Archivos diarios: enero 12, 2012

VERDES VERDADES DE ENRIQUE PINEDA BARNET

Verdes verdades Entrevista a Enrique Pineda Barnet

Por Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco

Siempre resulta difícil escribir sobre una película que aún no se ha estrenado. Es como desandar una cuerda floja o cruzar unas gigantescas arenas movedizas. Pero si esa película se llama Verde verde y está dirigida por Enrique Pineda Barnet, lo resulta aún más. Podríamos intentar el camino fácil y comenzar diciendo que en un sórdido bar del puerto, Alfredo, un hombre de 48 años, paramédico de navegación mercantil y trotamundos, conoce a Carlos, un atractivo machazo treintañero, técnico en informática. Podríamos también señalar que ese encuentro será la génesis de una lucha de opuestos. Y aunque nada de ello pecaría de incorrecto, no rozaríamos, ni por asomo, las esencias de Verde verde.

Los riesgos consustanciales a cualquier proyecto cinematográfico anterior de Enrique Pineda Barnet, se densifican esta vez y logran romper las ataduras con sus precedentes. Un espectador ingenuo pudiera augurar el más rotundo de los fracasos, porque, a fin de cuentas, la homosexualidad «ya ha sido tocada otras veces en el cine cubano». En la Isla, como se sabe, basta que un creador se concentre en una problemática, para que se tienda una especie de velo de protección sobre ella. Es como si por un acuerdo tácito y no firmado, volver sobre antiguos derroteros, aun desde perspectivas diferentes, fuese poco menos que una concesión artística o una falta de originalidad. Pineda Barnet trasciende esos reparos y tras su largo camino recorrido, da la orden para que se proyecten unos hondos desgarramientos, que comenzaron a crecer desde hace mucho, antes de 1950, cuando un joven de aspecto efébico recitaba en el Instituto de la Víbora Elegía del condenado, mientras Carlos Piñeiro interpretaba al piano La catedral sumergida, de Debussy.

Verde verde se revela como un juego de infinitos símbolos. El director vuelve el rostro, hurga en su biblioteca cuasi renacentista, no solo física, sino también emotiva, y nos sitúa, junto con Carlos, entre las fantasmagorías que el personaje ha de recorrer para exorcizar, si es eso posible, sus pánicos ancestrales. Con él acaso también tenderemos las manos suplicando ayuda, en un gesto que ya Dante hizo a Beatriz, y Don Juan, a Sor Juana Inés. Miraremos tratando de descifrar las claves en medio de ese ambiente onírico y fantasmal, situado en un no-lugar y acaso hasta en un no-tiempo. Y como en un cuadro de El Bosco, aparecerán los furtivos hombres solitarios de Rocío García, calculándose a distancia o brindando en nombre de las penas y la felicidad. En el estudio rojizo de Alfredo, como las Isadoras de La Bella del Alhambra, surgirá transfigurado un Ícaro caído de Evelio Lecour, que se cubre el rostro con sus alas de cera, de vergüenza por haber volado demasiado cerca del Sol, recordándonos, quizás, que son imposibles las evasiones cuando se pretende salir de un laberinto. Vuelven, aunque se detecten bajo una pátina de invisibilidad, los esperpentos de Antonia Eiriz con toda su intensidad descarnada; las damas enigmáticas de Toulouse-Lautrec diluidas en las orgías parisinas; los desnudos masculinos y femeninos de Egon Schiele, evocando un erotismo que nos advierte de la amenaza de la muerte y la soledad.

En Alfredo y en Carlos reencarnarán los sufrimientos de los personajes, eternamente iniciadores e iniciados, de Pier Paolo Pasolini en Actos impuros y Amado mío, y todas las lecturas compulsivas de Pineda Barnet: desde la Biblia, pasando por el Reinaldo Arenas de Antes que anochezca e Inferno, hasta el José Lezama Lima de Paradiso, el Herman Hesse de El lobo estepario y el Romain Rolland de Juan Cristóbal. Porque todo en Verde verde nos remite a un referente. No obstante, esa compleja urdimbre, ese tránsito cultural contaminado, confluyente, afortunadamente caótico, se resuelve con la aparente simplicidad de una trama lineal, donde asistimos a un duelo sensual, del que poco a poco va emanando un dolor que nos pertenece como herencia maldita, porque se instala y se hace inamovible.

PREGUNTA: Se adentra en un proyecto que, excepto la economía de locaciones, no guarda otra relación aparente con su última película exhibida, La anunciación. Verde verde es un filme que corre riesgos, no solo temáticos. En él palpita la crudeza de los prejuicios y el profundo miedo de un ser humano por asumirse a plenitud. ¿Qué deudas consigo mismo salda ahora Enrique Pineda Barnet?

RESPUESTA: La película tiene y no tiene relación, porque si se ponen a ver, toda mi obra es consecutiva y consecuente con lo anterior y lo futuro, de maneras diferentes, por distintos caminos. Anteayer en Regla, exhibí La anunciación, y como parte del mismo programa, se proyectó First. Broselianda Hernández y Verónica Lynn me acompañaban en el teatro: «Oye, esto tiene que ver con First», y les contesté: «Y con Verde verde.» Es como una semilla, y la expresión «deuda conmigo» es justa también, porque se trata de un saldo de mis sentimientos, mis reflexiones, mi manera de proyectarme en la vida. First también era una deuda inmensa, que salió en 1996, en Puerto Rico, y esto no es casual. El hecho es que por la distancia, la identificación con ese país que comparte una gran identidad con Cuba; allí, rodeado de alumnos cariñosos, de una corriente afectiva muy fuerte, experimenté la distancia, una especie de ensayo de exilio, sentí esa sensación, aunque no estuviese exiliado, de estar lejos y cerca. Ese ambiente generó una soledad en compañía muy particular, y en esa soledad, una noche comencé a escribir y salió First como un poema. Poco a poco lo fui redondeando y me di cuenta de que necesitaba terminarlo, darle verdadero cuerpo. Lo construí como monólogo teatral, y me planteé incorporar elementos de la plástica y del cine, pero siempre con la idea de un monólogo para uno de mis estudiantes. Luego, en un restaurante budista, me invitaron a que hiciera un performance, y presenté First; yo mismo asumí la actuación, y en ese proceso me percaté de algunas dificultades del texto. Conté con la colaboración de Luis Enrique Juliá, un músico puertorriqueño que me apoyó con la guitarra. Recuerdo que cuando lancé la pedrada al espejo, salpicaban cristales. Terminé incluso con la sensación de que estaba herido; así que debía buscar un elemento para proteger al futuro actor que lo interpretara, y se me ocurrió –como trabajaba con elementos tan primarios y tan bíblicos al mismo tiempo– usar la red del pescador, tirarla sobre el espejo. Fue una solución dual.

Regresé a Cuba y me reuní con los alumnos de mi taller Arca, nariz, alhambre (Arca, porque rescata las cosas no nombradas; nariz, porque olfatea, husmea, busca; y alhambre, porque es comunicador y está en equilibrio, como el cruce sobre el Niágara). Ellos dijeron que necesitábamos hacer First, se entusiasmaron mucho. Ciento veinte dólares era todo con lo que contábamos, y nos decidimos a filmarlo con una camarita regular. Nos prestaron el fondo del Teatro Nacional, detrás del telón, y allí filmamos First en una noche. ¿Con quién? Con Héctor Noas, que era nuestro actor esencial, el hijo del taller, digamos. Y ahora, cuando lo vimos en pantalla grande en Regla, descubrimos que Verde verde tiene su origen también en First. ¿Qué pasa? Es uno contra uno, es el ser o no ser, lo peor y lo mejor de mí. Son los destrozos del alma, los pedazos propios, expuestos en Verde verde de una manera brutal, cruda. No dejan de estar en La anunciación, solo que en otra corriente, relacionada con la separación familiar. Esta vez se trata del hombre, de sus sufrimientos individuales. Ese proceso no está concluido, apenas empezó a tener cuerpo propio en La anunciación, y se está cuajando en Verde verde. Quizás cuaje en otra obra más adelante, inclusive no cinematográfica.

(Para leer la entrevista íntegra, ir a la Revista Cine Cubano y pinchar aquí)

BOLETO AL GOYA PARA GERARDO CHIJONA

El director de la cinta cubana Boleto al paraíso, Gerardo Chijona, dice sentirse “sorprendido y muy feliz” por la nominación de este filme al Premio Goya en la categoría ‘Mejor película iberoamericana’; donde competirá con Miss Bala (Méjico, Gerardo Naranjo), Violeta se fue a los cielos (Chile, Andrés Wood) y Un cuento chino (Argentina, Sebastián Borensztein). (Leer la noticia aquí).