Archivos Mensuales: marzo 2012

LA NORMALIDAD

Hay el cansancio de haber perdido el tiempo en los cafés, leyendo diarios que son siempre el mismo diario”, anotó Cortázar en algún lugar que no tomé la precaución de registrar.

Si como nos informa cierta filosofía, el hombre no está en el Tiempo, sino que es tiempo, el lamento de Cortázar ha de agradecerse por realista. Y a mí en lo personal, me ha empujado a desconfiar de modo radical de todo lo que leo en los periódicos e Internet. O lo que es lo mismo, me ha empujado a leer en lo que se oculta detrás de “la normalidad” de la vida cotidiana. Que es donde encontramos la verdad de las cosas.

Para un cubano esto es difícil. Desde hace medio siglo vivimos ante el mundo como si fuéramos una suerte de excepción a la regla humana. La normalidad nos resulta ajena. Y da lo mismo llegar a Madrid, a Buenos Aires, o a Bogotá, que casi siempre te hacen las mismas preguntas, esas que resaltan nuestra “anormalidad”. Como si todo el mundo leyese, ya no un único diario, sino tan solo el encabezado de la única noticia que sobre nosotros parece que se ha escrito en los últimos cincuenta años.

Me gustaría volver a ser “normal”. Una especie de hombre invisible donde la nacionalidad cubana que se menciona en el pasaporte, no despierte la menor emoción en los oficiales de inmigración de ciertos aeropuertos. Sé que es difícil de explicar esa aspiración íntima sin que de inmediato los policías del patriotismo, pongan en duda lo que uno siente hacia este país en que he nacido. En realidad, el lenguaje común no sirve para describir los avatares de esta odisea íntima, así que, como Virgilio Piñera, para esta aventura interior por lo general “invito a la palabra/ que pasea entre perros su desierto ladrido”.

Insisto en que no es en el lenguaje común, con sus rígidas reglas para coordinar las palabras y expresar los conceptos, donde pueden vislumbrarse las respuestas que buscamos como individuos concretos y finitos. Yo casi siempre las he encontrado en la poesía, en imágenes que los autores han pensado para otras circunstancias, pero de las que me apropio sin pudor ni remordimiento; igual que el balsero desesperado que se aferra a un madero salvador en medio de la noche y la tempestad.

Me ha pasado ahora con este fragmento del hermoso poemario “La casa de Trotsky”, del poeta chileno Cristián Gómez Olivares:

Dicen que tomará años volver a la normalidad. Los equipos de rescate no tardaron tanto en llegar como en creer lo que estaban viendo: no saldrían de su sorpresa sino hasta después de que se convirtiera en comentario/ antiguo el recuerdo de ese año fatídico de las inundaciones, cuando todos tuvieron algo que perder y podían haber nombrado algo que no volvió cuando años después volvió esa normalidad que desde un principio nos advirtieron que llevaría años recuperarla por completo”.

Juan Antonio García Borrero

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CERRANDO DISTANCIAS

Ayer en la tarde los amigos del espacio “La ciudad simbólica” (Sala Nuevo Mundo, Camagüey) tuvimos la oportunidad de compartir un par de horas espléndidas. Exhibimos cuatro de los documentales estadounidenses que conforman el programa itinerante “Cerrando distancias”, organizado por America Media Initiative, el Departamento de Cine del Museo de Arte Moderno de Nueva York, y la Muestra Joven de La Habana. Luego sostuvimos allí mismo un interesante intercambio con Sally Berger, curadora del MOMA, y Alexandra Halkin, directora de America Media Initiative (AMI). Lee el resto de esta entrada

VERDE VERDE (2011), de Enrique Pineda Barnet

Hace unos días recibí la crítica de Verde verde escrita por Antonio Enrique González Rojas, colaborador habitual del blog Cine cubano, la pupila insomne (la pueden encontrar debajo de esta nota). Como el texto era marcadamente descalificador con la obra, decidí no colgarlo hasta que la hubiese visto. Habría podido alegar aquello de que cada autor es responsable de las ideas que expone, pero hacía poco uno de nuestros cineastas se había encargado de recriminarme esa actitud de editor. Y creo que le asistía toda la razón. Más allá de lo que los críticos puedan decir sobre las películas con el fin de escucharse entre ellos, y de lo que a los cineastas les gustaría oír para bien de su ego, hay un montón de ideas de alcance común que esperan ser discutidas en profundidad y sin prejuicios. Lee el resto de esta entrada

MÁS SOBRE LA MUESTRA DE NUEVOS REALIZADORES

La necesidad de volver a “Mirar nos”

Por Pedro Luis Rodríguez González

La reciente renuncia de Fernando Pérez a la presidencia dela Muestra Jovendel ICAIC me ha tomado por sorpresa y despierta en mí sentimientos contradictorios. En ocasiones, nosotros los jóvenes, nos creamos guías, referentes y pensamos que siempre estarán ahí, como indicadores del camino correcto, nos olvidamos entonces que detrás de esos consejos oportunos, de ese pensamiento sólido, que tanto nos representa, hay un ser humano. Un ser humano que, luchando por mantener un espacio donde se exprese nuestra producción audiovisual, ha llegado al límite de renunciar. Difícil debe haber sido la decisión para Fernando, pero la contradicción entre defender sus principios o quedarse y convertirse en cómplice de la exclusión, no tiene otra salida, por eso entiendo y respeto su decisión. Lee el resto de esta entrada

PROGRAMACIÓN XIII FESTIVAL IMAGO

Programación XIII Festival Imago

Lugar: Facultad de Medios Audiovisuales del ISA (Calle 14 e/ 1ra y 3ra Miramar).

Viernes 30 de marzo

9:00 am-10:00 am. Inauguración.

Invitados: Orquesta de guitarras “Clave de sol”

10:00 am-11:30 am. Presentación de obras en concurso

11:30 am-12:45 am. Detrás de la fachada: Asistencia de dirección

Moderador: Gustavo Arcos

Con: Roberto Viñas, Juan C. Téllez y Ernesto Sánchez

1:30pm-3pm.Mesa-Debate: Cine y Videoarte “Fronteras posibles”

Moderadora: Magaly Espinosa

Invitados: Enrique Pineda Barnet, Fernando Pérez, Celia González,

Yunior Aguilar y Grethell Rasúa

3:00pm-4:30pm.Presentación de obras en concurso

4:30pm.Inauguración de Exposición de Fotografía

“Festival de Cine dela Habana”

5:00pm.Concierto D´Joy de Cuba Lee el resto de esta entrada

LOS VAIVENES DE LA FE

El Papa Benedicto XVI acaba de ofrecer una  santa misa en Cuba. Es la segunda vez que vivo un evento de ese tipo (la primera en 1998, con Juan Pablo II), y en esta ocasión ha habido en mí menos entusiasmo que curiosidad.

Claro que yo también tengo fe en que las cosas serán mejores mañana. Que la reconciliación entre cubanos al fin nos permitirá sentarnos a pensar entre todos qué puede ser mejor para nuestra nación, y sobre todo para sus ciudadanos como individuos. Pero algo me dice que los excesos de la fe (como se ha puesto de manifiesto a la largo de la historia de los humanos) puede ser demoledor. Hablo de la fe ciega en la llegada de un Hombre Nuevo, o la fe alucinada en el encuentro final con un Dios que, al tiempo que nos promete libertad, nos impone una disciplina que paraliza, que nos convoca a lo gregario.

No faltará quien me llame descreído y hasta hereje, lo cual sería a todas luces una interpretación superficial, pues ¿por qué se tiene que creer solamente de una manera?, ¿por qué una sola manera de tener fe? ¿Quién concede esa jerarquía excluyente? Además, sigo encontrando en aquella hermosa reflexión de San Agustín un espléndido estimulo al pensamiento por cabeza propia: “Conviene, sin embargo, que haya herejes. Conviene, porque sin ellos, no habría discusión en qué fortalecer la fe”.

De cualquier forma, mi supuesta irreverencia tiene su explicación más remota en el hecho de que fui formado de acuerdo a aquella tajante convicción marxista que aún asegura que “la religión es el opio de los pueblos”. Eso me enseñaron desde que era un adolescente. Y es obvio que una enseñanza tan sistemática y vehemente no pueda olvidarse con tanta facilidad.

Pasar por alto que las relaciones entre las diversas religiones que se profesan en Cuba y el Estado ateo surgido a raíz de la Revolución de 1959 han estado signadas por las tensiones, y no pocas veces por las descalificaciones mutuas, me parece un acto hipócrita. De hecho, una parte del cine producido por el ICAIC se ha encargado de poner en pantalla, desde la perspectiva estatal, el saldo de esas colisiones, las cuales comenzaron bien temprano, como nos recuerdan varias de las polémicas fundacionales de los sesenta.

Cineastas como Tomás Gutiérrez Alea se enfrentaron a aquellas posiciones de intolerancia que comenzaban a configurarse por ese período. No en balde en uno de esos debates públicos, Titón se dispuso atacar a “los dogmáticos de este lado de la trinchera (desgraciadamente)” objetando con firmeza lo expresado por el profesor Sergio Benvenuto, quien había comentado en la controversia que “el verdadero enemigo es el idealismo, no el dogmatismo”.

Entonces Titón se mostraría alarmado con tal argumento, preguntando en la réplica, “¿quién puede negar que entre nosotros, formando parte de la Revolución, también hay católicos, por ejemplo?”, lo que le hace afirmar con energía: “Nosotros somos marxistas o aspiramos a serlo. En el plano de la lucha ideológica no podemos asumir posiciones idealistas, por razones naturales de principio. Pero en el plano de la lucha ideológica no vamos jamás a tomar posiciones de fuerza para suprimir a aquellos que no compartan nuestro punto de vista”. (1)

Sabemos que en la práctica esa aspiración al consenso platónico nunca funcionó ni tendrá lugar (me afilio a aquello que afirmaba Heidegger: en la vida cotidiana “tras la máscara del uno para otro actúa un uno contra otro”). Y por supuesto que la Cuba revolucionaria no ha estado excluida de esa cruel regla existencial. La hegemonía del credo marxista implicó, durante un buen tiempo, que se viera al creyente como alguien hostil al proyecto socialista. Y llegaron las exclusiones, las tragedias de gente que por defender su fe en Dios debieron abandonar hasta el país.

Hoy vivimos otra época. Una época donde la crisis espiritual parece impregnarlo todo. Y es obvio que en medio de tanto pesimismo, renazca la Fe. Y a lo mejor ahora serán los ateos los que, durante un tiempo, resulten silenciados. Por fortuna, serán los hijos de nuestros hijos los que podrán hacer un balance un poco más equilibrado de lo que ha sido ir construyendo (y destruyendo) en nombre de la Fe, con mayúscula.

Juan Antonio García Borrero

NOTA:

(1)     Tomás Gutiérrez Alea. Notas sobre una discusión de un documento sobre una discusión (de otros documentos). En “Polémicas culturales de los 60”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p 97.

OTRA REFLEXIÓN EN TORNO A LOS JÓVENES Y EL AUDIOVISUAL CUBANO

Tres formas de interactuar en el audiovisual

Por Reynaldo Lastres Labrada

He pensado detenidamente en la situación creada alrededor de la Muestra, y la posición de Fernando Pérez en la misma. He intercambiado ideas con algunos jóvenes realizadores y muchos están realmente preocupados con lo que pueda suceder después de esto. La preocupación es real en tanto no está en manos de los jóvenes (lo sabemos), decidir quien tomará las riendas del proyecto de marras, y temen que la flexibilidad y el ambiente cálido que en un tiempo se respiró allí, se pierda por completo en manos de alguien que vea la expansión de los jóvenes en el audiovisual cubano como algo “peligroso”. Tienen ideas para interactuar en el debate público, pero, o no tienen la forma de hacerlo (digamos, facilidades tecnológicas), o temen que un criterio audaz de su parte se revierta en ostracismos para su obra en construcción.

Otros jóvenes (los más) están tan centrados en su creación y realmente les da lo mismo este tipo de debates, pues son de la opinión que nada cambiará en tanto el engranaje principal se mantiene intacto, y solo pretenden permanecer lo más al margen posible de temas que toquen la esfera pública, e incluso, algunos ni siquiera les interesa presentarse a la Muestra. Creen que estamos sumidos en un estado de decadencia y exhiben opiniones radicales desde la perspectiva de un Cormac McCarthy, en tanto piensan que, efectivamente, este no es ya un país para viejos.

Pero hay todo una fragmentación de jóvenes que han puesto todo su ímpetu en esta frase: Revolución es filmar, y asumen el acto de realizar desde una perspectiva descomprometida, en tanto  aparecen en los créditos de un video clip, asumiendo un video de quince o en las competiciones de los festivales alternativos (dígase Muestra Joven, Almacén de la Imagen o Cine Pobre de Gibara), y se adhieren, como el camaleón, a cualquier situación siempre y cuando no se comprometan frontalmente y les otorgue cierta comodidad. Para muchos de ellos, el ICAIC sigue siendo el Non Plus Ultra en materia audiovisual y lo perciben como un fin en sus jerarquías profesionales.

En fin, pienso que esta novísima generación que se asume hoy al audiovisual tiene, en primera, muy poco que ver con ese intelectual comprometido del que habló Sartre en alguna ocasión, y además, no marcha parejo a la creación un aparato teórico que lo sostenga; esto es, jóvenes de esta misma generación que dialoguen y debatan sobre cine y todo lo demás.

Entre el miedo, el oportunismo y la distancia consciente, esta generación se diluye y pierde así su representatividad.  Se ha instaurado, como pensamiento mayoritario, la idea contraria a  McCarthy en tanto este, en materia audiovisual y en muchas otras materias, no es país para jóvenes.

 

7 DÍAS EN LA HABANA (2011), de Benicio del Toro, Pablo Trapero, Gaspar Noé, Julio Medem, Laurent Cantet, Elia Suleiman, y Juan Carlos Tabío

7 (estereotipados y turísticos) días en La Habana

Por: Antonio Enrique González Rojas

En el cine, la urdimbre de historias humanas, tributarias a una prístina línea argumental, estética, conceptual o a todas sus posibles recombinaciones, se remonta a los orígenes, con piezas tan contundentes como Intolerancia (David W. Griffith, 1916), donde las cuatro tramas comulgan con el tema explicitado desde el propio título. Este recurso llega a constituirse tendencia axial en la obra de directores como el cubano Humberto Solás, con su antológica Lucía (1968) y la postrera Barrio Cuba (2005), el estadounidense Jim Jarmusch con Night on Earth (1991) y Coffee and cigarettes (2003), y el mexicano Alejandro González Iñárritu, casi obseso con la coralidad en sus Amores Perros (2000), 21 gramos (2003), Babel (2006) y Biutiful (2010), émulos todos de piezas literarias como Mientras agonizo, de William Faulkner, La Colmena, de Camilo José Cela y La Feria, de Juan José Arreola.

La soledad del realizador tampoco es característica preeminente en esta tendencia, pues abundan piezas donde varios creadores mixturan estéticas y discursos, como el caso de las cubanas Mujer transparente (1990), donde confluyeron casi una decena de jóvenes directores con sus muy particulares visiones de la mujer cubana, y 3 veces 2 (Pavel Giroud, Lester Hamlet y Esteban Insausti, 2004), engarce casi forzoso de variopintas obras de la nueva generación fílmica criolla; la estadounidense Four Rooms (Allison Anders, Alexandre Rockwell, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino, 1995); la animación nipona Memorias (Koji Morimoto, Tensai Okamura y Katsuhiro Otomo, 1995); la multitudinariamente alegórica 11’9”01 (2002); la internacional Eros (Michelangelo Antonioni, Steven Soderbergh y Wong Kar Wai, 2004); y la franquicia Cities of Love, compuesta por Paris, je t’aime (2006), New York, I Love You (2008) y una venidera Shanghai, I Love You.

Sobre esta precedente cuerda de las coralidades argumentales y creativas, volatina la cinta 7 días en La Habana (2011), proyecto igualmente transnacional, liderado por el actor y director puertorriqueño Benicio del Toro, junto a otros seis realizadores: los argentinos Pablo Trapero y Gaspar Noé, el español Julio Medem, el francés Laurent Cantet, el palestino Elia Suleiman y el cubano Juan Carlos Tabío. Persiguió el variopinto grupo concertar un aleatorio drama colectivo, representativo (¿quizás?) de la cubanidad contemporánea, acaecido durante una semana en la capital cubana, específicamente en diciembre, durante el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, contexto escogido por Trapero para su segmento Jam Session-Martes. Todas las historias aparecen levemente imbricadas por tímidos nexos, materializados en personajes comunes, como el taxista encarnado por Vladimir Cruz, co-protagonista de El Yuma-Lunes (de Benicio), quien aparece brevemente en La tentación de Cecilia-Jueves (Medem). Precisamente la vocalista Melvis Santa Estévez, fuerza el vínculo entre esta última trama y el Sábado de Tabío, tangencial a su vez con el Domingo de Cantet.

Sin buscar un eje temático nítido, como Todo lo que querías saber sobre sexo, pero tenías miedo de preguntar (Woody Allen, 1972), o una línea argumental que involucrase estrechamente a todos los personajes, como en Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) o Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999), 7 días… roza la intención de estructurar un mosaico psico-social de corte minimal, intimista, de los habaneros como epítomes de los cubanos. Mas no consigue la cinta, en casi ninguna de las historias, trascender la mirada superficial, exotista, pintoresca, frívolamente folklórica, como si los realizadores sólo hubieran contado con siete días para conocer el país, sus habitantes, para luego contextualizar apresuradamente las tramas concebidas de antemano. Ni siquiera salva el escollo el cubano Tabío, más inclinado hacia El Cuerno de la Abundancia que hacia Plaff o Aunque estés lejos.

Más que diversa, la cinta deviene irregular panorámica de las más usuales estereotipaciones del cubano, como el taxista luchador que embauca al incauto Yuma de Josh Hutcherson (Lunes) a quien del Toro injerta en sórdido solar habanero y en un peor cabaret casero, donde se ve asediado y finalmente abatido por la nocturnidad, hasta caer equívocamente a los pies de un travesti; el “buen salvaje” del chofer y jazzista negro, quien a fuerza de paciencia y música, exorciza todos los demonios de un Emir Kusturika interpretado por sí mismo, cuya simpática intervención en el Martes de Trapero no consigue sostener una historia de descubrimiento de la “Cuba Profunda”, seguida de una purificadora danza con lobos; la hirviente mulata (La tentación de Cecilia-Jueves), pésimamente interpretada por la cantante Melvis hasta los bordes de la frigidez, emisora además de inverosímiles parlamentos de clara naturaleza foránea, para un más fatídico enrarecimiento del personaje, al estilo de los jóvenes antibatistianos que en la también plural Soy Cuba (Mikhail Kalatosov, 1962), asumen un libreto de guisa soviética; y finalmente, está el nigromante Ritual del Viernes de Noé, ejecutado sobre la adolescente estigmatizada por lesbiana, puesta en escena que retrotrae a las pintoresquistas y lastimosas concepciones que sobre el negro y su cosmos místico-cultural, detentaba cierto cine cubano de los años 1950.

El Miércoles de Suleiman, protagonizado por él mismo, salva un tanto la honrilla, al extraer mejores y más sinceros dividendos de su naturaleza externa, como azorado palestino X que viene a entrevistarse con altos mandatarios cubanos. Establece irónico contraste entre la realidad preconizada por el discurso oficial y la realidad percibida de primea mano; compara la propalada masa compacta y las extremas soledades que descubre. Se deshacen, una a una, las hojas de la Utopía. El personaje-director divisa escuetos pero expresivos signos contextuales, y se limita a exponerlos con sutil humor, no carente de suaves alegorías a la fragmentación, la angustia y la esperanza migratoria, sin densas pretensiones antropologistas o sociologistas. Aunque, eso sí, no logra resistirse a la universalizada figura de la mulata, que reaparece cargada de mayor simbolismo.

Apreciable también es el trabajo de Laurent Cantet con actores no profesionales en el conclusivo Domingo, en una suerte de (quizás inconsciente) homenaje a Solás. Este segmento apela más auténticamente que la propuesta de Noé, a las esencias de la religiosidad cubana, a la fe como única amalgama a la comunidad, generadora de la movilización colectiva sincera. La sencilla sinceridad de las interpretaciones legitima el material.

Débilmente engarzada y sostenida por sus exóticas anécdotas (¿estampas?), más que sólidas historias, se reciente la plural y profunda mirada pretendida en 7 días…, contaminada de cabo a rabo por la natural curiosidad del turista circunstancial, por el asombro y la subestimación al tercermundista filmado. A pesar de sus sobradas cualificaciones creativas, los directores implicados no trascienden la postal costumbrista, ni siquiera calan coherentemente en las verdaderas complejidades del cubano o el humano, como sí sucede con la inefable Suite Habana (Fernando Pérez, 2003), escalpelo fílmico hendido hasta casi la pura médula social. El filo de la nueva cinta colectiva apenas raspa la epidermis nacional en busca de captar las venas abiertas de Cuba.

BARTLEBY A LA CUBANA

Hace unos seis años, en medio de uno de esos períodos críticos que suelen pasar todos los seres humanos, el cineasta Fernando Pérez me recomendó leyera el cuento “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville. Su generosidad llegó a tanto que puso en mis manos el ejemplar único que atesoraba en su biblioteca.

Entonces yo me encontraba en medio de una situación límite personal. Debía tomar una decisión que podía cambiar para siempre el sentido de lo que hasta entonces había sido mi “cómoda” vida, o dejarme aplastar por el miedo a “lo mucho que podía perder”. Recuerdo el tono entre sereno e imperativo de Fernando Pérez al entregarme el libro. “Léelo, y después haz lo que quieras”, me dijo, dejándome a solas con el montón de fantasmas y contradicciones que todo el tiempo me habitan y acosan.

Si aquel cuento lo hubiese leído en otra circunstancia tal vez no me hubiese llegado igual. Bartleby es uno de los personajes más extravagantes (y al mismo tiempo humanos) que he conocido en mis lecturas. Su historia me conmueve porque consigo percibirlo como uno de esos raros sujetos que logran evadir el pantagruélico lugar común que es nacer, vivir un rato, y morir a desgana. Esa famosa frase que el personaje reitera una y otra vez a lo largo del cuento (“preferiría no hacerlo”), encierra tanta voluntad ética que corremos el riesgo de que en ésta época pocos la comprendan o aprecien. Porque nuestra época, con tanto egoísmo puesto en subasta, corre el riesgo de convertir en una frase costumbrista aquella observación de Martí: “(…) y hasta de mal gusto está ya pareciendo ser honrado”.

La explicación pública que Fernando Pérez ha dado a su decisión de no seguir al frente de la Muestra de Jóvenes Realizadores, inevitablemente me ha recordado a Bartleby. “Preferiría no hacerlo”, pareciera que dijera este intelectual que apuesta todo el tiempo por la complejidad, antes que por la concesión simplificadora. El incidente, como era de esperar, ya ha suscitado más de un comentario. Gustavo Arcos ha llamado la atención sobre la supuesta falta de solidaridad de esa generación a la que se le dedica la Muestra. Y el cineasta Pavel Giroud ha reaccionado de manera no menos vehemente, anotando, entre otras cosas, algo que me ha estremecido: “No nos pidas motivación con lo que no nos motiva”.

Entre lo que Arcos comenta y Giroud riposta hay un mundo de cosas que corremos el peligro de perder de vista. O de jamás imaginarnos. Pero aunque el planteamiento de ambos contendientes nos empuje a la interpretación dicotómica (que siempre será una reducción), no deja de tener utilidad la controversia, en tanto saca a la luz  algunos de los rasgos fundamentales de ese escenario real en que nos movemos. Un escenario mundial que desde hace poco más de un siglo parece estremecido por jóvenes airados en todas partes, lo cual provocaría reflexiones como ésta de Ortega y Gasset: “Mi entusiasmo por el cariz juvenil que la vida ha adoptado no se detiene más que ante este temor. ¿Qué van a hacer a los cuarenta años los europeos futbolistas? Porque el mundo es ciertamente un balón, pero con algo más que aire dentro”.

La Muestra nació con una vocación inclusiva. Y es justo enfatizarlo: fue el ICAIC la institución que desde un principio la auspició. Esto se podrá interpretar de la manera que se quiera, como decir que con ello se pretendía controlar institucionalmente aquello que iba por su cuenta. Toda interpretación es legítima, y variará de acuerdo a la cabeza que la genere. Pero los hechos son los hechos, más allá de lo interpretativo, y en estos diez años lo que a mi juicio se ha puesto en evidencia es que para esta generación el sentido de grupo es algo diferente a lo que conciben sus mayores. ¿Cuál es ese nuevo sentido? No lo sé, y en realidad es a ellos a quienes les corresponde discutirlo, legitimarlo.

Por eso en el fondo veo como algo positivo la renuncia de Fernando Pérez, sea voluntaria o condicionada por los factores de la censura. Primero, porque me hace evocar la dignidad de un Bartleby que se niega a sumarse a aquello que no le aprueba su conciencia, sin importar cuánto pueda acarrearle en lo personal ese gesto. Y luego, porque tal vez con esa actitud esté contribuyendo a que, por fin, esa generación de nuevos creadores tome una mejor conciencia de que es a ellos a quienes les corresponde diseñar su futuro grupal. Y no esperar a que se lo esbocen los otros, por mucha autoridad o buena voluntad que tengan quienes mandan.

En su réplica, Pavel Giroud apunta algo interesante:

“Recuerda siempre que los grandes movimientos cinematográficos han partido de una base conceptual muy sólida y esa debilidad y perspectiva provinciana de los que deben estructurar las teorías,  también hace que las películas Cubanas sean pequeñas islas apartadas y no un núcleo en sí mismo”.

Es cierto, pero Pável olvida que casi siempre han sido los nuevos creadores los que han pensado y discutido en términos teóricos sus modernas propuestas. Así pasó con la Nueva Ola Francesa. O con el Free Cinema. O con los que defendían el “cine directo”. La vitalidad de esos movimientos se ponía de manifiesto en que quedaban borradas de un plumazo esas estériles distinciones entre críticos y creadores. Acá en Cuba nada de eso se siente con la nueva creación.  En lo personal pienso que algunos de los nuevos realizadores tienen un talento extraordinario, pero que se han conformado con eso: con tener talento para filmar.

De cualquier forma, la renuncia de Fernando Pérez al cargo no ha significado, como él mismo apunta, que se distancie del espacio. Y eso me recuerda aquella hermosa leyenda en torno a la inmortalidad que tanto fascinaba a Titón (que primero pensó en utilizar en Hasta cierto punto, y finalmente introdujo en Guantanamera). Los que hemos dirigido esa Muestra compartimos hábitos y prejuicios que nada tienen que ver con el horizonte de expectativas de estos jóvenes. No importa cuán abiertas hayan estado las mentes rectoras. Para bien o para mal, somos hijos de un proyecto de Ilustración que condiciona nuestra mirada hacia el mundo, y hoy esa Ilustración ya ha conocido de críticas profundas que demuestran que también allí hay historicidad.

No sé si será por fin un joven el que a partir de ahora dirija la Muestra, pero sé que en lo profundo de su espíritu Fernando Pérez ha estado trabajando para que ello suceda.

Juan Antonio García Borrero

PD: Aquí les dejo, ya que la menciono, la leyenda utilizada por Titón en Guantanamera.

“Al principio del Mundo, Olofin llamó a Odduá y le pidió que hiciera la vida. Odduá llamó a Obbatalá y le dijo: “Ya está hecho el Mundo. Está hecho lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, lo chiquito y lo grande; ahora hay que hacer el Hombre y la Mujer”. Obbatalá hizo el Hombre y la Mujer, pero se olvidó hacer la muerte. Pasaban los años, y los hombres y las mujeres cada vez se ponían más viejos, pero no se morían. Eran tan viejos que tenían que reunirse como hormigas para cargar entre todos una ramita de árbol, y se necesitaban más de ochenta brazos para cortar una calabaza. La tierra se llenó de viejos que tenían miles de años y que seguían mandando de acuerdo con sus viejas leyes; los jóvenes tenían que obedecerlos y cargar con ellos, porque siempre habían sido así las cosas. Pero cada día, la carga se hacía más pesada. Tanto clamaron los más jóvenes que un día sus clamores llegaron a oídos de Olofin, y Olofin vio que el Mundo no era tan bueno como él lo había planeado. Y vio que el dolor se había adueñado de la tierra, y que todo se iba cayendo bajo el peso de tanto tiempo, y sintió que él también estaba viejo y cansado para volver a empezar lo que tan mal le había salido. Entonces Olofin le dijo a Odduá que llamara a Ikú para que se encargara del asunto. Y vio Ikú que había que acabar con el tiempo en que la gente no se moría. Hizo Ikú entonces que lloviera y lloviera sobre la tierra durante treinta días y treinta noches sin parar, y todo fue quedando bajo el agua. Sólo los niños y los más jóvenes pudieron treparse en los árboles gigantes y subir a las montañas más altas. Y la tierra entera se convirtió en un gran río sin orillas. Hasta que en la mañana del día treinta y uno para de llover. Los jóvenes vieron entonces que la tierra estaba más limpia y más bella, y corrieron a darle gracias a Ikú, porque había acabado con la inmortalidad”. (Citado por Paul A. Schroeder en Tomás Gutiérrez Alea. The Dialectics of a Filmaker. Routledge, 2002, p 151).

 

CONVERSANDO CON MARÍA ANTONIA BORROTO

Juan Antonio García Borrero: un hombre en construcción

Por María Antonia Borroto

Quisiera imaginar esta charla como un momento de esa conversación interminable que a lo largo de unos cuantos años he sostenido con Juan Antonio García Borrero, bien en mi papel de reportera —siempre al tanto del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica—,  cuando lo he entrevistado —en el sentido estricto del término— o cuando simplemente hemos comentado algún filme o conversado sobre planes, sueños, nostalgias…

 Toda entrevista tiene mucho en común con las antiguas técnicas de adivinación, las que, se dice, son una suerte de corte transversal en la vida del sujeto: unos minutos después, el resultado sería otro, no ya por la posible falsía del artilugio, sino por sutiles cambios en la disposición de las cosas. Una entrevista nunca es definitiva, y ello es magnífico: nos permite el reencuentro, el recomienzo: la atractiva sensación posible por la rara confluencia entre entrevistado y entrevistador que los manuales, amén de su profesionalidad, no osan siquiera describir en toda su grandeza.

Poco antes de tener las respuestas a este cuestionario recibí del propio Juan Antonio García una invitación para participar en un debate on line, generado desde su blog “Cine cubano, la pupila insomne”, sobre el Taller Nacional de Crítica Cinematográfica. Excelentemente escrito, el texto en que me convidaba a opinar sobre un asunto de veras palpitante muestra que sí, que Juany es un buen conversador, según lo prueban sus propios libros. Esa es la vocación de los talleres, esa la vocación del blog: generar la discusión inteligente, el intercambio de ideas e intentar así ayudar a romper la abulia que a ratos parece adueñarse de todo y envolvernos en sus espesas redes: desperezarnos, de eso se trata. No dar nada por sentado ni acomodarnos en la inercia, acaso las más terribles enemigas de la vida intelectual. Lee el resto de esta entrada