Archivos diarios: marzo 13, 2012

EL CAMINO DE LAS GAVIOTAS (2011), de Alexander Rodríguez, Sergio Glenes, Bárbaro Joel Ortíz y Daniel Herthel

El camino de las gaviotas: lírica alegoría de la libertad

Por: Antonio Enrique González Rojas

El niño visto como alegoría de la vida en perenne cambio, evolución y ebullición, necesitado de un ambiente propicio para el desarrollo de sus capacidades cognitivas/creativas, subyace como motivo axial del corto animado El camino de las gaviotas (Alexander Rodríguez, Sergio Glenes, Barbaro Joel Ortíz y Daniel Herthel, 2010/2011), delicado fruto de la colaboración entre los Estudios de Animación del ICAIC y el Secretariado Audiovisual y el Fondo Nacional de Cultura, adscritos al Ministerio de Cultura, de Brasil, entre otras.

Desde un argumento que renuncia a la espectacularidad visual y el trepidante ritmo narrativo, en pos de una visualidad juguetona, tierna, de suave transcurrir, en connivencia con la apacible voz en off de Omara Portuondo, presunta abuela que narra cómplice un fantástico relato al nieto, los realizadores urden una sutil y polisémica historia sobre la necesidad de comunicación armónica del niño con el contexto humano que lo envuelve, sobre los mecanismos psíquicos de autoprotección con que este sujeto en ciernes se protege de la acritud exterior, como sucede en tono más terrorífico con la niña de El Laberinto del Fauno (Guillermo del Toro, 2006), los púberes de Bridge to Terabithia (Gábor Csupo, 2007) y más engañosamente con la surreal Coraline (Henry Selick, 2009).

Cual Principito que se cuelga de los gansos salvajes para salir de la microesfera vital de su asteroide B-612,la María Soledadde la producción de marras sigue el sendero aéreo trazado por las gaviotas, cuyo vuelo es asumido (una vez más, pero adecuadamente) como expresión de libertaria autorrealización. Atraviesa el espejo de ventolera provocada por el huracán, metaforizado definitivamente el viento que anima el rehilete, como el cambio contextual/conductual, como la revolución cosmovisiva. María Soledad arriba entonces a un mundo de ideal plenitud espiritual y bienaventuranza, donde todas las circunstancias aciagas que la rodeaban en su natal terruño “hecho de nada”, son revertidas para la total (¿onírica?) felicidad.

La animación 2D de trazo escueto y acuarelados fondos de visualidad libresca, da paso hacia el final a la que considero desde ya, una de las joyitas del stop motion cubano, a mano de Bárbaro Joel Ortíz, artífice del también antológico Veinte años (2009), junto al brasilero Daniel Herthel. El epílogo del animado casi posee el mismo (o más) peso poético y estético que el resto de la obra. Deviene una suerte de epigrama visual, incluso pudiera considerarse un haiku de terneza infinita, tan delicado como una flor de crisantemo en plena caída. Consiguen los creadores concentrar intensas porciones de belleza sin frisar nunca la facilona sensiblería.

Las soluciones técnicas con que se representa la breve historia de abuela y nieto (ambos, una misma cosa: como es arriba es abajo) sorprenden por el rústico y esencial primor que trasuntan, acentuado todo por la íntima atmósfera conseguida con la tenue iluminación. La pareja de pasado y presente, fundidos en nutricio abrazo, se balancea con aires eternos, insuflando vida al vuelo de las gaviotas, cuyo camino lleva a la felicidad espiritual, la única, la verdadera.