Archivos diarios: mayo 31, 2011

DE SANTIAGO VINE…

Cuando aún yo era un autor inédito, pero devoraba infinidades de libros (el doble que ahora), pensaba en los escritores como si estos fueran entes autosuficientes. Abría los volúmenes, y me parecía estar ante esa fabulosa lámpara de Aladino (con genio incluido, en este caso el Autor) procurándonos maravillosos mundos.

Extraño aquella candidez de lector, que me permitía participar junto al protagonista en las más descabelladas aventuras, conquistar a la hermosa heroína, vencer al villano de turno, o sencillamente embriagarme con los paisajes (físicos o espirituales, exteriores o interiores) que ponían al alcance de mis ojos.

Hoy ya no soy el mismo lector de antaño porque, entre otras cosas, he tenido la suerte de publicar varios libros, cuatro de ellos con la Editorial Oriente de Santiago de Cuba. Y eso (la condición de autor que ha visto sus libros divulgados), te cambia para siempre la visión del oficio. Después que te publican, descubres que por talentoso que pueda ser el escritor, su suerte última está en las manos de la editorial que acoja el manuscrito. La Editorial puede encumbrarte o condenarte al olvido. La Editorial hace los libros; los autores solo lo escriben.

En mi caso, ha sido con la Editorial Oriente con quien más cómodo me he sentido trabajando esos textos que me gusta pensar que son fragmentos de algo mayor que todavía está “en construcción”. Por eso mismo me sentí uno más de ese grupo de personas que fue homenajeado por el cuarenta aniversario de su fundación.

A veces tengo la impresión de que entre nosotros falta eso que en otros países se advierte: la obsesión de ciertas editoriales por contar con la firma de determinados autores, y a través de ellos, construir una determinada imagen que será enriquecida con la incorporación de nuevos escritores que prorrogan o dinamitan esa línea editorial propuesta en un inicio. En Cuba éste déficit se nota con el cine en sentido general. No hay entre nosotros nada parecido a lo fomentado por Cátedra o Paidós, por ejemplo, no porque no existan autores competentes, sino porque todavía no hay una conciencia real de lo que se puede lograr. Hasta donde sé, las editoriales encargan poco, y casi siempre están a la espera de lo que los escritores les puedan ofrecer.

Reitero lo que ya he dicho otras veces: la Editorial Oriente ha conseguido conformar, junto a Ediciones ICAIC, uno de nuestros mejores catálogos sobre cine. Mérito que en Camagüey reconocimos cuando en uno de los Talleres de la Crítica Cinematográfica que se celebraban en esta provincia se les concedió uno de los Premios “Cinema”. Quizás en un principio no existía nada intencional. Pero ahora ya tenemos al alcance de nuestra vista ese espléndido conjunto de libros que no sólo describen el audiovisual de todos los tiempos, sino que polemizan con las descripciones anteriores, y sugieren nuevas lecturas.

¿Cómo lo han conseguido? Pues no lo sé. Supongo que eso forma parte del misterio mayor que nos habita. Pero sí me parece que por medio está la pretensión de humanizar el acto de concebir el libro. No se trata (al menos no ha sido mi caso) de recibir un texto y procesarlo como si se tratara de uno de los tantos productos que consumimos en la sociedad. Un libro puede ser pan espiritual, pero no es sólo eso. Es, sobre todo, un modo de seguir conversando cuando los demás se han evaporado.

Por eso es que estos días en Santiago de Cuba, festejando el cumpleaños cuarenta de la Editorial Oriente, han sido para mí algo más que una celebración. Ha sido la posibilidad de reencontrarme con Zeila Robert, dueña de la misma serenidad intuitiva que percibí aquella primera vez en que le mostré el manuscrito aún incompleto de “¿Quién le pone el cascabel al Oscar?”, y me estimuló a seguir trabajándolo porque seguro que, según ella, iba a ser interesante para la editorial; con Consuelo Muñiz, que ha devenido desde entonces mi ángel de la guarda en estas lides editoriales; con Aida Barh, que en el tiempo que fue la directora de Editorial Oriente tanto apostó por las cosas que he puesto en sus manos; con Lina González, editora de “Huellas olvidadas del cine cubano”, con Omar Betancourt, a quien había perdido de vista, pero no de la memoria, y con Aimara Vera Riverón, la nueva (y joven) directora que ha logrado esta maravilla de encuentro, y no le teme al desafío que ha heredado.

Admito que esto que escribo no disimula su parcialidad. El único argumento que tengo a mi favor es lo que ya dije antes: que me siento parte de la editorial. Y que aspiro a que me sigan tomando en cuenta durante largo tiempo.

Juan Antonio García Borrero