Archivos diarios: mayo 6, 2011

SOBRE HÉROES, INTELECTUALES, Y TUMBAS

Me sacudió la noticia de la muerte de Ernesto Sábato. “El túnel” es una de mis novelas favoritas, pero admito que es del intelectual crítico que representaba este argentino, del intelectual incómodo (y de algún modo “el intelectual estepario”), que terminé por sentirme más cercano.

Pertenezco a una generación que llegó tarde a esa época donde los intelectuales lidiaban en Latinoamérica con sus ideas todavía “en construcción”. Hoy pareciera que ya las tesis de antaño han cristalizado en rígidas ideologías de “izquierda” o “derecha”, lo que deja poco margen al debate no condicionado. En espacios de ese corte, no hay nada nuevo por construir, porque todo ya está edificado o dicho. Se trata, simplemente, de conservar o demoler lo que existe con el fin de sustituirse entre sí, por lo que aquellas aspiraciones de un Tercer Cine, por mencionar algo cercano al perfil del blog, que pretendía sintetizar en una perspectiva mayor “estructuras, formas o conceptos aportados por el llamado Nuevo Cine” termina siendo algo para apreciarlo en un museo.

La Revolución encabezada por Fidel Castro en la Cuba de 1959, sigue evocándose como el gran detonante de esa euforia intelectual que puso de manifiesto la izquierda en la América Latina de los sesenta. Alrededor de ese fenómeno se nuclearon escritores, cineastas, músicos, y a través de sus obras alcanzaron protagonismo los que nunca habían tenido ni voces ni rostros. Los condenados de la Tierra. Los que aún viven y mueren en el traspatio de esa gran mansión que es La Historia.

Pronto sucedió lo que tenía que suceder. Llegaron los divorcios con esa Revolución por diferencias entre individuos que percibían la realidad de modo distinto (el propio Sábato decidió distanciarse de ella en 1989), y porque se asumió el derecho legítimo a criticar sus errores. La realidad, con sus injusticias colectivas, sus abundantes desclasados que siguen viviendo y muriendo sin enterarse qué diablos es una vida digna, aún perdura a largo y ancho del planeta al margen de esos diferendos. Y también las pretensiones de uniformar al ser humano, de convertirlo en una suerte de autómata que responda de un modo mecánico con un “sí” o un “no” a los reclamos de un poder superior, ya fuera ese poder de naturaleza ideológica o económica.

Sábato se opuso a ese tipo de domesticación. Sabía que aunque la gente se divorcia entre sí, el matrimonio como institución (como necesidad de compañía agónica), sigue existiendo. Es imposible divorciarse del todo de la realidad, por hostil que ésta sea, y el mejor modo de continuar ligados a ella, es mostrándole cada minuto nuestra pataleta, nuestra rabia. Para Sábato, la rabia del intelectual era fundamental; de allí que llegaría a afirmar de sí mismo:

“Quizá, por mi formación anarquista, he sido siempre una especie de francotirador solitario, perteneciendo a esa clase de escritores que, como señaló Camus: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. El escritor debe ser un testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad, y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana. Debe prepararse para asumir lo que la etimología de la palabra testigo le advierte: para el martirologio. Es arduo el camino que le espera: los poderosos lo calificarán de comunista por reclamar justicia para los desvalidos y los hambrientos; los comunistas lo tildarán de reaccionario por exigir libertad y respeto por la persona. En esta tremenda dualidad vivirá desgarrado y lastimado, pero deberá sostenerse con uñas y dientes.

De no ser así, la historia de los tiempos venideros tendrá toda la razón de acusarlo por haber traicionado lo más preciado de la condición humana”.

No me atrevería a afirmar que ese tipo de héroe intelectual propuesto por Sábato como paradigma ya no existe o existirá más. Que descansa para siempre en una tumba, anulado lo mismo por una razón de Estado que lo silencia por la fuerza, o contratada su voz para defender los intereses de la minoría que hoy manda en el mundo. Eso sería una generalización que, como todas, peca de esquematismo. Todavía quedan intelectuales empeñados en preservar la dignidad del individuo que son sin perder de vista la necesidad de ir a la raíz de las injusticias colectivas. Y de pensar críticamente la dramática relación que siempre se establece entre el Yo y el Universo.

Entre los intelectuales de aquella izquierda exaltada, en cuyas filas militó Sábato, fue dominante la idea de que se podían resolver los problemas de los pueblos menos favorecidos sin detenerse demasiado en las particularidades del hombre de carne y hueso. Otro intelectual como el cubano Jorge Mañach, en plena crisis nacional provocada por el régimen batistiano, apuntaba en los cincuenta algo que todavía resulta útil al debate interior al que me someto de vez en cuando: “Yo creo que uno de los males de Cuba es que tendemos demasiado a ver las cosas públicas en función de la política. Se reducen los problemas a simples conflictos de partidos o de gobiernos y oposiciones… Nuestros problemas vienen de más abajo y de más hondo. Nacen en la raíz misma de la ciudadanía”.

Mañach pensaba en el intelectual como alguien que, antes que intelectual, se reconocía como ciudadano. Que pensaba como ciudadano. Y velaba por los derechos de la ciudadanía en general (de allí el quehacer público que tanto le reprochara Lezama). A Sábato lo atormentaba el dilema que implica para el intelectual saberse dueño de una voz pública, y no ponerla en función de quienes carecen de ella (que son la mayoría de seres humanos que conforman a la humanidad, no el grupo selecto al cual pertenece).

La gravedad del dilema no estaría tanto en determinar a favor de qué conjunto de ciudadanos pone su voz el intelectual, como encontrar y defender ese tono personal que lo distancie de la retórica ajena, y le permita cultivar una libertad interior en función de un bien común. Una libertad que le retorne al mundo como lo que es: no como alguien que se siente dueño de “privilegios cósmicos” (los términos son de Sábato), merecedor de comodidades y reconocimientos siempre efímeros, sino actor de un drama cíclico donde todo el tiempo habrán más víctimas que victimarios.

Juan Antonio García Borrero