene el derecho de ser una boa en paquidérmica digestión.

La más reciente de las cintas mencionadas, destaca además por
significar el debut de Rudy Mora en el universo fílmico cubano, de
cierta manera “oficial”, ya que la obra televisiva del realizador,
integrada por series como La Otra Cara, Doble Juego, y Diana, además
de disímiles videos clip (de cuyo movimiento en Cuba es uno de los
pioneros), delata un claro sesgo cinematográfico, donde se imbrican
orgánicamente numerosos referentes del Séptimo Arte, desde Hitchcock
hasta Dogma ´95, dinamizados por las habilidades narrativas, de
dirección actoral y artística, fotográficas, sentido del ritmo,
precisa puesta en escena y habilidad en el montaje, de que Mora ha
hecho gala.

Mas la propuesta de marras difiere un tanto del sendero
estético-conceptual remontado hasta ahora por el creador, de
consecuente sino realista, sociológico y hasta cierto punto intimista.
Parte esta vez de la preconcepción teatral de Cremata para el
espectáculo homónimo presentado por La Colmenita, sobre un texto
original del escritor ruso Alexander Jmélick. Esto se nota, quizás
demasiado, hasta el punto de suscitarse cierto antagonismo entre las
posturas del director teatral y el director audiovisual, redundante el
resultado final en desfaces estéticos e interpretativos, delatores de
los pespuntes en esta mixtura de percepciones tan divergentes, como
pueden ser la explicitez fabulesca, aleccionadora, lúdica, de
artificiosa ampulosidad histriónica, y la semiosis compleja, plural,
pletórica de irónicos guiños a transcurrires álgidos de la
contemporaneidad cubana, más aún, a la naturaleza medular del homo
sapiens, hasta el punto de desdibujarse las intenciones de la cinta
respecto a los potenciales públicos: ¿es realmente Y, sin embargo… una
pieza para niños, o una embozada y cáustica metáfora del Absolutismo y
la resistencia a éste, desde el parapeto mental? Parece que al final
Mora decidió militar en la misma sardónica facción de Swift (“Los
Viajes de Gulliver”) y Carroll (“Alicia en el País de las Maravillas” y “A
través del Espejo”).

Para redimensionar la propuesta crematiana y validar su dignidad
autoral, Mora explota referentes hasta ahora no revelados en su
quehacer, como el Jean-Pierre Jeunet de Delicatessen (1991), La ciudad
de los niños perdidos
(1995) y Micmacs à tire-larigot (2009), director
francés referido en los últimos tiempos hasta por el propio Martin
Scorsese, con su sorpresivo Hugo (2011), y áreas específicas de la
obra de Tim Burton (Big Fish, 2003), Gary Ross (Pleasantville, 1998) y
Julie Taymor (Titus, 1999), esta última en cuanto a la conciliación
orgánica de códigos teatrales y fílmicos. Concibe así un cosmos
propio, extrainsular, neutro (¿?), cual Macondo o Comala personales,
al estilo del metafórico pueblo de La Fe, de Juan Carlos Tabío (El
Elefante y la Bicicleta
, 1994) o el más enrarecido contexto concebido
por Arturo Sotto para Pon tu pensamiento en mí (1995).

Poblado está el villorrio por peculiares y deliciosas
personificaciones de la Otredad y el Margen, como la Viuda Amargada
que encarna Eslinda Núñez, el cegato Ilustre de Osvaldo Doimeadiós, el
inefable orate Matusalén, prefigurado por Manuel Porto, o la
repartidora de piedras a domicilio, interpretada por la desaparecida
Adria Santana.  Precisamente en la recreación de los espacios y la
concepción de estos valiosos personajes secundarios, de fuerte carga
simbólica jeunesiana, se advierte el mayor despliegue creativo de Rudy
Mora, libre quizás de esquemas preestablecidos por el original
escénico, y los signos estéticos de la compañía, la cual es por
primera vez realmente protagónica de una cinta, ya que en Viva Cuba y
Habanastation funciona más bien como generadora de talento, totalmente
a disposición del realizador. Representa entonces Y, sin embargo… la
definitiva legitimación fílmica de la agrupación.

En este espacio imaginario, arquetípico de cualquier aldea, repleta
de aldeanos vanidosamente concentrados en su ombligo, se enfrentan la
libertad de pensamiento y la censura rígida; la inevitable dialéctica
de la existencia y intransigencia típica del ser humano, al temer sea
su cosmovisión superada, o al menos emulada por preceptivas igualmente
válidas.

La escuela, núcleo más complejo que el apenas abocetado villorrio,
sin conseguir una identidad más clara, es (inusualmente para Cuba)
redimensionada como aparato y cubil del poder enquistado. Busca la
institución el rígido adoctrinamiento del autómata, no la conformación
del ser pensante ergo independiente, capaz de reestructurar la
realidad a otras imágenes y semejanzas, no precisamente las
aprobadas/recomendadas por el mando.

Al igual que los partisanos del Gran Hermano en la distópica novela
”1984”,  o la Enfermera Ratched de “Alguien voló sobre el nido del Cucu”,
se busca desvalorizar y quebrar la más mínima señal de creatividad en
el fabulador Lapatún (Olo Tamayo), por distorsionar y desafiar el
esquema preestablecido por el régimen escolar para la bisoña
generación. No es gratuito el parecido que la Directora de la escuela
(Larisa Vega), guarda con la enfermera encarnada por Louise Fletcher
en la versión cinematográfica del libro de Kesey (Atrapado sin salida, Milos Forman, 1975).

Es sometido a la autohumillación para terminar con todo resto de
confianza en (y conciencia de) uno mismo, proceder lejanamente
concomitante con las autocríticas de los tronados en la estigmatizada
Alicia en el Pueblo de Maravillas (Daniel Díaz Torres, 1990). Al
infractor irredento le aguarda, de lo contrario, el ostracismo social
dela Viuda, el Ilustre que ya no sueña, y Matusalén.

A pesar de todos estos signos de expresiva contundencia, la cinta
obedece aún demasiado a la obra teatral, en tanto los niños explicitan
hacia el clímax lo ampliamente sugerido con efectivos recursos
argumentales y simbólicos: cuestionan innecesariamente, con todas las
letras, la negativa a soñar y a crear, impuesta por sus maestros. El
didactismo sabotea el arte, sugerente por excelencia. Quizás con esto
se busque ampliar el rango potencial de la audiencia, so pena de
articular una definitiva cinta para adultos.

Ante dicho enjundioso sustrato conceptual, poco parece aportar
narrativamente la inserción de temas de Silvio Rodríguez, previstos
quizás como uno de los atractivos principales de Y, sin embargo…
Aunque le otorgue un peculiar lustre a la cinta, por momentos la banda
sonora entorpece la trama, cual equívoco recurso de extrañamiento,
práctica ya manejada por Mora en series como Diana, de claro sino
Dogma’95.

Entre la necesidad autoral y la fidelidad al molde, volatina la
opera prima de Rudy Mora, sin dejar de ser una obra necesaria en la
reperfilación que experimenta  el cine cubano del siglo XXI, desde la
indagación en estéticas y géneros normalmente ajenos al mainstream, y
desde la ruptura con moldes tan anquilosados como la escolástica
escuela de Lapatún, donde se prohíbe ver platillos voladores y
contactar sus tripulantes humanoides, so pena de excomunión.

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Publicado el abril 17, 2012 en GUIA CRITICA DEL CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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