LITERATURA Y CINE: MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO, de Astrid Santana

Tanto nos ha fascinado Memorias del subdesarrollo, la película estrenada por Tomás Gutiérrez Alea en 1968, que la tendencia a poner en un segundo plano la novela homónima que, apenas publicada en 1965 fascinó a su vez a Titón, se vuelve dominante. Un libro como Literatura y cine: lecturas cruzadas sobre las Memorias del subdesarrollo, de Astrid Santana Fernández de Castro (La Habana, 1977), no sólo tiene el mérito de reparar tal injusticia, sino que, en su empeño corrector, termina enriqueciendo la percepción que hasta ahora teníamos de esa realidad híbrida construida tras la recepción de ambos textos.

Porque lo interesante de un libro de este corte siempre será invitar al lector a someter a inspección aquellas certidumbres y prejuicios que controlan, muchas veces sin notarlo, su actitud ante lo que comparece en su conciencia. En el caso que nos ocupa, la autora deja bien establecido desde un principio cuáles serían sus principales inquietudes y demandas:

“La  filmografía  de  Alea  demuestra  su  inclinación  hacia los argumentos  literarios, aunque siempre entendidos como fuentes culturales y no como simples estructuras narrativas que habrían de ser llevadas al audiovisual. A propósito de las transposiciones  de  obras  de  la  literatura  cubana  en  el  cine de Alea,  es oportuno movilizar  la  atención  crítica hacia un emplazamiento  teórico que amplíe el usual estudio comparado de  los  textos  literario  y  cinematográfico. Los  vínculos entre  literatura y cine, en  las adaptaciones, se establecen en principio desde el  lenguaje y sus tránsitos sígnicos, desde  la narración  y  sus reemplazamientos  discursivos  o  temáticos, desde la complementación o alternancia de sentidos y funciones narrativas entre los textos; pero, al mismo tiempo, estos vínculos  se  diversifican  a  través  de  la  dialogicidad  del  cine con el propio ámbito de lo literario”. (1)

Muy a tono con lo anterior, la autora despliega en su ensayo una reflexión empeñada en rebasar todo el tiempo esos lugares comunes mencionados, y que, sin pedantería teórica, nos deja saber del dominio que tiene de lo expuesto por la Kristeva sobre la intertextualidad, Genette sobre la transtextualidad, o Deleuze y Guattari sobre el “libro rizoma”, entre otros. Como saldo tenemos un volumen que se lee con placer, y abre para el lector ventanas interpretativas inéditas.

En mi caso, me ha parecido conveniente precisar cuál de los lectores que hay en mí es el que escribe esta brevísima nota: ¿el lector del libro que ahora habla sobre la película Memorias del subdesarrollo?, ¿o el lector que ha leído la novela en la cual se apoya una de las cintas cubanas que más lo ha impresionado? Esto es importante precisarlo porque, aunque resulte estimulante la posibilidad de extender por nuestra cuenta las estrategias interpretativas, ayuda a no perder de vista aquello que, de modo involuntario, hemos estado esperando encontrar. Pues si bien la autonomía del universo creado no se discute, siempre persistirá en el receptor el acto intelectivo que construye los significados de acuerdo a sus propias experiencias y expectativas.

Esa misma pregunta podríamos hacérsela al Gutiérrez Alea que se enfrentó por primera vez al texto literario: ¿qué vio exactamente Titón en esta novela que, a primera vista, parecía tan poco cinematográfica?, ¿qué encontró el cineasta allí que ya estuviera dentro de su horizonte de expectativas? Quizás parte de la respuesta está en esta hermosa observación de Astrid Santana: “La película parece orquestada  con  el  regocijo  del  lector  que  acumula  apuntes  en  los bordes del  libro, compulsado a dilatar  sus  ideas,  rehacerlas, contaminarlas o ponerlas en tela de juicio. En este caso Alea hace las delicias de su lectura con reelaboraciones visuales y sonoras sobre la plataforma de la materia verbal”. (2)

Para entender un poco más eso, será preciso regresar a los contextos en que se originó todo. Regresar a esos años sesenta donde el abuso del término “década prodigiosa” ha terminado por interponer opacidades que empobrecen la dimensión humana de esa producción cultural. Como también tendremos que aprender a librarnos de esa tendencia a idealizar un período donde el tamaño de la esperanza de los más desposeídos, apenas permite reparar en los matices, en las incongruencias que comenzaban a notarse dentro de la sociedad.

Es real que en 1965, año de publicación de Memorias del subdesarrollo, en sentido general predominaba el entusiasmo colectivo encaminado a construir una sociedad de nuevo tipo. Entonces todo parecía posible, y la lucha armada el único camino capaz de garantizar los cambios socio-políticos esperados, pero la percepción de ese optimismo plural (por real que fuera) no alcanza a explicar la realidad misma, que siempre es mucho más compleja de lo que cualquier mente humana pueda concebir. La simplificación que necesariamente tiene que hacer un relato histórico, interesado en reflejar “los grandes acontecimientos”, falsea por completo el glutinoso día a día, la densa cotidianidad en medio de la cual debe lidiar el individuo.

Para Gutiérrez Alea un relato como el que construyó literariamente Edmundo Desnoes tenía ante todo el atractivo de “lo personal”. No hablo de lo personal en cuanto a lo biográfico, sino en cuanto a la perspectiva del individuo, esa que cuestiona y pone en su lugar la mirada abstracta promovida por un sujeto impersonal (en este caso, el sujeto revolucionario de la fecha) que en nombre del autoritario sentido común lo norma todo, lo califica o descalifica todo, y todo lo convierte en medianía paralizante. Como bien apunta Astrid Santana en su libro,

“El  individuo  frente  a  la  tempestad  social que  es  también  el sujeto intelectivo reposicionándose frente a una nueva distribución de poderes y alternativas políticas, se convierte en un leitmotiv de la década. Sergio es expresión de una sensibilidad de  grupo,  vagamente  exhibida  en  el  cine hasta que  lo hace Memorias…, pero ya trabajada en la literatura cubana”. (3)

Aunque tal vez con un sentido diferente al que propone la autora, me gustaría retener su observación en cuanto a la “sensibilidad de grupo”. Y es que no lograremos entender del todo lo que estaba sucediendo en la gestión cultural de esos años si no llevamos la analítica a lo que acontecía a nivel de “grupos”; es decir, a la dinámica establecida en ese grupo reducido de seres humanos con privilegios de enunciación en la esfera pública.

Cuando Titón lee por primera vez Memorias del subdesarrollo ya comenzaba a advertirse en él ese vaivén de impresiones que, a la par que lo muestra como un simpatizante del proceso revolucionario, pone en evidencia el malestar que supuso para su conciencia ver afectada la autonomía intelectual. En el cine cubano de esa época, efectivamente, apenas en Desarraigo (1965), de Fausto Canel, puede percibirse un interés por mostrar al individuo perturbado por aquellos cambios, toda vez que era el sujeto colectivo –la Revolución- el que gozaba del protagonismo más absoluto.

Titón encontró en Memorias del subdesarrollo, la novela, lo que desde hacía dos o tres años buscaba de modo obsesivo, ya no como cineasta, sino como ser humano. No solo estaba esa vocación por la adaptación literaria que habría que extender su origen al primer corto que realizó: Una confusión cotidiana (1950), versión del relato homónimo de Kafka. Estaba, además, esa angustia que como individuo lo acosaba intelectualmente desde muy joven. Quizás Titón nunca se vio a sí mismo como un existencialista, pues su confianza en la Razón, y sobre todo en la profecía marxista de una futura sociedad sin clases, le empujaba a colocar en un segundo plano esas contradicciones personales que nos agobian a todos en algún momento de nuestras vidas, pero él mismo nos parece en ocasiones uno de esos personajes atormentados que ha descrito Dostoiesvki.

En tal sentido, las dos Memorias (la novela y la película), participan de un drama mucho mayor que es ahora que estamos en condiciones de leer como una obra única. Ya no será posible leerse la novela sin pensar en la película, pero la película será ilegible si no atendemos a ese personaje solitario e inolvidable que Desnoes recreó en sus páginas. Y en ambos casos, lo que puede rastrearse en el trasfondo es la impronta invasiva de aquellos años sesenta en la conciencia de los ciudadanos de la fecha. Lo valioso del libro de Astrid Santana está en su habilidad para describirnos esos procesos de permanente cópula cultural que terminó engendrando a los miles de lectores y espectadores de Memorias del subdesarrollo, que somos nosotros mismos.

Juan Antonio García Borrero

 

Notas:

(1)   Astrid Santana Fernández de Castro. Literatura y cine. Lecturas cruzadas sobre las Memorias del subdesarrollo. Editorial UH/ Ediciones ICAIC, La Habana, p 28.

(2)   Obra citada, p 50.

(3)   Obra citada, p 91.

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Publicado el septiembre 23, 2011 en LIBROS SOBRE CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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