Archivos Mensuales: mayo 2011

EL HOMBRE ESCATOLÓGICO

En el mes de septiembre de 1959, Jorge Mañach publica en la revista Bohemia su artículo “Primer examen de la Cuba nueva”. Apenas han trascurrido siete meses desde que el nuevo gobierno tomara las riendas del poder, pero Mañach también se siente rehén de esa dimensión escatológica que se percibe de modo generalizado en el ambiente. “En Cuba”, nos dice, “reinaba un ambiente en que todos, el que más y el que menos, nos estábamos desmoralizando: unos pasivamente, por apatía y desesperanza; otros, activamente, franqueándose a la corrupción. Lo malo no eran tanto los hombres como el sistema, que todo lo viciaba”.

Los seres humanos tenemos la pésima costumbre de evocar lo que ha acontecido en la Historia de acuerdo a ciertos presupuestos morales que ya han condicionado nuestro accionar como sujetos. Evaluamos el pasado con los mismos parámetros con que juzgamos el presente. Y en vez de narrar los acontecimientos pretéritos como han sido (con la misma naturalidad con que repasaríamos sucesos de nuestra infancia), le incorporamos un claro perfil policíaco. Pareciera que en vez de buscarse “la verdad histórica”, se está en presencia de una de esas películas donde el villano es perseguido y ajusticiado por el bueno, siempre el bueno, que casualmente, es el narrador.

Lo que distanciaría al historiador de ese mal común sería su compromiso de rastrear en ese pasado como si fuera un astrónomo que estudia impasible los movimientos de los lejanos astros, la inocencia trágica de sus movimientos. No es tan fácil, desde luego, porque el historiador también vive acosado por sus filias y sus fobias. El historiador es también un animal que está pendiente de un fin último, una meta superior. Que se incomoda en su interior cuando descubre “algo” que no estaba en su agenda de expectativas, y ese descubrimiento pone en peligro la impecable teoría que ya había enunciado en su cabeza. Que se ve a sí mismo como una suerte de cumbre moral desde la cual puede sermonear a su antojo, porque, después de todo, tiene la ventaja de mirar esa época pasada como algo ajeno e inferior.

En realidad, todavía no sabemos casi nada de lo sucedido en Cuba en el año 1959. Hemos acotado el supuesto conocimiento a un conjunto de fotos, discursos, y efemérides. Para un estudioso del cine cubano, por ejemplo, aquel fue el año en que quedó creado el ICAIC, uno de los símbolos indiscutibles de esa “Cuba nueva” a la que aludía Mañach en su artículo. A estas alturas tenemos claro quiénes fueron los héroes de esa proeza (los padres fundadores). Tenemos ubicado el lugar físico en que se originaban todas las estrategias y batallas simbólicas (el antiguo edificio Atlantic). Tenemos los primeros testimonios y documentales. Lo que nos falta es meternos sin prejuicios en la época, pues debemos dejar de enjuiciar la imagen que desde lejos llega a nuestros sentidos, para volver a vivir el fenómeno en su interior, con todos los riesgos que ello implica para los argumentos que hemos heredado.

Cuando se revisan los materiales relacionados con aquel año uno tiene la sensación de que el país experimentaba entonces, no una revolución de corte político, sino una revolución profundamente espiritual. Por doquier se miraba el futuro con la misma vehemencia que pusieron los creyentes cristianos cuando, tras un largo período de persecución y represiones, resultaron legitimados por el célebre edicto de Constantino. Las masas vitoreaban la llegada de un nuevo orden, pero también los individuos sentían que se abrían las puertas de un nuevo mundo moral, como pone de manifiesto Mañach en su artículo cuando dice:

“Se ha vuelto a entronizar en nuestra patria la honradez, la pulcritud en el manejo de los dineros públicos y se ha hecho eso con tal ímpetu y rigor, casi diría con tal “ferocidad”, que promete quedar arraigado por mucho tiempo. ¿Habrá quien niegue que eso es un hecho y que ese hecho es de enorme importancia?… No se trata sólo, claro está, de decoro público. Se trata también de una de las condiciones indispensables para la tutela y servicio de los intereses comunes, se trata de que, gracias a eso, podrá haber en Cuba lo que ya está empezando a haber también: escuelas, hospitales, carreteras, variedad de servicios públicos, disponibilidad de recursos para llevar a cabo toda la función creadora del Estado. Pues no sería exagerado decir que lo que en Cuba está surgiendo ahora, quizás por primera vez, es nada menos que eso: el Estado”.

Los primeros documentales realizados en el ICAIC no podían escapar de ese sentimiento profundamente escatológico, donde la fe en las funciones definitivamente creadoras del Estado se sugerían de manera altisonante desde los mismos títulos: “Construcciones rurales” (1959), de Humberto Arenal, “Esta tierra nuestra” (1959), de Tomás Gutiérrez Alea, “Sexto aniversario” (1959), de Julio García-Espinosa, “La vivienda” (1959), de García-Espinosa, “El agua” (1960), de Manuel Octavio Gómez, “Un año de libertad” (1960), de García-Espinosa, “Cooperativas agropecuarias” (1959), de Fausto Canel, “El arroz” (1960), de José Limeres, o “Escuela rural” (1960), de Néstor Almendros, entre otros, resultan todavía verosímiles (al margen del saldo artístico) porque expresan la verdad espiritual de una época donde la fe era más importante que la convicción.

La fe es fundamental en esos períodos en que lo escatológico (entendido en la acepción que habla de “las cosas últimas”) se convierte en lo dominante. De forma periódica la humanidad vive ese tipo de trance en el cual parece que el “cambio radical” pregonado desde tiempos inmemoriales está allí, y la parusía es inminente. No hay nada negativo en ello, por cierto. De hecho, gracias a esos momentos de iluminación colectiva no seguimos en la etapa esclavista. Las minorías que en un principio se empeñaron en cambiar el orden de las cosas sufrieron todo tipo de vejaciones, pero llega un momento en que las nuevas generaciones reconocen el valor de aquello que defienden.

Para el incrédulo ese reconocimiento post-mortem tiene poco valor. Se trata de defender la vida con un “aquí y ahora” que recuerda la brutalidad del mundo inmediato, del mundo real. Por lo que todo lo que suene a premio de ultratumba se convierte en algo reaccionario, e insoportablemente conservador y cursi. Sin embargo, hasta el más desconfiado de los seres humanos ha tenido momentos en que se pregunta si esa incredulidad que ensaya de modo sistemático, en el fondo, no es más que otra forma de “creer”. Creer que no se cree en nada.

Juan Antonio García Borrero

SOBRE HÉROES, INTELECTUALES, Y TUMBAS

Me sacudió la noticia de la muerte de Ernesto Sábato. “El túnel” es una de mis novelas favoritas, pero admito que es del intelectual crítico que representaba este argentino, del intelectual incómodo (y de algún modo “el intelectual estepario”), que terminé por sentirme más cercano.

Pertenezco a una generación que llegó tarde a esa época donde los intelectuales lidiaban en Latinoamérica con sus ideas todavía “en construcción”. Hoy pareciera que ya las tesis de antaño han cristalizado en rígidas ideologías de “izquierda” o “derecha”, lo que deja poco margen al debate no condicionado. En espacios de ese corte, no hay nada nuevo por construir, porque todo ya está edificado o dicho. Se trata, simplemente, de conservar o demoler lo que existe con el fin de sustituirse entre sí, por lo que aquellas aspiraciones de un Tercer Cine, por mencionar algo cercano al perfil del blog, que pretendía sintetizar en una perspectiva mayor “estructuras, formas o conceptos aportados por el llamado Nuevo Cine” termina siendo algo para apreciarlo en un museo.

La Revolución encabezada por Fidel Castro en la Cuba de 1959, sigue evocándose como el gran detonante de esa euforia intelectual que puso de manifiesto la izquierda en la América Latina de los sesenta. Alrededor de ese fenómeno se nuclearon escritores, cineastas, músicos, y a través de sus obras alcanzaron protagonismo los que nunca habían tenido ni voces ni rostros. Los condenados de la Tierra. Los que aún viven y mueren en el traspatio de esa gran mansión que es La Historia.

Pronto sucedió lo que tenía que suceder. Llegaron los divorcios con esa Revolución por diferencias entre individuos que percibían la realidad de modo distinto (el propio Sábato decidió distanciarse de ella en 1989), y porque se asumió el derecho legítimo a criticar sus errores. La realidad, con sus injusticias colectivas, sus abundantes desclasados que siguen viviendo y muriendo sin enterarse qué diablos es una vida digna, aún perdura a largo y ancho del planeta al margen de esos diferendos. Y también las pretensiones de uniformar al ser humano, de convertirlo en una suerte de autómata que responda de un modo mecánico con un “sí” o un “no” a los reclamos de un poder superior, ya fuera ese poder de naturaleza ideológica o económica.

Sábato se opuso a ese tipo de domesticación. Sabía que aunque la gente se divorcia entre sí, el matrimonio como institución (como necesidad de compañía agónica), sigue existiendo. Es imposible divorciarse del todo de la realidad, por hostil que ésta sea, y el mejor modo de continuar ligados a ella, es mostrándole cada minuto nuestra pataleta, nuestra rabia. Para Sábato, la rabia del intelectual era fundamental; de allí que llegaría a afirmar de sí mismo:

“Quizá, por mi formación anarquista, he sido siempre una especie de francotirador solitario, perteneciendo a esa clase de escritores que, como señaló Camus: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. El escritor debe ser un testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad, y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana. Debe prepararse para asumir lo que la etimología de la palabra testigo le advierte: para el martirologio. Es arduo el camino que le espera: los poderosos lo calificarán de comunista por reclamar justicia para los desvalidos y los hambrientos; los comunistas lo tildarán de reaccionario por exigir libertad y respeto por la persona. En esta tremenda dualidad vivirá desgarrado y lastimado, pero deberá sostenerse con uñas y dientes.

De no ser así, la historia de los tiempos venideros tendrá toda la razón de acusarlo por haber traicionado lo más preciado de la condición humana”.

No me atrevería a afirmar que ese tipo de héroe intelectual propuesto por Sábato como paradigma ya no existe o existirá más. Que descansa para siempre en una tumba, anulado lo mismo por una razón de Estado que lo silencia por la fuerza, o contratada su voz para defender los intereses de la minoría que hoy manda en el mundo. Eso sería una generalización que, como todas, peca de esquematismo. Todavía quedan intelectuales empeñados en preservar la dignidad del individuo que son sin perder de vista la necesidad de ir a la raíz de las injusticias colectivas. Y de pensar críticamente la dramática relación que siempre se establece entre el Yo y el Universo.

Entre los intelectuales de aquella izquierda exaltada, en cuyas filas militó Sábato, fue dominante la idea de que se podían resolver los problemas de los pueblos menos favorecidos sin detenerse demasiado en las particularidades del hombre de carne y hueso. Otro intelectual como el cubano Jorge Mañach, en plena crisis nacional provocada por el régimen batistiano, apuntaba en los cincuenta algo que todavía resulta útil al debate interior al que me someto de vez en cuando: “Yo creo que uno de los males de Cuba es que tendemos demasiado a ver las cosas públicas en función de la política. Se reducen los problemas a simples conflictos de partidos o de gobiernos y oposiciones… Nuestros problemas vienen de más abajo y de más hondo. Nacen en la raíz misma de la ciudadanía”.

Mañach pensaba en el intelectual como alguien que, antes que intelectual, se reconocía como ciudadano. Que pensaba como ciudadano. Y velaba por los derechos de la ciudadanía en general (de allí el quehacer público que tanto le reprochara Lezama). A Sábato lo atormentaba el dilema que implica para el intelectual saberse dueño de una voz pública, y no ponerla en función de quienes carecen de ella (que son la mayoría de seres humanos que conforman a la humanidad, no el grupo selecto al cual pertenece).

La gravedad del dilema no estaría tanto en determinar a favor de qué conjunto de ciudadanos pone su voz el intelectual, como encontrar y defender ese tono personal que lo distancie de la retórica ajena, y le permita cultivar una libertad interior en función de un bien común. Una libertad que le retorne al mundo como lo que es: no como alguien que se siente dueño de “privilegios cósmicos” (los términos son de Sábato), merecedor de comodidades y reconocimientos siempre efímeros, sino actor de un drama cíclico donde todo el tiempo habrán más víctimas que victimarios.

Juan Antonio García Borrero

CRÍTICA Y CONVIVENCIA

Uno de mis estudiantes indaga sobre el tipo de crítica que me gustaría encontrar en un futuro entre nosotros.

Lo pienso un momento. Y luego respondo que en todo caso me gustaría aprender a liberar a mi conciencia de ese vicio que tenemos de querer encontrar “afuera” las respuestas que ya teníamos en nuestra mente.

Lo ideal sería encontrar una crítica que me ayude a desautomatizar la relación que guardo con el cine (y con el mundo). Que contribuya a que mi mirada se haga más aguda, y sea capaz de reparar en vínculos que no se notan a primera vista. Pero sobre todo que me ayuden a mejorar mi percepción de la realidad.

Insisto en que una película no cambia la realidad, pero sí puede contribuir a que uno cambie frente a ella, y ya de paso ayudarnos a
ser mejores personas.

La crítica puede ser una buena aliada, y aportar lo suyo en ese propósito de mejorar nuestra convivencia.

Juan Antonio García Borrero

LOS PRIMEROS TROPIEZOS DEL ICAIC

Hace algunos días mi maestro Luciano Castillo me puso al tanto de una carta escrita por Tomás Gutiérrez Alea al periodista Agustín Tamargo (entonces articulista de la revista Bohemia), en el lejano mes de septiembre de 1959.

La carta es interesante porque nos muestra el perfil más humano que tuvo el nacimiento de eso que hoy conocemos como el ICAIC, una institución que no nació con el beneplácito de todos (como pudiera sugerir una lectura histórica de corte providencialista), sino que debió imponerse desde cero, y esforzándose por concederle calidad estética a aquello que filmaban sin experiencia alguna.

Lo cierto es que no habían transcurrido ni siquiera cinco meses desde que se creara oficialmente el ICAIC, cuando el Instituto presidido por Alfredo Guevara comenzó a recibir los primeros embates públicos de otros grupos que aspiraban a ese rol. En la revista Bohemia del 6 de septiembre de 1959, en la sección “El Buzón Abierto” podemos encontrar la siguiente carta firmada por personas que se hacen nombrar “René Vallejo” y “Julio Martínez”:

“Si en esta Cuba de ahora se puede decir la verdad, ahí va una bien grande: con el Instituto de Arte y Cine, dirigido por el imitador del BANFAIC, Alfredo Guevara, Cuba no tendrá industria de cine y nos veremos en la necesidad de emigrar para comer. Con el Banco Cinematográfico que presentara José Rodeiro en Bohemia se harán más de cuarenta películas y comerían más de 600 cubanos. ¿Por qué se hace lo uno (malo) y no lo otro (bueno)? ¿Quiere que le diga por qué? Porque Fidel no lo sabe. Miles de firmas y cartas que le enviamos nunca llegan a él ni a otras figuras del Gobierno. De lo contrario, no ignoraría algo tan “humanista” y tan “cubanísimo” como esto. ¿De quién es la culpa? ¿Quién oculta la correspondencia? ¿Quién hunde una industria, mata un comercio importante y condena al hambre a tanto cubano? México lo hizo y progresa porque en esa nación hay patriotas de verdad que comprenden que sin economía y trabajo no hay progreso. Pero mientras ellos recogen el fruto de su constancia y seriedad, Cuba sigue víctima de la eterna adulación, de la incapacidad, del miedo a luchar por sus derechos y se conforma con que los millones se marchen de Cuba por no criticar a un funcionario del 26 de julio que no sabe cómo llevar adelante un plan cubano y comercial”.

La respuesta de Agustín Tamargo, en esos momentos uno de los más entusiastas voceros del triunfo revolucionario, más enérgica no puede ser:

“Lo primero que debo decirles, señores Vallejo y Martínez, es que la publicación de esta carta en BOHEMIA es una prueba de que en Cuba, hoy, todo se dice, todo se discute y todo se sabe. El tiempo de los favoritismos se acabó. Las cartas y firmas enviadas por ustedes debe haberlas visto Fidel, como ve Fidel (hasta por televisión) cuanto mensaje le envían. Lo que ocurre es que su crítica a un funcionario que apenas ha comenzado a trabajar, parece dictada más por un espíritu de grupo que por un verdadero interés nacional. Cuba necesita una industria de cine. Pero no un cine para que unos cuanto “coman”, como dicen ustedes (por muy respetables que sean esos cuantos y por muy alto que sea su número), sino por un cine de calidad artística, regido por un criterio que no excluya las posibilidades comerciales (ya que el cine, como ha dicho Valdés Rodríguez, es arte e industria al propio tiempo). Yo no conozco los planes de Guevara; pero conozco su capacidad y su honradez. Ello me basta para estar seguro de que en el Instituto de Cine no se hará nada que denigre a Cuba artísticamente (como mucho que se ha hecho hasta ahora en nombre de “cine cubano”), pero tampoco se desconocerán los legítimos intereses profesionales o laborales que en ese sector puedan existir. De modo que dejen esa técnica del saboteo. Acérquense a Guevara. Plantéenle sus puntos de vista. Cooperen. Y ya verán que unidos los ideales y propósitos de él a los criterios e intereses de ustedes, salimos todos adelante. Saldrá el cine de Cuba, que es en definitiva lo que importa. Un cine que nos dé divisas, que no deje ir al extranjero esos millones que tan justamente señalan. Pero un cine que le muestre a América y al mundo, a la vez, como el gran pueblo que hizo esta Revolución es capaz de realizar también grandes creaciones artísticas a través del poderoso y multitudinario medio que es el celuloide”.

A esto habría que sumar la respuesta de Titón, publicada por la propia revista. En aquellos momentos, Gutiérrez Alea era uno de los tres consejeros (suerte de vicepresidentes) del Instituto (Guillermo Cabrera Infante y Fernando Bernal eran los otros dos), y su nota fue como sigue:

“Con motivo de la ausencia del compañero Alfredo Guevara, me veo en la necesidad de hacer llegar a usted, a nombre del propio Guevara y de este Instituto, el testimonio de nuestro sincero agradecimiento por su respuesta a la carta de los señores René Vallejo y Julio Martínez, publicadas ambas en la Bohemia. Estos señores, que si no me equivoco forman parte de un grupo de cubanos radicados en Miami desde hace veinticinco o treinta años, con un aparente desconocimiento de los problemas reales que confronta el nacimiento de una industria cinematográfica en nuestro país, y de los caminos escogidos por este Instituto bajo la dirección de Guevara, se han dedicado sistemáticamente a enviar cartas- creo que efectivamente suman miles de ellas- al Primer Ministro. Las cartas no de críticas, sino de evidente reproche por una labor que desconocen en absoluto, puedo asegurarle que llegan a su destinatario. Todas las conocen. Pero conocen también cuáles son los planes e intenciones de Guevara y esto les permite decidir en consecuencia. Claro que la acción de estos señores luce demasiado organizada, demasiado evidente, y no es difícil descubrir tras ella los desesperados intentos por satisfacer determinados intereses personales. No creo que sea necesario contestarlas una a una.

En su respuesta deposita usted su confianza en Guevara de quien conoce “su honradez y su capacidad”. Estoy seguro de que ni usted ni todos aquellos que honestamente desean para Cuba un cine nacional, situado en un nivel de calidad, se verán defraudados. Reiterándole nuestro agradecimiento, queda de usted,

Atentamente,

Tomás Gutiérrez Alea”

Los directivos del ICAIC en aquel momento habían apostado por traer a Cuba cineastas que, además de simpatizar con la causa revolucionaria, tuviesen experiencia en el oficio de cineasta. De allí que el propio Guevara le escriba el 6 de octubre de 1959 a Tamargo:

“Una verdadera traición, un verdadero disparate sí que sería llamar a uno de estos señores, dados a hacer circular ridículas cartas llenas de falsedades y calumnias, y entregarles un filme confiados en que por ser cubanos son directores de cine. Ésta parecer ser la tesis de nuestros detractores. Otra, la nuestra: junto a cada director o figura extranjera irán dos o más cubanos que aprenderán el oficio, descubrirán nuevas facetas y posibilidades del cine, desplegarán su talento y originalidad y se convertirán así, y sólo de este modo, estudiando, entrenándose junto a los genios verdaderos, en verdaderos directores, en verdaderos cineastas”.

Detrás de esta idea estaba presente el espíritu de “modernidad” que ya comenzaba a impregnar por las fechas a cinematografías como la francesa, la británica, o la polaca, y que explican el paso de varios de sus representantes por el Instituto de entonces, así como la asimilación de los debutantes realizadores de muchas de esas pretensiones. Y es real que en apenas una década, Guevara y sus colaboradores consiguieron inyectar a la incipiente producción (sobre todo a la documental) un carácter singular que aquellos que soñaban con imitar el sistema productivo de México, jamás hubiesen conseguido.

Juan Antonio García Borrero