Archivos diarios: mayo 3, 2011

LOS PRIMEROS TROPIEZOS DEL ICAIC

Hace algunos días mi maestro Luciano Castillo me puso al tanto de una carta escrita por Tomás Gutiérrez Alea al periodista Agustín Tamargo (entonces articulista de la revista Bohemia), en el lejano mes de septiembre de 1959.

La carta es interesante porque nos muestra el perfil más humano que tuvo el nacimiento de eso que hoy conocemos como el ICAIC, una institución que no nació con el beneplácito de todos (como pudiera sugerir una lectura histórica de corte providencialista), sino que debió imponerse desde cero, y esforzándose por concederle calidad estética a aquello que filmaban sin experiencia alguna.

Lo cierto es que no habían transcurrido ni siquiera cinco meses desde que se creara oficialmente el ICAIC, cuando el Instituto presidido por Alfredo Guevara comenzó a recibir los primeros embates públicos de otros grupos que aspiraban a ese rol. En la revista Bohemia del 6 de septiembre de 1959, en la sección “El Buzón Abierto” podemos encontrar la siguiente carta firmada por personas que se hacen nombrar “René Vallejo” y “Julio Martínez”:

“Si en esta Cuba de ahora se puede decir la verdad, ahí va una bien grande: con el Instituto de Arte y Cine, dirigido por el imitador del BANFAIC, Alfredo Guevara, Cuba no tendrá industria de cine y nos veremos en la necesidad de emigrar para comer. Con el Banco Cinematográfico que presentara José Rodeiro en Bohemia se harán más de cuarenta películas y comerían más de 600 cubanos. ¿Por qué se hace lo uno (malo) y no lo otro (bueno)? ¿Quiere que le diga por qué? Porque Fidel no lo sabe. Miles de firmas y cartas que le enviamos nunca llegan a él ni a otras figuras del Gobierno. De lo contrario, no ignoraría algo tan “humanista” y tan “cubanísimo” como esto. ¿De quién es la culpa? ¿Quién oculta la correspondencia? ¿Quién hunde una industria, mata un comercio importante y condena al hambre a tanto cubano? México lo hizo y progresa porque en esa nación hay patriotas de verdad que comprenden que sin economía y trabajo no hay progreso. Pero mientras ellos recogen el fruto de su constancia y seriedad, Cuba sigue víctima de la eterna adulación, de la incapacidad, del miedo a luchar por sus derechos y se conforma con que los millones se marchen de Cuba por no criticar a un funcionario del 26 de julio que no sabe cómo llevar adelante un plan cubano y comercial”.

La respuesta de Agustín Tamargo, en esos momentos uno de los más entusiastas voceros del triunfo revolucionario, más enérgica no puede ser:

“Lo primero que debo decirles, señores Vallejo y Martínez, es que la publicación de esta carta en BOHEMIA es una prueba de que en Cuba, hoy, todo se dice, todo se discute y todo se sabe. El tiempo de los favoritismos se acabó. Las cartas y firmas enviadas por ustedes debe haberlas visto Fidel, como ve Fidel (hasta por televisión) cuanto mensaje le envían. Lo que ocurre es que su crítica a un funcionario que apenas ha comenzado a trabajar, parece dictada más por un espíritu de grupo que por un verdadero interés nacional. Cuba necesita una industria de cine. Pero no un cine para que unos cuanto “coman”, como dicen ustedes (por muy respetables que sean esos cuantos y por muy alto que sea su número), sino por un cine de calidad artística, regido por un criterio que no excluya las posibilidades comerciales (ya que el cine, como ha dicho Valdés Rodríguez, es arte e industria al propio tiempo). Yo no conozco los planes de Guevara; pero conozco su capacidad y su honradez. Ello me basta para estar seguro de que en el Instituto de Cine no se hará nada que denigre a Cuba artísticamente (como mucho que se ha hecho hasta ahora en nombre de “cine cubano”), pero tampoco se desconocerán los legítimos intereses profesionales o laborales que en ese sector puedan existir. De modo que dejen esa técnica del saboteo. Acérquense a Guevara. Plantéenle sus puntos de vista. Cooperen. Y ya verán que unidos los ideales y propósitos de él a los criterios e intereses de ustedes, salimos todos adelante. Saldrá el cine de Cuba, que es en definitiva lo que importa. Un cine que nos dé divisas, que no deje ir al extranjero esos millones que tan justamente señalan. Pero un cine que le muestre a América y al mundo, a la vez, como el gran pueblo que hizo esta Revolución es capaz de realizar también grandes creaciones artísticas a través del poderoso y multitudinario medio que es el celuloide”.

A esto habría que sumar la respuesta de Titón, publicada por la propia revista. En aquellos momentos, Gutiérrez Alea era uno de los tres consejeros (suerte de vicepresidentes) del Instituto (Guillermo Cabrera Infante y Fernando Bernal eran los otros dos), y su nota fue como sigue:

“Con motivo de la ausencia del compañero Alfredo Guevara, me veo en la necesidad de hacer llegar a usted, a nombre del propio Guevara y de este Instituto, el testimonio de nuestro sincero agradecimiento por su respuesta a la carta de los señores René Vallejo y Julio Martínez, publicadas ambas en la Bohemia. Estos señores, que si no me equivoco forman parte de un grupo de cubanos radicados en Miami desde hace veinticinco o treinta años, con un aparente desconocimiento de los problemas reales que confronta el nacimiento de una industria cinematográfica en nuestro país, y de los caminos escogidos por este Instituto bajo la dirección de Guevara, se han dedicado sistemáticamente a enviar cartas- creo que efectivamente suman miles de ellas- al Primer Ministro. Las cartas no de críticas, sino de evidente reproche por una labor que desconocen en absoluto, puedo asegurarle que llegan a su destinatario. Todas las conocen. Pero conocen también cuáles son los planes e intenciones de Guevara y esto les permite decidir en consecuencia. Claro que la acción de estos señores luce demasiado organizada, demasiado evidente, y no es difícil descubrir tras ella los desesperados intentos por satisfacer determinados intereses personales. No creo que sea necesario contestarlas una a una.

En su respuesta deposita usted su confianza en Guevara de quien conoce “su honradez y su capacidad”. Estoy seguro de que ni usted ni todos aquellos que honestamente desean para Cuba un cine nacional, situado en un nivel de calidad, se verán defraudados. Reiterándole nuestro agradecimiento, queda de usted,

Atentamente,

Tomás Gutiérrez Alea”

Los directivos del ICAIC en aquel momento habían apostado por traer a Cuba cineastas que, además de simpatizar con la causa revolucionaria, tuviesen experiencia en el oficio de cineasta. De allí que el propio Guevara le escriba el 6 de octubre de 1959 a Tamargo:

“Una verdadera traición, un verdadero disparate sí que sería llamar a uno de estos señores, dados a hacer circular ridículas cartas llenas de falsedades y calumnias, y entregarles un filme confiados en que por ser cubanos son directores de cine. Ésta parecer ser la tesis de nuestros detractores. Otra, la nuestra: junto a cada director o figura extranjera irán dos o más cubanos que aprenderán el oficio, descubrirán nuevas facetas y posibilidades del cine, desplegarán su talento y originalidad y se convertirán así, y sólo de este modo, estudiando, entrenándose junto a los genios verdaderos, en verdaderos directores, en verdaderos cineastas”.

Detrás de esta idea estaba presente el espíritu de “modernidad” que ya comenzaba a impregnar por las fechas a cinematografías como la francesa, la británica, o la polaca, y que explican el paso de varios de sus representantes por el Instituto de entonces, así como la asimilación de los debutantes realizadores de muchas de esas pretensiones. Y es real que en apenas una década, Guevara y sus colaboradores consiguieron inyectar a la incipiente producción (sobre todo a la documental) un carácter singular que aquellos que soñaban con imitar el sistema productivo de México, jamás hubiesen conseguido.

Juan Antonio García Borrero