Archivos diarios: septiembre 15, 2011

LA SOLEDAD ES UN ESCÁNDALO EN EL ALMA

Hace un par de noches, mientras veía la cinta chadiana Un hombre que grita, de Mahamat Saleh Haroun, vino a mi mente una y otra vez este estremecedor verso del poeta Jesús David Curbelo: La soledad es un escándalo en el alma.

Recuerdo que entré a ver la cinta con mi horizonte de expectativas activado al máximo. Sabía que iba a ver una película africana, lo cual, aún sin conocer la sinopsis, movilizaba en mí determinadas asociaciones de índole más bien política. Uno piensa en el cine africano (como en su momento se pensaba en el cine latinoamericano), y de inmediato nos sentimos obligados a invocar vocablos como “descolonización”, “subalternos”, “anti-imperialismo”.

Y no es que esos términos no estén operando en buena parte de los discursos que, en franco desafío al modelo de representación dominante, intentan mostrarnos lo que los poderes hegemónicos han suprimido o falseado en sus narrativas. Pero lo interesante es que, a estas alturas, ese cine africano (al menos el que he visto en estos días) ha alcanzado una madurez, y una sutileza tal, que puede darse el lujo de prescindir del panfleto social para hablar de esas realidades invisibles que nos acosan a cada uno de los seres humanos.  

Esto último lo he apreciado de una manera excepcional en Un hombre que grita. En la película, Adam, antiguo campeón de natación que ahora trabaja como encargado de una piscina en un hotel de lujo, vivirá una situación límite con su hijo Abdel, a raíz de los cambios laborales que la nueva administración del hotel promueve, así como por el conflicto bélico que se vive en el país. Contado así, pareciera que se trata de otra cinta empeñada en denunciar los males del lugar donde transcurre la anécdota; esa lectura es legítima, pero a mí en lo personal lo que más me impacta del filme es su desgarradora habilidad para mostrarnos el drama de un individuo obligado a responder por sus actos.

Para algunos (quizás los menos) podrá parecer raro que en un blog dedicado a exaltar lo relacionado con el cine cubano, le dediquemos un post a una producción del continente africano. Por absurdo que parezca, hay personas que aún no consiguen ver los nexos que perduran, y que llevamos en vena. El indiscutible dominio de la cultura euro-norteamericana ha conseguido “desafricanizar” parte del comportamiento público de ciertos cubanos que se muestran sumamente orgullosos de ser descendientes de españoles, y en cambio, apenas indagan en el componente africano que corre por sus venas.

Ya en lo personal, adoro aquella observación de Emerson: No hay Historia propiamente, sino solamente Biografía. Y mi biografía indica que antes de tener un nombre, una ocupación que me hace visible ante los demás, un modo de ver y defender la vida, yo era, soy, y seré negro. Ganar conciencia de ello me ayudó a entender la simpatía engendradora que en su momento (y a lo largo de tantos años) vivieron, por la parte paterna, mi abuelo español y mi abuela negra. Y al mismo tiempo, a percibir críticamente que, del mismo modo que he logrado reconstruir en mi cabeza ese pequeño poblado en Galicia (Lama de Rey) del cual salió hacia Cuba en 1917 mi abuelo Flores, apenas sé desde dónde llegó mi abuela Julia, la negra. ¿Cuánto de represión inconsciente ha estado presente en este imperdonable olvido?, ¿cuánto habré aportado yo mismo a que esa parte de mi identidad de la que ando tan orgulloso no ocupe el espacio público que se merece?

Mientras veía Un hombre que grita ocurrió una suerte de milagro interior. En el drama existencial de su protagonista comencé a percibir angustias que me eran familiares. El ritmo de la narración se encargaba de recordarme que la vida no es ese compendio de imágenes trepidantes con que quieren seducirnos los mercaderes de la visualidad. La vida es viscosa en todas partes.  Y nos exige algo más que fortaleza física para enfrentarla.

Y si bien de pronto se me hizo más clara la idea de que yo también formo parte de las diásporas africanas, sentí que como individuo yo también era Adam, todo el tiempo obligado a decidir y responder ante ese mundo que a diario se abre ante mí. Y fue terrible y al mismo tiempo maravilloso. Y otra vez el verso de Curbelo fustigó mi mente, como ahora que lo escribo de nuevo: la soledad es un escándalo en el alma.

Juan Antonio García Borrero