Archivos diarios: octubre 17, 2011

DE BUZOS, LEONES Y TANQUEROS (2007), de Daniel Vera Rodríguez

No abundan en el cine cubano las miradas al “margen” social. Si descontamos los trabajos de Sara Gómez, las versiones fílmicas de los textos teatrales de Eugenio Hernández (La inútil muerte de mi socio Manolo/ 1989, de García Espinosa, y María Antonia/ 1990, de Sergio Giral) y aquel polémico noticiero de José Padrón titulado Los albergados, pudiera decirse que el cine nacional más bien se ha caracterizado por describir en pantalla una sociedad que es todo “centro”, y que por ende, carece de márgenes, matices, o al menos de sitios ubicados en la periferia de un conjunto de prácticas sociales.

La llamada “escuela documental cubana”, esa que alcanzó su máximo esplendor en los años sesenta gracias a cineastas tan diversos como fueron Santiago Álvarez, Nicolasito Guillén Landrián, Sara Gómez, u Oscar Valdés, entre otros, no se destacó precisamente por buscar en esos márgenes. Aunque es justo reconocer que estuvo lejos de ser un movimiento monolítico, pues si bien partían de un reflejo de la realidad donde la euforia que provocaba la ilusión de un cambio colectivo a favor de los más pobres condicionaba la mirada, las estrategias de apropiación de esa realidad eran muy diversas: iban desde la militancia ideológica de Santiago Álvarez hasta la duda utópica (pero siempre “dentro de la Revolución”) de Guillén Landrián o Sarita.

Aquella era una Cuba donde “la nostalgia por el futuro”, para decirlo como el cineasta Alberto Roldán, solía ir por delante de todo realismo. De allí que los primeros documentales producidos por el ICAIC estuviesen cargados de un indiscreto entusiasmo por lo que habría de llegar. Filmes como La vivienda (1959), de Julio García-Espinosa, o Esta tierra nuestra (1959), de Tomás Gutiérrez Alea, anunciaban el colofón de una sociedad que hasta entonces se había mostrado indiferente a la suerte de una mayoría con acceso restringido a las riquezas nacionales.

Y es cierto que durante un buen tiempo las desigualdades sociales se vieron limitadas: no existían ricos, pero tampoco pobreza extrema, lo que hace creíble aquella anécdota que cuenta cómo García Márquez le regaló al hijo un viaje a Cuba y una cámara fotográfica, con la condición de que este, al regreso, le llevase una instantánea captando a algún niño descalzo o pidiendo limosnas. De nuevo en casa, el joven admitiría no haber tropezado con algo así durante su estancia en la isla.

La época era otra, desde luego, y la Revolución había conseguido legitimar una trama donde lo prioritario era la consolidación de una identidad nacional, en la cual parecía legítimo que el sujeto colectivo encarnado en el Estado desplazara al sujeto finito, al individuo de a pie. Como consecuencia de ello, la situación de desventaja social de aquellos que, por razones económicas, culturales, o ideológicas, no cumplían con los parámetros y expectativas del discurso dominante, muy pocas veces pasaría a formar parte de ese documental institucional que, fundamentalmente desde el ICAIC, intentaba fomentar una imagen única, y casi siempre triunfalista, de la Revolución.

El cortometraje De buzos, leones, y tanqueros, realizada en el 2005 por el entonces debutante Daniel Vera (1981), viene a ser una valiosísima contribución a esa nueva mirada audiovisual que cuestiona la legitimidad del otrora discurso unanimista representado por el cine oficial. Su voluntad de concederle visibilidad a subjetividades que hasta ahora han sido preteridas de la esfera pública, y cuyos dramas puntuales resultan indiferentes a ese gran relato general que sería la construcción del socialismo en Cuba, terminan emparentándolo con otros materiales igual de valiosos e inusuales, como pueden ser los documentales de Sara Gómez sobre los jóvenes recluidos en la Isla de la Juventud (entonces Isla de Pinos), o el reportaje de José Padrón para el Noticiero ICAIC con el título de Los albergados (1983).

Un poco más acá, primero con Un pedazo de mí (1990), y luego con El Fanguito (1991), el cineasta Jorge Luis Sánchez logró reinsertar en el discurso fílmico de la isla aquellas inquietudes que Sara Gómez había sometido a debate en algunos de sus documentales, pero que jamás alcanzaron a discutirse con la intensidad que demandaba el asunto.

En realidad, es fácil entender la ausencia del marginalismo como tema fílmico dentro de la producción audiovisual de la isla, sobre todo si se recuerda que este mismo término (“marginalidad”) prácticamente había sido suprimido del pensamiento social insular, en la creencia más bien ingenua de que la implantación del socialismo, con sus estrategias tendentes a desarrollar de manera igualitaria la salud, la vivienda y la educación, bastaban para anular un fenómeno tan complejo.

Hoy sabemos que no era tan simple, pero el enfoque desde el punto de vista oficial aún sigue siendo inmaduro, cuando no extraviado: se insiste en enumerar los indiscutibles logros sociales del país, mas sin tomar en cuenta la diversidad de grupos existentes dentro de la misma sociedad. Lo lastimoso es que en casos así, sucede que las voces subalternas (esas que se saben en minoría o distintas a la voz oficial o mayoritaria) terminan resultando excluidas de un esquema sociológico que en su búsqueda de homogeneidad, apenas le conceden un espacio al sujeto no representativo de esa sociedad idealizada.

De buzos, leones, y tanqueros se adentra en el problema de una manera frontal, aún cuando ello pudiera generarle el riesgo de poner en práctica una variante de lo que hoy es conocido como “turismo pobrista”, consistente en conducir a los turistas (o espectadores que miran desde una cómoda luneta) a esos sitios donde puede apreciarse las carencias de aquellos a los que les ha ido peor dentro del pacto social.

Solo que a este documental no le anima la simple exposición de los males, sino que a través de los propios entrevistados se encarga de insertar diversos niveles de lecturas y cuestionamientos: no es, por ejemplo, la carencia de instrucción lo que estimula la práctica que se está describiendo, puesto que uno de los personajes nos aclara que cursa estudios universitarios. El señalamiento, en este caso, obtiene un imprevisto sentido crítico, que apuntaría directamente a fallas de un sistema que no es capaz de generar congruencias entre las expectativas del individuo y lo que la maquinaria estatal al final puede ofrecerle.

En términos narrativos De buzos, leones, y tanqueros apela a una estructura más bien convencional, pues sus realizadores saben que es la exposición no sensacionalista lo que posibilitará humanizar a los diversos personajes, consiguiendo convertir cada uno de esos relatos en conmovedores retratos donde lo multidimensional determina la trascendencia.

Es cierto que como espectadores no podemos prescindir de lo inferencial para construirnos nuestra propia representación del drama de cada uno de los que hablan, pero se agradece la presencia de aquellas voces (complementarias, aunque parezcan irreconciliables) que reciclando “la mirada oficial y autoritaria” insisten en simplificar el carácter de lo que se examina, al extremo de considerar tales prácticas como meras indisciplinas sociales. La inserción de esas voces dentro del coro de argumentos que se escuchan a lo largo del corto, ayudan a tomar una mayor conciencia de la indiferencia, o mejor decir, incomprensión, con las que han debido lidiar estos excluidos.

En este sentido, el filme (tal vez sin que fuera advertido por los propios realizadores en un inicio) consigue militar con naturalidad en esa nueva corriente del documental iberoamericano, donde la prioridad no está en reflejar y enfatizar las misiones ideológicas de la época (según los dictados de la nueva izquierda), sino en poner de manifiesto la complejidad de todo contexto social. Que el documental se realice en Cuba, un país que ha estado mayormente condenado a producir lecturas simbólicas donde los individuos son sumergidos dentro de un relato mayor solo atento a “lo nacional”, es indiscutiblemente todo un desafío al modelo de representación institucional.

En dicho modelo, Cuba (como espacio casi mitológico) apenas ha sugerido la existencia de sus márgenes. De allí la hegemonía de un cine que da por sentado la legitimidad de aquellas normas y valores imperantes en la sociedad socialista, pero que no toma en cuenta la interacción de esas normas con los individuos puntuales. No puede decirse que, como conjunto, haya sido un relato falso, pero sí ha sido incompleto.

El documental de Daniel Vega nos introduce en esas zonas vírgenes del mapa cubano. Nos presenta a cada uno de sus personajes no con el índice acusador de alguien que se siente escandalizado con sus prácticas, sino con la complicidad de quien adivina lo multidimensional detrás de cada una de las acciones. Las preguntas que realiza el entrevistador ayudan muchísimo a establecer la empatía. Sirven para descubrir el costado luminoso de este lado oscuro de La Habana. Una Habana que nos devuelve a ese “otro” como alguien que forma parte de una realidad común, lo cual permite que la posibilidad de tomar conciencia de lo negativo del fenómeno sea mayor.

Si, como ha afirmado alguna vez Jean-Claude Schmitt, “a partir del centro, resulta imposible abarcar de una mirada una sociedad entera ni escribir su historia de otra manera que reproduciendo los discursos unanimistas de quienes detentan el poder”, entonces un documental como De buzos, leones, y tanqueros deviene imprescindible para tener conocimiento de esta otra parte de una nación que, como todas, tiene sus luces y sus sombras. O lo que es lo mismo: sus héroes, sus ciudadanos “normales”, y sus buzos.

Juan Antonio García Borrero

Nota: Este artículo es una contribución al libro colectivo preparado por el investigador Paulo Antonio Paranaguá con el título de “Miradas desinhibidas. El nuevo documental iberoamericano 2000-2008”.

FICHA TÉCNICA:
Dirección: Daniel Vera Rodríguez.
Dirección de Fotografía: Damien Barroso.
Producción Roberto Sorothkin.
Edición: Rolando Valdés.
Sonido: Karen León.
Duración: 25’

Sinopsis:

Retrato de un grupo de personas que viven en La Habana de aquello que encuentran en los vertederos de basura, y que venden con posterioridad. Una mirada crítica, y al mismo tiempo, muy humana, al contexto en que se desenvuelven estos seres.