PENSANDO TODAVÍA EN CIENFUEGOS…

Los recordaré siempre como tres buenos momentos en los cuales, un grupo de amigos, pudimos hablar sin reservas del cine cubano, de su historia, de las tremendas polémicas que sigue generando, de la censura sistemática que ha experimentado, de Tomás Gutiérrez Alea como ciudadano que, entre otras cosas, hizo cine.

Que estos conversatorios tuviesen lugar en el hermoso Teatro Terry (donde me recordaron se habían filmado algunas secuencias de “Papeles secundarios”, uno de mis filmes cubanos preferidos), le incorporó una química especial a la circunstancia. Lo otro fue advertir que se trataba de un público mayoritariamente joven. Y no hablo de juventud biológica, sino intelectual. Ese tipo de juventud es la que permite que miremos la realidad con nuevos ojos, y seamos capaces de imaginar lenguajes más frescos que aquellos que ya han cristalizado en meras fórmulas retóricas, e interminables pasarelas de lugares comunes.

Entre otras cosas hablamos de esa historiografía tan al uso que gusta prescindir en su relato de los acontecimientos que no han tenido una gran presencia en la esfera pública. En lo que pudiera considerarse la típica “ilusión de foco” que nos hace creer que en el escenario teatral solo existe aquello que es iluminado, este historiador ha puesto a un lado la fiscalización de toda prueba documental y testimonial, y decretado por anticipado el olvido de lo que lo hegemónico no ha considerado “oficial”.

Por fortuna, ya no es sólo el contenido de la Historia lo que se evalúa, sino también el modo en que el experto ha organizado ese relato, administrando jerarquías e invisibilidades. De cronista del Poder, el historiador ha pasado a ser también objeto de estudio en términos epistemológicos, dada la certidumbre de que no existe inocencia cuando se escribe, y que aquí también el conocimiento está en función de un interés, una utilidad grupal.

Por otro lado, cada vez se desacredita más ese tipo de enfoque que describe el devenir histórico como algo racional y frío donde el surgimiento de las instituciones, por ejemplo, tal parece que ha sido meditado al margen de las pasiones de los humanos. Para el nuevo historiador, “las afinidades electivas” devienen más reveladoras que las actas que decretan la fundación de ésta o aquella institución. Desde esa perspectiva, el presupuesto de la amistad (y su opuesto, el odio) adquiere una jerarquía mayor que las relaciones establecidas en función de una determinada autoridad u orden al cual se responde.

En mi criterio, la verdadera ganancia de estos encuentros (al menos para mí) está en la posibilidad que me brinda de seguir pensando críticamente el cine cubano. Los encuentros fueron importantes, pero será más interesante aún seguir cultivando ese pensamiento crítico que se defendió con vehemencia allí. Por lo pronto les dejo con esta reflexión del joven Antonio Enrique González Rojas, ofreciéndonos un ángulo absolutamente inédito del lugar donde vive. Porque se trata de eso: de mirar con ojos jóvenes esa vieja realidad que nos habita.

Juan Antonio García Borrero

EL TERRY CINEMATOGRÁFICO
Por: Antonio Enrique González Rojas

Sin caer en vano y reduccionista chauvinismo de provinciano concentrado en la geografía de su ombligo, creo que vale la pena acotar en una esquina de la historia sobre la presencia significativa de un espacio con alma y ángel como el Teatro Tomás Terry, en hitos relevantes del cine cubano de la última media centuria, aún a despecho del desproporcionado habanacentrismo que caracteriza comúnmente el audiovisual criollo en sentido general. Se suma así la institución cienfueguera a exclusiva cofradía de espacios físicos y vitales inmortalizados en celuloide, como el pueblo de San Antonio de los Baños, cuya privilegiada posición como sede de la Escuela Internacional de Cine, lo convierte en laboratorio y escenario de los incipientes realizadores; y San Pablo del Yao, asentamiento recóndito de la Sierra Maestra, que acoge a la singular Televisión Serrana, quijotada audiovisual irrepetible que quemó naves con la matriz occidental-citadina, para colimar con sus lentes la multiplicidad de Cubas cohabitantes en el archipiélago.
Aunque su identidad no haya sido siempre explícitamente patentizada en las cintas donde sirvieron de escenario tanto su fachada como su interior, el Teatro emite desde las películas sutiles señales al espectador avisado, de entendederas abiertas a dimensiones más sutiles de la existencia.

Sobre 1968, cuando el cine cubano post´59 emitía algunos de sus más gloriosos y apoteósicos cantos de cisne, como “Memorias del Subdesarrollo” (Tomás Gutiérrez Alea, 1968) y “La Primera Carga al Machete” (Manuel Octavio Gómez, 1969), los alrededores del parque José Martí, de la ciudad de Cienfuegos, donde el Terry armoniza y contrasta con las moles de la Catedral de la Purísima Concepción, el Colegio San Lorenzo y el capitolino epígono de la Alcaldía, aparecen como escenario de la masiva protesta antimachadista, desarrollada durante la segunda historia de “Lucía” (Humberto Solás, 1968), protagonizada por Eslinda Núñez. El deterioro general de un entorno arquitectónico, cuyas ennegrecidas y carcomidas paredes hacen pensar en una plaza sitiada, suerte de Stalingrado beligerante, o asediado Berlín, refuerza la violencia del enfrentamiento entre revolucionarios y los defensores el orden imperante. Fantasmal casi era en efecto el Terry en el real 1968, no la década de 1930 representada, pues arrastraba una degeneración a que se había visto reducida, desde unos diez años antes, la importante plaza donde había cantado Carusso y actuado Sarah Bernhardt, para entonces cine pornográfico de cuarta categoría.

Si bien “Lucía” es la única vez que el Teatro se distingue plenamente como parte de un Cienfuegos protagónico, no fue la última ocasión en que las cámaras acudieron a él, mas ya entonces camuflando sus signos identitarios, sucumbidos al anonimato funcional. Pero sus inconfundibles decorados, estructura interna, no única, pero sí sutilmente auténtica, lo revelan durante varias escenas de “Papeles Secundarios” (Orlando Rojas, 1989), heraldo de una nueva época de descongelamiento estético para nuestra cinematografía, de retorno a la experimentación formal, temática y narrativa. Renacimiento este de las cenizas a que, por dos décadas, fue reducida la industria artística por las adversas circunstancias del setentero Quinquenio Gris, y los banales y tímidos 1980 inaugurados por la inquisitorial estigmatización de “Cecilia” (Humberto Solás, 1982). El bizarro escenario de aprensión casi gótica, sometido a sutil extrañamiento por la fotografía y la iluminación, donde evolucionan los actores que intentan montar “Réquiem por Yarini” desde sus miserias personales, es precisamente un Terry enrarecido, pero reconocible por quienes frecuentamos su maderamen.

Otra década tuvo que esperar el Teatro, para que ojos de cineasta se posaran sobre sus potenciales estructurales y su vibra peculiar, de nuevo cobrado el precio del anonimato. Personalmente, recuerdo los días de filmación de “Habana Blues” (Benito Zambrano, 2005), cuando para el montaje del climático concierto de consagración-despedida de los músicos protagonistas, se convocaron cientos de freakies cienfuegueros de todas las denominaciones y credos, conformado así el heterogéneo público que interpretaría con sus aplausos el requiem del proyecto musical, en el día de su muerte por desmembramiento. A esta tumba de disgregación y desarraigo, fueron avocados por un enrarecido mercado musical cubano, que apenas consideraba y considera las auténticas voces creativas de quienes optan por senderos estéticos divergentes de la timba, la salsa, la canción romántica, el pop fácil, y sonoridades tradicionales reiteradas y mimetizadas hasta el cansancio. El interior del Teatro sustituyó en la cinta las demasiado arruinadas entrañas de su gemelo habanero, el casi irrecuperable Teatro Martí, cuya fachada descarnada sí era adecuada para los requerimientos fílmicos.

El Teatro Tomás Terry ha sido entonces peculiar aunque apenas discernida presencia en el cine cubano; espectador privilegiado de la cristalización de algunos de los obligados puntos de giro del accidentado devenir fílmico nacional. Cada vez que alguien visualiza “Lucía” y “Papeles Secundarios”, el Terry aún está ahí.

POSTDATA: Aprovecho para colgar las impresiones de ´Jorge Luis Lanza y Antonio Enrique González Rojas.

PENSAR EL CINE CUBANO DESDE CIENGUEGOS
Por: Jorge Luis Lanza Caride

Las polémicas suscitadas por el prestigioso estudioso del cine cubano Juan Antonio García Borrero entre el 18 y el 20 de mayo en el Teatro Tomás Terry de nuestra ciudad sobre nuestra cinematografía no permanecerán indiferentes en la memoria de los jóvenes que asistieron a esta importante cita que posibilitó pensar no sólo el cine nacional sino ese universo más rico que es el audiovisual cubano en sus más variadas manifestaciones.

El autor de textos como Quién le pone el cascabel al Oscar, La edad de la herejía, Otras maneras de pensar el cine cubano, Bloguerías, libro que tuvo una merecida acogida entre el público cienfueguero y que deviene una oportunidad de acercarse al cine cubano a partir del impacto que ha tenido y continúa teniendo entre los internautas el archivisitado blog La pupila insomne, no sólo tuvo el privilegio de disfrutar de la calurosa hospitalidad de una ciudad que lo recibió como un hijo más, sino la oportunidad de debatir asuntos tan cruciales como el “icaicentrismo” dentro de la historiografía sobre el cine realizado en la isla, refiriéndose a ese mal que limita el estudio del cine cubano como si se tratara de la historia del ICAIC.

Aunque éste no ha dejado de ser la institución rectora en la esfera cinematográfica en Cuba, hoy se suman otras expresiones que subvierten ese vetusto monopolio fílmico, las cuales se ubican en esa zona que Juan Antonio García Borrero suele denominar “cine cubano sumergido”, término utilizado por dicho autor para referirse a las manifestaciones de nuestra cinematografía que no tienen la visibilidad que merecen, relegadas a circuitos alternativos, como el audiovisual realizado por los Nuevos Realizadores, entre los que figuran nombres como Jorge Molina, cuya obra es casi desconocida en la isla, Arturo Infante, autor de Utopía, Aran Vidal, Susana Barriga, entre otros, quienes afortunadamente cuentan desde hace varios años con el apoyo de de La Muestra de nuevos realizadores, y por supuesto el cine realizado por cubanos en la diáspora, expresión que por diversas razones ocupa un lugar todavía marginal dentro de la historiografía fílmica cubana y entre los canales de exhibición oficial.

Para beneplácito de esta zona del audiovisual, el éxito que está alcanzando dentro de nuestra isla una cinta como “Memorias del desarrollo” (2009), del egresado de la EICTV Miguel Coyula devela que dicha realidad está cambiando, teniendo en cuenta la existencia de una visión más renovada en ese sentido. Las reflexiones de nuestro invitado en torno a este importante filme nos incitan a reflexionar sobre el futuro panorama del cine cubano, su crítica y su historiografía. Sugerentes y polémicas fueron las ideas que sobre este tema se vertieron el primer día de los fructuosos encuentros.

Otro de los temas que más expectativas suscitó entre los participantes de este histórico encuentro fue la censura en el cine cubano, a partir de lectura de un texto que algún día se convertirá en el libro “Diez filmes que estremecieron a Cuba”, donde figuran las controversias desatadas por cintas como “PM”, célebre documental realizado por Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, el cual suscitó la sonada polémica de Fidel Castro a inicios de la Revolución con los intelectuales, “Un día de noviembre” (1971), de Humberto Solás, realizada en pleno Quinquenio Gris, “Conducta impropia” (1983), de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, obra que de una manera u otra sirviera como referente para la posterior realización de ese clásico indiscutible que es “Fresa y chocolate” (1993), de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.

Precisamente fue Titón, ese coloso de nuestro celuloide objeto del debate que clausuraría esta ardua jornada sobre el pensamiento fílmico, y Dios quiera que pronto el lector cubano tenga en sus manos el futuro libro que sobre el cineasta ha escrito García Borrero. Como colega y apasionado cinéfilo que ha convertido el cine cubano en su otra casa sólo me resta agradecer a su autor por hacer posible la anhelada visita que esperamos vuelva a repetirse. Muchas gracias por materializar este esperado sueño colectivo de quienes desde Cienfuegos se empeñan en pensar el cine cubano, la cultura en su máxima extensión.

JUAN ANTONIO GARCÍA BORRERO EN CIENFUEGOS: EL INTELECTUAL EN SU LABERINTO
Por: Antonio Enrique González Rojas

Durante los días 18, 19 y 20 de mayo, el Centro de Documentación y Sala de Historia Yolanda Perdiguer, del Teatro Tomás Terry, de Cienfuegos, acogió el ciclo de debates pluridialógicos “Cine Cubano: La Pupila Insomne”, motivados por la visita a la ciudad del crítico e investigador camagüeyano Juan Antonio García Borrero, invitado por la filial provincial de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), con el apoyo del comité de la UNEAC.

Dotado de una apacibilidad casi pasmosa, por lo inusual de hallar en el exaltado y tenso espíritu cubano una paz interior casi oriental que lo rodea como aura casi palpable, este estudioso del devenir cinematográfico nacional, comentó hacia las conclusiones de los nutridos encuentros, que lo más significativo de estos días de nítidos intercambios intelectuales (partiendo desde los temas “Cine, historiografía e icaicentrismo”; “Diez películas que estremecieron a Cuba” y la discusión de algunos capítulos del proyecto de libro “Hasta cierto Titón. Apuntes para una biografía en construcción de Tomás Gutiérrez Alea”) comenzaría a partir del regreso a su tierra agramontina. Satisfecho quedaría si el ejercicio de la opinión y el pensamiento derivado del debate diáfano, ético, respetuoso de las verdades y posturas individuales, diversas hasta el antagonismo, pero nunca excluyentes, generara en los participantes la necesidad de regularizar encuentros, enriqueciéndose los acervos con los inexplorados saberes del otro, incompletos todos, válidos todos, cual multidimensionales ladrillos gnoseológicos que integran el universo desde sesgo democritiano.

Aunque la repleta salita del Terry repleta es todo un triunfo en una ciudad donde es muy difícil congregar grandes grupos humanos en pos del conocimiento complejo y su discusión, si la construcción conjunta de la verdad ejercida durante esas horas vespertinas (18 y 19 ocurrieron los encuentros a las 3:00 PM) y matutinas (20 a las 10:00 AM) fenece a su vera, pues fracasaron en gran medida todos los esfuerzos involucrados. García Borrero manifestó entonces que deseaba, con su obrar escrito y oral, recuperar y revalidar la muy perdida costumbre del debate franco ejercido desde la consciencia participativa de los intelectuales, de los ciudadanos que piensan su nación en todas las dimensiones que alcance a abarcar por interés y según su sapiencia, evitando siempre quedar reducidos a “simples vestales, guardianes de un fuego ya encendido, cuando debemos ser incendiarios, creadores de un fuego nuevo”(*), flama vital cuya perpetua variación/renovación simboliza la perennidad del cambio, acorde las dinámicas generadas por complejas dialécticas de la existencia, como ley primera de la evolución.

La polémica desarrollada sobre cualquier temática debe partir del conocimiento concienzudo de las causas de las cosas, vislumbradas en su justa medida las diversas aristas de los poliedros fenomenológicos que son todo ser humano y toda circunstancia generada por este o sobre este. Debe respetarse la validez a priori (y casi siempre a posteriori) de todas las posturas posibles generadas respecto a un hecho, donde hereje e inquisidor merecen ser escuchados, analizados e imbricados en el siempre incompleto puzzle fáctico. Debe partir también del reconocimiento tácito, muy modesto, de la incompletitud de toda cosmovisión particular/grupal, de su consecuente perfectibilidad y de la naturaleza dual de los sucesos, donde nunca existen algoritmos únicos para despejar las incógnitas, donde siempre existe, al menos, una segunda opción posible.

Este debate, esta participación de las opiniones sustentadas en presupuestos auténticos por su lógica y flexibilidad, al resto de los semejantes, implica la liberación de uno respecto a uno mismo, de Jeckyll contra Hyde, Dorian Gray contra su retrato, de las dos faces antagónicas de Jano. Esta paz en la liza interior debe instaurarse desde la cimentación sólida de las columnas fundamentales del conocimiento propio, bruñidos al máximo los saberes compartidos y validados en sociedad. Un claro inventario de las reservas de coraje, capacidad de diálogo, referentes y argumentos, debe ayudar a fijar el máximo de pascales de incomprensión, impugnación e intimidación que se concentrarán por centímetro cúbico sobre la entereza intelectual y hasta física. ¿Hasta dónde podrá resistirse la claudicación, a la vista de los hierros mostrados al viejo Galileo para disuadirlo de sus peligrosas teorías filo-copernicanas? ¿Hasta dónde será más insoportable ceder a la irracionalidad del absolutismo, para aposentarse en el nido de espinas del remordimiento y la frustración, con el único consuelo del regodeo en la íntima disensión, limitada al eterno susurro de eppur si muove, tan bajo que ni su emisor terminará por oírlo? ¿Quizás, en el peor y más patético de los casos, sólo se logre divisar el lejano fulgor de la Estrella citada por Martí, sin ánimos suficientes más que para (re)acomodarse (y coquetear) sobre las estrías del Yugo?

La postura de aterciopelada pero de diamantina fortaleza, sostenida por un intelectual como García Borrero, colocado desde los avatares endo/exógenos del cine cubano para descorrer los siete obnubiladores velos engarfiados sobre la conciencia, no fue menos que lección inspiradora para quienes poseen el potencial intelectual para discernir iniquidades y bondades, además de temple para defender su derecho a participar en la construcción colectiva de las verdades, de las naciones asumidas como comunidades imaginadas, simbólicas, sobre la que discursó el camagüeyano.

La única evolución posible parece entonces partir de la íntima rebelión contra seculares egoísmos que definen al homo sapiens, de la intensidad conseguida desde la también íntima catequesis en el pensar preconizado por el padre Varela, no en el irracional, intolerante y estrecho fanatismo, o peor, en el oportunismo foucheísta. Y escribo las palabras “única posible”, no por inconsecuencia con los argumentos sostenidos hasta ahora sobre la dualidad y perfectibilidad de los fenómenos, sino porque el implícito carácter de perpetum mobile que define a toda auténtica posición evolutiva, implica a su vez el antiestatismo, la revisión y redimensionamiento constantes que determinan todo proceso dinámico, articulado desde la pluralidad de voces. Para destruir esa muralla tráiganme todas las mentes, pudiera re-escribir Guillén. Si bien la noria histórica colectiva no puede mantenerse en MRUA (Movimiento Rectilíneo Uniformemente Acelerado) por decreto colmenar, sí el fuero interno del intelectual puede sostener el beligerantemente pacífico estado de gracia, conseguido cuando es traspuesta la dantesca selva oscura y se vislumbra la diáfana imagen de uno mismo en el espejo de la virtud martiana. Sólo así se alcanza la calma inmunidad trasuntada por García Borrero y su sincero e incansable obrar, compartido como verdades auténticas que buscan, desde su conciencia incompleta, provocar que otros persigan completarlas con sus verdades, lanzadas sin reservas a la liza de la participación.

Nota
*FORNET, AMBROSIO: Año 68: el intelectual en la Revolución, en Narrar la nación, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2009.

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Publicado el mayo 22, 2011 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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