Archivos Mensuales: mayo 2011

DE SANTIAGO VINE…

Cuando aún yo era un autor inédito, pero devoraba infinidades de libros (el doble que ahora), pensaba en los escritores como si estos fueran entes autosuficientes. Abría los volúmenes, y me parecía estar ante esa fabulosa lámpara de Aladino (con genio incluido, en este caso el Autor) procurándonos maravillosos mundos.

Extraño aquella candidez de lector, que me permitía participar junto al protagonista en las más descabelladas aventuras, conquistar a la hermosa heroína, vencer al villano de turno, o sencillamente embriagarme con los paisajes (físicos o espirituales, exteriores o interiores) que ponían al alcance de mis ojos.

Hoy ya no soy el mismo lector de antaño porque, entre otras cosas, he tenido la suerte de publicar varios libros, cuatro de ellos con la Editorial Oriente de Santiago de Cuba. Y eso (la condición de autor que ha visto sus libros divulgados), te cambia para siempre la visión del oficio. Después que te publican, descubres que por talentoso que pueda ser el escritor, su suerte última está en las manos de la editorial que acoja el manuscrito. La Editorial puede encumbrarte o condenarte al olvido. La Editorial hace los libros; los autores solo lo escriben.

En mi caso, ha sido con la Editorial Oriente con quien más cómodo me he sentido trabajando esos textos que me gusta pensar que son fragmentos de algo mayor que todavía está “en construcción”. Por eso mismo me sentí uno más de ese grupo de personas que fue homenajeado por el cuarenta aniversario de su fundación.

A veces tengo la impresión de que entre nosotros falta eso que en otros países se advierte: la obsesión de ciertas editoriales por contar con la firma de determinados autores, y a través de ellos, construir una determinada imagen que será enriquecida con la incorporación de nuevos escritores que prorrogan o dinamitan esa línea editorial propuesta en un inicio. En Cuba éste déficit se nota con el cine en sentido general. No hay entre nosotros nada parecido a lo fomentado por Cátedra o Paidós, por ejemplo, no porque no existan autores competentes, sino porque todavía no hay una conciencia real de lo que se puede lograr. Hasta donde sé, las editoriales encargan poco, y casi siempre están a la espera de lo que los escritores les puedan ofrecer.

Reitero lo que ya he dicho otras veces: la Editorial Oriente ha conseguido conformar, junto a Ediciones ICAIC, uno de nuestros mejores catálogos sobre cine. Mérito que en Camagüey reconocimos cuando en uno de los Talleres de la Crítica Cinematográfica que se celebraban en esta provincia se les concedió uno de los Premios “Cinema”. Quizás en un principio no existía nada intencional. Pero ahora ya tenemos al alcance de nuestra vista ese espléndido conjunto de libros que no sólo describen el audiovisual de todos los tiempos, sino que polemizan con las descripciones anteriores, y sugieren nuevas lecturas.

¿Cómo lo han conseguido? Pues no lo sé. Supongo que eso forma parte del misterio mayor que nos habita. Pero sí me parece que por medio está la pretensión de humanizar el acto de concebir el libro. No se trata (al menos no ha sido mi caso) de recibir un texto y procesarlo como si se tratara de uno de los tantos productos que consumimos en la sociedad. Un libro puede ser pan espiritual, pero no es sólo eso. Es, sobre todo, un modo de seguir conversando cuando los demás se han evaporado.

Por eso es que estos días en Santiago de Cuba, festejando el cumpleaños cuarenta de la Editorial Oriente, han sido para mí algo más que una celebración. Ha sido la posibilidad de reencontrarme con Zeila Robert, dueña de la misma serenidad intuitiva que percibí aquella primera vez en que le mostré el manuscrito aún incompleto de “¿Quién le pone el cascabel al Oscar?”, y me estimuló a seguir trabajándolo porque seguro que, según ella, iba a ser interesante para la editorial; con Consuelo Muñiz, que ha devenido desde entonces mi ángel de la guarda en estas lides editoriales; con Aida Barh, que en el tiempo que fue la directora de Editorial Oriente tanto apostó por las cosas que he puesto en sus manos; con Lina González, editora de “Huellas olvidadas del cine cubano”, con Omar Betancourt, a quien había perdido de vista, pero no de la memoria, y con Aimara Vera Riverón, la nueva (y joven) directora que ha logrado esta maravilla de encuentro, y no le teme al desafío que ha heredado.

Admito que esto que escribo no disimula su parcialidad. El único argumento que tengo a mi favor es lo que ya dije antes: que me siento parte de la editorial. Y que aspiro a que me sigan tomando en cuenta durante largo tiempo.

Juan Antonio García Borrero

DIEZ PELÍCULAS QUE ESTREMECIERON A CUBA (Fragmento de un libro inédito)

¿Cuándo comenzó a perderse en Cuba esa tradición de someter a la discusión pública problemas que en cualquier parte del mundo mantienen ocupados todo el año a un intelectual que se respete? ¿Cuándo comenzó a postergarse en nombre de un interés nacional y político ese conjunto de dudas que conforman la existencia de cualquier individuo? ¿Cuándo las reafirmaciones comenzaron a parecer más importantes que las preguntas? Habría que remitir la decadencia de esa práctica especulativa hacia finales de los sesenta, coincidiendo con la muerte del Che y esa acometida ideológica que por entonces comenzaba a tejerse contra el gobierno de La Habana. Sobre ese período en el cual el hechizo colectivo mostrara sus primeras fisuras, llegaría a escribir con dolorosa lucidez Tomás Gutiérrez Alea:

“(…) la Revolución ha dejado de ser ese hecho simple que un día nos vio en la calle agitando los brazos, desplegando banderas, gritando nuestros nombres y sintiendo que se confundían en uno solo. Ahora empieza a manifestarse, como la vida misma, en toda su complejidad. La nueva libertad se hace confusa, difícil de ejercer. Empiezan a confundirse las categorías. Las relaciones entre política y cultura son superficialmente amables, pero profundamente contradictorias. Aparecen los primeros actos de exorcismo, aunque no se llega a practicar ningún auto de fe. Hay escaramuzas que se resuelven en una tregua, en una especie de coexistencia pacífica. La transformación radical de un país subdesarrollado saca a la superficie otros problemas de más urgente solución. Los problemas de la cultura quedan en un segundo plano, lo cual no quiere decir que sean menos importantes: son menos urgentes. Y quizás más complejos. Es necesario darles un tiempo”. (1)

Este libro intenta aproximarse a algunos de esos momentos en que las relaciones entre la política y la cultura en Cuba han mostrado sus más agudas diferencias, pero desde la perspectiva que ofrece el cine. No hay en la selección que conforma este decálogo de la polémica audiovisual en el país ningún interés canónico. Es, me apresuro en destacarlo, el resultado de un criterio absolutamente personal, si bien ha sido obligatorio partir de unas cuantas evidencias, como es la recepción exaltada que han tenido cada una de estas películas.

He querido en cada caso exponer la mayor cantidad de puntos de vista posibles (declaraciones de artistas, críticos, funcionarios, prensa oficial) en el intento de cultivar una mirada rashomonesca que tome en cuenta a la cinta en sí, pero también (orteguianamente hablando) sus circunstancias, o lo que es lo mismo, el contexto histórico en que esta se forja, y las diversas fuerzas presentes en la producción del hecho cultural. Aún así, queda claro que es imposible conseguir un repaso neutral. Ya el hecho mismo de distinguir solamente diez películas, excluyendo otras que en su momento también levantaron resquemores, deviene de por sí un gesto de alta subjetividad. Pero para eso están hechos los libros. Para discutirlos, y sobre todo que los otros los mejoren con sus criterios contrastantes. Más adelante intentaré argumentar el por qué de las películas seleccionadas, si bien me interesaría ahora exponer algunas consideraciones sobre la “cultura de la polémica” en Cuba.

Sería injusto afirmar que el triunfo revolucionario de 1959 originó el actual estado de pobreza de nuestras polémicas intelectuales. Las quejas llegan de antes, pero es cierto que las características tan singulares que desde entonces vive el país (partido político y líder únicos, confrontación constante con el gobierno de los Estados Unidos) han imposibilitado una mejoría de esos debates. Mientras que en 1959 Sartre podía afirmar con enfática convicción que en Cuba “ningún problema es silenciado en nombre de la ideología”, dos años después la discusión de esos problemas sería condicionada por la célebre advertencia de Fidel: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”.

El hecho de que una buena parte de la izquierda mundial encontrara en el proyecto revolucionario cubano una alternativa valiosa al “socialismo real” europeo, puso en evidencia las simpatías que levantaba (y aún levanta) todo movimiento que anteponga la justicia social al desarrollo disparejo de la sociedad. Pero ese entusiasmo olvidó los problemas que para la libertad individual implica la construcción de un sueño colectivo. O tal vez no lo olvidó, sino que en aras de agilizar la edificación de una sociedad que prometía ser más justa, decidió suprimir las diferencias con el fin de conformar una identidad monolítica capaz de hacer frente al poderío imperial.

Desde entonces Cuba comenzó a ser asociada como una “izquierda” compacta en la que es imposible advertir matices interiores, pues la lucha quedaría planteada en términos estrictamente bipolares (Cuba/Estados Unidos; socialismo vs. capitalismo). Tal vez una de las poquísimas veces en que la prensa oficial accedió a matizar ese espejismo se le debe al cineasta Humberto Solás, con una declaración que todavía se nos antoja bien arriesgada para el contexto:

“La izquierda cubana es muy poderosa y engloba la mayoría de la nación, pero hay que reconocer que no es homogénea y creo que los medios masivos de comunicación deben darle espacio a su diversidad y servir de instrumento para un debate y una polémica que partiendo de presupuestos más profundos, filosóficamente válidos, haga posible la legitimación de las aspiraciones de los diferentes grupos de la izquierda cubana antiimperialista, unida en lo fundamental, pero que tiene diferentes concepciones de cómo conducir la vida nacional. Yo creo que la Revolución es extraordinaria y que Cuba tiene la oportunidad de hacer la hazaña de devolverle al marxismo y a la voluntad socialista de estructuración de la sociedad el aliento y la dinámica que se perdió en los últimos decenios de vida del socialismo en Europa”. (2)

El grueso de las polémicas que se estudian en este libro probablemente ha tenido su origen en la reacción ante ese ímpetu político homogenizador que, en su afán de llegar a una meta única, ha querido pasar por alto la diversidad de la existencia humana. Ya no hablamos de la prohibición de un arte abiertamente “contrarrevolucionario” que promueve la destrucción del orden establecido, sino de ese otro que desde la izquierda (desde dentro), y apelando al derecho legítimo de la duda o la divergencia propone interrogantes, relecturas, debates críticos con la realidad, y que a cambio solo recibe la suspicacia de la burocracia política, cuando no el denuesto y descrédito ideológico de los medios.

No hay que ser ingenuos: si algo ha condicionado la discutible calidad de las polémicas intelectuales producidas en Cuba en las últimas décadas ha sido precisamente la naturaleza política del proyecto social asumido en 1959. El hecho de que frente a la innegable hostilidad de las administraciones norteamericanas se demandara el máximo de unidad terminó conformando una mentalidad que ha priorizado lo colectivo antes que lo individual. Y hoy es obvio que faltan espacios de participación plural, en los cuales sea posible ejercer el derecho a la disensión puntual más allá de la simpatía que se pueda tener con el programa general de la Revolución. Ni la prensa diaria ni los medios de comunicación han sabido dar cabida a esas voces discrepantes, que no por ello son necesariamente “contrarrevolucionarias”.

Sin embargo, junto al impedimento político hay que reconocer que en muchas de las polémicas que se han originado en Cuba a lo largo de toda su historia se advierte como una de las causas del fracaso, la ausencia de un elemental sentido de la tolerancia. En muchos de estos debates sus protagonistas, lejos de atender las ideas del adversario como algo que quizás contenga una cuota mínima de razón, las toman como un agravio personal que hay que liquidar del modo que sea. Y no hablamos solo de la etapa revolucionaria, donde la singularidad política del período ha determinado un nuevo modo de polemizar (o no polemizar), sino de toda una historia de desencuentros y porfías que es pródiga en réplicas que aluden a los defectos de las personas que emiten las ideas antes que a las carencias de las mismas.

No creo que sea exclusivo de esta área geográfica, pero es cierto que entre cubanos hay una tendencia bastante marcada a descalificar el punto de vista contrario tan solo porque no ha nacido de nuestra mente. O porque no se comparte el mismo credo político, religioso o estético. En casos así, lejos de estimularse el intercambio de razonamientos lo que predomina es la subestimación de las ideas del otro, evitándose a toda costa encontrar el más mínimo mérito en estas. Como resultado se hace normal el linchamiento verbal en los medios, o su reverso, la falsa indiferencia ante esas reflexiones críticas.

Lo ideal sería pensar en una polémica intelectual como ese combate deportivo que intenta dejar en claro la superioridad de un punto de vista, atendiendo a determinadas reglas y convenciones éticas. Pero no hay que engañarse: lo que llamamos polémica intelectual es y será siempre una porfía que si bien apela a la razón, no puede soslayar la naturaleza humana de su origen, con todo lo que de emotivo y pasional encontramos en el más común de los hombres. Detrás de esas ilustradas diatribas, o mezcladas con las sofisticadas argumentaciones que cada oponente factura, encontramos ese conjunto de virtudes y miserias que, seres humanos al fin, nos conforman. Nada más falso e inauténtico que una polémica donde los antagonistas intentan enmascarar tras la coartada de la “razón” las magulladuras de sus respectivos egos.

Pero si bien toda polémica es, en el fondo, un problema de hombres concretos con móviles pasionales muy comunes (ambición de poder, sed de reconocimiento, manías de grandeza, resentimiento, envidia, lucha generacional, etc), no deja de ser cierto que esas discusiones pueden resultar útiles al resto de los mortales, cuando por encima del diferendo personal perdura el debate de ideas: solo así se entiende que la animadversión pública que mostrara Schopenhauer hacia Hegel en su momento, rayana con lo patológico, hoy pueda ser considerada en toda su vigencia cuando asistimos a esos altercados donde un adversario se empeña en descalificar el lenguaje críptico utilizado por su contrario.

Hay que admitir que en Cuba los últimos tiempos han contribuido a mejorar un poco la imagen de la práctica. Publicaciones como La Gaceta de Cuba, Unión, y Temas, o ciclos de conferencias como los organizados por Criterios se han encargado de concederle espacio a polémicas que suelen repensar asuntos que hasta ayer parecían tabúes, si bien la gran ausente de estas discusiones sigue siendo la política interior, no así la exterior. Ello ha traído como consecuencia una pobrísima (cuando no nula) influencia del intelectual en la agenda política de la nación, creándose la impresión de que es esta una esfera que no pertenece al mundo del creador, a no ser que el arte que realice el mismo sea inequívocamente “revolucionario”, o para decirlo con el célebre término: “políticamente correcto”.

Lamentablemente de todas las zonas de la cultura cubana el cine ha sido la menos beneficiada con estos debates de última hora. Mientras que la literatura y la plástica han contado con las miradas cruzadas de diversos ensayistas, apenas sí se pueden recordar debates similares en el área del audiovisual. Y no es que no existan ensayistas e investigadores competentes, pero es evidente que estas miradas apenas se entrecruzan o dialogan entre sí. Mientras en la literatura ensayistas y escritores discuten furiosamente, en el cine cubano cada cual (críticos y cineastas) le habla a su espejo en una especie de interminable monólogo.

La presente selección no esconde su interés de ser rebatida, cuestionada, enriquecida. En realidad, se hubiesen podido incluir veinte, treinta o cuarenta y dos películas. Pero diez me parecía una cifra prudente tomando en cuenta que la idea en cada caso era partir de un filme puntual, para promover una perspectiva de conjunto que permitiera examinar los períodos, conectar la producción cinematográfica con el resto de la producción cultural de la etapa, así como con el estado de cosas que a nivel internacional podía influir en las reacciones oficiales. Se trata de poner en práctica un tipo de crítica que se asome al contexto y no al filme en particular, siguiendo aquella recomendación realizada por Desiderio Navarro cuando abogaba por “la crítica literaria como crítica de la cultura literaria en su conjunto y no exclusivamente de las obras literarias”.

(…)

Tristes son esas épocas donde las polémicas intelectuales apenas se hacen notar debido a la hegemonía de un pensamiento en teoría superior, dictado apenas por unos pocos (o por la mayoría, pero silenciando a las minorías). A Cuba en lo particular no le hace ningún bien promover ese falso consenso o gesto social sospechosamente uniforme. Una sociedad se mostrará más viva y más sana en la misma medida que haga de la diversidad y el desencuentro inteligente de sus miembros la mejor manera de superarse: la autoridad de cualquier proyecto social es directamente proporcional a la riqueza de puntos de vistas que lo integran.

De cualquier forma, el hecho de que el cine de la isla haya sido objeto de discusiones en más de una ocasión adquiere un valor especial en un contexto donde “la cultura del debate” no ha sido ni es nuestro fuerte. Y es que en fechas como la nuestra, en las que resulta cada vez más imprescindible una reflexión crítica que oponga a la creciente uniformidad de actitudes un paradigma de dignidad y resistencia individual, nada mejor que el sano ejercicio del debate para saber que aún existimos como seres concretos. Entonces, ¡bienaventurados los que polemizan, pues de ellos será el futuro!

Juan Antonio García Borrero

Notas:

1) Tomás Gutiérrez Alea. “Vanguardia política y vanguardia artística”. En “Alea, una retrospectiva crítica” (Selección y prólogo de Ambrosio Fornet), Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, pp 293-294.
2) Lucía López Coll. “Cine y compromiso. Humberto Solás: por un arte inconforme”. La Gaceta de Cuba, p 34.

– INDICE –

PAISAJES CUBANOS DESPUÉS DE LAS POLÉMICAS (A modo de introducción)

PM (1961) de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLLO (1968) de Tomás Gutiérrez Alea

UN DÍA DE NOVIEMBRE (1972) de Humberto Solás

DE CIERTA MANERA (1975) de Sara Gómez

RETRATO DE TERESA (1979) de Pastor Vega

CECILIA (1981) de Humberto Solás

CONDUCTA IMPROPIA (1984) de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal

ALICIA EN EL PUEBLO DE MARAVILLAS (1990) de Daniel Díaz Torres

GUANTANAMERA (1995) de Tomás Gutiérrez Alea

SUITE HABANA (2003) de Fernando Pérez

EDITORIAL ORIENTE

Han pasado tantos años que ya no recuerdo con exactitud los rostros de quienes en aquel lejano 1998, llegaron a la antigua librería “Viet Nam” de Camagüey, buscando textos de autores inéditos. Yo llevaba como seis o siete años intentando seducir a alguna editorial con el original de “¿Quién le pone el cascabel al Oscar?”. Pero por las respuestas (casi siempre en forma de silencios), parecía condenado a ser otro más de los tantos autores de provincia que no han conseguido publicar jamás ni siquiera un folleto.

Le debo a la Editorial Oriente de Santiago de Cuba, esa que ahora festeja su cumpleaños cuarenta, toda mi visibilidad como autor. Primero fue “¿Quién le pone el cascabel al Oscar?”, pero después llegaron “La edad de la herejía” (que me propició mi segundo Premio de la Crítica Literaria), “Todo sobre Oscar”, y “Otras maneras de pensar el cine cubano” (mi tercer Premio de la Crítica). Ya a estas alturas me siento parte de esa casa editorial. Tanto que no he dudado en aceptar la invitación que me hacen ahora para participar en el programa de actividades que han preparado, con el fin de resaltar el aniversario.

Tal vez sin proponérselo, la Editorial Oriente ha conseguido conformar uno de los más impresionantes catálogos referidos al cine que existen en el país. Autores como Luciano Castillo, Reynaldo González, Frank Padrón Nodarse, Oneyda González, o Armando Pérez Padrón, por mencionar algunos, han encontrado aquí un verdadero respaldo institucional. Y títulos como “Coordenadas del cine cubano” (1 y 2) o “Huellas olvidadas del cine cubano”, se han convertido en referencias insoslayables.

No voy a hablar por los demás. En mi caso lo que más agradezco a la Editorial Oriente (y en especial a Aida Barh, en el tiempo que fue la directora) es el respeto total a mis ideas, no importa cuán polémicas puedan ser ellas. Y por supuesto, a Consuelo Muñiz, sus tremendos trabajos de edición. De hecho, no sé qué pasará con la biografía de Tomás Gutiérrez Alea en un futuro, pero a los primeros a los que me gustaría someter a evaluación el texto es a la Editorial Oriente de Santiago de Cuba.

Juan Antonio García Borrero

SIN PELOS EN LA LENGUA (2010), de Ernesto Piña

Ernesto Piña: Luchando contra lenguas peludas
Por: Antonio Enrique González Rojas

Las dinámicas evolutivas de las lenguas, con todas sus diversas normas y registros, hacen de los idiomas, perennes hervideros de complejas dialécticas entre neologismos, jergas, formas dialectales, arcaísmos, modismos, préstamos foráneos, continuamente (re)connotados por circunstancias extralingüísticas, derivadas de las múltiples esferas de influencia sociohistórica, incidentes sobre los hablantes. De ahí que un hato de términos goza de dominio más populoso, mientras que otros permanecen como patrimonio de círculos reducidos.

Contrastadas quedan así la norma popular y la norma culta, ambas en todas sus variantes. Estigmatizadas son, por arbitrio consensuado como todo lo humano, las llamadas vulgaridades y/o “malas palabras”, integradas por interjecciones, términos, frases, despojadas de sus significados originarios.

Muchos ven el exceso de palabrotas en la jerga diaria del cubano, como síntoma de una decadencia en los sistemas de valores, donde la educación formal como básica manifestación del civismo, cede a la agresión verbal, a la invasión de los rediles individuales con tales fraseologías ofensivas. Más allá del DEBER SER, el ES real de Cuba resulta en proliferación de las malas palabras y la normalización de su uso hasta en registros exclusivos. Véanse tales obscenidades como ruptura de la convivencia respetuosa entre paisanos, donde la libertad de cada uno termina donde inicia la del prójimo, quizás como rebelión del inconsciente contra normas instauradas a priori, sin real derecho a escoger entre su asunción o no, avizoradas en el horizonte nuevas jergas idiomáticas.

A tal perenne lucha entre el stablishment cívico-moral-lingüístico, concienzudamente consagrado a perpetuarse desde normas de conducta social, una y otra vez predicadas e inducidas a través de diversos canales comunicativos, desde la escuela hasta los medios masivos, con amplio énfasis en las bisoñas generaciones, apela el joven realizador cubano Ernesto Piña, con su cortometraje animado independiente “Sin pelos en la lengua” (2010), concebido desde una cáustica sátira a los estereotipadamente edulcorados programas televisivos de corte juvenil Made in Quédate conmigo o Conexión & Co., donde, desde un “desenfadado” y conciliador prisma moral, se enfocan temáticas afines a los adolescentes púberes, como son las relaciones de amistad y pareja, el primer beso, el primer amor, las relaciones con los padres, los estudios, los proyectos profesionales futuros, los hábitos de fumar y tomar, la (in)fidelidad, los gustos musicales y artísticos en general, la recreación, los hobbies; siempre con meros afanes divulgativos, promocionales e informativos. Poca o ninguna intención hay de polemizar a profundidad sobre áreas y escenarios problémicos y problemáticos.

Siguiendo el esquema básico de la pareja conductora integrada por jovencitos de ambos sexos, alegres, chispeantes y chisteantes, Piña dinamita la forma con la introducción de un contenido aun sorprendentemente escandaloso en estos días: las malas palabras, arraigadas en el vocabulario cotidiano cubano, casi normalizadas, pero aún segregadas del común glosario mediático, sobre todo el dedicado a las primeras edades, con la esperanza de inducir en sus representantes un “correcto comportamiento en sociedad”. Voces estas nacidas libres de pecado, que por azarosas circunstancias sociohistóricas ya centenarias, nimbáronse de procacidad. Sólo mencionar la barquilla ubicada en el tope del Palo Mayor donde se situaba el vigía náutico; o el esponjoso panecillo de harina, huevos, leche y azúcar que acompaña comúnmente al té; o la “percha, por lo común de metro y medio de largo, que sirve para conducir al hombro toda carga que se puede llevar colgada en las dos extremidades del palo” (según reza textualmente el Diccionario de la Lengua Española. Edición electrónica. Versión 21.1.0, de 1995).

Con el mayor de los desparpajos, heredado quizás de las inteligentes humoradas británicas de Monty Python, ciertas áreas de las absurdas parodias USA de Brooks, Zuker, los hermanos Farrelli y Wayans, o las más cercanas (temporal y espacialmente) causticidades de Nos-Y-Otros, los cortometrajes realizados por Eduardo del Llano y Arturo Infante (“Utopía”), “Sin pelos en la lengua” desacraliza las edulcoradas emisiones de sesgo didáctico. Apostado tras anárquica iconoclastia, Piña articula la dramaturgia desde una gozona socarronería, diseccionando, casi hasta el destripe trozo a trozo, las ya machaconas y epigonales fórmulas comunicativas, todo sonrisas, exhibidas por estas producciones. Revertido es el esquema básico (intervenciones aclaratorias-diálogos picarescamente corteses-entrevistas alternadas-posibles ligeras dramatizaciones afines con la temática de marras) desde su disciplinada aplicación: el sabotaje sobreviene con los bocadillos de los presentadores La Mía y El Mío, el tema propiamente dicho, las intervenciones de los públicos y las escenificaciones cercanas al estilo de “La dosis exacta”, “Hablemos de salud” o “Cuando una mujer”, si bien no a sus tonos e intenciones. Lo demás es cuestión de tiempo.

Son desnudados así los productos audiovisuales de marras, hasta delatar la insoportable relatividad del humano, ocultada tras esta suerte de alienadas cobijas, negadoras de dinámicas sociales en que transcurre la juventud y la sociedad cubana en general, donde la progresión del idioma hacia nuevas jergas, normas, registros (reivindicadas poco a poco las malas palabras de sus connotaciones peyorativas) delata la inevitable irrupción de nuevos modelos cosmovisivos, ni mejores, ni peores, válidos en su diferencia, siempre disensores respecto a sus precedentes. Hay que hablar de esto sin pelos en la lengua, ni vana azúcar en los labios. Polemizar y analizar sin pacaterías, nunca negar puritanamente aristas de la realidad incómodas (para algunos), desde posturas condenadas a la decadencia, desde el mismo momento en que presumen de categóricas.

FICHA TÉCNICA:
SIN PELOS EN LA LENGUA
(2010)/ Animado/ Digital/ 9’/ Dirección, guión, fotografía, dirección de arte, animación: Ernesto Piña/ Edición: Liliana Hernández/ Música: Virgilio (Villy) González/ Diseño de banda sonora: Jorge Guevara/ Productora: Erpiro Coqui Studios/ Intérpretes: Omar Proenza, Nanete Iglesias, Arasai Hidalgo, Sergio Villanueva.

Desde hace muchísimos años los seres humanos usamos las palabras para expresarnos y comunicarnos, pero hay algunas que utilizamos excesivamente para sustituir otras en dependencia del contexto…

PENSANDO TODAVÍA EN CIENFUEGOS…

Los recordaré siempre como tres buenos momentos en los cuales, un grupo de amigos, pudimos hablar sin reservas del cine cubano, de su historia, de las tremendas polémicas que sigue generando, de la censura sistemática que ha experimentado, de Tomás Gutiérrez Alea como ciudadano que, entre otras cosas, hizo cine.

Que estos conversatorios tuviesen lugar en el hermoso Teatro Terry (donde me recordaron se habían filmado algunas secuencias de “Papeles secundarios”, uno de mis filmes cubanos preferidos), le incorporó una química especial a la circunstancia. Lo otro fue advertir que se trataba de un público mayoritariamente joven. Y no hablo de juventud biológica, sino intelectual. Ese tipo de juventud es la que permite que miremos la realidad con nuevos ojos, y seamos capaces de imaginar lenguajes más frescos que aquellos que ya han cristalizado en meras fórmulas retóricas, e interminables pasarelas de lugares comunes.

Entre otras cosas hablamos de esa historiografía tan al uso que gusta prescindir en su relato de los acontecimientos que no han tenido una gran presencia en la esfera pública. En lo que pudiera considerarse la típica “ilusión de foco” que nos hace creer que en el escenario teatral solo existe aquello que es iluminado, este historiador ha puesto a un lado la fiscalización de toda prueba documental y testimonial, y decretado por anticipado el olvido de lo que lo hegemónico no ha considerado “oficial”.

Por fortuna, ya no es sólo el contenido de la Historia lo que se evalúa, sino también el modo en que el experto ha organizado ese relato, administrando jerarquías e invisibilidades. De cronista del Poder, el historiador ha pasado a ser también objeto de estudio en términos epistemológicos, dada la certidumbre de que no existe inocencia cuando se escribe, y que aquí también el conocimiento está en función de un interés, una utilidad grupal.

Por otro lado, cada vez se desacredita más ese tipo de enfoque que describe el devenir histórico como algo racional y frío donde el surgimiento de las instituciones, por ejemplo, tal parece que ha sido meditado al margen de las pasiones de los humanos. Para el nuevo historiador, “las afinidades electivas” devienen más reveladoras que las actas que decretan la fundación de ésta o aquella institución. Desde esa perspectiva, el presupuesto de la amistad (y su opuesto, el odio) adquiere una jerarquía mayor que las relaciones establecidas en función de una determinada autoridad u orden al cual se responde.

En mi criterio, la verdadera ganancia de estos encuentros (al menos para mí) está en la posibilidad que me brinda de seguir pensando críticamente el cine cubano. Los encuentros fueron importantes, pero será más interesante aún seguir cultivando ese pensamiento crítico que se defendió con vehemencia allí. Por lo pronto les dejo con esta reflexión del joven Antonio Enrique González Rojas, ofreciéndonos un ángulo absolutamente inédito del lugar donde vive. Porque se trata de eso: de mirar con ojos jóvenes esa vieja realidad que nos habita.

Juan Antonio García Borrero

EL TERRY CINEMATOGRÁFICO
Por: Antonio Enrique González Rojas

Sin caer en vano y reduccionista chauvinismo de provinciano concentrado en la geografía de su ombligo, creo que vale la pena acotar en una esquina de la historia sobre la presencia significativa de un espacio con alma y ángel como el Teatro Tomás Terry, en hitos relevantes del cine cubano de la última media centuria, aún a despecho del desproporcionado habanacentrismo que caracteriza comúnmente el audiovisual criollo en sentido general. Se suma así la institución cienfueguera a exclusiva cofradía de espacios físicos y vitales inmortalizados en celuloide, como el pueblo de San Antonio de los Baños, cuya privilegiada posición como sede de la Escuela Internacional de Cine, lo convierte en laboratorio y escenario de los incipientes realizadores; y San Pablo del Yao, asentamiento recóndito de la Sierra Maestra, que acoge a la singular Televisión Serrana, quijotada audiovisual irrepetible que quemó naves con la matriz occidental-citadina, para colimar con sus lentes la multiplicidad de Cubas cohabitantes en el archipiélago.
Aunque su identidad no haya sido siempre explícitamente patentizada en las cintas donde sirvieron de escenario tanto su fachada como su interior, el Teatro emite desde las películas sutiles señales al espectador avisado, de entendederas abiertas a dimensiones más sutiles de la existencia.

Sobre 1968, cuando el cine cubano post´59 emitía algunos de sus más gloriosos y apoteósicos cantos de cisne, como “Memorias del Subdesarrollo” (Tomás Gutiérrez Alea, 1968) y “La Primera Carga al Machete” (Manuel Octavio Gómez, 1969), los alrededores del parque José Martí, de la ciudad de Cienfuegos, donde el Terry armoniza y contrasta con las moles de la Catedral de la Purísima Concepción, el Colegio San Lorenzo y el capitolino epígono de la Alcaldía, aparecen como escenario de la masiva protesta antimachadista, desarrollada durante la segunda historia de “Lucía” (Humberto Solás, 1968), protagonizada por Eslinda Núñez. El deterioro general de un entorno arquitectónico, cuyas ennegrecidas y carcomidas paredes hacen pensar en una plaza sitiada, suerte de Stalingrado beligerante, o asediado Berlín, refuerza la violencia del enfrentamiento entre revolucionarios y los defensores el orden imperante. Fantasmal casi era en efecto el Terry en el real 1968, no la década de 1930 representada, pues arrastraba una degeneración a que se había visto reducida, desde unos diez años antes, la importante plaza donde había cantado Carusso y actuado Sarah Bernhardt, para entonces cine pornográfico de cuarta categoría.

Si bien “Lucía” es la única vez que el Teatro se distingue plenamente como parte de un Cienfuegos protagónico, no fue la última ocasión en que las cámaras acudieron a él, mas ya entonces camuflando sus signos identitarios, sucumbidos al anonimato funcional. Pero sus inconfundibles decorados, estructura interna, no única, pero sí sutilmente auténtica, lo revelan durante varias escenas de “Papeles Secundarios” (Orlando Rojas, 1989), heraldo de una nueva época de descongelamiento estético para nuestra cinematografía, de retorno a la experimentación formal, temática y narrativa. Renacimiento este de las cenizas a que, por dos décadas, fue reducida la industria artística por las adversas circunstancias del setentero Quinquenio Gris, y los banales y tímidos 1980 inaugurados por la inquisitorial estigmatización de “Cecilia” (Humberto Solás, 1982). El bizarro escenario de aprensión casi gótica, sometido a sutil extrañamiento por la fotografía y la iluminación, donde evolucionan los actores que intentan montar “Réquiem por Yarini” desde sus miserias personales, es precisamente un Terry enrarecido, pero reconocible por quienes frecuentamos su maderamen.

Otra década tuvo que esperar el Teatro, para que ojos de cineasta se posaran sobre sus potenciales estructurales y su vibra peculiar, de nuevo cobrado el precio del anonimato. Personalmente, recuerdo los días de filmación de “Habana Blues” (Benito Zambrano, 2005), cuando para el montaje del climático concierto de consagración-despedida de los músicos protagonistas, se convocaron cientos de freakies cienfuegueros de todas las denominaciones y credos, conformado así el heterogéneo público que interpretaría con sus aplausos el requiem del proyecto musical, en el día de su muerte por desmembramiento. A esta tumba de disgregación y desarraigo, fueron avocados por un enrarecido mercado musical cubano, que apenas consideraba y considera las auténticas voces creativas de quienes optan por senderos estéticos divergentes de la timba, la salsa, la canción romántica, el pop fácil, y sonoridades tradicionales reiteradas y mimetizadas hasta el cansancio. El interior del Teatro sustituyó en la cinta las demasiado arruinadas entrañas de su gemelo habanero, el casi irrecuperable Teatro Martí, cuya fachada descarnada sí era adecuada para los requerimientos fílmicos.

El Teatro Tomás Terry ha sido entonces peculiar aunque apenas discernida presencia en el cine cubano; espectador privilegiado de la cristalización de algunos de los obligados puntos de giro del accidentado devenir fílmico nacional. Cada vez que alguien visualiza “Lucía” y “Papeles Secundarios”, el Terry aún está ahí.

POSTDATA: Aprovecho para colgar las impresiones de ´Jorge Luis Lanza y Antonio Enrique González Rojas.

PENSAR EL CINE CUBANO DESDE CIENGUEGOS
Por: Jorge Luis Lanza Caride

Las polémicas suscitadas por el prestigioso estudioso del cine cubano Juan Antonio García Borrero entre el 18 y el 20 de mayo en el Teatro Tomás Terry de nuestra ciudad sobre nuestra cinematografía no permanecerán indiferentes en la memoria de los jóvenes que asistieron a esta importante cita que posibilitó pensar no sólo el cine nacional sino ese universo más rico que es el audiovisual cubano en sus más variadas manifestaciones.

El autor de textos como Quién le pone el cascabel al Oscar, La edad de la herejía, Otras maneras de pensar el cine cubano, Bloguerías, libro que tuvo una merecida acogida entre el público cienfueguero y que deviene una oportunidad de acercarse al cine cubano a partir del impacto que ha tenido y continúa teniendo entre los internautas el archivisitado blog La pupila insomne, no sólo tuvo el privilegio de disfrutar de la calurosa hospitalidad de una ciudad que lo recibió como un hijo más, sino la oportunidad de debatir asuntos tan cruciales como el “icaicentrismo” dentro de la historiografía sobre el cine realizado en la isla, refiriéndose a ese mal que limita el estudio del cine cubano como si se tratara de la historia del ICAIC.

Aunque éste no ha dejado de ser la institución rectora en la esfera cinematográfica en Cuba, hoy se suman otras expresiones que subvierten ese vetusto monopolio fílmico, las cuales se ubican en esa zona que Juan Antonio García Borrero suele denominar “cine cubano sumergido”, término utilizado por dicho autor para referirse a las manifestaciones de nuestra cinematografía que no tienen la visibilidad que merecen, relegadas a circuitos alternativos, como el audiovisual realizado por los Nuevos Realizadores, entre los que figuran nombres como Jorge Molina, cuya obra es casi desconocida en la isla, Arturo Infante, autor de Utopía, Aran Vidal, Susana Barriga, entre otros, quienes afortunadamente cuentan desde hace varios años con el apoyo de de La Muestra de nuevos realizadores, y por supuesto el cine realizado por cubanos en la diáspora, expresión que por diversas razones ocupa un lugar todavía marginal dentro de la historiografía fílmica cubana y entre los canales de exhibición oficial.

Para beneplácito de esta zona del audiovisual, el éxito que está alcanzando dentro de nuestra isla una cinta como “Memorias del desarrollo” (2009), del egresado de la EICTV Miguel Coyula devela que dicha realidad está cambiando, teniendo en cuenta la existencia de una visión más renovada en ese sentido. Las reflexiones de nuestro invitado en torno a este importante filme nos incitan a reflexionar sobre el futuro panorama del cine cubano, su crítica y su historiografía. Sugerentes y polémicas fueron las ideas que sobre este tema se vertieron el primer día de los fructuosos encuentros.

Otro de los temas que más expectativas suscitó entre los participantes de este histórico encuentro fue la censura en el cine cubano, a partir de lectura de un texto que algún día se convertirá en el libro “Diez filmes que estremecieron a Cuba”, donde figuran las controversias desatadas por cintas como “PM”, célebre documental realizado por Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, el cual suscitó la sonada polémica de Fidel Castro a inicios de la Revolución con los intelectuales, “Un día de noviembre” (1971), de Humberto Solás, realizada en pleno Quinquenio Gris, “Conducta impropia” (1983), de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, obra que de una manera u otra sirviera como referente para la posterior realización de ese clásico indiscutible que es “Fresa y chocolate” (1993), de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.

Precisamente fue Titón, ese coloso de nuestro celuloide objeto del debate que clausuraría esta ardua jornada sobre el pensamiento fílmico, y Dios quiera que pronto el lector cubano tenga en sus manos el futuro libro que sobre el cineasta ha escrito García Borrero. Como colega y apasionado cinéfilo que ha convertido el cine cubano en su otra casa sólo me resta agradecer a su autor por hacer posible la anhelada visita que esperamos vuelva a repetirse. Muchas gracias por materializar este esperado sueño colectivo de quienes desde Cienfuegos se empeñan en pensar el cine cubano, la cultura en su máxima extensión.

JUAN ANTONIO GARCÍA BORRERO EN CIENFUEGOS: EL INTELECTUAL EN SU LABERINTO
Por: Antonio Enrique González Rojas

Durante los días 18, 19 y 20 de mayo, el Centro de Documentación y Sala de Historia Yolanda Perdiguer, del Teatro Tomás Terry, de Cienfuegos, acogió el ciclo de debates pluridialógicos “Cine Cubano: La Pupila Insomne”, motivados por la visita a la ciudad del crítico e investigador camagüeyano Juan Antonio García Borrero, invitado por la filial provincial de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), con el apoyo del comité de la UNEAC.

Dotado de una apacibilidad casi pasmosa, por lo inusual de hallar en el exaltado y tenso espíritu cubano una paz interior casi oriental que lo rodea como aura casi palpable, este estudioso del devenir cinematográfico nacional, comentó hacia las conclusiones de los nutridos encuentros, que lo más significativo de estos días de nítidos intercambios intelectuales (partiendo desde los temas “Cine, historiografía e icaicentrismo”; “Diez películas que estremecieron a Cuba” y la discusión de algunos capítulos del proyecto de libro “Hasta cierto Titón. Apuntes para una biografía en construcción de Tomás Gutiérrez Alea”) comenzaría a partir del regreso a su tierra agramontina. Satisfecho quedaría si el ejercicio de la opinión y el pensamiento derivado del debate diáfano, ético, respetuoso de las verdades y posturas individuales, diversas hasta el antagonismo, pero nunca excluyentes, generara en los participantes la necesidad de regularizar encuentros, enriqueciéndose los acervos con los inexplorados saberes del otro, incompletos todos, válidos todos, cual multidimensionales ladrillos gnoseológicos que integran el universo desde sesgo democritiano.

Aunque la repleta salita del Terry repleta es todo un triunfo en una ciudad donde es muy difícil congregar grandes grupos humanos en pos del conocimiento complejo y su discusión, si la construcción conjunta de la verdad ejercida durante esas horas vespertinas (18 y 19 ocurrieron los encuentros a las 3:00 PM) y matutinas (20 a las 10:00 AM) fenece a su vera, pues fracasaron en gran medida todos los esfuerzos involucrados. García Borrero manifestó entonces que deseaba, con su obrar escrito y oral, recuperar y revalidar la muy perdida costumbre del debate franco ejercido desde la consciencia participativa de los intelectuales, de los ciudadanos que piensan su nación en todas las dimensiones que alcance a abarcar por interés y según su sapiencia, evitando siempre quedar reducidos a “simples vestales, guardianes de un fuego ya encendido, cuando debemos ser incendiarios, creadores de un fuego nuevo”(*), flama vital cuya perpetua variación/renovación simboliza la perennidad del cambio, acorde las dinámicas generadas por complejas dialécticas de la existencia, como ley primera de la evolución.

La polémica desarrollada sobre cualquier temática debe partir del conocimiento concienzudo de las causas de las cosas, vislumbradas en su justa medida las diversas aristas de los poliedros fenomenológicos que son todo ser humano y toda circunstancia generada por este o sobre este. Debe respetarse la validez a priori (y casi siempre a posteriori) de todas las posturas posibles generadas respecto a un hecho, donde hereje e inquisidor merecen ser escuchados, analizados e imbricados en el siempre incompleto puzzle fáctico. Debe partir también del reconocimiento tácito, muy modesto, de la incompletitud de toda cosmovisión particular/grupal, de su consecuente perfectibilidad y de la naturaleza dual de los sucesos, donde nunca existen algoritmos únicos para despejar las incógnitas, donde siempre existe, al menos, una segunda opción posible.

Este debate, esta participación de las opiniones sustentadas en presupuestos auténticos por su lógica y flexibilidad, al resto de los semejantes, implica la liberación de uno respecto a uno mismo, de Jeckyll contra Hyde, Dorian Gray contra su retrato, de las dos faces antagónicas de Jano. Esta paz en la liza interior debe instaurarse desde la cimentación sólida de las columnas fundamentales del conocimiento propio, bruñidos al máximo los saberes compartidos y validados en sociedad. Un claro inventario de las reservas de coraje, capacidad de diálogo, referentes y argumentos, debe ayudar a fijar el máximo de pascales de incomprensión, impugnación e intimidación que se concentrarán por centímetro cúbico sobre la entereza intelectual y hasta física. ¿Hasta dónde podrá resistirse la claudicación, a la vista de los hierros mostrados al viejo Galileo para disuadirlo de sus peligrosas teorías filo-copernicanas? ¿Hasta dónde será más insoportable ceder a la irracionalidad del absolutismo, para aposentarse en el nido de espinas del remordimiento y la frustración, con el único consuelo del regodeo en la íntima disensión, limitada al eterno susurro de eppur si muove, tan bajo que ni su emisor terminará por oírlo? ¿Quizás, en el peor y más patético de los casos, sólo se logre divisar el lejano fulgor de la Estrella citada por Martí, sin ánimos suficientes más que para (re)acomodarse (y coquetear) sobre las estrías del Yugo?

La postura de aterciopelada pero de diamantina fortaleza, sostenida por un intelectual como García Borrero, colocado desde los avatares endo/exógenos del cine cubano para descorrer los siete obnubiladores velos engarfiados sobre la conciencia, no fue menos que lección inspiradora para quienes poseen el potencial intelectual para discernir iniquidades y bondades, además de temple para defender su derecho a participar en la construcción colectiva de las verdades, de las naciones asumidas como comunidades imaginadas, simbólicas, sobre la que discursó el camagüeyano.

La única evolución posible parece entonces partir de la íntima rebelión contra seculares egoísmos que definen al homo sapiens, de la intensidad conseguida desde la también íntima catequesis en el pensar preconizado por el padre Varela, no en el irracional, intolerante y estrecho fanatismo, o peor, en el oportunismo foucheísta. Y escribo las palabras “única posible”, no por inconsecuencia con los argumentos sostenidos hasta ahora sobre la dualidad y perfectibilidad de los fenómenos, sino porque el implícito carácter de perpetum mobile que define a toda auténtica posición evolutiva, implica a su vez el antiestatismo, la revisión y redimensionamiento constantes que determinan todo proceso dinámico, articulado desde la pluralidad de voces. Para destruir esa muralla tráiganme todas las mentes, pudiera re-escribir Guillén. Si bien la noria histórica colectiva no puede mantenerse en MRUA (Movimiento Rectilíneo Uniformemente Acelerado) por decreto colmenar, sí el fuero interno del intelectual puede sostener el beligerantemente pacífico estado de gracia, conseguido cuando es traspuesta la dantesca selva oscura y se vislumbra la diáfana imagen de uno mismo en el espejo de la virtud martiana. Sólo así se alcanza la calma inmunidad trasuntada por García Borrero y su sincero e incansable obrar, compartido como verdades auténticas que buscan, desde su conciencia incompleta, provocar que otros persigan completarlas con sus verdades, lanzadas sin reservas a la liza de la participación.

Nota
*FORNET, AMBROSIO: Año 68: el intelectual en la Revolución, en Narrar la nación, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2009.

CIENFUEGOS ES LA CIUDAD…

Dentro de un rato estaré saliendo para Cienfuegos, invitado por la Asociación Hermanos Saíz de esa ciudad. La verdad es que la invitación me causa mucho placer, no sólo por la posibilidad de disfrutar de los encantos físicos del lugar que otros (como el gran Benny) ya han descrito, sino porque me entusiasma mucho la idea de compartir inquietudes sobre el cine cubano con amigos a los que he leído y leo con gran placer (Julio Martínez, Jorge Luis Urra, Antonio Enrique González Rojas, Jorge Luis Lanza, entre otros).

Tengo la impresión de que ahora mismo no existe en Cuba, más allá de La Habana, otro lugar donde coincidan tantas personas que han pensado y escrito, con vocación de polémica, sobre el cine cubano. Así que será bueno nutrirse de ese espíritu de pensamiento crítico colectivo, y aprovechar esta oportunidad para una vez más exponer mis ideas, someterlas a debate, removerlas, y sacar algún provecho (que es lo que importa) de ese encuentro.

Tendremos tres días de intercambios, en lo que se me antoja otra suerte de Taller de la Crítica Cinematográfica. En la primera sesión el tema será “Cine cubano: Historia, historiografía, e icaicentrismo”; en la segunda hablaremos sobre la censura partiendo del debate de un texto que he titulado “Diez películas que estremecieron a Cuba”, y en la tercera estaré leyendo un fragmento de la biografía aún inédita de Tomás Gutiérrez Alea. Junto a esto tendremos la presentación del libro “Bloguerías”, más bien un pretexto para hablar de las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías en la renovación, producción, y recepción del saber, y se proyectarán películas.

En un principio se iba a presentar el libro “Otras maneras de pensar el cine cubano”, publicado por la Editorial Oriente, pero éste se encuentra agotado. No obstante, comparto con los amigos del blog las hermosas palabras de presentación que había escrito para la oportunidad Antonio Enrique González Rojas, anfitrión al que le debo la invitación a Cienfuegos, y presidente de la AHS en esa ciudad. Nos vemos a la vuelta.

Juan Antonio García Borrero

OTRAS MANERAS DE PENSAR EL CINE CUBANO: ¿OTRAS MANERAS DE PENSAR A CUBA?

Por: Antonio Enrique González Rojas

La Historia, como toda hechura humana, es arbitrario y conveniente gobelino, donde cada hebra, entretejida en las plácidas o tremebundas figuraciones de poses eternizadas, es previa y minuciosamente escogida, según su correspondencia con los algoritmos (dogmas, axiomas, las más de las veces), perceptuales de sus escribidores. Estos siguen pautas no escritas, mas buriladas con fuego en el natural superviviente humano, signadas por pactos equívocamente éticos entre el historiador y su contemporaneidad, más bien entre el historiador y sus contemporáneos fraguadores de los recientes estratos factuales, reacios a la inevitable abdicación del protagonismo generacional-epocal, traducido en el proceso de noble cristalización en añejos túmulos inofensivos, cuyos epitafios puedan leerse en voz alta sin consecuencias escabrosas para el lector.

Devenido cómodo cronista de Medusas petrificadas por el paso de un tiempo más letal que sus ojos, el historiador común mira a través de vacías cuencas hacia el pasado remoto, deslindándolo en épocas, sucesos, regiones, carices, personalidades y personajes, como la disección de un cadáver, con todo el tiempo y la seguridad del mundo. Tergiversa o sencillamente obvia, las consecuencias que en el presente tienen acontecimientos detonados décadas atrás, o la reiteración de patrones de conducta personal y/o social de eras pasadas para las circunstancias actuales, en alarmante y cíclica redundancia de procederes atávicos no superados.

Soluciones salomónicas han sido aislar los sucesos en sí mismos o en rediles epocales delimitados, ajenos a todo antecesor, coetáneo y sucedáneo; trucidar todo nexo causal con estos; incluso delimitar hasta el aislacionismo más viceral, los campos y áreas de estudio: historia sociología psicología antropología filosofía culturología politología comunicología economía (política); campos que, por obligación, han debido retornar a los pactos y alianzas gnoseológicos, en pos de trascender las consabidas estrecheces.

Contra las complacientes limitaciones autoimpuestas por los historiadores cubanos del cine cubano, ya sea por conveniencia, temor o simple miopía, brega el volumen “Otras maneras de pensar el Cine Cubano” (Editorial Oriente, 2009), engrane para nada aislado de los consecuentes obra y obrar, que su autor, Juan Antonio García Borrero desarrolla sobre igualmente plácidos que minados senderos fílmicos de la Isla (“Guía crítica del cine cubano de ficción”, “Todo sobre el Oscar”, “Bloguerías”, el blog Cine Cubano: La Pupila Insomne). Aprehendida Cuba en su dimensión espiritual, más allá de límites geográficos y políticos, más allá de coyunturales facciones antagónicas que con aires mesiánicos o restauradores, se abrogan el país y hasta lo “cubano” como patrimonios exclusivos, mientras estas nociones escapan entre sus dedos como inaprensible gas.

De volátil relatividad se revela el aparentemente inamovible concepto de Cine Cubano, soportado en los pilares del idioma, la insulocalización y las temáticas (pág. 46), según positivista consenso entre casi todas las tendencias que lo han analizado hasta estos momentos. Sucumbe ante el enfoque complejo de fenómenos creativos específicos, dígase la producción concreta de filmes y procesos más globales, todo petulante aire de omnisciencia trasuntado por las “actitudes falsamente objetivas” de los estudios historiográficos nacionales (¿sólo sobre cine?), catalogada esta actitud por García Borrero como el “gran pecado” de quienes construyen, “historias que pretenden demostrar tesis y representaciones que el historiador ya se había formulado en su mente, y en vez de interesarnos los procesos colaterales, las genealogías que explican la evolución múltiple e impredecible, terminamos por utilizar apenas un conjunto de grandes acontecimientos, que al editarse en un papel, adquieren un sentido trascendente originalmente no existente, y que sus protagonistas jamás soñaron.” (pág. 27)

Una lectura profunda a la decena de ensayos y artículos sobre obras (De Primary a PM: La recepción del cine directo en Cuba; Las iniciales de la ciudad-La libertad expresiva en el cine de Fernando Pérez), fenómenos (Cine cubano post-68: Los presagios del gris; Los pronósticos de la imagen-Sobre el audiovisual joven en Cuba; Breve introducción al discurso audiovisual de la diáspora cubana), contextos y complejos sistemas de pensamiento (Cine cubano: Historia, historiografía y postmodernidad; Sobre las fuentes y el narrador en la Historia del cine cubano; Algunas provocaciones en torno al cine cubano: Nacionalidad, nacionalismo y cubanía), integrantes del volumen de marras, delata al Cine Cubano como sólido eje alrededor del cual el autor piensa, de otras maneras, a Cuba toda, “vive la historia para que otros, finalmente, la lean” (pág. 28), de la nación pulsante y latente del último medio siglo, inaugurado casi sin discusión por las nuevas maneras de hacer nuestro cine. Fue éste una verdadera revolución estético-discursiva que permitió, casi por primera vez, palpar las reales y profundas complejidades del proceso desencadenado el 1ro. de enero de 1959, y probablemente fue la corriente/grupo afincada por más tiempo en la inmaculada consecuencia con las iniciales posturas, hasta que grises nubes se acumularon en lontananza.

Dicho cine de la primera década constituyó, sobre las épocas sucedentes, una manera de vivir la historia, de registrarla en sus mejores y peores faces, no como costumbrista registro fáctico, sino cual crónica emotiva y filosófica de un momento irrepetible para generaciones subsiguientes, o transcurrires paralelos. Parte de ese espíritu fundacional crítico pervive bajo otras circunstancias, donde lo audiovisual trasciende los 35 mm, relegado el formato a mero tecnicismo; descentralizados los objetivos de “grupo” o “generación”; sometido a sumarios juicios pasado y presente; saldadas, a troche y moche, las deudas con dinámicas y circunstancias del ayer/hoy, por quienes buscan realmente razonar una vez más su país, su cultura toda, construyéndola de paso, aunque esto implique prejuicios letales para añejas concepciones, negadoras, con su inmanencia, de la esencia revolucionaria del intelecto y el arte (no sólo el Séptimo), como su expresión más sublime.

Con igual desusada valentía, erudita cultura, creativa sistematización de saberes ajenos y propios, definitivo compromiso con la consecuencia ético-intelectual, y desde real sentido del momento histórico detentado por quienes preconizan/fundan nuevas épocas, García Borrero no husmea cauteloso vacías órbitas de difuntas Medusas, sino que bruñe con lúcida percepción su escudo intelectual, descubre el próximo movimiento del monstruo…y vive para contarlo.

EL HOMBRE DEL TRASFONDO

Cuando un historiador se conforma con narrar, cronológicamente, esos sucesos de los que ha tenido noticia, pero sin adentrarse en los conflictos profundos que han animado a las acciones de los hombres, está mutilando a La Historia. Y la está convirtiendo en una gran mascarada donde desfilan de modo efímero alegres fantasmas, pues pasarela al fin, vive condenada a apagarse con rapidez para que, mañana, nuevos personajes circulen por ella, en franco olvido de lo sucedido en la jornada anterior. En algo de esto pensaba Martí con aquella queja íntima anotada en su Cuaderno de apuntes: “¡Tanto esfuerzo –para dejar a lo sumo, como memoria de nuestra vida, una frase confusa, o un juicio erróneo, o pa. q. los q. fueron montes de dolor parezcan granillos de arena, en los libros de un historiador!”.

La Historia se parece mucho, en efecto, a ese carrusel voraginoso donde se ejecutan las más versátiles evoluciones. ¿Cómo distinguir entonces aquello que, en medio de tanto vértigo, persistirá en la memoria? Cassirer intuía que “un hecho resulta históricamente significativo si está preñado de consecuencias”, y a su vez citaba a Taine:

“El hombre invisible. Las palabras que entran en vuestros oídos, los gestos, los movimientos de su cabeza, los vestidos que lleva, actos y hechos visibles de todo género, no son más que expresión; con ellos se nos revela algo y este algo es un alma. Un hombre interior se halla oculto tras el hombre exterior; pero el segundo debe revelarnos al primero… Todas estas manifestaciones externas no son más que otras tantas avenidas que convergen en un centro; caminamos por esas avenidas a los fines de llegar al centro y este centro es el hombre genuino… Este submundo es un nuevo tema, más propio del historiador”.

Para llegar a ese submundo se ha de prescindir por un tiempo de la obsesión cronológica. Se trataría más bien de experimentar con un lenguaje que esté más allá, o más acá, de las palabras. Y que en la medida en que consiga borrar las fronteras geográficas y temporales, explore “la historia” todavía “sin historia”, sin pasiones que nos empujan a convertirnos en árbitros de algo demasiado puntual y cercano.

Sólo si descubrimos en qué parte del trasfondo se hospeda el hombre genuino, comenzaremos a entender un poco mejor por qué Ortega y Gasset afirmaba que “el hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es… historia”.

Juan Antonio García Borrero

¿POR QUÉ ES TAN MALA LA MEMORIA HISTÓRICA DEL AUDIOVISUAL EN CAMAGÜEY?

Hace unos días estaba con mis jóvenes amigos de “La ciudad simbólica” rememorando algunos de esos sucesos (relacionados con el cine), que han marcado este lugar donde vivo. Como son tan jóvenes, la mayoría de ellos no alcanzaron a ver otra cosa que no fueran las últimas ediciones del Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica.

No vivieron el esplendor de los cines como espacios donde se sociabilizaba, por lo que mi comentario de que alguna vez llegaron a existir diez o más les pareció una exageración. Tampoco conocieron aquella labor de Luciano Castillo en las programaciones preparadas por la Cinemateca de Cuba para el cine Guerrero. Mucho menos la de Desiderio Navarro para aquel Cine Fórum coordinado en los sesenta, que bien podría ser el gran antecedente de los Talleres de la Crítica Cinematográfica.

Si les hablas de las “colas” que doblaban esa esquina de Lope Recio donde hoy un oscuro Taller de Mantenimiento, pareciera sugerir la existencia del cementerio local donde reposa “lo que el cine se llevó”, ves como involuntariamente pasan del escepticismo al nihilismo. Vista hace fe, y no se puede creer (a no ser que seas un fanático) en aquello que jamás se ha visto, aunque sea de lejos o por milagros.

Esta breve reflexión que ahora escribo no tiene el ánimo de la catarsis, o de lo que otras veces he llamado “obscena pornonostagia”. Más bien lo que me gustaría estimular entre los amigos del blog es el debate acerca de las características de “la memoria histórica” en lo cultural. En el caso concreto de Camagüey, éste es un sitio donde han crecido y consolidado grandes talentos de las más diversas expresiones artísticas. Algunos de ellos tienen un amplio reconocimiento internacional.

El cine cuenta también con buenos momentos, pero paradójicamente, para los lugareños es algo que nunca ha existido como fenómeno trascendente. No hablo ya de que no existan cines, sino que no hay una memoria histórica de lo que ha ocurrido con el cine a lo largo del siglo. Llamo memoria histórica a ese conjunto de evidencias que irían desde las salas cinematográficas, hasta museos donde se conserven los equipos de proyección utilizados en otras épocas, por decir algo.

La pregunta sería: ¿a qué se debe ese pésimo estado de cosas? ¿por qué el cine en Camagüey no ha recibido la misma atención que la literatura, la plástica, o la música?, ¿por qué seguimos eslabonando olvidos en esta ya larga cadena de ninguneos?

Insisto en que no me interesaría ahora la cuestión anecdótica, sino el análisis crítico de un fenómeno que, a mi juicio, jamás ha recibido la atención institucional que merece, a pesar de que influye con gran vehemencia en la espiritualidad del lugar. Siento que algo de esto ha captado la nueva dirección del Sectorial de Cultura al crear recientemente un Consejo Técnico asesor de su política, e incluir a Armando Pérez Padrón y al que suscribe en el mismo.

Pero, obviamente, no se trata sólo de tener en cuenta la opinión que puedan expresar dos “expertos” sobre el tema, sino de debatir con transparencia y una perspectiva de conjunto, las estrategias que tendrían que trazarse entre todos los implicados con el fin de recobrar esa “memoria histórica” y mantenerla viva: ¿le interesaría a la Oficina del Historiador contar con algún sitio donde esté depositado el inventario de ese acontecer de un siglo?, ¿resultaría interesante al Gobierno de la ciudad mantener viva esa tradición que ya en estos momentos no existe (porque no hay cines), aunque perdura el deseo íntimo de ver películas?, ¿no tendría el ISA que exigirle a sus alumnos una compenetración mayor con lo sucedido hasta ahora en el contexto?, ¿a la UNEAC no le resultaría incómodo saber que se está dejando en la nada las contribuciones de algunos de sus miembros?, ¿qué lugar ocuparía el cine (el audiovisual) en esa agenda de prioridades que enfrenta el Sectorial de Cultura?

Es obvio que el blog, en términos institucionales, no va a resolver ninguno de estos problemas planteados. Por eso insisto que, más que lo anecdótico, me interesaría adentrarme en una reflexión entre amigos sobre las calidades de “la memoria histórica” local, y el fomento de hábitos que nos ayuden a conservarla, para bien de nuestros descendientes, y de los más jóvenes. Como reza el título de aquella película de Manuel Octavio Gómez: ustedes tienen la palabra.

Juan Antonio García Borrero

YERMA (1964), de Amaury Pérez (padre)

“Consuelito Vidal obtiene nuestra respetuosa ovación por su “Yerma”. A pesar de que la calidad de la proyección no fue buena, y de que el Juan de Edwin Fernández tampoco lo fue (sí resultó meritorio el Víctor de Sergio Corrieri), ella centralizó el inderrotable drama lorquiano con una convicción estremecedora. (…) Allí estaba Federico: en “Yerma” la moral frena el instinto glorioso de la carne, en contrapartida con “Bodas de sangre” (Orlando Quiroga).

Ficha técnica:

YERMA (1964)/ 60’/ Director y guión: Amaury Pérez (padre)/ Actúan: Consuelo Vidal, Erdwin Fernández, Sergio Corrieri.

Versión de la obra homónima de Federico García Lorca sobre joven aldeana casada que conoce a otro hombre, con el consiguiente conflicto para su vida. Producida por los Estudios Cinematográficos de la Televisión Cubana y filmada en 16 mm.

BARBACHANO PONCE SOBRE BUÑUEL Y SUS INTENCIONES DE ADAPTAR “EL ACOSO”, DE CARPENTIER

“Me pareció que sería un filme maravilloso… Alejo me demostró mucha confianza, mucho aprecio y mucho respeto, y me dijo: “Házla”. El acoso, tal vez sea otro de mis sueños que por equis circunstancias nunca pudo realizarse. Siempre me ha interesado mucho esa mezcla maravillosa que te da Alejo de la arquitectura como arquitectura con la arquitectura musical, con el suspense, con la maravilla del lenguaje, con esa atmósfera…

Yo sigo creyendo en El acoso; y lo iba a hacer Buñuel. Pero creo que no era un tema de él, era un tema de Alejo.

¿Sabes qué le interesaba? El padre de Buñuel trabajó en Cuba muchos años y aquí hizo su fortuna, sí, y eso es algo no muy conocido y Luis amaba a Cuba por esa razón, porque lo oyó tanto desde su infancia, que, en fin, vivía ese ambiente, el ambiente paterno. Eso le gustaba a Luis: volver a la tierra que había visto su padre. Buñuel veía en El acoso un poco La Habana en que vivió su padre. Creo que esa era su única motivación”.

Tomado de “Carpentier en el reino de la imagen”, de Luciano Castillo. Ediciones UNION, La Habana, 2006, pp 180-181.