Archivos diarios: marzo 26, 2012

7 DÍAS EN LA HABANA (2011), de Benicio del Toro, Pablo Trapero, Gaspar Noé, Julio Medem, Laurent Cantet, Elia Suleiman, y Juan Carlos Tabío

7 (estereotipados y turísticos) días en La Habana

Por: Antonio Enrique González Rojas

En el cine, la urdimbre de historias humanas, tributarias a una prístina línea argumental, estética, conceptual o a todas sus posibles recombinaciones, se remonta a los orígenes, con piezas tan contundentes como Intolerancia (David W. Griffith, 1916), donde las cuatro tramas comulgan con el tema explicitado desde el propio título. Este recurso llega a constituirse tendencia axial en la obra de directores como el cubano Humberto Solás, con su antológica Lucía (1968) y la postrera Barrio Cuba (2005), el estadounidense Jim Jarmusch con Night on Earth (1991) y Coffee and cigarettes (2003), y el mexicano Alejandro González Iñárritu, casi obseso con la coralidad en sus Amores Perros (2000), 21 gramos (2003), Babel (2006) y Biutiful (2010), émulos todos de piezas literarias como Mientras agonizo, de William Faulkner, La Colmena, de Camilo José Cela y La Feria, de Juan José Arreola.

La soledad del realizador tampoco es característica preeminente en esta tendencia, pues abundan piezas donde varios creadores mixturan estéticas y discursos, como el caso de las cubanas Mujer transparente (1990), donde confluyeron casi una decena de jóvenes directores con sus muy particulares visiones de la mujer cubana, y 3 veces 2 (Pavel Giroud, Lester Hamlet y Esteban Insausti, 2004), engarce casi forzoso de variopintas obras de la nueva generación fílmica criolla; la estadounidense Four Rooms (Allison Anders, Alexandre Rockwell, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino, 1995); la animación nipona Memorias (Koji Morimoto, Tensai Okamura y Katsuhiro Otomo, 1995); la multitudinariamente alegórica 11’9”01 (2002); la internacional Eros (Michelangelo Antonioni, Steven Soderbergh y Wong Kar Wai, 2004); y la franquicia Cities of Love, compuesta por Paris, je t’aime (2006), New York, I Love You (2008) y una venidera Shanghai, I Love You.

Sobre esta precedente cuerda de las coralidades argumentales y creativas, volatina la cinta 7 días en La Habana (2011), proyecto igualmente transnacional, liderado por el actor y director puertorriqueño Benicio del Toro, junto a otros seis realizadores: los argentinos Pablo Trapero y Gaspar Noé, el español Julio Medem, el francés Laurent Cantet, el palestino Elia Suleiman y el cubano Juan Carlos Tabío. Persiguió el variopinto grupo concertar un aleatorio drama colectivo, representativo (¿quizás?) de la cubanidad contemporánea, acaecido durante una semana en la capital cubana, específicamente en diciembre, durante el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, contexto escogido por Trapero para su segmento Jam Session-Martes. Todas las historias aparecen levemente imbricadas por tímidos nexos, materializados en personajes comunes, como el taxista encarnado por Vladimir Cruz, co-protagonista de El Yuma-Lunes (de Benicio), quien aparece brevemente en La tentación de Cecilia-Jueves (Medem). Precisamente la vocalista Melvis Santa Estévez, fuerza el vínculo entre esta última trama y el Sábado de Tabío, tangencial a su vez con el Domingo de Cantet.

Sin buscar un eje temático nítido, como Todo lo que querías saber sobre sexo, pero tenías miedo de preguntar (Woody Allen, 1972), o una línea argumental que involucrase estrechamente a todos los personajes, como en Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) o Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999), 7 días… roza la intención de estructurar un mosaico psico-social de corte minimal, intimista, de los habaneros como epítomes de los cubanos. Mas no consigue la cinta, en casi ninguna de las historias, trascender la mirada superficial, exotista, pintoresca, frívolamente folklórica, como si los realizadores sólo hubieran contado con siete días para conocer el país, sus habitantes, para luego contextualizar apresuradamente las tramas concebidas de antemano. Ni siquiera salva el escollo el cubano Tabío, más inclinado hacia El Cuerno de la Abundancia que hacia Plaff o Aunque estés lejos.

Más que diversa, la cinta deviene irregular panorámica de las más usuales estereotipaciones del cubano, como el taxista luchador que embauca al incauto Yuma de Josh Hutcherson (Lunes) a quien del Toro injerta en sórdido solar habanero y en un peor cabaret casero, donde se ve asediado y finalmente abatido por la nocturnidad, hasta caer equívocamente a los pies de un travesti; el “buen salvaje” del chofer y jazzista negro, quien a fuerza de paciencia y música, exorciza todos los demonios de un Emir Kusturika interpretado por sí mismo, cuya simpática intervención en el Martes de Trapero no consigue sostener una historia de descubrimiento de la “Cuba Profunda”, seguida de una purificadora danza con lobos; la hirviente mulata (La tentación de Cecilia-Jueves), pésimamente interpretada por la cantante Melvis hasta los bordes de la frigidez, emisora además de inverosímiles parlamentos de clara naturaleza foránea, para un más fatídico enrarecimiento del personaje, al estilo de los jóvenes antibatistianos que en la también plural Soy Cuba (Mikhail Kalatosov, 1962), asumen un libreto de guisa soviética; y finalmente, está el nigromante Ritual del Viernes de Noé, ejecutado sobre la adolescente estigmatizada por lesbiana, puesta en escena que retrotrae a las pintoresquistas y lastimosas concepciones que sobre el negro y su cosmos místico-cultural, detentaba cierto cine cubano de los años 1950.

El Miércoles de Suleiman, protagonizado por él mismo, salva un tanto la honrilla, al extraer mejores y más sinceros dividendos de su naturaleza externa, como azorado palestino X que viene a entrevistarse con altos mandatarios cubanos. Establece irónico contraste entre la realidad preconizada por el discurso oficial y la realidad percibida de primea mano; compara la propalada masa compacta y las extremas soledades que descubre. Se deshacen, una a una, las hojas de la Utopía. El personaje-director divisa escuetos pero expresivos signos contextuales, y se limita a exponerlos con sutil humor, no carente de suaves alegorías a la fragmentación, la angustia y la esperanza migratoria, sin densas pretensiones antropologistas o sociologistas. Aunque, eso sí, no logra resistirse a la universalizada figura de la mulata, que reaparece cargada de mayor simbolismo.

Apreciable también es el trabajo de Laurent Cantet con actores no profesionales en el conclusivo Domingo, en una suerte de (quizás inconsciente) homenaje a Solás. Este segmento apela más auténticamente que la propuesta de Noé, a las esencias de la religiosidad cubana, a la fe como única amalgama a la comunidad, generadora de la movilización colectiva sincera. La sencilla sinceridad de las interpretaciones legitima el material.

Débilmente engarzada y sostenida por sus exóticas anécdotas (¿estampas?), más que sólidas historias, se reciente la plural y profunda mirada pretendida en 7 días…, contaminada de cabo a rabo por la natural curiosidad del turista circunstancial, por el asombro y la subestimación al tercermundista filmado. A pesar de sus sobradas cualificaciones creativas, los directores implicados no trascienden la postal costumbrista, ni siquiera calan coherentemente en las verdaderas complejidades del cubano o el humano, como sí sucede con la inefable Suite Habana (Fernando Pérez, 2003), escalpelo fílmico hendido hasta casi la pura médula social. El filo de la nueva cinta colectiva apenas raspa la epidermis nacional en busca de captar las venas abiertas de Cuba.

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