Archivos diarios: septiembre 5, 2011

POST-HABANECERES

Siempre que regreso de La Habana se apodera de mí, durante varios días, un sopor que asocio a la extrañeza que todavía me provoca esa ciudad. Otras veces he llamado habanafobia a ese estado de ánimo. Pero en verdad es algo más complejo de explicar. Para mí La Habana, más que una ciudad, es un compendio infinito de sensaciones encontradas. Mientras más la recorro, menos tangible la percibo. Menos la reconozco. Al final la he asumido como un misterio.

Antes pensaba que bastaba observar sus majestuosas edificaciones (no importa que algunas no sean ahora más que ruinas), para asegurar que ya me encontraba en “la capital de todos los cubanos”. Ahora ya es demasiado fuerte en mí la convicción de que jamás he estado en la verdadera Habana. Que La Habana que conozco es la que otros (por mencionar algunos: los pintores, los músicos, los escritores, los cineastas) han querido que yo encuentre.

El lenguaje del arte tiene de común con el que utilizamos a diario, que puede persuadirnos de que somos nosotros los dueños de la iniciativa comunicativa. Cuando hablamos (o cuando hablamos a través de una obra de arte), juraríamos que hacemos uso de ese lenguaje heredado con entera libertad, cuando en verdad casi siempre es el lenguaje ya establecido el que nos usa a nosotros, nos manipula. El lenguaje ya existente habla a través de nosotros.

También las ciudades nos imponen sus propias maneras de expresarse. O su propio metalenguaje, describiendo aquello que siempre estará más allá de lo que el lenguaje convencional pueda aprehender. Creo que un poco de esto se dice en el hermoso documental de Luis Leonel León Habaneceres: los entrevistados coinciden en sentir fascinación por algo que no hemos visto, sino que en todo caso hemos (pre)sentido, o seguimos presintiendo en su iluminador misterio.

Por pura coincidencia, mientras viajaba en el ómnibus que me retornaba a Camagüey, comencé a leer el número 6 del 2010 de “La Gacetade Cuba”. Excelente número que abre precisamente con “La ciudad representada”, un dossier preparado por Mailyn Machado con la colaboración de Ariel Camejo. No temo que me acusen de predecible si digo que lo primero que leí fue el texto “¿Refundación o descubrimiento? Una lectura oblicua para La Habana”, de Daniel Salas, donde a partir de cuatro materiales audiovisuales (Buscándote Havana/ 2006, de Alina Rodríguez; Las camas solas/ 2006 y El futuro es hoy/ 2009, de Sandra Gómez; Flash Forward/ 2006, de Arturo Infante), el autor deja a un lado el acercamiento crítico puntual, para “retejer sus narraciones latentes sobre La Habana, al considerar que comparten una actualizada sensibilidad generacional”.

La lectura del texto de Salas ha estimulado en mí el deseo de revisar las maneras en que se ha representado a La Habanaa lo largo de este primer siglo del arte cinematográfico. Pero iniciar el inventario desde lo captado en el inicio del siglo anterior. No queda mucho de aquella época ya remota, mas algunos de los fotogramas de El parque de Palatino (1906), de Enrique Díaz Quesada, por ejemplo, con esa Habana distendida que asocia al parque de diversiones objeto de la mirada del cineasta, tal vez está estableciendo un diálogo secreto con La Habana futurista que Arturo Infante nos describe en Flash Forward. Se trata, pues, de reparar por fin en esa Habana invisible que, como el aire que respiramos, está siempre allí aunque nunca vemos. Una Habana compleja, todo el tiempo dinámica, y alérgica a los estereotipos.

Juan Antonio García Borrero