Archivos diarios: noviembre 15, 2011

CINE CUBANO, CINE LATINOAMERICANO

Ahora que se ha desatado la polémica alrededor del mediometraje Vinci (2011), debido a la queja pública de su realizador Eduardo del Llano, tras éste conocer que su película no fue seleccionada para competir por los premios del venidero Festival de La Habana, llegan a mi cabeza viejos fantasmas, viejas dudas.

No me interesa cuestionar la decisión puntual del Comité de Selección. Los organizadores del evento tienen todo su derecho a defender el perfil de lo que ellos entienden por “cine latinoamericano”, como derecho tiene Eduardo del Llano (o cualquier cineasta de Latinoamérica que no participe de ese rígido credo) a rebatirlos. Es de ese intenso cruce de ideas, y no de la aceptación mansa de un canon, que se podría contribuir a hacer realidad lo que en algún momento de la respuesta al realizador se invoca:

¨El Festival se propone reconocer y difundir las obras cinematográficas que contribuyan, a partir de su significación y de sus valores artísticos, al enriquecimiento y reafirmación de la identidad cultural latinoamericana y caribeña¨.

Lo que me gustaría retener de este desencuentro no son los aires de la anécdota, sino la visceralidad de esa disputa más profunda y atendible que Eduardo del Llano está planteando: ¿debe lo latinoamericano excluir lo universal? Si decía antes que esta polémica ha reanimado en mí viejos fantasmas, viejas dudas, es porque hace ya casi quince años escribí un texto donde intentaba reflexionar sobre este asunto que, al menos para mí, nunca ha estado del todo claro.

Me alegra que Eduardo del Llano, de modo provocador e inteligente, me empuje a revisar algunas de esas ideas, y me ponga a polemizar, no ya con los otros, sino con ese extraño que alguna vez fui yo mismo, y escribió todo eso que me gustaría replicar, matizar, o enriquecer en algunas de sus partes.

JAGB

POR UNA CRÍTICA IMPERFECTA (Fragmento)

(…) Y es que por este camino desprovisto de sobresaltos interpretativos, se termina por desaprovechar las posibilidades enriquecedoras del arte. Son muchos los temas o ideas sobre nuestra propia identidad cultural que aún esperan por la polémica útil. En su defecto, la crítica ha adoptado una posición cómoda, al admitir juicios que en su momento funcionaron a la perfección, pero que hoy (a la luz de las nuevas condiciones socioeconómicas que predominan en el mundo) bien que merecen revisarse. Por ejemplo: nuestra crítica en sentido general da por sentado que, efectivamente, aún existe un movimiento de Nuevo Cine Latinoamericano, cuando en verdad a estas alturas, el término tiene más visos de cliché que de convicción. ¿Cuál puede ser la novedad de un cine que asume la misma estructura narrativa de aquel que Glauber Rocha, Fernando Solanas, Tomás Gutiérrez Alea y otros, en un principio combatieron con un lenguaje (ese sí) novedoso y hasta experimental?, ¿cuál puede ser el aporte en ese sentido de una película como La bella del Alhambra o Fresa y chocolate? Pero por otro lado, ¿de qué identidad cultural se habla en el caso del cine latinoamericano actual, cuando aparentemente una película cubana no tiene mucho que ver con una argentina, o una mexicana con una brasileña? Lee el resto de esta entrada

LA PERCEPCIÓN DEL TIEMPO EN EL CINE CUBANO.

Ya nos es lejano ese período de la vida en que la imagen remitía a un Tiempo inmutable. Más allá de la finitud de los seres humanos, lo que entonces importaba apuntalar era la idea de que todo retornaba, porque todo era eterno, y había un gran Dios detrás de ello. Imagen y mirada convivían de un modo casi místico.

Cuando el hombre ganó conciencia de su precariedad vital, el Tiempo pasó a ser percibido como algo sucesivo y unidireccional, donde lo histórico (por ser histórico) contribuía al progreso constante de la especie, gracias a lo acumulativo en cuanto experiencia. El cine es hijo de esa ilusión de ascenso, y en la base de su desarrollo podemos encontrar activado ese optimismo.

Sería interesante plantearnos algún día el estudio de los cambios que ha sufrido la percepción del Tiempo en el cine cubano. Regresar a ese sitio imaginario en el que suponemos que, como si de un manantial primigenio se tratara, comenzó a fluir ese incesante río de imágenes que ahora invade nuestras vidas, y estudiar las maneras en que los cineastas han intentado aprehender en pantalla ese misterio que empujó a San Agustín a escribir lo que sigue: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé”.

Quizás ese retorno al hontanar imaginario donde nacen todas nuestras representaciones posibles, termine por perfilarnos mucho mejor el carácter crepuscular que, a estas alturas, tiene entre nosotros esa manía de seguir igualando al tiempo fílmico con el tiempo de la vida. Una ingenuidad cuya factura, paradójicamente, nunca tendremos “tiempo” de liquidar.

Cuando hablo de “la percepción del Tiempo en el cine cubano”, me refiero al modo en que los cineastas han organizado sus relatos, atendiendo no tanto a las convencionales reglas de continuidad, como a la convicción de que el Tiempo, tal como se nos ha enseñado a apreciarlo, es un grosero espejismo. Y aunque parezca que no, ya son varios los cineastas cubanos que se han arriesgado a desafiar esa manera tan tópica de encadenar los acontecimientos.

De los críticos cubanos, creo que ha sido Jorge Yglesias el primero en prestarle atención a la presencia de este asunto en la cinematografía nacional. Su ensayo “La espera del futuro”, no solo es uno de los más hermosos que se han concebido en el plano literario a propósito de Fresa y chocolate, sino también uno de los más inquietantes, como se puede percibir desde el primer párrafo:

“Uno de los problemas principales que presenta al espectador el relato fílmico Fresa y chocolate es el de contar de manera lineal una historia que no es reflejo convencional de una época determinada, puntual. Más que una recreación, se trata de una síntesis, narración inscrita en un acontecer histórico preciso con el cual sus personajes establecen un diálogo, ficción cuyos protagonistas viven en un tiempo físico propio a la vez que en un tiempo histórico determinado, del cual están conscientes (el tiempo personal, biográfico, condicionado por el tiempo objetivo, histórico)”.

¿Cuántos de nuestros cineastas se habrán sentido tentados a explorar qué hay detrás de ese tiempo objetivo con que, socialmente, se enmascara el tiempo subjetivo, ese que nos revela, a la larga, como únicos, finitos, e impredecibles?, ¿a cuántos el tedio dinámico de la existencia les habrá suscitado más curiosidad que la falsa acción de ese mal thriller que viene siendo la vida moderna?

No hablaré por los cineastas. En todo caso preferiría mencionar tres filmes que se han encargado de sacudir mi manera más común de percibir el Tiempo en la pantalla: La Época, El Encanto, y Fin de Siglo (2000), de Juan Carlos Cremata; Suite Habana (2003), de Fernando Pérez; y Los dioses rotos (2008), de Ernesto Daranas.

Pero no me pregunten por qué. Si a un genio como San Agustín le interrogaban y no sabía responder, ¿qué podrá quedar para mí que no sea reiterar en voz baja el intemporal “no lo sé”?

Juan Antonio García Borrero