SANGRE, SUDOR Y SEMEN: MÁS DE JORGE MOLINA Y EL CINE CUBANO

Acabo de leer en el blog del cineasta Jorge Molina las respuestas que le concediera a la estudiante de periodismo Lidia Hernández Tapia. Le he pedido autorización para colgarla también en este sitio, cosa a la que ha accedido gustoso. Comparto con los lectores estas provocadoras e irreverentes reflexiones, que vienen a engrosar esta suerte de Molinoteca que hemos creado en Cine cubano, la pupila insomne.

JAGB

JORGE MOLINA: SEXO, VIOLENCIA Y LENGUAJE DE ADULTOS
Por: Lidia Hernández Tapia

El cineasta cubano comparte sus criterios sobre el Cine Joven y la renovación del séptimo arte en Cuba.

Sexo, asesinato, violencia, sangre, son las constantes en la obra del cineasta Jorge Molina. Surrealismo, horror, e incluso el hardcore se funden en sus filmes irreverentes, para hacerlo indiscutiblemente único en el panorama cinematográfico cubano de todos los tiempos.

Graduado de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), inaugura con Molina´s Culpa (1992) una obra sólida y con un sello identitario, que la distingue del estilo oficialista. Sus producciones independientes, o alternativas a la industria, liberan un aliento provocador y desprejuiciado ante las zonas más perversas del ser humano. No siempre bien recibido por las instituciones oficiales, mal mirado tras la moralina y el extremismo, Molina se separa de la tradición realista característica del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), como el más claro exponente del llamado Cine Joven cubano.
Detrás de la cámara, o frente a ella, como productor o guionista, filmar es un acto de pasión y rebeldía (con causa), “una terapia para no matar a alguien”; porque como ha dicho el crítico camagüeyano Juan Antonio García Borrero, Molina no pertenece al Homo sapiens, sino al Homo cinematográfico.

-Mientras los cineastas cubanos prefieren contar historias más cercanas a su realidad, ¿por qué Molina hace un cine más fantasioso, menos realista?

Será porque me eduqué en un mundo de fantasía, leyendo a Dumas, Salgari, Verne, Jack London… todos tan cinematográficos. Mientras leía, visualizaba sus historias, estaban las historietas de Luís Lorenzo en Pionero, las de Kombey, Ronín (esa era de él y Juan Padrón), pero sobre todo las de Matías Pérez, eso de que lo secuestraran extraterrestres y después regresara como justiciero espacial, eran geniales.

Siempre he visto el cine como un lugar para soñar. Yo no quiero ver los problemas que tengo en mi casa, ni los de mis amigos. Para eso voy a la casa de al lado, de un amigo, le pregunto qué problema tiene y como puedo ayudarlo. No es que quiera ir al cine a evadirme, me refiero a sentir otras sensaciones, distintas de mi cotidianidad.
También pasa con las historias que se me ocurren. El día que se me ocurra una historia sobre la realidad inmediata, por supuesto que la voy a hacer. No me considero un realizador de un solo tipo de obra, puedo hacer una película sobre cualquier tema, así sea de de ballet o de Kung- fu, si tengo un guión que me enamore. Mi hija mayor me dice que haga una película para ella, y el día que se me ocurra la haré. Cuando estoy orquestando una historia que lleve implícito algo de la realidad, de pronto aparece un chorro de sangre de una cabeza, me salen cosas así, no es que las busque. Entonces todo lo real se va al carajo.

Ahora mismo tengo dos proyectos para hacer: uno es inspirado en un cuento de Arturo Arango, que se llama Invitemos a Mariela. Es la historia de dos compañeros de oficina que se conocen de hace tiempo, pero que nunca se fijarían el uno en el otro. Terminan enredados, pero no tienen un lugar donde tener un sexo verdaderamente pleno. Deciden ir a una sombría casa de alquiler. El cuarto donde se alojan es de la nieta de la dueña, una muchachita de espejuelos, que está en primer año de la universidad, preciosa, una Lolita.

Los dos personajes se obsesionan con la Lolita, y ahí comienza una historia de sexo, violencia, y de un cautiverio absurdo, en parte deseado y en parte padecido como en El ángel exterminador de Buñuel. Quieren irse de la casa, pero no pueden. Tiene elementos del fantástico, del terror.

La otra está solo en argumento y trata de un tipo que tiene una doble vida, para su familia (su mujer y su hija), trabaja en un centro turístico en los cayos. Realmente el hombre, hace videos hardcore de tono amateur para un alemán que trabaja en una embajada. Una película sobre la simulación. En esas dos historias se aborda la realidad, pero siempre con tintes fantásticos, porque pienso que nuestra querida Cuba es un país muy surrealista. Virgilio Piñera dijo que si Dalí y Buñuel hubieran vivido en Cuba, habrían hecho costumbrismo. Siempre mis historias estarán vinculadas a elementos extra realistas. Además, la realidad es bastante fea, y a mí no me gusta mucho.

-¿Veremos alguna vez una película suya sobre la emigración, el regreso a Cuba?

¿Es un chiste, no? (Risas) No, esa se la dejo a los otros. A mí esas cosas de la diáspora me dan una tristeza tremenda. Es terrible. Yo trato de mantenerme lo más alejado posible de esos temas; no porque le huya a los problemas, soy uno de los pocos de mi generación que estoy en Cuba, haciendo audiovisuales. Soy un ejemplo de que sí se puede. Pero la sociedad se ha convertido en hipócrita, y no sé si la gente cuando aborda esos temas es porque realmente los siente, si es para ganarse puntos, o para ir de irreverentes cuando no lo son. En el cubano se ha institucionalizado una doble moral, todo es tan hipócrita.

Me interesan mucho los problemas de mi país, por eso estoy aquí, pero no para ponerlos en pantalla. Trato de ayudar a todo el que puedo, desde ponerle una mano en el hombro a alguien, hasta monetariamente, si me es posible, a veces hasta soy como una especie de sicólogo, de cura confesor. Te digo, hasta ahora, casi ninguno de los trabajos que he visto sobre problemas sociales me parecen todo lo honestos que deberían ser. Además, ¿de qué realidad me hablas, de esa realidad complaciente que se representa? ¿Homofóbia, racismo, y una violencia ya no tan soterrada que se respira en la calle, entre la gente? Eso existe ahora mismo, es cada vez más fuerte, y no lo representa el cine cubano de hoy. Ni siquiera en los filmes latinoamericanos, hechos generalmente por burgueses. Esas historias explotativas sobre la miseria. La historia de la niñita que vende drogas, o del niño sin zapatos que le roban el perro, o de los viejitos con enfermedades terminales que no pueden pagarse un tratamiento, generalmente, quienes hacen esas historias tienen tremendas casas, con piscinas, tremendos autos, y se acercan de manera bastante superficial al tema marginal. Es como un mea culpa, para estar en paz. Entonces los franceses y los americanos, que se erotizan mucho con la porno miseria que Latinoamérica le exporta, lavan también sus culpas, y le dan el premio a ese tipo de películas. Todo es hipócrita, y no quiero ser parte de eso.

-¿Qué valor le concede al cine como termómetro social?

El cine puede ser un arma para adormecer consciencias o para despertarlas, según se utilice. Lo grandioso es que le cabe todo, desde los trabajos de Molina hasta documentales como Océanos, o sobre las FARC y los grupos insurgentes de Centroamérica. Si es bueno o malo, eso lo dirá la vida. A veces legitimamos cosas, y con el tiempo se diluyen. El buen cine siempre sobrevive. ¿Por qué las películas de Orson Welles siguen siendo modernas, y ya tienen cincuenta o setenta años? ¿Por qué todavía Humphrey Bogart nos llega al corazón con su mirada, con el cigarro en la boca y con el vaso de whisky, aunque está muerto hace más de sesenta años? Lo bueno siempre va a perdurar.

Hay un gran problema ahora, que es una ventaja y también una desventaja, con la democratización de los medios audiovisuales, y con los daneses haciéndole creer a todo el mundo con su sello Dogma que cualquiera puede hacer películas. La gente no se da cuenta de que es una burla, Lars Von Trier está todo el tiempo provocando. Ahora cualquiera coge una camarita y hace una película. Siempre he dicho que si se le da una cámara a un mono, él va a filmar también, y no quiere decir que la película sea buena.

La ventaja es que todos podemos filmar, y la desventaja es que no siempre es bueno, no todo el mundo sabe contar historias. Si con esa cámara se puede lograr que quien lo vea sienta algo, está bien. Si puedes lograr que se conviertan en zombis, estás jodido.
-¿Siente que ha logrado impactar de alguna manera con sus obras?
Yo no siento nada. Realmente he hecho los audiovisuales que he querido: si son buenos o malos, no es mi problema. Si le gustan a la gente o no, tampoco es mi problema. Si logran un efecto en las personas, genial. Si no, me jodí. Hago películas para mí, ante todo. Primero tengo que estar contento con lo que hago. Si hago pensar al público, que bueno, pero no es mi intención. Sencillamente quiero contar historias que te den duro en el pecho.

Una película solo tiene vida mientras la vea un receptor. Después se convierte en una bobina, un DVD, o lo que sea, en un estante, y no existe más. Eso es lo efímero del cine. Además, cuando uno ve una película, después se hace su propia película, que llega de manera diferente a cada cual. Yo creo que eso es lo grandioso del arte: cada cual puede darle la lectura que quiera, y todos tienen su verdad. Eso es lo lindo, y si se logra, ya es un paso importante. Lo demás es banalidad. ¿Qué es ser un cineasta? Si más importante que yo es un tipo que corta caña, o el panadero que se levanta a las 4 de la mañana, o el obrero de una fundición de acero. Yo tengo la dicha de levantarme a la hora que quiero o por lo menos no tan temprano como los demás. No podría hacer pan, o a lo mejor no lo haría tan bien, porque no me gusta. Quizás un panadero o un cortador de caña, son más posmoderno que yo.

-¿En qué se diferencia una de sus películas de un porno?

¿Y qué es lo porno? Es un término bastante vilipendiado, ultrajado por gente ignorante que lo usa en su vocabulario sin tener idea siquiera de lo que es. Hay pornografía de la miseria, esa que nos venden los medios de comunicación, pornografía de la violencia, el video del asesinato de Kadafi, en constante transmisión por los medios de difusión, por ejemplo, porno- política, cuando te atiborran de consignas todo el tiempo… La pornografía aplicada al cuerpo humano, no es más que el sexo de manera excesiva y burda. A mí me tildan de todas esas cosas, y quizás sí lo soy. Hay escenas en mis obras que, de alguna manera, homenajean el género hardcore, o lo rozan. Yo creo que son historias de seres humanos que están jodidos, ante todo.

El centro de Molina´s Ferozz, por ejemplo, no es que el perrito lama juguetón en los genitales de la muchacha, y eso es lo que perturba a todo el mundo. Esa escena podría no estar, y la película aún sería fuerte. Yo quise que estuviera porque me gusta su ternura e inocencia, y porque creo que hay que romper barreras. En Ferozz se está hablando de una familia en un campo cubano, que sí las hay así, porque el monte cubano no es el jolgorio de Palmas y cañas. La zoofilia, el incesto, y todo eso existe, aunque no queramos hablar de ello por la doble moral y la hipocresía.

Hay quien dice que soy un pornográfico, un enfermo y seguro en su intimidad consume películas de zoofilia y otras parafilias, etc. Si soy pornógrafo, bienvenido sea. Ojalá el porno pudiera hacer películas como esa. No se puede catalogar a El imperio de los sentidos (Nagisa Oshima 1976) como pornografía. Me imagino que en 1976 a su director lo atacaron, pero ya todo el mundo sabe que es una obra de arte. Además, quien se excite con eso está bastante loco, por lo deprimente que es. Lo mismo pasa con Ferozz.

-¿Es el porno por el porno, la violencia por la violencia?

La violencia está en todas partes, en la vida misma, ya el acto de nacer es un acto violento. Vivir se está convirtiendo en algo muy violento. Sobre lo otro: ¿Con qué criterio se determina el carácter pornográfico de una imagen? Lo pornográfico no está tanto en las características propias de esa imagen o del objeto que se aprecia, sino en los ojos de quien lo mira, y en su cerebro cargado de moralina. El escritor francés Alain Robbe-Grillet dijo que “la pornografía para unos es el erotismo para otros”. ¿Quién tiene la verdad en la mano? Eso es una cuestión netamente conceptual.

-Ningún otro cineasta cubano explora esos mundos “oscuros” como usted, ¿por qué cree que no lo hacen?

Pensemos que es porque no les interesa, y están explorando otras zonas. Tal vez, un día todos quieran hacerlo, y digan que antes no lo hacían porque los prohibían y bla, bla,bla. Mejor es que no lo hagan, así soy el único, el rey. No tengo competencia, y eso es mucho más interesante. A otro no le pudieras hacer esta entrevista.
El cine cubano se ha quedado en lo local, no es capaz de ver más allá de la punta de sus zapatos. Sin embargo, por ejemplo los americanos son unos cabrones, saben cómo vender las cosas. Cuentan tan bien cualquiera de sus películas de mierda, que las hacen universales. Son unos encantadores de serpientes tremendos. Y eso nunca lo ha logrado el cine latinoamericano, o el mal llamado nuevo cine latinoamericano.

El cine latinoamericano se ha encargado desde los 60, cuando empezó todo el boom, de exportar porno miseria a Europa. Esas historias trágicas, de gente miserable, de gente hambrienta, con esa tremenda carga melodramática que nos caracteriza, el epítome de las desgracias, todo eso es porno miseria o la estética de esto y de lo otro, como el cine de un montón de gente de esa época. No jodan, si nosotros también tenemos otras cosas que mostrar.

Siempre he querido estar alejado de eso. Cuesta mucho trabajo, porque te miran de otra manera, eres el bicho raro, o el perturbado. Generalmente es Molina, el loco. Pero poco a poco uno se va imponiendo. Antes te controlaban, porque tenías que morir con el ICAIC, pero ya no. Ahora con cualquier camarita se hace algo, aunque sea menor la calidad de la imagen. Si tienes algo contundente que contar, la gente lo ve, aunque esté narrado en sánscrito.

La distribución también está resuelta, sobre todo con la Internet. Si no recibes dinero, no importa, porque te están viendo millones de personas. La mayoría de mis cortos están en Internet. Si no me ponen aquí en el cine o la tv, problema de ellos. El trabajo del censor es el trabajo más estúpido y triste que existe. Si no quieren poner tu película, regálasela a la gente que tiene bancos de videos, o pásalas en memorias USB.

No hago cine para ganar dinero. Casi todas mis películas las he producido yo, con mis recursos o con la ayuda de mis amigos, de la escuela de cine. Uno me manda un casette, otro me presta una cámara, otro que pone dinero, actores que me quieren y trabajan conmigo.

-¿Hasta qué punto ha implicado una limitación de la calidad artística el trabajo minimalista?

Hay opiniones controvertidas sobre eso. Hace un tiempo, ese personaje que se llama Zoé Valdés publicó algo en su blog sobre mí. Parece que descubrió Molina´s Solarix en youtube o no se donde en la web, y enseguida asumió que era una obra anti… todo, y que incluso estaba hecha con seudónimos. Manuel Marcel, realizador graduado de San Antonio, le escribió al blog y le dijo quién era Molina. Decía más o menos que yo era un cineasta con tal pasión, capaz de sacrificar técnica para contar una historia, sin reprimirse por no tener los medios necesarios. Puede ser, dentro de los irrisorios presupuestos que uso, mis trabajos tienen un acabado bastante potente. Cine pobre no quiere decir cine mal hecho, no es con pobreza de ideas.

Tengo algunos cortos que parecen hechos con mucho dinero para un cortometraje. Molina´s Test, por ejemplo, se hizo aproximadamente con tres mil dólares, y cuando uno la ve parecer haber costado treinta mil dólares, por lo menos. Simplemente, está hecha con un empeño del carajo.

El director de arte hizo un trabajo fenomenal, la directora de fotografía y los actores también. Entonces, el presupuesto es un limitante espacial, actoral, o de producción, pero no limita la creatividad. Siempre he dicho que el artista bajo presión es más creativo. Con 200 pesos no puedo hacer una película de 2000. Si en el guión aparecían diez locaciones, me tengo que quedar con una.
Molina´s El hombre que hablaba con Marte es completamente minimalista. Fue en una sola locación, variaron los objetos y la luz en los objetos y los actores. Ese trabajo a mí me gusta muchísimo, y a la gente también. Allí hubo limitantes de todo tipo: de dinero, afectivas, tuve que protagonizarlo, al fotógrafo le dio un coma diabético el día antes de comenzar el rodaje… A veces esas limitaciones disparan algo en el cerebro, hay una compensación cuando tienes que suplir las carencias con imaginación. Por eso me gusta tanto el mal llamado cine serie B.

Trabajar solo y en esas condiciones te limita, pero hay algo invaluable: eres libre de hacer lo que te dé la gana, y eso no se puede hacer en una producción oficial.

-¿Es por eso que Molina se considera un samurái sin empleador?

No, la vida me ha llevado a ello. Yo nunca renegué de nada. Sencillamente, hice una declaración de principios con Molina´s Culpa, en el año 1992. Nunca antes había pasado algo así, y la gente lo primero que dijo fue “este tipo está loco, es un pornográfico, aquí no lo queremos”. Eso no hay que decirlo de frente, pero cuando uno presenta un proyecto te envían una carta muy bonita donde dice que tu proyecto no fue aceptado, y que te presentes a la próxima convocatoria.

Para insertarme en la industria, tendría que hacer lo mismo que los demás. Y yo no quería hacer lo que hacen los otros. No digo que eso sea malo, pero yo no quería hacer esas películas sobre la realidad. Yo me eduqué con serie B, con El hombre anfibio, Latitud cero, Cronos, Boston Blackie, claro que no puedo querer hacer eso. Yo quiero que la gente sueñe cuando vea una película mía, o se perturbe de alguna manera. No me gusta que se les olvide lo que vieron, como generalmente pasa.

La vida me condujo por el camino del samurái solitario. Traté de insertarme, como cualquier otro, y perdí seis años de mi vida sin hacer nada, después de graduarme como director en San Antonio de los Baños. Pero a mí nadie me va a parar más.

Estuve en la primera Muestra de Nuevos Realizadores por voluntad de Juan Antonio García Borrero, porque nadie me quería allí. Yo fui para no quedar mal con Juan Antonio, no porque quisiera nada de eso. Empecé a hacer películas para mí, sin expectativas de ponerlas en algún lado, y también para no frustrarme. No todo el mundo puede estudiar lo que quiere, yo lo había hecho, por lo tanto, no podía frustrarme, hubiera sido muy triste hacer otra cosa, como le ha pasado a muchos.

Con Molina´s Culpa comenzó el culto, por lo que provocó cuando se estrenó en un evento en provincia. Primero, todo el mundo decía que yo era un pesa´o, “es tan ególatra que le pone Molina a sus películas”… Y yo lo hice como una provocación. Fellinni y Andy Warhol también lo hicieron, ¿por qué yo no? Ahora todos esperan el próximo Molina´s. No me autocensuro, cuando estoy creando, ni pienso en lo que va a pasar después con la obra.

– ¿Son acaso la muerte, la violencia, el sexo, una manera de llegar a lo universal?

El sexo y la muerte siempre están ligados, desde los griegos antiguos. Yo nunca quisiera morirme, ahora menos, cuando sé que puedo dar muchas cosas. Pienso mucho en ello, quizás por eso es mi obsesión con la muerte.

El sexo es la vida. Quien me diga que puede prescindir del sexo es un mentiroso compulsivo, porque por lo menos pajas tiene que hacerse. Yo siempre he dicho que si uno tiempla bien, la vida le sonríe de otra manera. Saludas a todo el mundo en el trabajo, llegas con una sonrisa. Si estás mal templado, eres agrio, huraño. Creo que es importante tener una sexualidad plena para ser más creativo. Siempre digo que si los presidentes más poderosos del mundo templaran más, el mundo sería más hermoso.

Esos dos temas están muy ligados a mi vida. Cuando se muere alguien cercano a mí, yo me niego a ir a la funeraria, o al entierro. Eso me perturba mucho.

Mi obra me sirve para hacer catarsis. ¿Ustedes a veces no han sentido ganas de matar a alguien? A mí me ha pasado… pero hay leyes que lo impiden. Quizás las cosas que hago en el arte son para canalizar toda esa furia de animal que tengo. Es como una terapia, y me funciona muy bien. No bebo, ni fumo, no consumo drogas. Yo estoy en un nivel mucho más alto que toda esa porquería. Mi droga es hacer audiovisuales, y lo que me deprime es no filmar.

-¿Qué entiende Jorge Molina por cine joven y arte joven?

Cine joven es todo aquel que se hace por gente de cualquier edad, desde una niña de seis años (como mi hija chiquita), hasta un viejo de 86 como Sídney Lumet, que murió el año pasado y filmaba con una juventud del carajo. Eso es arte joven. El mal llamado cine Joven, porque lo asocian con una edad pos- adolescencia, no tiene por qué ser joven en realidad. Peca de montones de cosas: hay mucho esnobismo. Está de moda hacer cine, y cualquiera cree que puede hacerlo. Así puedes ir a un lugar donde hay una alfombra, sea roja, azul o verde, cosa en la que yo me he cagado siempre, puedes tener jevitas o jevitos, según la orientación sexual. Yo comencé en el cine porque me apasionaba, también pensaba que iba a templar mucho, y no me ha ido mal, pero tampoco tan bien como quería. Si lo hacen por eso, están embarcados. Eso de que los directores se templaban a las actrices era en la época del Hollywood clásico.

Hay mucha inmadurez, y muy poca preparación. Me parece que la educación ha mermado muchísimo. La ignorancia es tal, que se niegan al conocimiento. Estos jóvenes realizadores, mira, a veces me invitan a la Muestra, y al final todo el mundo se va con un mal sabor después de escucharme, trato de moverles el piso, y es que no entienden de qué va la cosa, piensan que porque mueven la cámara, ya han hecho algo. Con esa actitud no puede haber un buen cine joven: no han visto nada. Yo sé que no han visto nada porque están viviendo otra realidad, diferente a la que yo viví. Pero tampoco hacen nada por investigar, buscar y ver, y no saben un carajo de nada.

Otro problema que tienen es el deseo exacerbado de pertenecer a la institución oficial. Cualquier cosa que hagan es para llamar la atención y ser absorbidos. Esa es una actitud fatal. Supongamos que haya diez o quince muchachos talentosos, que dentro de lo poco que han hecho haya algo bueno, al ser absorbidos por el sistema terminan trabajando en oficinas, los absorbe la burocracia, y cuando van a rodar algo ya están muertos en vida.

-¿Se autoincluiría Molina dentro de un verdadero Cine Joven cubano?

Yo creo que sí. Soy un niño todavía. Ahora mismo me siento como si tuviera quince años. Cuando me sienta como si tuviera veinte, a lo mejor hago una película más madura. Las películas que estoy haciendo son las que haría un niño de 12 años.

Si lo que hago provoca cosas en el espectador, evidentemente es un Cine Joven. Si provoca maneras de pensar, reflexión, odio, ira, amor, emociones, entonces es joven. Si no pasa nada de eso, está envejecido, muerto.

-¿Hasta qué punto existe una “democracia” en la relación entre el ICAIC y los nuevos realizadores?

Con perdón de un grupo de gente que aprecio mucho en el ICAIC, en la Muestra, esa es una manera de controlar. Y no viene de ellos, es algo endémico, algo que los supera, es sistémico. Creo que es una actitud hipócrita. El ICAIC no cree en ninguno de esos jóvenes, es una institución muerta. Es más, el ICAIC ya no existe, es una entelequia. Se ha convertido en una institución burocrática llena de oficinas y llena de gente que no hace nada. Si mantiene sus estrategias y fórmulas de producción obsoletas, está muerto. Yo he estado en rodajes donde hay casi doscientas personas y de las cuales trabajan realmente unas treinta. Tiene que cambiar para seguir existiendo. Y no sé por qué los jóvenes quieren pertenecer a eso. Si fuera al ICAIC de los sesenta, que tenía cierta fuerza renovadora…pero a partir de los setenta eso se convirtió en nada. Es una pena.

Hasta ahora no he visto algo de los jóvenes, para decir realmente wau. Lo que va a la Muestra generalmente es muy pobre. De hecho, en la última les costó trabajo hacer una curaduría, sacar lo mejorcito dentro de todo l0 presentado. Cada vez van más para atrás. Y es por una actitud de rebelde sin causa. Siempre he dicho que la irreverencia es buenísima, pero sólida y con causa. Siento que es una generación bastante vacía, no tiene nada que contar. Es la generación de los transformers, y es terrible. No van más allá de los ejercicios que les ponen en las escuelas. Hay que ver cine, la televisión, aunque sea una mierda, hay que leer, hay que investigar. Un cineasta tiene que observar cómo se mueve la gente en la calle.

-¿Qué le haría falta a esta generación para emerger con identidad propia?

Primero, unidad, están dispersos y así es fácil dividirte, les haría falta un pensamiento, ponerse para ser gente de su tiempo, y dejar el babeo ese. Tiene que haber talento y pasión también. El cine, como cualquier arte es un acto de pasión y de entrega. No puede ser superficial, como los personajes esos que se ponen sombrerito, se dejan el chivito, una ropita rara y una mochilita, con esa actitud seudocatedrática de artistas. Si siguen así están jodidos.

Deben ser más solidarios. Son muy egoístas, se llevan mal entre ellos. No existen como generación porque están desunidos. Tienen actitudes infantiles, uno tiene una máquina y no se la presta al otro para que no edite, porque ve un peligro en el corto ajeno. Que estupidez.

-Usted ha dicho que el cine cubano está muerto, ¿será posible revivirlo?

Sí, claro, siempre. Revivirá cuando esa actitud excluyente termine. El cine cubano no es sólo el hecho aquí por el instituto de cine, es el alternativo hecho en la calle, en escuelas, es también el de la diáspora. Claro que se puede revivir, como puede revivir el país, el proceso revolucionario, todo; cuando haya ante todo respeto, tolerancia y aceptación, cuando podamos discrepar sin que consideremos al otro enemigo, y haya un debate sólido y honesto. El cine cubano está muerto, pero que viva el cine cubano.

Publicado el noviembre 17, 2011 en ENTREVISTAS. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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