VERDE VERDE (2011), de Enrique Pineda Barnet

Hace unos días recibí la crítica de Verde verde escrita por Antonio Enrique González Rojas, colaborador habitual del blog Cine cubano, la pupila insomne (la pueden encontrar debajo de esta nota). Como el texto era marcadamente descalificador con la obra, decidí no colgarlo hasta que la hubiese visto. Habría podido alegar aquello de que cada autor es responsable de las ideas que expone, pero hacía poco uno de nuestros cineastas se había encargado de recriminarme esa actitud de editor. Y creo que le asistía toda la razón. Más allá de lo que los críticos puedan decir sobre las películas con el fin de escucharse entre ellos, y de lo que a los cineastas les gustaría oír para bien de su ego, hay un montón de ideas de alcance común que esperan ser discutidas en profundidad y sin prejuicios.

Verde verde es una de esas películas que está hecha para incomodar, cosa que creo lo ha logrado con creces en la persona de González Rojas. No es que a mí me parezca la maravilla del cine cubano. Creo que tiene zonas realmente vulnerables, como es esa representación demasiado idealizada del personaje encarnado por Héctor Noas, que lejos de humanizarlo, de mostrárnoslo como un ser cargado de virtudes y miserias (como un humano más), pareciera que apenas se persigue el interés de resaltar su carácter de víctima de lo satánicamente homofóbico.

Uno de los aspectos que más admiro del trabajo crítico de González Rojas se vincula a su tremendo poder referencial. Es algo que se ha extraviado en nuestra crítica, que suele asomarse a las cintas sin tener en cuenta las conexiones que pueden tener las mismas con el repertorio de imágenes que ha llegado a nuestro alcance. Dada la juventud del crítico, asombra esa erudición fílmica, que ayuda a desmontar no solo las posibles influencias que afectan al cineasta, sino también a trazar un mapa de sensibilidades en el cual el espectador (y el propio crítico) estaría involucrado. Pero este tipo de lectura también conlleva un peligro: olvidar al filme en sí para hablar de otro que debió haberse hecho, de acuerdo a los parámetros que han dictado los precedentes.

Tengo la impresión de que con Verde verde Pineda Barnet ha intentado su más difícil operación: naturalizar dentro del cine cubano la representación de “lo incorrecto” como vía que permite el acceso a “lo real”. No es pionero en esto dentro del cine cubano: cineastas como Jorge Molina, Tomás Piard, o Juan Carlos Cremata, por mencionar algunos, también nos han hablado de esos mundos sumergidos que las máscaras de la cotidianidad y el orden se encargan de relegar a lo patológico. O dicho de modo eufemístico: a lo oscuro, a lo enfermizo.

Es lógico que entre nosotros Verde verde conozca de lecturas escandalizadas. Hasta ayer, el arte homoerótico no tenía cabida en nuestros predios. Y aún hoy, la recepción moralizante sigue siendo hegemónica. Predomina la mirada de ese sujeto caracterizado como un “macho” que se autocoloca en una hipotética cumbre espiritual, y desde allí dicta sus sermones. Desde luego, pienso que pasar al otro extremo, ese en el cual la sensibilidad homosexual se vea a sí misma como la cúspide de la convivencia, recicla la misma tara social que hasta ahora padecemos.

Lo otro interesante y provocador de Verde verde es que no teme poner en cuestión esa tendencia tan nuestra a representarnos estos eventos de exclusión e intolerancia de un modo casi platónico. A mí Fresa y chocolate me sigue pareciendo una de las películas más notables del cine cubano, pero sus méritos estéticos e históricos no me hacen olvidar que hay en su manera amable de presentar el drama de Diego, bastante de eufemismo. En realidad, como anotaba William Blake, “todo deseo contenido engendra peste”. La realidad suele ser más traumática de lo que estamos acostumbrados a ver en las pantallas. Me lo confirma una noticia que recién he leído en la mañana: “un grupo de neonazis mata en Chile a un homosexual”, reza el encabezado.

En la realidad cubana no hay menos hostilidad que en la del resto del planeta, aún cuando la ausencia de una prensa sensacionalista entre nosotros, ayude a que no se haga común ante nuestros ojos la pornodesgracia. Nos podrá gustar menos o más lo que dice, pero entiendo que esta vez no se trata de devaneos estéticos, sino de algo más terrible. Pineda Barnet, con Verde verde, nos obliga a asomarnos a nuestros propios abismos.

Juan Antonio García Borrero

 

El panfletario activismo de Verde Verde

Por: Antonio Enrique González Rojas

“Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”, parece ser la divisa que los realizadores de Verde Verde (Enrique Pineda-Barnet, 2011), poco intentaron disimular con esta suerte de fábula-redoma, donde se vertieron indiscriminadas porciones de Fresa y Chocolate (Tomás Gutiérrez Alea, 1993), La Ley del Deseo, La Mala Educación (Pedro Almodóvar, 1987 y 2004 respectivamente) y Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), para obtener finalmente una tendenciosa alquimia de poco disimulado proselitismo gay.

La más reciente propuesta del director de La Bella del Alhambra (1989), parece querer estructurar un discurso sobre la intolerancia, la autorrepresión y la frustración, catalizadoras de la criminalidad en sus víctimas, pero el encartonado guión de explicitez panfletaria, la cualitativamente dispareja dupla protagónica de Alfredo (Héctor Noas), y Carlos (Carlos Miguel Caballero), la ingenua e inorgánica imbricación de la obra pictórica de Rocío García, cuya iconografía sadomaso-gay es recurrente en audiovisuales cubanos de tema homoerótico, como Perfecto amor equivocado (Gerardo Chijona, 2004), hacen de esta cinta una equívoca propuesta, cuya abigarrada confluencia de códigos y visualidades, socavan la efectividad discursiva y la solidez estética.

El tono de abyección de los primeros planos-secuencias, desarrollados en un enrarecido antro bisexual que intenta mimetizar los marginales tugurios estadounidenses y europeos, al estilo del bar Rectum de Irreversible (Gaspar Noé, 2002), contrasta con la “pureza” y “sinceridad” consigo mismo, de este nuevo Diego encarnado por Noas. Es todo un activista, un Milk aplatanado, emisor de parlamentos dignos de toda una declaración de principios, dichos entre arrumaco y arrumaco del inorgánico juego de seducción establecido con el David rebautizado Carlos, asumido con cierto estereotipado hieratismo por el novel Caballero. En esta desequilibrada interacción brilla por su ausencia la rotundez de duetos cinematográficos ejemplares, como el de Perugorría-Cruz en la clásica cinta de Alea, Caine-Law en Sleuth (Kenneth Branagh, 2007), Henderson-Ullmann en Persona (Ingmar Bergman, 1966) o Curtis-Portier en The Defiant Ones (Stanley Kramer, 1958).

La errática dirección de actores, que en los instantes iniciales del filme remite al encartonamiento de una película porno, no consigue romper la gélida barda alzada entre los dos dispares caracteres. El tono de la cinta vacila peligrosamente entre lo homoerótico y la más explícita parodia de éste. Resulta un no deseado efecto boomerang que amenaza con revertir significados de la peor manera. Reforzada queda esta sensación por el torpe rejuego con el kitsch erógeno que hace la dirección de arte, sin conseguir la marca autoral de un Almodóvar. Mucho menos consigue Verde Verde, colimar con la deconstructora mira de Ang Lee, el estereotipo del machango retrosexual (¿cubano?), para desvirtuar su prejuicioso fundamentalismo hétero y cuestionar la pura médula de una sociedad machista.

Con el empleo de recursos poéticos un tanto facilones, como el túnel laberíntico por donde divaga Carlos, asaeteado por las dudas sobre su integridad sexual, la cinta pretende enfatizar en las turbulencias del alegórico rol del chulo, personificación del machismo acendrado, mas quebradizo ante la primera tentación bisexual surgida en su camino. Esta metáfora busca engranar con el fantasmagórico personaje acreditado como Dama Seductora (interpretado por una operática Farah María), y las sado-andróginas figuraciones de Rocío García (cuya presencia de sencillo porte en el bar del inicio, disuena escandalosamente) que buscan ¿qué? ¿Quizás exponer los demonios internos de los personajes, bosquejar una trama paralela a la “acción real”; enfatizar redundantemente el homoerotismo de la situación; o sólo promover caprichosamente la obra de la artista de marras, porque concomita con el tema axial de la cinta y ya?

Verde verde, no logra consolidar las intenciones iconoclastas con este replanteamiento voluptuoso (¿lascivo, burdo?) de la diversidad sexual, a diferencia del sesgo intelectual y artístico con que Alea revistió su Fresa y Chocolate. La tendenciosa moralina asoma su oreja peluda a lo largo de toda la trama, con aires de intencionada y desaforada ofensiva anti-heterosexual, mal camuflada la virulencia bajo el intimismo minimal de la historia. Bien puede aplicársele de riposta el aforismo que le da título: Verde verde, da maduro. Entonces, Maduro maduro daría…?

 

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Publicado el marzo 28, 2012 en POLÉMICAS. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Me parece no una crítica la de Antonio Enrique González Rojas, más bien es una incomodidad, yo diría, verde verde de este (a decir de Juan A. GB), joven crítico cubano, al que le falta mucho, pero mucho que aprender a la hora de dirigirse, léase escribir, -no redactar-, un texto referido a un estreno cinematográfico. De las cintas-referencia sólo le faltó citar “Querelle”, de Fassbinder ¡¿qué raro?!. “Verde verde” es una obra fundamental en la cinematografía cubana, una propuesta diferente, real, auténtica, y coincido plenamente con Juan A. GB cuando dice: “olvidar al filme en sí para hablar de otro que “debió” haberse hecho”, y lo que sí No me parece adecuado es cuando afirma el administrador de este blog que “el filme de Pineda Barnet no se trata de devaneos estéticos, sino de algo más terrible”; cuidado con esta última frase, puede confundir, y subvalorar las grandes aportaciones estéticas de esta nueva película. Saludos.

  2. Excelente comentario de Antonio, Verde-Verde parece teatro mal filmado. Es que la homosexualidad siempre aparecera asociada a lo sombrio, lo histerico, lo que debe ser ocultado?

    Espero con ansias un buen filme lesbiano-cubano, que celebre tal difference. 🙂 (lo siento, soy hetero)

    Slds,

  3. Antonio Enrique Gonzalez Rojas

    Si, la critica tiene altas cotas de incomodidad, pues cuando un producto malo irrumpe en la esfera publica no puede menos que perturbar a quienes queremos que el cine cubano remonte la senda cualitativa. Considero y ratifico a la cinta como de muy mala calidad amen el indiscutible merito de poner sobre el tapete, descarnadamente, un tema tan crudo, que remueva percepciones pacatas, pero es solo eso, lo demas es mal cine, a lo Sumbe.

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