Archivos Mensuales: abril 2012

UNA PAUSA

Debido a las dificultades que estoy teniendo para conectarme, he decidido tomarme una tregua. De cualquier forma, las 1052 entradas que hay en el sitio pueden seguir ofreciendo oportunidades para el debate, que al fina, es lo que importa.

JAGB

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ANTI-HÉROES

Kant afirmaba que los grandes hombres sólo brillan en la distancia, como las estrellas. En lo personal, creo más en las grandes metas que se imponen los individuos que en los grandes hombres. Al menos, no me interesa pensar en estos últimos tal como me lo pretenden vender aquellos para quienes la suerte bélica suele ser la única medida de las cosas (los perdedores, los débiles, los que viven en constante tensión debido a sus propias contradicciones y angustias, por supuesto, jamás figurarán en el inventario de lo heroico).

Por eso sí creo en las grandes metas que se puede imponer uno como ser humano (Martí para mí es un paradigma óptimo en ese sentido, como también lo son Virgilio Piñera o José Lezama Lima). Son las metas asumidas por el individuo (aunque no se consiga llegar a ellas) las que sirven de podio a quienes han sobresalido a lo largo de la Historia. Podios engañosos que nos causan la impresión de que esos héroes nunca fueron seres humanos, seres imperfectos, seres que se equivocaron o hicieron daño (a veces por omisión) a terceros.

He estado pensando en esto a propósito de las preguntas que me hace un joven estudiante en torno a la representación del anti-héroe en el cine cubano. Tema arduo de pensarse toda vez que ha sido más bien la glorificación de los héroes nuestra constante. A excepción de películas como Memorias del subdesarrollo, Papeles secundarios,  Alicia en el Pueblo de las Maravillas, Adorables mentiras, María Antonia, o Suite Habana, por mencionar algunas de las pocas, nuestro cine se ha dedicado a encumbrar lo que debería ser el Hombre Nuevo, el hombre libre de pecados y “vicios”. Un anti-héroe en el protagónico del cine cubano es sencillamente una quimera.

Recuerdo que hace algún tiempo publiqué en este mismo blog las polémicas reflexiones de Zavattini sobre este asunto de los héroes. Las reproduzco porque me siguen pareciendo igual de provocadoras y lúcidas:

Todos somos personajes. Los héroes crean complejos de inferioridad en los espectadores. Ha llegado la hora de decir a los espectadores que son ellos los verdaderos protagonistas de la vida. El resultado será una llamada constante a la responsabilidad y a la dignidad de cada ser humano”.

La convocatoria anti-heroica de Zavattini está en la base del neorrealismo italiano, que más que un movimiento estético fue un programa moral. El cine del ICAIC (que ha sido la producción audiovisual hegemónica) se inspiró en ese credo, pero la tendencia en Cuba en ese instante se inclinaba a la exaltación épica.

De allí que la representación del cubano como un personaje complejo, no haya sido nuestro fuerte en el cine. No es que los conflictos no estuviesen presentes en la pantalla, pero casi siempre han estado en función de describir la supuesta superioridad de una moral colectiva, de una ideología en teoría humanista. El individuo, con todas sus agonías, desaparecía en medio de tantas pretensiones mesiánicas. El temblor, la angustia que experimentamos en la existencia cotidiana, bajo el peso de la dictadura de un sentido común que no ha contado con nuestro voto, apenas se ha tomado en cuenta.    

En lo personal, admiro a los héroes (esos sujetos que se han propuesto en sus vidas metas extraordinarias), pero admito que los anti-héroes me brindan un mapa más confiable de lo que es mi vulnerable vida cotidiana. En ellos logro identificar una parte del ser más privado y frágil que habita en mí.

Creo que la verdadera autenticidad comienza cuando uno consigue reconocerse de modo integral: como la suma total de sus contadas virtudes y sus infinitas miserias.

Juan Antonio García Borrero

“DOCUMENTAL”, UNA PUBLICACIÓN DEL PRIMER ICAIC (2)

“Documental” no fue una publicación inocente. Tampoco un folleto meramente informativo. Quienes lo hacían tenían claro que, más allá de las discusiones estéticas, lo que estaba en juego era la legitimación de un modo de representar la realidad revolucionaria, que al final significaba poder. O autoridad excluyente en el caótico campo cultural de entonces.

Los cineastas agrupados en el ICAIC conformaban uno de los tantos grupos que entonces pugnaban por imponer su hegemonía. Hacia 1961, estos cineastas contaban con los recursos más poderosos, pero eso aún no garantizaba el liderazgo público, toda vez que todavía estaban por verse los resultados de la gestión. Fuera del ICAIC eran más o menos visibles los agrupados en Lunes de Revolución, o los partidarios de la política cultural propugnada a través del Consejo Nacional de Cultura (creado el 4 de enero de ese año, con la presidencia de Vicentina Antuña y vicepresidencia de Edith García Buchaca). Pero hay que evitar la tentación de imaginar que todo estaba perfectamente delimitado; eso sólo son ilusiones ópticas que consiguen consolidarse a largo plazo como parte de la economía del juicio común de los historiadores: en la vida real, todo estaba mezclado, y en constante movimiento. Lee el resto de esta entrada

“DOCUMENTAL”, UNA PUBLICACIÓN DEL PRIMER ICAIC

Aunque la llamada “escuela documental del ICAIC” ha recibido una amplia atención por parte de críticos e historiadores, hasta donde tengo entendido se ha estudiado poco la formación de las ideas que inspiraron al movimiento.

Por lo general, el estudioso ha preferido ir al texto fílmico ya acabado, desplegando estrategias interpretativas que casi siempre hablan de lo estético, en franco olvido del contexto que originó el producto, o de los dispositivos técnicos que condicionaron el modo en que se filmó o dejó de filmar. En este tipo de lectura se privilegia el análisis de los efectos que provoca ver el filme, por encima de la indagación en las interioridades del filme mismo, y las circunstancias que hicieron posible su existencia.

La tendencia de la mente humana a percibir el mundo como algo que ya está dado ante los ojos, simplificando así la descripción de lo que sería una red compleja de eventos y relaciones sumergidas (todo el tiempo en construcción), muchas veces nos ha dejado con la impresión de que ese corpus documental alcanzó relevancia desde un principio. Y peor aún: la impresión de que los cineastas agrupados en el ICAIC jamás discutieron entre sí el proceso creativo, toda vez que parecían guiados porla Providencia, o por un ente superior a lo humano, el cual les permitía ganar el reconocimiento público aún sin contar con una tradición creativa.

El primer número del folleto “Documental”, publicado en marzo de 1961 con el fin de ser distribuido “entre el personal del Departamento de Cortometraje del ICAIC”, puede ayudarnos a desmitificar ese lugar común. Ya en su primera página podía leerse: Lee el resto de esta entrada

LA FOTO

Han pasado muchísimos años desde que fue tomada esa instantánea. Hablo del durísimo 1994, cuando Titón estuvo por Camagüey en pleno “período especial” con el fin de rodar algunas secuencias que jamás figurarían en Guantanamera. Creo que fue la segunda vez que anduvo por allí buscando locaciones para una de sus películas, pues antes, en los sesenta, el periódico de la ciudad anunció su presencia, a propósito del inminente rodaje de Cumbite, y el interés del cineasta por aprovechar los asentamientos de haitianos.

Mirando aquella foto tuve la impresión de que, no obstante el tiempo transcurrido, nada había cambiado. Allí estoy yo con Titón, igual de flaco, tal vez aceptando con resignación que lo mío no son las libras, sino los libros. Allí está de fondo una ciudad donde la arquitectura colonial pareciera condenarnos a vivir por siempre en una pecera de aguas viscosas, recicladas desde hace cinco siglos, que es la edad que le impusieron los españoles cuando la conquistaron y exterminaron a sus aborígenes, y la llamaron Santa María del Puerto del Príncipe. Todo parece igual que antes, como congelado en el tiempo, y sin embargo, uno sabe que nada de aquello siguió siendo lo mismo. Bergson mediante ya sabemos que una foto “no es más que una instantánea tomada sobre una transición”.

Es de ese fluir silencioso, inocente en su devenir devastador, que me gustaría ocuparme en la biografía que escribo. Lo cual me permitiría retomar, como si no hubiese existido transición alguna, las mismas preguntas que acosaban a Titón, y que en definitiva cada individuo puede hacerse de modo independiente: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿qué se ha hecho de nuestros sueños?

Algo raro sucedió con aquella foto porque de repente la imagen terminó intrigándome, como si de pronto observara a dos extraños que hasta ayer me fueron familiares, pero que nunca alcancé a conocer bien. Y de pronto sentí que no era yo quien espiaba aquel retrato, sino que un tercero (tal vez el Sergio de Memorias del subdesarrollo con el mismo telescopio que utiliza en la película) fiscalizaba cada uno de nuestros movimientos. Peor aún: nuestros pensamientos más íntimos. Y me vino a la mente Lezama con aquella enigmática confidencia: “Es como si al avanzar por el aire que cubre la tierra, mirásemos hacia atrás y al encontrarnos con su mirada se nos diese ya el fragmento que nos falta para llegar a donde se comienza”.

Entonces surgió la idea de éste relato biográfico donde asumo este imprevisto rol de detective de esas emociones intocables que terminan por configurar las arquitecturas de las épocas (en esta oportunidad, mi época); el rol de alguien empeñado en rastrear las huellas secretas de ese fluir (sigiloso, devastador, e indiferente) de los acontecimientos que nos sacuden sin nosotros notarlo, en este caso tomando como punto de partida a Gutiérrez Alea, y ese grupo de amigos al cual pertenecía, dividido de modo brusco porla Revoluciónde 1959.

Juan Antonio García Borrero

 

Y, SIN EMBARGO … (2012), de Rudy Mora

Y sin embargo…el cine cubano parece moverse

Por: Antonio Enrique González Rojas

De a poco, la compañía teatral La Colmenita, consolida una suerte de
monopolio sobre el cine cubano protagonizado por niños, ya con tres
cintas apuntadas a su nombre, que a la vez expanden la raquítica (casi
nula) lista fílmica nacional dedicada al público infanto-juvenil: Viva
Cuba
(Juan Carlos Cremata, 2005), Habanastation (Ian Padrón, 2011), Y,
sin embargo…
(Rudy Mora, 2012), pues dichas obras buscan
indistintamente, desde códigos, registros y estéticas afines a los
espectadores de menor edad, cartografiar aristas psicosociales del
niño cubano contemporáneo, enmarcado en un contexto socio-parental
donde abunda más la acritud que la dulzura, con padres que pugnan como
la virulencia de Montescos y Capuletos; en las manifiestas diferencias
de clase en la Cuba de ahora; y las continuas negaciones del derecho a
fantasear, soñar, asumir creativamente el mundo circundante, donde un
sombrero tiene el derecho de ser una boa en paquidérmica digestión. Lee el resto de esta entrada

FESTIVAL INTERNACIONAL DEL CINE POBRE EN GIBARA

Festival Internacional del Cine Pobre, entre los días 17 y 22 de abril

El Festival Internacional del Cine Pobre, evento que llega a su 10ma edición, tendrá lugar del 17 al 22 de abril de 2012 en Gibara, Holguín. Hasta el cierre de la convocatoria, se recibieron cerca de 800 materiales; de los cuales 113 quedaron en competencia. En esta edición prima el género ficción, con 38 obras; mientras que los documentales suman 31. Además, compiten once guiones, cuatro maquetas, treinta obras experimentales realizadas en video, y ocho actores nominados al Premio Adria Santana. Lee el resto de esta entrada

PREMIOS DE LA 11na. MUESTRA JOVEN ICAIC

Premios del Concurso Jóvenes Realizadores

Mejor Ficción

Camionero / Sebastián Miló

Mejor Documental

De agua dulce / Damián Saínz

Mención Documental

Ausencia / Armando Capó

Mención Documental

Pero la noche / Gretel Marín

Mejor Animación

Uvero / Arian Enrique Pernas

Mejor Música Original

Camionero / Yoan Yabor

Premio al riesgo y búsqueda artística

La Piscina/ Carlos M. Quintela Lee el resto de esta entrada

TRENES EN LA NOCHE (2011), de Luciano Castillo

Leyendo el prólogo escrito por Luciano Castillo para su libro Trenes en la noche, no he podido evitar desplazarme en el tiempo. Como si de un viaje vertiginoso se tratara. Ha sido un viaje a la inversa que me ha llevado a los ya lejanos días en que estudié en la Escuela Vocacional “Máximo Gómez Báez”, de Camagüey (1976-1981).

Uno necesita mucha distancia para poder descubrir cuáles han sido, en verdad, los eventos que marcan de un modo concluyente el sentido de nuestras vidas, y nos llevan a defender una vocación con las garras (aunque fracasemos). Es imposible que podamos apreciar eso en la primera juventud, aún cuando se tenga un vago recuerdo de que, desde niño, se quería ser médico o abogado.

Yo ingresé a la Vocacional sin tener claro qué es lo que quería ser en la vida. Mi madre me había inculcado el amor a la lectura desde bien temprano, al igual que mi abuelo (que era músico y trabajaba en una tabaquería). El cine también me interesaba, pero al faltarme alguien que me guiara en ese laberinto de imágenes y sonidos, mi actitud hacia el mismo no se diferenciaba de la del más común de los cinéfilos. Iba al cine por ir. Y es allí donde surge Luciano Castillo en mi vida, para convertirse en uno de esos episodios cruciales que comentaba al principio, capaces de imponerle un punto de giro importante a nuestras tramas existenciales.

Luciano, sin saberlo, lo evoca en este prólogo cuando habla de su colaboración como crítico de cine en la sección Visión Cultural del periódico Adelante, entre los años 1979-1983. Yo todavía conservo un gran número de esas críticas, recortadas directamente del periódico. No sabría decir qué fue exactamente lo que me llevó a coleccionarlas, pues hay en esas pulsiones más enigmas que argumentos. Solo sé que me convertí en un vehemente mutilador del periódico agramontino.

Y un día ocurrió algo que escandalizó y al mismo tiempo hizo temblar de miedo a mi madre: comencé a fugarme todos los miércoles de la Vocacional, con el fin de ir a las tandas nocturnas de la Cinemateca, pues había leído los comentarios de Luciano en la prensa (no se va de mi mente aquel ciclo integrado por filmes como Gigante; El puente sobre el río Kwai; Rebelde sin causa).

Me recuerdo a mí mismo corriendo a campo traviesa por un costado de la beca, saltando una cerca, cruzando la circunvalación a toda prisa, para luego internarme y perderme entre las callejuelas de los repartos Buenos Aires y Villa Mariana. Mi madre no podía entender que yo pusiese en peligro mi carrera de estudiante con una medida disciplinaria, tan solo por ver películas. Me alegro de que nunca me sorprendieran, pues creo que los profesores de entonces tampoco lo habrían entendido mucho. Habrían pensado que era simple irresponsabilidad de un muchacho de quince años.

Hoy sé que defender la vocación de uno tiene mucho de irresponsabilidad y locura. Por lo general nos educan para que seamos personas sensatas y útiles, capaces de aportar bienes a la sociedad. Pero hay en ello más cálculo de los otros que convicción interior. Y la vocación tiene que ver con lo que uno experimenta, no con lo que los demás esperan que uno sea. Por eso se puede gozar de un gran éxito social y económico, y no percibir placer alguno con lo que se hace. De allí esa deuda impagable que contraje desde hace mucho con Luciano Castillo, mi maestro; ese que me hizo entender mejor eso que Truffaut deja escuchar en La noche americana: “Las películas son como trenes en la noche”.

Juan Antonio García Borrero


¿Por qué trenes en la noche? (Prólogo)

 Por Luciano Castillo

Mucho antes de que François Truffaut pusiera su definición de lo que eran las películas, en boca de uno de los personajes de La noche americana —una de las más hermosas declaraciones de amor al cine jamás filmadas—, mi vida ya estaba marcada por los trenes y las propias películas. Quizás todo comenzó con el desconocimiento de mi padre bostoniano, ingeniero de la compañía de locomotoras Diesel, quien solo me legó el nombre original, Luther Cooper, con el cual llegué a inscribirme enla Biblioteca Provincial «Julio Antonio Mella». Poco antes de «cubanizarlo», mi mamá, frente a la acera del cine Casablanca en mi natal Camagüey señaló que en ese lugar existía algo capaz de interesarme mucho. Y, como en todo, no le faltó razón. Tampoco al matricularme en una escuela primaria justamente al lado de las líneas del ferrocarril que circulaba a solo un par de cuadras de mi casa, no demasiado lejana a la estación. El sonido de los trenes integraba nuestra banda sonora las veinticuatro horas del día. Lee el resto de esta entrada

EN LAS REDES DE LAS PALABRAS

Es tan fácil enamorarse de las palabras, y tan difícil deshacerse de sus efectos paralizantes.

Uno se deslumbra con la habilidad que les ha sido concedida a ciertas personas para construir universos fabulosos con unos pocos vocablos. Nos cautiva el modo en que se erigen imponentes, ante nosotros, esas regias catedrales hechas apenas con el misterio de las voces en lontananza. Y una vez que accedemos a adentrarnos en ellas, corremos el riesgo de perdernos para siempre, secuestrados por los innúmeros fantasmas que las habitan.

Si uno ama la lectura, entonces corre el doble de peligro. Porque la buena literatura (como el buen cine), existe para que uno renuncie a la sensatez, y se entregue a la aventura de descubrir realidades insospechadas. ¿Qué hacer entonces para no terminar enredado en lo que, a la larga, pudiera ser una variante amable del narcotráfico (el tráfico con los sueños, quiero decir)?, ¿qué hacer para no quitarles legitimidad a esos pensamientos propios que nos habitan y hacen vivir en lo cotidiano?

Nietzsche tenía clara la condición de cárcel que tienen las palabras para los pensamientos, una vez que han sido escritas. No puedo evitar la tentación de citarlo en extenso:

¡Ay! ¿Qué sois ahora, pensamientos míos, una vez que os he escrito y coloreado? Hace poco  erais tan multicolores, tan jóvenes y maliciosos, tan llenos de aromas picantes y secretos, que me hacíais reír y estornudar. ¿Y ahora? Habéis perdido vuestra novedad, y temo que algunos de vosotros estés dispuestos a convertiros en verdades. Ofrecéis un aspecto tan inmortal, tan honesto y tan enojoso, que parte el corazón. Pero, ¿es que alguna vez ha sido de otro modo? Porque, ¿qué es lo único que somos capaces de escribir y de pintar con nuestros pinceles de mandarines chinos quienes eternizamos lo que se deja escribir? ¡Ay! ¡Sólo lo que está empezando a marchitarse y a perder su perfume! ¡Sólo tormentas que se alejan y se disipan, y sentimientos que el otoño ha tornado amarillos! ¡Sólo pájaros perdidos y cansados de volar, que se dejan coger por nuestras manos! Eternizamos todo lo que ya no puede vivir ni volar, lo que ya está cansado y reblandecido. Para pintar tan sólo vuestro atardecer, pensamientos míos escritos y coloreados, mi paleta dispone de colores –de múltiples colores de infinitos matices y delicados tonos amarillos, grises, verdes y rojos-, pero nadie es capaz de adivinar, viendo mi pintura, cuál fue el esplendor de vuestra mañana, súbitas centellas, maravillas de mi soledad, viejos y queridos… malos pensamientos míos¡

Pero no veo otra alternativa que entregarse, sin prejuicios, a esa gran fantasía báquica que es la buena literatura. Aprender a vivir en un ensueño ilustrado donde la prepotente Razón ya no sería la que dicta el modo mezquino en que tenemos que comportarnos. Y agradecer hasta el infinito la libertad que nos reporta experimentar la vida, por fin, como un todo.

Juan Antonio García Borrero