Archivos diarios: enero 26, 2012

LAS MIL Y UNA ENTRADAS DEL CINE CUBANO

Hay una reflexión del polémico escritor francés Louis-Ferdinand Céline que me gusta mucho, y que dice así: “Estamos infectados por la publicidad. Resulta realmente innoble. Solo hay que hacer el trabajo y callarse. Eso es todo”.

Nada me parece más estimulante que hacer las cosas en función de uno mismo, y no de ese circo social donde los egos se entregan a una desenfrenada competencia en pos de efímeros protagonismos. Sin embargo, hay instantes en que es legítimo hablar de lo que se hace, no sea cosa que la falsa modestia termine convertida en la más ridícula forma de poner de manifiesto la vanidad.

Por eso ahora me hago eco de lo que WordPress acaba de notificarme: el post anterior fue el número mil colgado en este blog. Para alguien como el que escribe esto, que descubrió la fascinación que provoca la literatura a través de Las mil y una noches, el mil tiene una connotación especial. Casi mágica.

Aquellos esfuerzos de Scheherazade por mantener en vilo la atención de su despiadado oyente (sabiendo que en cada intento le iba la vida), todavía representa en mi mente una de las mejores maneras de describir lo agónico que puede devenir este extravagante placer: el placer de tejer y destejer relatos que se nutren de las memorias escuchadas a los otros, y que tal vez mañana alguien recuperará, para seguirlas contando a los que vienen detrás.

Cada una de las mil y una entradas que se han colgado en el blog, registran un fragmento de eso inefable que en este período de la existencia humana hemos llamado “audiovisual cubano”. Es un retrato mínimo, lo sé, pero al devenir gestión colectiva tiene la virtud de multiplicar hasta lo indecible las posibilidades de acceder a sus numerosas facetas. Aquí lo de “mil entradas” tiene un doble sentido.

Abrir un blog, escribir en él (fundamentalmente desde Camagüey) sobre lo que entendamos, sin que nos quiten el sueño las reglas hegemónicas, las exigencias académicas que reportan “autoridad”, las utilidades que pudiera concedernos la ocupación de asuntos “más serios” (mejor reconocidos), o los embates de los detractores más tenaces, tiene mucho de liberador. De allí que uno termine en deuda con todos los que han ayudado a sostener el sitio con sus lecturas, sus comentarios, sus críticas, y sobre todo, sus contribuciones, las cuales me hacen llegar del modo más desinteresado.

Es en virtud de esa deuda impagable que vuelvo a mostrar un gran orgullo por mi faceta de bloguero camagüeyano. Y sin olvidar la gran verdad expuesta por Céline, hago también mía la célebre reflexión con la que Descartes cierra su Discurso del método, y que tantos siglos después se empeña en atesorar la misma vigencia emancipadora:

“Esta declaración que aquí hago bien sé que no ha de servir para hacerme importante en el mundo; mas no tengo ninguna gana de serlo y siempre me consideraré más obligado con los que me hagan la merced de ayudarme a gozar de mis ocios, sin tropiezo, que con los que me ofrezcan los cargos más honorables de la tierra”.

Juan Antonio García Borrero

LAS NUEVAS CAPILLAS DEL CINE CUBANO

En diciembre de 1971, Tomás Gutiérrez Alea le escribió a Alfredo Guevara una carta que él mismo encabezó como “Informe a Alfredo”, donde, según sus palabras, quiere hablarle “de cosas que pueden dar una imagen aproximada de lo que trato de ser, de aquello por lo que lucho, del cine que quiero hacer”.

Pero este documento es mucho más que una confesión personal, pues desde el inicio Titón se dispone a reflexionar en torno al rol del artista en la sociedad. Y por supuesto, el cine que se hacía entonces (que era, básicamente, el producido por el ICAIC) pasa a ser fiscalizado con un gran rigor crítico.

De las muchas ideas que expone Gutiérrez Alea en esa misiva, hay una que siempre me dejó pensando, y es aquella en la que asegura que:

“(…) un arte ejercido por especialistas puede llegar a imponer una sensibilidad de capilla, de grupo privilegiado, de casta, de clase, en última instancia. Pero esos peligros son los mismos que asume la Revolución manteniendo durante mucho tiempo igualmente un aparato burocrático y un ejército profesional, antes de poder dar por extinguido el Estado”.   

No podría comentar en un post todas las inquietudes que genera en mí la carta en su totalidad. Quisiera concentrarme entonces en esa “sensibilidad de capilla” a la que Titón alude en su texto, y que por lo general estamos pasando por alto en nombre de una idealizada armonía. Creo que Titón tenía claro el carácter bélico y autoritario de nuestras convivencias. Cuando hablaba de la Revolución, no la asumía como esa panacea que gente más oportunista que leal, se empeña en imponer en lo público. No en balde el filme que en aquellos momentos ocupaba su atención comenzó llamándose (de un modo irónico) La tierra prometida, y terminó con un título no menos explícito y virulento: Una pelea cubana contra los demonios.

Titón percibía como un peligro que el cine que entonces fomentaba el ICAIC se convirtiera en un cine de capilla, con sus altares y adictos a una única forma de pensar y filmar. De hecho, el cine del ICAIC llegó a ser un cine de capilla, reconocido sobre todo en esos circuitos de la izquierda donde organizadores de festivales y académicos universitarios terminaron por asociarlo al cine cubano en su totalidad.

La buena noticia es que, gracias al mismísimo Dios o a las nuevas tecnologías, ya el audiovisual cubano no parece necesitar una Capilla mayor. La mala es que lo que ha venido a sustituir a lo anterior es un sinnúmero indiscriminado de capillitas. La diferencia se nota: antes se predicaba de modo altisonante un mesianismo que prometía la redención fílmica del espectador subyugado por Hollywood; ahora el discurso mesiánico (porque también lo es, aunque se enmascare con lo lúdico) pareciera redactado en el mismo tono entre lacónico y adolescente de Facebook, y lo que se postula con no menos rimbombancia es salvarnos del ineludible compromiso que demandaría cambiar lo que tenemos que cambiar (sobre todo cuando lo que está en juego es la autenticidad de nuestra existencia como individuo concreto).

Juan Antonio García Borrero