LARGA DISTANCIA (2010), de Esteban Insausti

No recuerdo en toda la historia del cine cubano una película más pesimista que Larga distancia (2010), de Esteban Insausti. Y, como además, la cinta cuenta con una fotografía de lujo, una edición que no permite el más mínimo respiro, y una banda sonora donde hasta el silencio alcanza la dimensión de un grito desgarrador, podría añadir que no recuerdo en el cine cubano una película más cruel, más asfixiante.

Aclaro que no hay en esto exactamente un reproche. Siento demasiado estima por Schopenhauer y  Cioran, por mencionar apenas a dos lúcidos apólogos del arte de amargarse la vida, como para despreciar un filme así. El pesimismo ilustrado, para llamarlo de algún modo, tiene el indiscutible mérito de alejar al hombre del autoengaño. De restituirlo al centro mismo de su realidad, esa donde conviven de modo apasionado la finitud y la impotencia, y desde allí, ensayar la auténtica libertad interior.

En el cine cubano ya han existido miradas donde lo trágico termina por dominar el tono de los relatos. Pero lo que veo de original en el filme de Insausti es que, tal vez por primera vez, esa mirada inconsolable se orienta a describir los efectos devastadores que han tenido nuestras pretensiones utópicas en el contexto de la fraternidad. Estamos en presencia de un relato que se ocupa de la zona más negativa de lo que pudiéramos llamar la dialéctica de la fraternidad.

En sentido general, cuando el cine cubano ha querido hablar de esas tragedias que han marcado íntimamente a tantos compatriotas en las últimas décadas, siento que en el fondo estaba la necesidad de justificar o incriminar un proyecto colectivo. Ya sé que sería difícil no tomar en cuenta el peso que esa circunstancia colectiva ha tenido en nuestras respectivas suertes. Pero en los últimos tiempos advierto algo así como una voluntad de ir por nuevas preguntas. Muchas veces más terribles que las que hasta ahora se han hecho.

Larga distancia, de Esteban Insausti, participa de esa voluntad renovadora, inquietante, al igual que Memorias del desarrollo, de Miguel Coyula, y Fábula, de Léster Hamlet. No estoy mencionando estos tres nombres (al que sumaría los de Pavel Giroud y Humberto Padrón) de modo gratuito. En realidad cuando me enfrento a cualquiera de los materiales de estos creadores, no puedo evitar desplazarme en el tiempo y encontrarlos de nuevo en aquella Primera Muestra de Nuevos Realizadores que organizamos en el 2001. ¿Era verdad, pues, que con ellos nacía en el audiovisual cubano una nueva sensibilidad?

Hoy se nos hace más claro que esa nueva sensibilidad estaba condicionada por una época que comenzaba a revisarlo todo de un modo más bien despiadado. En un ensayo que titulé “La utopía confiscada” (y que me valió no pocos vapuleos en su momento) hablo del efecto que tuvo en el audiovisual cubano ese conjunto de acontecimientos que rediseñó en apenas meses el mundo, tras la caída del campo socialista. Los “nuevos realizadores” llegaron a un escenario donde, en contraste con el que vivieron sus mayores, se pensaba que estábamos asistiendo al “fin de la Historia”. Lo colectivo cobró aire de anacronismo. Y la palabra utopía se hizo obscenamente vieja, como puso de manifiesto el dramático éxodo de los balseros a mitad de esa década. Un cortometraje como Y todavía el sueño, de Humberto Padrón, nos describe el estado de ánimo que predominaba entonces. Y también La época, El Encanto y Fin de Siglo, de Juan Carlos Cremata.

En este sentido, pareciera que Larga distancia no se propone ir más allá de lo que varias películas han comentado en torno al tema de la emigración, por ejemplo. Mi criterio es que la película está indagando en algo más hondo, complejo, y doloroso. Esta es una película sobre el desarraigo, pero en su acepción más radical: el desarraigo ontológico. Viendo el filme se puede llegar a pensar, por ejemplo, que en las relaciones que establecen los seres humanos, uno más uno nunca da dos; que uno más uno lo que hace es multiplicar la incurable soledad.

Por otro lado, si la película (a ratos), alcanza a parecernos un abusivo manual para perdedores, es porque durante mucho tiempo el tono triunfalista con que se ha descrito la vida cotidiana en Cuba (asociado todo el tiempo al proyecto político que se iniciara en 1959) ha logrado condicionar nuestro rechazo a lo que huela a desesperación, a balance negativo. Como si ser cubano no implicara también tener que lidiar con pasiones propias y ajenas, muchas veces más destructivas que los golpes físicos que se puedan recibir alguna vez.

Hay en ese potente rechazo a asomarnos a los despeñaderos insondables del espíritu humano (que incluye obviamente al cubano, por buena gente que podamos ser), bastante de hipocresía, de moralismo que se hace pasar de modo oportunista y fariseo por humanista. Recuérdese la famosa reflexión de Edmund Burke, que pareciera pensada para estos tiempos donde el periodismo ha hecho de lo catastrófico el pan nuestro de cada día: “Estoy convencido de que tenemos cierto grado de deleite, y ese grado no es pequeño, en las desgracias y dolores reales de otros. No hay espectáculo que procuremos tan ansiosamente como el de alguna calamidad inusual y penosa”.

Lo que Esteban Insausti nos describe en su filme, sin embargo, no obstante el marcado tono de desesperanza que impregna cada una de sus imágenes, insisto en que va más allá de ese simple regodeo en la suerte aciaga de sus protagonistas. A Insausti parece guiarlo aquel estimulante grito de guerra de Nietzsche: “¡Atrévete a asomarte a tus abismos!”. Tengo la impresión de que ese grito bélico lo viene pregonando desde Más de lo mismo (2000), el corto realizado en el Instituto Superior del Arte con el cual se dio a conocer enla Primera Muestra de Nuevos Realizadores.

Los abismos morales, más que el paisaje físico ante el que se mueven sus protagonistas (esa Cuba que extrañan y reinventan a diario los que se fueron y los que se quedaron), pudieran conformar entonces el verdadero objeto de estudio del realizador.

Juan Antonio García Borrero

OTRA MIRADA EN EL BLOG:

La insalvable larga distancia hasta el Paraíso, por Antonio Enrique González Rojas

También recomiendo consultar: 

Larga distancia, de Esteban Insausti: más preguntas que respuestas

Larga distancia.  ¿Cuba vista desde la Luna?

 

FICHA TÉCNICA:

LM. Ficc. 2010. Formato: Digit./ Productora: ICAIC y MINCULT/ Guión: Esteban Insausti/ Dirección: Esteban Insausti/ Producción General: Dennis Valle/ Dirección de Fotografía: Alejandro Pérez Gómez A.C.F/ Montaje o Edición: Angélica Salvador/ Música Original: X Alfonso/ Primer Asistente de Dirección: Ernesto Sánchez Valdés/ Dirección de Arte: Alain Ortiz Duarte/ Diseñador de Vestuario: Vladimir Cuenca Montané/ Diseño banda sonora: Osmani Olivare/ Casting: María Margarita Soto Marín/ J´Vestuarista: Regina Caridad Sánchez Robet/ J´Iluminación: José Humberto Figueroa Gutiérrez/ J´Construcción Escenográfica: Ariel Siverio Caballero/ J´Ambientación: Arnaldo Pérez Martínez/ J´Efectos Especiales: Angel Ramón Benítez Ferrer/ Maquillaje: Nereida Juliana Sáncez/ Peluquería: Juan Francisco Carreño Oliver/ INTÉRPRETES: Alexis Díaz de Villegas, Tomás AlejandroCao Uriza, Zulema Clares Hernández, Mailyn Gómez Cruz, Miriam Socarrás, Ania Bu Maure, Coralia Veloz, Verónica Lyn.

Sinopsis:

Cuatro amigos han pactado no separarse jamás, hasta que a Cuba llegan los difíciles años 90…

Ana cumplirá treinta y cinco años y ha descubierto que ya no tiene amigos a quien invitar a su celebración, de modo que decide reinventárselos. Entre tanto Ana sólo tendrá una noche de cumpleaños para reencontrarse con lo mejor de su vida pasada. LARGA DISTANCIA una película donde la patria también son los amigos.

Premios

Mención especial. Festival de Cine Iberoamericano de Nueva Inglaterra (NEFIAC). Providence, Estados Unidos. 2011.

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Publicado el enero 18, 2012 en AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

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