DIEZ PELÍCULAS QUE ESTREMECIERON A CUBA (Fragmento de un libro inédito)

¿Cuándo comenzó a perderse en Cuba esa tradición de someter a la discusión pública problemas que en cualquier parte del mundo mantienen ocupados todo el año a un intelectual que se respete? ¿Cuándo comenzó a postergarse en nombre de un interés nacional y político ese conjunto de dudas que conforman la existencia de cualquier individuo? ¿Cuándo las reafirmaciones comenzaron a parecer más importantes que las preguntas? Habría que remitir la decadencia de esa práctica especulativa hacia finales de los sesenta, coincidiendo con la muerte del Che y esa acometida ideológica que por entonces comenzaba a tejerse contra el gobierno de La Habana. Sobre ese período en el cual el hechizo colectivo mostrara sus primeras fisuras, llegaría a escribir con dolorosa lucidez Tomás Gutiérrez Alea:

“(…) la Revolución ha dejado de ser ese hecho simple que un día nos vio en la calle agitando los brazos, desplegando banderas, gritando nuestros nombres y sintiendo que se confundían en uno solo. Ahora empieza a manifestarse, como la vida misma, en toda su complejidad. La nueva libertad se hace confusa, difícil de ejercer. Empiezan a confundirse las categorías. Las relaciones entre política y cultura son superficialmente amables, pero profundamente contradictorias. Aparecen los primeros actos de exorcismo, aunque no se llega a practicar ningún auto de fe. Hay escaramuzas que se resuelven en una tregua, en una especie de coexistencia pacífica. La transformación radical de un país subdesarrollado saca a la superficie otros problemas de más urgente solución. Los problemas de la cultura quedan en un segundo plano, lo cual no quiere decir que sean menos importantes: son menos urgentes. Y quizás más complejos. Es necesario darles un tiempo”. (1)

Este libro intenta aproximarse a algunos de esos momentos en que las relaciones entre la política y la cultura en Cuba han mostrado sus más agudas diferencias, pero desde la perspectiva que ofrece el cine. No hay en la selección que conforma este decálogo de la polémica audiovisual en el país ningún interés canónico. Es, me apresuro en destacarlo, el resultado de un criterio absolutamente personal, si bien ha sido obligatorio partir de unas cuantas evidencias, como es la recepción exaltada que han tenido cada una de estas películas.

He querido en cada caso exponer la mayor cantidad de puntos de vista posibles (declaraciones de artistas, críticos, funcionarios, prensa oficial) en el intento de cultivar una mirada rashomonesca que tome en cuenta a la cinta en sí, pero también (orteguianamente hablando) sus circunstancias, o lo que es lo mismo, el contexto histórico en que esta se forja, y las diversas fuerzas presentes en la producción del hecho cultural. Aún así, queda claro que es imposible conseguir un repaso neutral. Ya el hecho mismo de distinguir solamente diez películas, excluyendo otras que en su momento también levantaron resquemores, deviene de por sí un gesto de alta subjetividad. Pero para eso están hechos los libros. Para discutirlos, y sobre todo que los otros los mejoren con sus criterios contrastantes. Más adelante intentaré argumentar el por qué de las películas seleccionadas, si bien me interesaría ahora exponer algunas consideraciones sobre la “cultura de la polémica” en Cuba.

Sería injusto afirmar que el triunfo revolucionario de 1959 originó el actual estado de pobreza de nuestras polémicas intelectuales. Las quejas llegan de antes, pero es cierto que las características tan singulares que desde entonces vive el país (partido político y líder únicos, confrontación constante con el gobierno de los Estados Unidos) han imposibilitado una mejoría de esos debates. Mientras que en 1959 Sartre podía afirmar con enfática convicción que en Cuba “ningún problema es silenciado en nombre de la ideología”, dos años después la discusión de esos problemas sería condicionada por la célebre advertencia de Fidel: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

El hecho de que una buena parte de la izquierda mundial encontrara en el proyecto revolucionario cubano una alternativa valiosa al “socialismo real” europeo, puso en evidencia las simpatías que levantaba (y aún levanta) todo movimiento que anteponga la justicia social al desarrollo disparejo de la sociedad. Pero ese entusiasmo olvidó los problemas que para la libertad individual implica la construcción de un sueño colectivo. O tal vez no lo olvidó, sino que en aras de agilizar la edificación de una sociedad que prometía ser más justa, decidió suprimir las diferencias con el fin de conformar una identidad monolítica capaz de hacer frente al poderío imperial.

Desde entonces Cuba comenzó a ser asociada como una “izquierda” compacta en la que es imposible advertir matices interiores, pues la lucha quedaría planteada en términos estrictamente bipolares (Cuba/Estados Unidos; socialismo vs. capitalismo). Tal vez una de las poquísimas veces en que la prensa oficial accedió a matizar ese espejismo se le debe al cineasta Humberto Solás, con una declaración que todavía se nos antoja bien arriesgada para el contexto:

“La izquierda cubana es muy poderosa y engloba la mayoría de la nación, pero hay que reconocer que no es homogénea y creo que los medios masivos de comunicación deben darle espacio a su diversidad y servir de instrumento para un debate y una polémica que partiendo de presupuestos más profundos, filosóficamente válidos, haga posible la legitimación de las aspiraciones de los diferentes grupos de la izquierda cubana antiimperialista, unida en lo fundamental, pero que tiene diferentes concepciones de cómo conducir la vida nacional. Yo creo que la Revolución es extraordinaria y que Cuba tiene la oportunidad de hacer la hazaña de devolverle al marxismo y a la voluntad socialista de estructuración de la sociedad el aliento y la dinámica que se perdió en los últimos decenios de vida del socialismo en Europa”. (2)

El grueso de las polémicas que se estudian en este libro probablemente ha tenido su origen en la reacción ante ese ímpetu político homogenizador que, en su afán de llegar a una meta única, ha querido pasar por alto la diversidad de la existencia humana. Ya no hablamos de la prohibición de un arte abiertamente “contrarrevolucionario” que promueve la destrucción del orden establecido, sino de ese otro que desde la izquierda (desde dentro), y apelando al derecho legítimo de la duda o la divergencia propone interrogantes, relecturas, debates críticos con la realidad, y que a cambio solo recibe la suspicacia de la burocracia política, cuando no el denuesto y descrédito ideológico de los medios.

No hay que ser ingenuos: si algo ha condicionado la discutible calidad de las polémicas intelectuales producidas en Cuba en las últimas décadas ha sido precisamente la naturaleza política del proyecto social asumido en 1959. El hecho de que frente a la innegable hostilidad de las administraciones norteamericanas se demandara el máximo de unidad terminó conformando una mentalidad que ha priorizado lo colectivo antes que lo individual. Y hoy es obvio que faltan espacios de participación plural, en los cuales sea posible ejercer el derecho a la disensión puntual más allá de la simpatía que se pueda tener con el programa general de la Revolución. Ni la prensa diaria ni los medios de comunicación han sabido dar cabida a esas voces discrepantes, que no por ello son necesariamente “contrarrevolucionarias”.

Sin embargo, junto al impedimento político hay que reconocer que en muchas de las polémicas que se han originado en Cuba a lo largo de toda su historia se advierte como una de las causas del fracaso, la ausencia de un elemental sentido de la tolerancia. En muchos de estos debates sus protagonistas, lejos de atender las ideas del adversario como algo que quizás contenga una cuota mínima de razón, las toman como un agravio personal que hay que liquidar del modo que sea. Y no hablamos solo de la etapa revolucionaria, donde la singularidad política del período ha determinado un nuevo modo de polemizar (o no polemizar), sino de toda una historia de desencuentros y porfías que es pródiga en réplicas que aluden a los defectos de las personas que emiten las ideas antes que a las carencias de las mismas.

No creo que sea exclusivo de esta área geográfica, pero es cierto que entre cubanos hay una tendencia bastante marcada a descalificar el punto de vista contrario tan solo porque no ha nacido de nuestra mente. O porque no se comparte el mismo credo político, religioso o estético. En casos así, lejos de estimularse el intercambio de razonamientos lo que predomina es la subestimación de las ideas del otro, evitándose a toda costa encontrar el más mínimo mérito en estas. Como resultado se hace normal el linchamiento verbal en los medios, o su reverso, la falsa indiferencia ante esas reflexiones críticas.

Lo ideal sería pensar en una polémica intelectual como ese combate deportivo que intenta dejar en claro la superioridad de un punto de vista, atendiendo a determinadas reglas y convenciones éticas. Pero no hay que engañarse: lo que llamamos polémica intelectual es y será siempre una porfía que si bien apela a la razón, no puede soslayar la naturaleza humana de su origen, con todo lo que de emotivo y pasional encontramos en el más común de los hombres. Detrás de esas ilustradas diatribas, o mezcladas con las sofisticadas argumentaciones que cada oponente factura, encontramos ese conjunto de virtudes y miserias que, seres humanos al fin, nos conforman. Nada más falso e inauténtico que una polémica donde los antagonistas intentan enmascarar tras la coartada de la “razón” las magulladuras de sus respectivos egos.

Pero si bien toda polémica es, en el fondo, un problema de hombres concretos con móviles pasionales muy comunes (ambición de poder, sed de reconocimiento, manías de grandeza, resentimiento, envidia, lucha generacional, etc), no deja de ser cierto que esas discusiones pueden resultar útiles al resto de los mortales, cuando por encima del diferendo personal perdura el debate de ideas: solo así se entiende que la animadversión pública que mostrara Schopenhauer hacia Hegel en su momento, rayana con lo patológico, hoy pueda ser considerada en toda su vigencia cuando asistimos a esos altercados donde un adversario se empeña en descalificar el lenguaje críptico utilizado por su contrario.

Hay que admitir que en Cuba los últimos tiempos han contribuido a mejorar un poco la imagen de la práctica. Publicaciones como La Gaceta de Cuba, Unión, y Temas, o ciclos de conferencias como los organizados por Criterios se han encargado de concederle espacio a polémicas que suelen repensar asuntos que hasta ayer parecían tabúes, si bien la gran ausente de estas discusiones sigue siendo la política interior, no así la exterior. Ello ha traído como consecuencia una pobrísima (cuando no nula) influencia del intelectual en la agenda política de la nación, creándose la impresión de que es esta una esfera que no pertenece al mundo del creador, a no ser que el arte que realice el mismo sea inequívocamente “revolucionario”, o para decirlo con el célebre término: “políticamente correcto”.

Lamentablemente de todas las zonas de la cultura cubana el cine ha sido la menos beneficiada con estos debates de última hora. Mientras que la literatura y la plástica han contado con las miradas cruzadas de diversos ensayistas, apenas sí se pueden recordar debates similares en el área del audiovisual. Y no es que no existan ensayistas e investigadores competentes, pero es evidente que estas miradas apenas se entrecruzan o dialogan entre sí. Mientras en la literatura ensayistas y escritores discuten furiosamente, en el cine cubano cada cual (críticos y cineastas) le habla a su espejo en una especie de interminable monólogo.

La presente selección no esconde su interés de ser rebatida, cuestionada, enriquecida. En realidad, se hubiesen podido incluir veinte, treinta o cuarenta y dos películas. Pero diez me parecía una cifra prudente tomando en cuenta que la idea en cada caso era partir de un filme puntual, para promover una perspectiva de conjunto que permitiera examinar los períodos, conectar la producción cinematográfica con el resto de la producción cultural de la etapa, así como con el estado de cosas que a nivel internacional podía influir en las reacciones oficiales. Se trata de poner en práctica un tipo de crítica que se asome al contexto y no al filme en particular, siguiendo aquella recomendación realizada por Desiderio Navarro cuando abogaba por “la crítica literaria como crítica de la cultura literaria en su conjunto y no exclusivamente de las obras literarias”.

(…)

Tristes son esas épocas donde las polémicas intelectuales apenas se hacen notar debido a la hegemonía de un pensamiento en teoría superior, dictado apenas por unos pocos (o por la mayoría, pero silenciando a las minorías). A Cuba en lo particular no le hace ningún bien promover ese falso consenso o gesto social sospechosamente uniforme. Una sociedad se mostrará más viva y más sana en la misma medida que haga de la diversidad y el desencuentro inteligente de sus miembros la mejor manera de superarse: la autoridad de cualquier proyecto social es directamente proporcional a la riqueza de puntos de vistas que lo integran.

De cualquier forma, el hecho de que el cine de la isla haya sido objeto de discusiones en más de una ocasión adquiere un valor especial en un contexto donde “la cultura del debate” no ha sido ni es nuestro fuerte. Y es que en fechas como la nuestra, en las que resulta cada vez más imprescindible una reflexión crítica que oponga a la creciente uniformidad de actitudes un paradigma de dignidad y resistencia individual, nada mejor que el sano ejercicio del debate para saber que aún existimos como seres concretos. Entonces, ¡bienaventurados los que polemizan, pues de ellos será el futuro!

Juan Antonio García Borrero

Notas:

1) Tomás Gutiérrez Alea. “Vanguardia política y vanguardia artística”. En “Alea, una retrospectiva crítica” (Selección y prólogo de Ambrosio Fornet), Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, pp 293-294.
2) Lucía López Coll. “Cine y compromiso. Humberto Solás: por un arte inconforme”. La Gaceta de Cuba, p 34.

– INDICE –

PAISAJES CUBANOS DESPUÉS DE LAS POLÉMICAS (A modo de introducción)

PM (1961) de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLLO (1968) de Tomás Gutiérrez Alea

UN DÍA DE NOVIEMBRE (1972) de Humberto Solás

DE CIERTA MANERA (1975) de Sara Gómez

RETRATO DE TERESA (1979) de Pastor Vega

CECILIA (1981) de Humberto Solás

CONDUCTA IMPROPIA (1984) de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal

ALICIA EN EL PUEBLO DE MARAVILLAS (1990) de Daniel Díaz Torres

GUANTANAMERA (1995) de Tomás Gutiérrez Alea

SUITE HABANA (2003) de Fernando Pérez

Anuncios

Publicado el mayo 30, 2011 en LIBROS SOBRE CINE CUBANO. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Hermano:
    ¡Muy bueno el fragmento de tu libro! Mucha verdad hay en él, aunque pienso que el temor a “pecar” te sujeta un poco a la hora de ir al meollo de la causa. Claro que, como han dicho ya varios hombres sabios, cada uno tiene su verdad y la defiende, y quizás la tuya llegue hasta allí. Yo pienso que la supresión de los debates profundos es quien los hace improductivos, porque solo la cirugía radical es capaz de extirpar el cáncer. Tu criterio ayuda y estoy totalmente de acuerdo con ellos, pero me parece que el recetario carece de medicamentos capaces de devolver la salud al enfermo. Recetando paliativos que no liquiden los parásitos, aún si el paciente los asimila –que yo lo dudo –se pueden aliviar las diarreas, pero no curarlas.
    “…pero no es ésa la libertad que urgentemente necesita un pueblo cuyas ciudades se caen de polvo y vicio, cuyos campos sacrificados se ciegan o emigran, sin confianza, sin sustento, sin puertos, sin caminos, sin seguridad, sin honra”.
    José Martí.
    Tomo 3 Pg 44
    Cuando hablaste ayer en la asamblea te aplaudí hasta dolerme las manos… y la gran mayoría te aplaudió con entusiasmo, como también aplaudieron al arquitecto. Hay mucho mérito en “romper el corojo” y atacar primero. Pero tuve que ausentarme por problemas personales y dejé allí el debate cuando aún el arquitecto no había terminado. Sin embargo, por viejas experiencias, pienso que el tiempo dirá cual será el destino de las actas con las recomendaciones que allí se levantaron; y lo execrable es el futuro de los inmuebles de nuestros once cines camagüeyanos. ¿Crees posible, con la misma dirigencia esquematizada de medio siglo, la apertura de esos confortables y añorados locales donde se disfruta el arte cinematográfico a oscuras y en compañía de cientos de personas –acaso jóvenes en su mayoría –que pueden soltar una consigna discordante con esta “cultura” tan parecida a la norcoreana?
    De todas formas, si unos pocos ladrillos no conforman la casa, representan el comienzo de la edificación de ese nuevo edificio que tanto tú como yo queremos reconstruir para que nuestros hijos y nietos no tengan que emigrar a tierras extrañas.
    Un abrazo de tu hermano
    Pedro Armando Junco

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: