VINCI (2011), de Eduardo del Llano

Vinci: tres perdidos en una noche sucia

Por: Antonio Enrique González Rojas

No menos que curioso, y hasta peculiar, es el detour que experimenta la obra audiovisual de Eduardo del Llano, con su primer largometraje, intitulado Vinci (ICAIC, 2011), el cual apela a áreas formalmente divergentes de toda su producción anterior, conformada por la consabida decena de cortometrajes de Nicanor O´Donell (Sex Machine Producciones).

La acritud alternativa de estas propuestas, cuya lancinante crítica socio-cultural a la Cuba de este minuto, le garantizó un nicho dentro de lo que pudiera catalogarse como cine independiente criollo, caldo de cultivo donde cristalizó la más reciente generación de realizadores nativos (Juan Carlos Cremata, Miguel Coyula, Esteban Insausti, Pavel Giroud, Alejandro Brugués, Lester Hamlet, Ian Padrón), finalmente reconocidos y apoyados por la misma industria que produjo Vinci, ahora se suaviza hasta la sutileza lírica de una alegoría al intelectual, por extensión al intelecto; al arte como sublimación de este, y finalmente al humanismo reivindicado para Occidente por el Renacimiento, del cual Leonardo Da Vinci es paradigmático summun.

Pero del Llano no presenta a un Leonardo consagrado, feliz creador de la Gioconda y La última cena, anatomista, ingeniero prolífico, inquietante y visionario diseñador de adminículos futuristas, sino un delicado efebo apenas debutante en el mundo, apenas desbrozando los presentidos senderos gnoseológicos, cuyas ramificaciones infinitas no tardaría en cartografiar. Guarda (a distancia) cierta concomitancia con el infantil y adolescente Pepe, propuesto por Fernando Pérez (José Martí: El ojo del canario, 2009), útil para indagar en los prístinos motivos y motivaciones del sucesivo accionar del individuo. En la cinta de marras, el genio es más espectador, que gestor de circunstancias.

Esta imberbe criatura de adoncellados amaneramientos, símbolo casi extremo del creador y el pensador, interpretado por Héctor Medina (Boleto al Paraíso), se ve inmersa precisamente en el más acerbo de los contextos posibles, para aprender sobre la naturaleza humana: una malsana mazmorra, habitada por otras dos alegorías, algo estereotipadas, de la insania humana: un ladrón llamado Piero (Carlos Gonzalvo) y un asesino de nombre Luigi (Manuel Romero). Queda conformado un tríptico, cuyo evidente desbalance histriónico lastra el universo de sugerencias, paradojas éticas, morales, intelectuales, y conflictos, emanados todas de la interacción de guisa teatral, donde la sólida fotografía de Raúl Pérez Ureta no evitó el aspecto televisivo de la puesta, algo ya sucedido a obras como La Pared (Alejandro Gil, 2006).

Esto dos seres, regurgitados por la sociedad en la cárcel, gozan de una casi preciosista concepción visual e interpretativa por parte de la dirección artística y gracias a los propios actores, dotados de una sólida organicidad, que trasciende la resbaladiza neutralidad lexical del texto, sin vanos intentos frívolos por “parecer italianos”. Los roles son aprehendidos hasta el mismo tuétano, con un acertado énfasis en los códigos extraverbales de la gestualidad y la expresión facial. Tanto es así en el farsesco, pero visceral ladronzuelo de Gonzalvo, como en el cauteloso (y hasta elegante, por momentos) homicida de Romero. Contrasta con este explayamiento dramático, la tímida actuación de Medina, quien parece confundir la frivolidad con la contención y tras sus débiles procederes no delata contundentemente el magma latente de su genialidad.

Resentido queda, pero no fallido, este nuevo atajo que Eduardo del Llano traza para la cinematografía nacional, con esta intimista y minimal obra, que cuestiona tanto la omnipotencia del conocimiento y el arte, como la prevalencia del positivismo pragmático. Si el arte y el conocimiento sirven para algo (…) ¡Por qué tu pájaro no vuela!, espeta Piero, en paroxismo climático, al aterrorizado Leonardo, luego de reivindicar lo tranquilo que estaba antes de aparecer en su vida este inquietante y esperanzador intelectual. La máquina que los iba a liberar, en la que todos trabajaron de conjunto, salvando jerarquías y castas, se quebró por un error de cálculo, símbolo de lo accidentado del camino hacia la verdad, imposible de abarcar en el primer intento. Piero compensaba hasta entonces  la angustia, marcando más de una raya por día en la pared de la celda, esbozando una idea de mujer para autosatisfacerse y soportar.

El futuro diseñador del Hombre de Vitrubio les hizo entrever la libertad, la cual, más que el escape de la cárcel física, es clara apelación a la liberación de uno mismo, de la prisión simplista a la que los ignorantes se autocondenan. Pero los proscritos  permanecen en ella, entreabierto el velo mas no trascendido, mientras el joven es liberado por no probársele la culpabilidad. Toda huella suya es borrada, por comando de un siniestro carcelero interpretado por Fernando Hechavarría. Terrible en su aparente bonanza con los presos, a quienes consigue aguardiente e higieniza las celdas, pues a la larga persigue una uniformidad libre de subversivas ideas y sus expresiones, en este caso los bosquejos realizados por Da Vinci en las ásperas paredes.

Sin llegar a hacer un intimista cine de autor, fundamentado en las relaciones humanas, a lo Hitchcock (Rope, 1948), Bergman (Persona, 1966), Mankiewicz (Sleuth, 1972), Tommy Lee Jones (Sunset Limited, 2010) e incluso Ureta (La guarida del topo, 2011), del Llano articula con Vinci un decoroso pero cauto discurso acerca del intelectual, pletórico de sugerentes símbolos y alegorías su real connotación dentro de la comunidad humana, la efectividad de las ideas contra la acción apenas razonada. Se delata además como un realizador enzarzado aún en dura búsqueda de su verdadera medida en el cine de este mundo.

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Publicado el enero 23, 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

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