Archivos diarios: octubre 31, 2011

A PROPÓSITO DE LAS PLURALIDADES Y LOS CUBANOS.

En el blog de Pedro Armando Junco, el también escritor camagüeyano Oriol Marrero ha expuesto sus impresiones, a propósito de lo sucedido en aquel encuentro que sostuvimos en la UNEAC, convocados por Jorge Santos Caballero, con el fin de conversar sobre “La cultura del debate en Cuba”.

Como no llevé por escrito lo que en ese momento expuse, no recuerdo si reiteré la idea que otras veces he dicho: en la nación cubana (no en la isla de Cuba: en la nación cubana, que rebasa su espacio físico) estamos aprendiendo ahora a escribir la palabra “diversidad”, pero todavía vamos por la “v”… Por lo que un comentario como ese no solo es necesario, sino estimulante.

Hay algo que sí me gustaría puntualizar. Para mí “democracia” y “cultura del debate” no es lo mismo. Al menos yo, he podido comprobar que se puede vivir en Camagüey o en Miami, y compartir similares códigos de intolerancia hacia ese “otro” que piensa de una manera diferente. En las democracias, tal como la entendemos ahora mismo, abunda la dictadura de la opinión, la dictadura de “los muchos” que hoy defienden esto y mañana lo otro, y en el afán de imponerse aunque sea de modo efímero aplastan todo aquello que suene distinto al parecer dominante. Le llamo a eso “la dictadura de los humores”, porque sencillamente en esos casos no hay debate, sino pretensiones de imponer por la fuerza los criterios de una mayoría que se asocia (de modo oportunista) a “lo más sabio”.

Lo que propuse en esa charla, e intento poner en práctica en el blog, es una alternativa a esa manera tan pedestremente binaria de convivir. Ni dictadura de “muchos” ni de “uno”. La vida es demasiado rica como para creer que una persona o un grupo de ellas puedan tener toda la verdad en sus manos. Por eso en mi “Blogroll” hay gente de aquí y de allá. Eso no significa que esté de acuerdo con todo lo que suscriben los autores en sus respectivas bitácoras, pero es una manera de recordarme a mí mismo que soy un simple individuo en medio de ese siempre renovado y trágico espectáculo que se llama “mundo”.

Ya en el plano personal, el comentario de Oriol Marrero me ha recordado la carta que Freud le escribiera a Einstein, a raíz de la pregunta que este último le enviara: “¿es posible dirigir la evolución psíquica de los hombres de modo tal que sean capaces de resistir la psicosis del odio y la destrucción?”.

Me la recuerda porque en algún momento de los apuntes de Marrero, a uno le queda la impresión de que los cubanos podríamos ser educados para obtener algún día esa armonía soñada que tanto imploramos. Como cuando dice: “Se necesita llegado ya el tiempo en que los fundamentalistas —acaso guiados, a su manera, en la búsqueda del bien común— y los heterodoxos, no avivemos el fuego de los sectarismos y corramos, de mano en mano, los cubos de agua para apagar el fuego de la terquedad infecunda, para que la patria no arda en el desconcierto hasta las cenizas”.

Y eso, como retórica, suena hermoso y al mismo tiempo peligrosamente ingenuo. Por supuesto que a mí me encantaría experimentar ese minuto de reconciliación definitiva, ya no solo entre cubanos, sino entre naciones. Pero la respuesta de Freud a Einstein nos puede ayudar a desterrar la tentación del autoengaño:

“Forma parte de la innata e inevitable desigualdad entre los hombres el hecho de que ellos se distingan en líderes y seguidores. Los seguidores, que representan la inmensa mayoría, necesitan una autoridad que tome decisiones por ellos, y por lo general se someten incondicionalmente a ésta.

El ideal sería una comunidad humana que hubiese sometido su vida pulsional a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa podría producir una tan perfecta y duradera unión entre los hombres, capaz de resistir incluso a la renuncia de recíprocos vínculos emocionales. Pero, con toda probabilidad, ésta es una esperanza utópica”.

Tal evidencia es lo que casi siempre me empuja a optar por lo que otras veces he nombrado optimismo trágico. Aspirar a vivir en un mundo donde no existan los conflictos, donde la cortesía a la hora de discutir asuntos que tienen una importancia colectiva sea lo dominante, es sencillamente un modo bastante ramplón de evadirse de la realidad. O de enmascarar intereses más mezquinos. La violencia siempre va a existir, ya sea en sus modalidades más gráficas, o a través de las sutilezas que le otorga lo simbólico. “Y es que”, como nos ha recordado Nietzsche, “ciertamente, toda filosofía oculta otra filosofía; toda opinión es un escondite; toda palabra, una máscara”.

Por eso aquella tarde insistí tanto en que la cultura del debate tiene que ver más con la calidad de los argumentos que con la multiplicidad de opiniones. Y gesto cultural al fin, sí creo que se puede aprender a debatir con altura. No a opinar (que es algo natural y no necesita aprendizaje alguno), sino a debatir con profundidad.

Desde luego, jamás habrá un debate profundo allí donde no exista antes garantías para la más absoluta libertad de expresión de los contrincantes. Lo cual tampoco solucionaría el drama, pues como mismo dije en esa charla y ahora reitero, si bien la historia de la censura entre cubanos puede relatarse en un libro de mil páginas, la historia de la autocensura demandaría unos veinte tomos.

Juan Antonio García Borrero

GUSTAVO ARCOS SOBRE EL XIII TALLER DE CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA “MARIO RODRÍGUEZ ALEMÁN”

Hola Juany,

Hace unos días regresé de la ciudad de Santa Clara, donde participé como jurado en la edición 13 del Taller de Crítica Cinematográfica, Mario Rodríguez Alemán. Como sabes, es un evento que, como muchos otros en la isla, ha pasado por todo tipo de vicisitudes organizativas y presupuestarias que ha debilitado su poder de convocatoria. Para los que no estén familiarizados con las características de este concurso, les digo que se trata de un evento bienal, que pretende reconocer el ejercicio crítico o ensayístico sobre el cine y el audiovisual. Se supone que no participen con textos, los críticos ya establecidos o legitimados por los medios pues se trata de estimular la apreciación audiovisual, la crítica, o la escritura especializada en el tema cine, desde un ámbito aficionado. Estudiantes de periodismo y comunicación social, promotores culturales, cinéfilos, gente que organiza cine debates en comunidades o espacios del país, profesores o instructores de arte, encuentran aquí la vía para dar a conocer sus ideas o experiencias.

Lo verdaderamente interesante de este taller, es el singular diseño de su concurso. En nuestro país hay eventos competitivos de todo tipo, pero, reproducen un mismo modelo de participación: los autores presentan sus textos o filmes, estos son apreciados por el jurado, que trabaja antes, o al margen del evento y el último día se dan a conocer los premios. Hay fotos, aplausos, buffet y palmadas en el hombro. Al día siguiente nadie recuerda lo que pasó y la vida sigue igual. La mayor parte de las obras premiadas no encontrarán difusión, los textos apenas serán leídos o publicados y la vida intelectual en la comunidad, provincia o nación donde estos eventos tienen lugar seguirá su curso “hasta el próximo año”.

Y es que en la mayor parte de estos certámenes no se produce una interacción real entre “los especialistas”, concursantes y público. Asombra como instituciones, ideólogos “de la cultura”, creadores o artistas se mantienen al margen de estos eventos. Los jóvenes o estudiantes tampoco se muestran motivados. Las estructuras y dinámicas que reproducen estos festivales suelen ser las mismas cada año y si además, muchos de ellos apenas cuentan ya con apoyo financiero y logístico del Ministerio de Cultura o las autoridades locales, poco podrán hacer los organizadores por sacarlos dignamente, adelante.

Las convocatorias o estrategias organizativas al uso diseñan programas que corren paralelos, mayormente dislocados que no permiten una confrontación de las obras, filmes o textos, con los espectadores, quienes nunca saben por qué fueron valorados o despreciados por los jurados. Los artistas participantes son solo figuras decorativas para los medios. No hay manera de reflexionar públicamente sobre las propuestas más audaces o rigurosas, no hay un trazado de jerarquías, y lo que es peor, rara vez se generan diálogos o debates donde queden expuestas, tendencias, líneas de pensamiento o búsquedas estéticas. Por ello, muchos de estos eventos que realizamos en la isla se ofrecen apenas como una vitrina, un experimento local de laboratorio, aislados realmente de la comunidad que los cobija y que una vez finalizados, no dejan huella.

Sin embargo en este taller de crítica, los concursantes tienen sus “15 minutos de fama” al exponer por su propia voz, los textos. Son escuchados en la sala, no solo por los asistentes sino también por el jurado que está presente. Una vez terminada la exposición, se debate entre todos y el jurado debe dar sus valoraciones y sugerencias públicamente. Se habló de cine, claro está, pero también de gustos, de públicos, de consumo audiovisual, de estilos narrativos, de la relación cine-literatura o cine –sociedad. También del placer, de entrenar el ojo para “leer el cine” y del dramático estado de nuestras salas cinematográficas. Creo que fue un ejercicio ejemplar de participación y transparencia, donde nadie fue minimizado. No hubo burla, censuras, escarnio, o vanidad, sino análisis, debate y “masaje” intelectual. Allí, se escucharon diferentes opiniones, aristas de un fenómeno, puntos de vista encontrados, y desde luego, polémicas, pero aun en las valoraciones más agudas o feroces realizadas por los presentes, cara a cara con el autor, se respiraba respeto, sabiduría y aprendizaje.

Recordé entonces mucho de lo que este blog ha pretendido durante años. Ofrecer un espacio para el diálogo y la confrontación de ideas diferentes, un modo de mirar la Historia desde una perspectiva plural. Un estilo editorial que presta atención a las diferencias y las opiniones más diversas, sobre lo que nos inquieta, soñamos o deseamos.

Este Taller de Crítica tal vez sea uno más, de los tantos eventos del país. Y aunque cada uno de los presentes regresó a su rutina, prefiero pensar que el simple y esencial gesto de escuchar al otro con humildad, ha significado para todos, un verdadero crecimiento espiritual.

Un abrazo desde La Habana,

Gustavo Arcos.

Premios del 13 Taller de Crítica Cinematográfica Mario Rodríguez Alemán.

Crítica Especializada: (La) Casa vieja, aún de Dagoberto Batista.

Mención: Cuando la belleza es también afín con el vacío, de Alexander Guevara

Crítica para los Medios: Ciudadano Zuckerberg, de José Luís Aparicio

Mención: La última obra de Camino, de Susana Hernández.