Archivos diarios: marzo 20, 2012

SOBRE EL SENTIDO DE LA ESFERA PÚBLICA EN CUBA

Debo confesar que hasta hace poco tiempo, lo más perturbador que había leído sobre la esfera pública se lo debía a Nietzsche. Los que han manoseado Así habló Zaratustra seguramente recordarán aquel pasaje que el filósofo tituló “Las moscas de la plaza pública”, y que inicia de este modo:

¡Refúgiate en tu soledad, amigo mío! Te veo aturdido por el vocerío de los grandes hombres y acribillado por los aguijones de los mediocres. El bosque y la roca son excelentes compañeros de tu silencio. Vuelve otra vez a ser como ese árbol frondoso al que amas, que se alza silencioso y vigilante sobre el mar. La soledad termina donde empieza la plaza pública, y donde empieza la plaza pública comienza también el vocerío de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas. En este mundo, las mejores cosas no tienen ningún valor como no venga alguien y las ponga en escena. A estos actores la gente les llama grandes hombres. La gente no sabe muy bien qué es lo grande, es decir, lo creador, pero se queda encandilada con todos esos comediantes que ponen en escena cosas grandes”.

Nietzsche no fue el primer pensador que sostuvo una distancia crítica hacia el espacio público. Y es lógico, toda vez que en esta esfera el pensamiento riguroso siempre queda en desventaja ante la avalancha de opiniones que van y vienen, de acuerdo al humor de quienes se expresan. Por eso en ese mismo pasaje sigue arremetiendo y asegura que,

En la plaza pública abundan los bufones solemnes, y la gente se siente orgullosa de sus grandes hombres, que para ella son los hombres del momento. Pero la hora les apremia y por eso te apremian también a ti. Quieren que le digas sí o no. ¿Y tú pretendes situarte entre los pros y los contras? Tú, que amas la verdad, no les tengas envidia a esos incondicionales que apremian; pues, ¿Cuándo se ha visto que la verdad marche al lado de un incondicional? Es mejor que huyas de estas gentes tan apresuradas que en medio de la plaza te asaltan con su ¿sí o no? Todos los pozos profundos experimentan con lentitud; han de esperar mucho tiempo para saber qué es lo que cayó en sus aguas profundas. Todo lo grande se da lejos de la plaza pública y de la fama; los inventores de nuevos valores han vivido siempre lejos de ellas”.

Si lo anterior fuera cierto (y la prosa de Nietzsche es tan seductora que uno se siente tentado a aceptar sus argumentos sin más), entonces deberíamos preguntarnos qué sentido tendría para el individuo concreto y finito que somos, involucrarnos en debates colectivos que, a la larga, pocas veces nos reportará beneficios concretos, y que, dado el apasionamiento con que discutimos, podrá acarrear disgustos, descalificaciones públicas, represalias, o incluso, llegando ya a los extremos, prisión por pensar diferente a “lo oficial” o a lo que se asocia al “sentido común”.

Sin embargo, pensar la esfera pública desde los intereses del sujeto que no puede evitar generalizar la idea que tiene de lo público según lo que sus sentidos y su experiencia particular le permiten construir, de acuerdo a lo que aspira, es algo que no nos garantiza un mínimo de seriedad en el debate. Una cosa es rendir un informe íntegro de lo que va siendo nuestra existencia específica (con sus contadas alegrías y sus persistentes tragedias), y otra sentarnos a discutir (con rigor, y sin prejuicios) sobre lo que puede ser mejor para la convivencia colectiva. Nietzsche, en lo que considero una hermosa reflexión, se está percibiendo a sí mismo como una suerte de cumbre espiritual. Pero el hecho de que literariamente (y hasta filosóficamente) me deslumbren sus escritos, no significa que deba asumirlo como ese ente ejemplar desde el cual deba partir la lectura de todo lo que ocurre ante nuestros ojos (o fuera de ellos). La gran pregunta, cuando hablamos de la esfera pública, tal vez se relacione entonces con esta interrogante mayor: ¿desde dónde debemos leer ese relato mayor, siempre en construcción, que es la vida misma?

Leer el provocador ensayo El sentido de la esfera pública, escrito por Bernhard Peters, y que abre el número 37 de la revista Criterios, lejos de ayudarnos a encontrar conclusiones alrededor del tema, tal vez lo que nos estimule es a ensayar nuevas interrogantes. Y mucha falta que nos hacen esas nuevas interrogantes, al menos a los cubanos, que tan lejos estamos de contar con una esfera pública que garantice la participación libre de la totalidad de sus ciudadanos en los debates fundamentales relacionados con los destinos de la nación.

Peters en su ensayo nos habla de “un modelo ideal de esfera pública”, y más adelante, en ese mismo texto, nos comenta que “partiendo del esquema idealizado, hipotético, arriba presentado, se puede describir dónde, en qué forma, en qué medida la situación real se acerca o se aparta de las propiedades del modelo”. La propuesta me parece atractiva porque nos ayuda a reencontrarle algún sentido a esa aspiración platónica que muchos compartimos: la aspiración de, por fin, contar con ese espacio al que alguna vez aludió Martí, en el cual todos los cubanos tendríamos la posibilidad de expresarnos según nos dictara la conciencia, que es a fin de cuentas la que nos pasará la factura definitiva: la factura ética que nos llevamos a la tumba.

Me atrevería a sugerir que, gracias a las nuevas tecnologías, un pequeñísimo segmento de la comunidad cubana está comenzando a experimentar la construcción de lo que pudiera ser nuestra nueva esfera pública. Aclaro que no creo que pueda hablarse ahora mismo de una esfera pública en este sector, toda vez que el acceso a Internet en la isla es privilegio de pocos, por lo que las discusiones que suelen generarse en la blogosfera, o en sitios digitales como Temas, por ejemplo, no es de conocimiento de la población general. Pero a lo que me refiero es al hecho de que en esa nueva esfera pública ya se advierte una mayor capacidad de inclusiones, no obstante la polarización ideológica que predomina en los asuntos que se debaten.

Es cierto que esta esfera pública que algunos puritas llamarían bastarda, está todavía bastante lejos de revelarse como ese espacio civilizado donde han de ser los argumentos los que compitan. El propio Martí decía que “el hombre, en verdad, nos es más, cuando más es, que una fiera educada”, y en estas arenas virtuales los contendientes suelen confundir la discusión enérgica de problemas con la descalificación festinada del sujeto que expone las críticas o argumentos. No es raro entonces que intelectuales de valía prefieran mantener una buena distancia hacia este nuevo medio, e insistan en confrontar sus ideas (muchas veces polémicas) en soportes más tradicionales (como las revistas y los periódicos), donde se puede controlar mucho mejor el contenido y alcance de las controversias.

Pero a pesar de esas indiscutibles carencias, lo que viene ocurriendo en este universo de blogs, páginas webs, y redes virtuales, nos está enseñando a pensar el disenso (tal como lo sugiere Peters en su ensayo), de un modo menos demonizador. Por otro lado, esta zona aún oculta de la esfera pública cubana está contribuyendo a desmunicipalizar el drama insular, al colocar al sujeto que presenta sus ideas en medio de un escenario que no conoce de fronteras geográficas, y que lo obliga a ser menos egocéntrico.

Desde luego, estoy hablando de ese conjunto de sitios digitales que proponen la discusión sistemática de aquellos asuntos públicos que, en la vida real, apenas se mencionan en la prensa oficial. O cuya discusión solo les está permitida a los representantes legales del orden establecido. Con el advenimiento de esta otra esfera se pone en crisis, poco a poco, ese monopolio de la voz pública que hasta ahora se ha estado ejerciendo en Cuba, sobre todo a través de los medios de información controlados por el Estado, para hacer un poco más visible esa diversidad de ideas que desde siempre han estado presentes en la isla.

Claro (y esta es una observación que copio y pego de una respuesta que ofrecí hace poco) como ahora mismo los blogs cubanos forman parte de la llamada “batalla de ideas”, es poco probable que por el momento se tomen en cuenta las numerosas contribuciones que se vienen haciendo en las más diversas zonas. Como en “la gran Historia”, el tiempo se encargará de la curaduría final, más allá de los intereses puntuales de los seres humanos que habitan durante un tiempo la época que les ha tocado vivir. Ya vendrán en su momento antropólogos que mirarán con lupa las maneras que hemos tenido de insultarnos, de elogiarnos, de desearnos éxitos o sencillamente de describir con infinita vehemencia cuánto desconcierto nos va causando el tránsito por esta vida.

Juan Antonio García Borrero

Nota: Este texto fue leído el viernes 16 de marzo en la UNEAC de Camagüey, a las cinco de la tarde, en la presentación del número 37 de la revista Criterios. Formó parte del programa de actividades previsto en el 18 Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica, y del panel Sobre el sentido de la esfera pública en Cuba, integrado por Desiderio Navarro, Luis Álvarez Álvarez y Juan Antonio García Borrero.  

EL MES DEL CINE EN CAMAGÜEY

El mes de marzo suele ser uno de los períodos más complicados de mi vida. Es el mes en el que, desde hace ya casi veinte años, celebramos en la ciudad el Taller Nacional dela Crítica Cinematográfica.El año pasado no se hizo por problemas de presupuesto, y fue uno de los tantos eventos afectados a lo largo del país, si bien el ICAIC nunca dejó de apoyarnos.

En esta ocasión el Taller tuvo lugar la semana pasada, del 13 al 17 de marzo. Las sesiones teóricas estuvieron dedicadas a revisar lo ocurrido con el cine cubano en la década del setenta, y el último día se habló sobre la relación del audiovisual con la gastronomía, un tema que apenas ha sido examinado en nuestro país. Paralelo a ello todavía tenemos en el cine Guerrero y la sala Nuevo Mundo un verdadero banquete de películas, que irían desde las producidas en los años setenta hasta algunas que en la actualidad están alcanzando un éxito resonante.

No me corresponde a mí evaluar la posible utilidad de estos debates. Como parte del comité organizador debo estar más atento a lo que los otros comenten, y sobre todo critiquen, que a lo que uno mismo pueda decir. Pero desde luego tengo mi opinión, y en este caso se inclina hacia la satisfacción.

Ningún evento teórico puede agotar todo aquello que se propuso examinar. La idea, al menos en nuestro caso, no es esa, toda vez que estaríamos decretando la cristalización de “verdades” que sabemos son relativas. Lo que en realidad nos proponemos cuando organizamos este tipo de encuentro, es estimular esa mirada que gusta partir desde la complejidad.

Tratándose de un período como fue ese que vivieron los cubanos en los años setenta, era de esperarse la aproximación crítica (a ratos, ferozmente crítica). Sin embargo, creo que si una virtud lució en el conjunto de intervenciones de Joel de Río, Mario Naito, Luciano Castillo y Gustavo Arcos, es que se complementaron entre sí, y que dejaron abierto el camino para futuras indagaciones. Pienso que la presencia que habíamos previsto en un inicio del cineasta Manuel Pérez habría aportado un mundo de cosas relacionado con esas interioridades que el historiador o crítico muchas veces ignora, o que deja de apreciar por no estar directamente relacionado al hecho fílmico. Esas sesiones tuvieron un brillante colofón con el panel dedicado a la cinta Los sobrevivientes (1978), de Tomás Gutiérrez Alea, y en el que Luis Álvarez Álvarez, Olga García Yero, Armando Pérez Padrón, y un magistral Carlos Ruiz dela Tejera, nos ayudaron a encontrar nuevos ángulos de ese filme que pareciera que fue hecho ahora mismo.

La tercera sesión teórica propició la reflexión en torno al vínculo que se ha establecido tradicionalmente entre el audiovisual y la gastronomía. Una reflexión casi virgen entre nosotros, y que, hay que decirlo con franqueza, no ha generado el mismo interés entre todos los críticos del patio. Por fortuna, Frank Padrón Nodarse acaba de regalarnos un notable libro publicado por Ediciones ICAIC (Co-cine. El discurso culinario en la pantalla grande) que con seguridad va a ayudar a que se sumen interesados a la investigación de un tema que, a juzgar por las intervenciones de la profesora María Esther Abreu, y los ensayistas Desiderio Navarro, Olga García Yero, y el propio Padrón Nodarse, demandan mucho más rigor analítico de lo que a primera vista pudiera sugerirnos la simple percepción de un restaurante como escenario de alguna situación dramática.

Uno de los momentos cumbres del evento fue el homenaje que se le rindió a Luciano Castillo en el hermoso Café Ciudad. Lamentablemente la ausencia de micrófonos, la pésima distribución de las sillas, así como el hecho de que nunca llegaran dos de los libros que se estaban presentando, impidieron que el evento estuviese a la altura que esperábamos. Pero aún así, los amigos y admiradores de Luciano Castillo, los que nos formamos al amparo de su enérgico magisterio, tuvimos tiempo de agradecerle públicamente a ese que, retomando el calificativo que le concede Senel Paz en el prólogo de su libro Trenes en la noche, pudiera ser llamado “el jefe de estación” de la actual crítica cubana (ya sé que esto parece desmesurado, pero ¿qué otro crítico en Cuba ha conseguido publicar cuatro libros en un año?).

Lo otro que persigue y agradece el público en estas fechas es la presentación de las películas cubanas más recientes. En esta ocasión se estrenaron Juan de los Muertos (2011), de Alejandro Brugués, Verde verde (2011), de Enrique Pineda Barnet, y Fábula (2011), de Léster Hamlet, con la presencia de Claudia Calviño, Jorge Molina, Pineda Barnet y Raúl García. Asimismo la artista Ileana Sánchez (una de las colaboradoras incondicionales del evento) nos permitió apreciar su exposición El Mardi Gras o el placer de la gula, que ya desde el título está poniendo en evidencia la profunda conexión con el espíritu de lo que estábamos discutiendo en el Taller teórico.

Con lo que sí me sentí absolutamente frustrado fue con lo sucedido en el panel Sobre la esfera pública en Cuba, que organizamos enla UNEAC a propósito de la presentación del número 37 de la revista “Criterios”. A pesar de que es este uno de los asuntos que más debates está suscitando en el seno de la intelectualidad cubana ahora mismo, en aquella sala (llena hasta el tope) no hubo el más mínimo indicio de que interesara discutir el tema. Y esto sí resulta alarmante, y al menos a mí me multiplica las dudas que ya tenía. Se supone que en ese espacio estuviese parte de la vanguardia intelectual camagüeyana; luego ¿qué significó ese silencio general?, ¿una renuncia a participar en un debate que nos toca a todos, y no solo a los habaneros o a los políticos?, ¿un déficit de credibilidad en este tipo de discusión?, ¿autocensura?, ¿cansancio?, ¿miedo?.

De cualquier forma, ese número de “Criterios” seguirá dando que hablar, porque la esfera pública es algo que está en permanente construcción. Por otro lado, fue también un buen momento para hablar del cuarenta aniversario de “Criterios” (y de la infatigable labor intelectual de Desiderio Navarro, que es decir lo mismo), lo cual fue resaltado de forma inmejorable por Luis Álvarez Álvarez.

Seguro se me quedan mil cosas por comentar. Pero creo que lo esencial está dicho: el 18 Taller Nacional de la Crítica Cinematográficavolvió a convertir al ejercicio de pensar el cine en una fiesta del espíritu. También el público agradeció ese reencuentro con la sala oscura y la pantalla grande, a través de ciclos como Fotogramas de la nostalgia o El cine de verdad (conformado con películas en 35 mm). Y lo más importante: que nos hemos quedado con el deseo de seguir en Taller.

Juan Antonio García Borrero

ÉDGAR SOBERÓN TORCHÍA SOBRE “JUAN DE LOS MUERTOS”

¿HAY ZOMBIS EN CUBA?

Por Édgar Soberón Torchía.

Sí, e incluso yo diría que también hay zombis cineastas, a juzgar por Juan de los Muertos. Lo digo porque, en el reciente 18 Taller dela Crítica Cinematográfica de Camagüey, un joven periodista cubano le dio una “lectura salvadora” a este paso en falso en la filmografía de Alejandro Brugués, no desde el punto de vista comercial, sino del “autoral”, si acaso el director lo pretendiera. Según la lectura del periodista, los zombis son todos los cubanos que viven conforme al régimen de 1959 y los marginales que se dedican a exterminarlos son los gozadores que le dan razón a la existencia por la vía de los sentidos.

La lectura es posible y por ella añadiría que los cineastas que la hicieron son tan zombis como los cumplidores del orden comunista, al adherirse (más mal que bien) a la estética de un cine seudo-basura de cuño transnacional que, como una dieta diaria de Big Macs, convenció a la masa consumidora de imágenes que ese cine tiene un valor que va más allá de 90 minutos de sesos crudos “a la carte”.

Luego le comenté al periodista, a la vez que sacaba una oportuna banderita cubana, que, por deducción, entonces Juan de los Muertos también era ofensiva al pueblo de Cuba, pues él había estudiado gracias a padres zombis y a profesores zombis, como zombis son todos los que sostienen al país (y que tienen también tiempo para la gozadera), y que, de acuerdo a esa lectura, era un filme cobarde que hacía distinciones y no aludía a la dirigencia zombi, de la cual, peor aún, no había una sola imagen en el filme: nada de esa clase dominante que veo en 4x4s en las avenidas deLa Habana, en supermercados, hoteles  y restaurantes de lujo de la ciudad, y en festivales internacionales de cine, que, a mi juicio y a tono con la comedia clásica occidental, debió ser el blanco de esta supuesta “sátira gore-mordaz”.

Un colaborador en IMDb no recuerda filme de zombis alguno con cariz político, y Juan of the Dead (como debiera llamarse) le parece una primicia. No sé qué tipo de cine de zombis habrá visto el camarada, pero no recuerdo así el subgénero, a menos que esté hablando de White Zombie  (1932), I Walked with a Zombie (1943) o Plague of the Zombies (1966), aunque, sin forzarlo mucho, es posible hacer relecturas de esos tres filmes que se inclinarían hacia el ámbito de la política. Pero ya en 1968, en Night of the Living Dead, un sheriff y un batallón de neofascistas yanquis exterminaban a los zombis (incluyendo a su protagonista negro), y las cosas se han ido politizando, hasta llegar en 2005 a la obviedad en Tierra de los muertos, cuarta entrega de la serie de George A. Romero, y en el telefilme Homecoming (2006), hecho por Joe Dante para la serie “Masters of Horror”, en que un relacionista público del gobierno norteamericano hace una invocación en un programa de televisión y, sin proponérselo, saca de sus tumbas a los soldados que murieron inútilmente en el Medio Oriente. Pero estos zombis no tienen deseos de comer carne humana, sino de votar en las elecciones. No descontemos la serie aún en el aire, “The Walking Dead”, que da para eso y más, ni el filme canadiense La piel blanca, mezcla de géneros fílmicos, políticas raciales, romance y terror ambientada en Montréal, donde un joven del campo se enamora de una pianista perteneciente a una aristocrática familia que ingiere carne humana.

De todas las manifestaciones del cine de terror, el de zombis es el que más me inquieta o asusta, si bien Juan of the Dead no me asustó y me hizo reír poco. En casi todos los casos, el filme de zombis tiene una lógica, lógica “corto circuito” de zombi, quizá, pero propia, que encuentra eco en estudios e investigaciones, como el libro “Zombies: A Hunter’s Guide”, de Joseph McCullough. Casi siempre hay una causa: la práctica vudú (The Serpent and the Rainbow), la radiación nuclear (Night of the Living Dead), una inteligencia cibernética (Resident Evil), agua contaminada (The Walking Dead), algún fluido que infecta criptas (La morte vivante) u otros disparadores del terror. Aquí la única causa aludida es un posible complot de los norteamericanos. Por otro lado, generalmente hay una reacción del poder: se convoca a los ciudadanos, se les cita en hospitales, se envían comunicados. Aquí no pasa nada: ni ejército, ni fuerza aérea ni ministerio alguno. El realizador pierde la oportunidad de dirigir su “sátira” a la clase dirigente: escondida o evadida, no se le vi ni el moño. Aparte del combo que lidera Juan, un tal predicador Jones aparece súbitamente y ultima un grupo de zombis a punto de acabar con el combo, pero desaparece tal cual como llegó.

A juzgar por las alusiones de Brugués al cine de George A. Romero, quien siempre ha dado, por lo menos, rasgos de denuncia social a su cine, debemos reconocer la intención de emularlo. Sin embargo, pienso que la influencia de un producto “mainstream” y mojigato como Ghostbusters pesa más que la rebeldía originaria de Romero o del primer Peter Jackson, en su Brain Dead, que pareciera una mayor influencia tonal, pero sin llegar al descoco o al exceso del neozelandés, manteniéndose siempre en el latoso umbral del confort medio, sector social que fue el centro del bombardeo crítico de Romero en Dawn of the Dead, clásica segunda entrega de su serie que transcurre en un “shopping mall”, templo de la clase media; y con resabios de los recursos dramáticos del realismo socialista (que se analizó en el Taller dela Crítica de Camagüey).

Juan of the Dead contó con el capital que garantiza una factura por encima del mínimo requerido, y con un buen elenco que, entre carencias y atributos, se complementa y equilibra. Pero cuando concluyó –y, sobre todo, en el marco del Taller de la Crítica, en el cual se evocaron los fantasmas de Lucía, Memorias del subdesarrollo, Girón, La primera carga al machete o Plaff–, no pude evitar experimentar la sensación de que con Juan of the Dead, el cine cubano tocó fondo.

Tomado del blog de Jorge Molina

GUSTAVO ARCOS A PROPÓSITO DE “LA PARTÍCULA DE HIGGS”, DE FERNANDO PÉREZ

Hola, Juany:

No quería pasar por alto un significativo hecho ocurrido hace unos días. Mientras participábamos en el exitoso Taller de Crítica Cinematográfica, Fernando Pérez renunciaba a su labor como director dela Muestrade Cine Joven, un evento que gracias a su visión y entrega se ha convertido en un punto ineludible de referencia audiovisual en la isla. Leyendo en tu blog, su texto: LA PARTÍCULA DE HIGGS y aun con los ecos de nuestros recientes debates sobre el cine de los 70, propiciados por el Taller, tengo que expresar mi absoluto apoyo a Fernando, quien una vez más da muestra de su ética como artista y cubano. Al mismo tiempo no puedo sino alarmarme ante el silencio que muchos otros cineastas, jóvenes o veteranos, han tenido al respecto.

Hace más de diez años, en un texto que publicó Revolución y Cultura, titulado Ruidos en el Almacén, expresaba mis puntos de vista sobre el estado del audiovisual nacional a partir de la irrupción de las nuevas generaciones y el debilitamiento de la industria oficial. Decía entonces, que el principal problema que le veía a esa atomizada creación era precisamente su fragilidad como generación. Cada uno parecía mirarse a su ombligo, sin tomar realmente partido por el destino de su cine. Para ellos lo importante era crear, hacer, filmar contar las historias y expresarse pero sin un sentido de pertenencia a nada, sin una fidelidad a otra cosa que no fuese ellos mismos. Poco después, vimos el primer síntoma de ello cuando Ian Padrón vio censurado su documental Fuera de Liga, sin que ninguno de sus contemporáneos dijera la más mínima palabra pública. La propia Muestra de Cine Joven ha visto como año tras año diversos materiales resultan “incómodos” para ese aparato que no tiene rostro, ni nombre, pero que prohíbe, corta, limita o silencia, las obras realizadas por los más jóvenes artistas. El documental Revolution, fue objeto de escarnio, polémicas, discusiones y malestares hace dos años y aunque la Muestra logró exhibirlo y hasta premiarlo, otros Festivales posteriores le negaron su inscripción por presiones de “las alturas”. Películas significativas como Video de familia, la ya mencionada Fuera de Liga y los documentales De buzos, leones y tanqueros, The Illusion, Buscándote Habana, Utopía o Revolution, aún no han sido exhibidos en nuestros cines o espacios televisivos, de forma natural y comercial. Solo menciono algunos, los que han obtenido premios y han sido considerados por la crítica nacional entre los más destacados filmados en Cuba durante la pasada década.

Cuando Fernando Pérez, suscribe su texto y recuerda su posición como gestor de un proyecto inclusivo, que tanto ha tenido por años, que lidiar contra todo  tipo de “fuerzas externas”, aquellos que aman el arte y el cine deberían estar de su lado, aunque por ello tengan que paralizarla Muestra. Noimporta aquí si el documental censurado ahora, es bueno, logrado o mediocre, lo que interesa es la posición común que deberían tener los creadores más jóvenes y también los que no lo son, para con esta actitud de censurar y prohibir. Si los ideólogos, o funcionarios del ICAIC, consideran que un documental puede provocar la caída de un sistema, una idea, o un proyecto de sociedad, entonces poco han conseguido a lo largo de 50 años. Si un filme, por lo crítico o realista que sea, consigue que la burocracia y la mediocridad lo censuren, preocupada por las “ideas” que en él se expresan, solo será una muestra del fracaso total de esa voluntad y la extraordinaria debilidad de este proyecto político.

Gustavo Arcos, La Habana.