EL PERFECTO NEOANALFABETO

En 1955 se publicó el “Informe general de los censos de población y viviendas de Cuba”, efectuado en 1953, y editado por el Tribunal Superior Electoral de la isla. Parte de las élites de la sociedad de entonces se mostró conmocionada con la información que allí se brindaba. Herminio Portell Vila, por ejemplo, escribió para Bohemia un artículo titulado “El perfecto analfabeto”, en el cual alude a esa sección dedicada al alfabetismo y analfabetismo en Cuba, y que, a su juicio, mostraba “las cifras más desconsoladoras y más terminantes acerca del atraso de la educación del pueblo cubano”. En aquel artículo el autor concluye advirtiendo que “la proporción del analfabetismo va más allá de lo que gobierno cubano alguno puede remediar con los recursos disponibles”. (1)

Cuando evoco el analfabetismo como uno de los grandes males de la sociedad pre-revolucionaria, no estoy apelando a manidas interpretaciones ideológicas o propaganda trillada: hablo de hechos concretos, de evidencias posibles de describir con cifras estremecedoras. De allí quela Campañade Alfabetización iniciada en 1961 tenga que ser reconocida, incluso por los detractores más acérrimos del gobierno de Fidel Castro, como una de las grandes gestas culturales del pueblo cubano en toda su historia. A través de ella se posibilitó que un buen número de compatriotas adquiriesen el derecho básico de aprender a “leer y escribir”, habilidades sin las cuales hoy en día es difícil que un individuo pueda aspirar a mejorar sus condiciones de vida en la sociedad moderna.

Sin embargo, la euforia provocada por ese indiscutible logro nos ha hecho olvidar que el problema del analfabetismo supone dramas más sutiles, y difíciles de solucionar. Como puede leerse en el excelente “Diccionario Enciclopédico de Ciencias de la Educación” (2), coordinado por Oscar Picardo Joao, “se entiende por “analfabetismo absoluto” la persona que no sabe leer y escribir, y por “analfabetismo funcional” aquella persona que sabiendo leer no es capaz de comprender lo que lee”.

Más adelante, en la entrada referida al “Analfabetismo funcional o tecnológico” se nos dice que: “El analfabetismo funcional es una nueva modalidad de analfabetismo que trasciende a las necesidades básicas de saber leer y escribir; algunos autores señalan que el analfabetismo funcional está compuesto por el analfabetismo informático (carencias de habilidades para el uso de la computadora) y el idiomático (carencia del idioma que se universaliza en la red, el inglés); pero ésta es una versión restringida”.

Como puede verse, el problema del analfabetismo funcional o tecnológico no sería exclusivo de países como Cuba, donde el acceso a Internet es sumamente restringido, y el grueso de los habitantes percibe esa parte de la vida como algo de otra galaxia. En los países desarrollados, y donde la cultura electrónica ya lo ha impregnado todo, es muy común encontrar personas que a diario tropiezan con los escollos que propicia adquirir un ticket para un concierto a través del ordenador, reservar vuelos económicos mediante el teléfono, rellenar los formularios para obtener un empleo que se oferta en la red, o trabajar “a distancia”.

Tomando en cuenta lo anterior, sería útil preguntarnos si no será hora de proponernos en el país lo que podría ser una segunda Campaña de Alfabetización. Para evitar el sobresalto de esos egos instruidos a los que el término “analfabeto” les sonaría ofensivo, hablaré solo en mi nombre, pues no me avergüenza admitir que, tomando en cuenta los tiempos que corren, me siento un perfecto neoanalfabeto. Instrucción tecnológica básica tal vez tenga. Quiero decir, sé cómo comunicarme a través del correo electrónico, tengo más o menos idea de lo que es Facebook o Twitter, y hasta administro este blog. Pero no es eso a lo que me refiero cuando hago pública mi condición de perfecto neoanalfabeto, y no encuentro mejor manera de explicarla que retomando parte de lo que aparece en el mencionado diccionario:

“Este nuevo tipo de analfabetismo no distingue sexos, cargos o cuentas corrientes. Seguramente, ésta es su particularidad más llamativa pues, hasta hace bien poco, pobreza y analfabetismo se encontraban en relación de causa-efecto y, sobre todo, formaban un círculo vicioso del que era difícil salir. Sin embargo, las causas del nuevo tipo de analfabetismo pueden ser muy diversas y, al no ser tan evidentes ni tan conocidas como las del modelo clásico, pueden pasar desapercibidas tanto a los individuos como a las empresas e instituciones.

Otra característica del analfabetismo funcional o tecnológico, muy relacionada con la anterior, es su retroactividad. Es decir, quien no es un analfabeto tecnológico hoy puede serlo mañana. Esto se hace evidente, además, en dos vertientes distintas: el analfabetismo funcional o tecnológico puede permanecer en estado latente durante años, sin causar el mínimo problema, y, de pronto, surgir a la hora de un cambio en el entorno. Este sería el caso sufrido por miles de directivos de nivel medio a la hora de afrontar una renovación tecnológica en sus empresas. De la noche a la mañana, es necesario disponer de una serie de conocimientos que, en algunos casos, escapan a las posibilidades de muchos por motivos diversos”.

Es importante retener la esencia de las ideas anteriores, porque podría ahorrarnos el equívoco de creer que el analfabetismo funcional se puede solucionar poniendo en manos de cada uno de los afectados una computadora. Aprender a manejar una computadora nunca será lo mismo que aprender a pensar, de modo crítico y sobre todo creativo, cuáles son las posibilidades que me ofrece ese equipo a mi propio crecimiento como individuo, a mi emancipación. Lamentablemente, la cultura letrada (hasta ahora dominante entre nosotros) en modo alguno garantiza que la actitud ante la cada vez más invasiva cultura electrónica (y siempre voraginosa) sea la más favorable, toda vez que se tiende a pensar en estos nuevos espacios como suerte de nichos plebeyos, o carentes de fijador intelectual.

A ello habrá que sumar la tendencia a creer que el desconocimiento que demostramos ante las incesantes transformaciones tecnológicas es similar al que nos podría embargar cuando cambiamos de trabajo, o nos iniciamos en una profesión u oficio. Lo cual es un dislate mayúsculo, pues retornando al citado diccionario: “El analfabetismo tecnológico es un problema de base y de costosa solución, mientras que el simple desconocimiento es concreto y fácil de resolver. Al mismo tiempo, el analfabetismo tecnológico está muy ligado a la incomprensión de las nuevas tecnologías y de sus ventajas, no a la ignorancia de una de sus partes”.

Ya en lo concreto diré que, como intelectual cubano (y específicamente camagüeyano), me siento parte de una comunidad apática ante estos nuevos escenarios, una comunidad que no consigue percibir las consecuencias que para el futuro de la nación podría traer la indiferencia ante este mal creciente. ¿De qué valdrá ser libres de un analfabetismo formal si somos rehenes del funcional? Para empezar a paliar lo anterior, el Estado tendría que pensar seriamente en promover esta nueva campaña de alfabetización, una campaña capaz de extender las nuevas visiones a la población general (que incluye a los intelectuales aferrados a los antiguos mundos). Desde luego, el debate alrededor de Internet y las nuevas tecnologías tendría que rebasar los ya estrechos perímetros de la actual guerra mediática que viven entre sí un grupo de cubanos (apenas atentos al control policíaco del acceso a la red, o a la posibilidad contestataria), para adentrarse en la zona epistemológica del fenómeno.

“¿Quién sabe si a la vuelta de unos pocos años la tasa de alfabetización tecnológica será para los economistas un indicador de riqueza tan válido como lo es hoy la tasa de alfabetización clásica?”, se preguntan los autores de este diccionario que no dejo de recomendar. Es una pregunta importante que hace también suya este perfecto neoanalfabeto que soy yo mismo, un neoanalfabeto que no se cansa de repetir el lúcido aforismo de Séneca, ya citado varias veces en este blog: “No es vergüenza saber poco, sino perseverar obstinadamente en el error”.

Juan Antonio García Borrero      

  

Notas:

(1)   Herminio Portell Vila. El perfecto analfabeto. Revista Bohemia Año 48, Nro. 3, Enero 15 de 1956, p 117.

(2)   “Diccionario Enciclopédico de Ciencias dela Educación”, coordinado por Oscar Picardo Joao, junto a Juan Carlos Escobar y Rolando Balmore Pacheco.

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Publicado el agosto 19, 2011 en BLOGOSFERA. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Querido:
    En ocasiones,por no decir siempre, existen quienes creen en que la enseñanza y el conocimiento terminan en una etapa determinada de la vida.Concepto bastante erronéo
    por cierto.Tu artículo me parece fantástico,hace falta que lo lean y analicen muchos,de
    los que hicieron posible,que el cine en Camaguey se perdiera;echando por tierra todo
    el trabajo de muchos años de un grupo de personas.
    Un beso,
    Amelia

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