BOLETO AL PARAÍSO (2010), de Gerardo Chijona

BOLETO A UN PARAÍSO CON SABOR A AZÚCAR AMARGA
Por: Antonio Enrique González Rojas

El joven desarraigado, disfuncional engranaje de las aceitadas maquinarias del stablishment, al que desafía desde actitudes psicosociales, contraventoras de todo el sistema de valores instituído por arbitraria convención, ha sido tema recurrente en el cine desde la década de 1950 con filmes como “The wild one” (Laslo Benedek, 1954) y “Rebel without a cause” (Nicholas Ray, 1955), seguidos en décadas subsiguientes por piezas como “Easy Rider” (Dennis Hopper, 1969) y “Hair” (Milos Forman, 1979), “La pequeña Vera” (Vasili Pichul, 1988) y “De la calle” (Gerardo Tort, 2001).

En Cuba aparece, a la proa de la compleja década de 1990, el sin dudas conmovedor corto documental, intitulado “Un pedazo de mí” (Jorge Luis Sánchez, 1990). Fundador en cuestiones de cinematografía alternativa nacional, es este el probable primer abordaje de las problémicas de los jóvenes conocidos como freakies o frikis, herederos directos de las contraculturas rockanrolleras de las tres décadas precedentes, seguida por la diaspórica y bastante fallida cinta “Azúcar amarga” (León Ichaso, 1996), donde quizás se apela por primera vez desde la ficción fílmica a las circunstancialidades de los frikis cubanos. Arrinconado contra las cuerdas de la exclusión rampante, uno de los protagonistas acomete un último y desesperado intento de escabullirse por la entrepierna del status quo: inocula el VIH en sus venas para continuar su existencia de paria en el sanatorio, donde finalmente muere.

Sobre igual algoritmo, básico y anecdótico, el realizador cubano Gerardo Chijona, esboza su más reciente producción: “Boleto al Paraíso” (2010), con la cual, a 14 años de “Azúcar…”, la pelota pica en cancha intrainsular, y el ICAIC liquida los primeros centavos en la larga cuenta pendiente con las representaciones sociales, y en la deuda más extensa aún con la tormentosa década de 1990, también de lacónica presencia en la panorama fílmico cubano o de tema cubano, con obras muy discretas como la raquítica “90 millas” (Francisco Rodríguez, 2005), y la comedida “Páginas del diario de Mauricio” (Manuel Pérez, 2006).

Con amable imparcialidad, casi con benevolencia y ternura conmiserativas, concibe Chijona el trío protagónico de frikis (Dunia Matos, Héctor Medina y Fabián Matos) que irrumpen durante 1993 en pueblerina farmacia, al estilo “Drugstore Cowboy” (Gus Van Sant, 1989), buscando proporcionarse medios de subsistencia para emigrar hacia la capital, en definitiva extirpación del seno familiar que los regurgitó. Tres mosqueteros estos a los que se une la D´Artagnan Eunice (Miriel Cejas) abusada por el padre.

La adolescente deviene resquicio que permitirá al espectador involucrarse en el mundo comunal de estos jóvenes, indagar los procesos de afiliación a la cofradía. No faltan durante esta semi roadmovie las trifulcas circunstanciales con tipejos comunes y perversos que los discriminan, ni los prejuicios policiales (articulados en “Easy Rider” cual símbolos del conservadurismo prevaleciente en los Estados Unidos, tras el apogeo pacifista y hippie de la década sesentera ya en agonía) contra los jóvenes incomprendidos. Tampoco es obviado el énfasis en las “terribles” circunstancias familiares, que empujaron ineluctablemente a estos muchachos a la militancia friki, acusado por los realizadores cierto determinismo psicosocial, hasta desembocar en el callejón sin salida de la asunción voluntaria del VIH, como única manera de alcanzar engañosa paz, pues en el “paradisíaco” sanatorio esperan nuevas formas de discriminación; la enfermedad no convierte automáticamente en dechados de tolerancia a las personas.

Contradictoriamente, poco o nada son apeladas las adversidades y carestías del momento histórico señalado: nunca se va la luz, casi todas las mesas están bien surtidas, a nadie se le ocurre o menciona irse en una balsa artesanal, todos los actores están satisfactoriamente gordos y rozagantes. Bicicletas chinas, paredes desconchadas y billetes de antigua denominación no bastan para una sólida articulación contexto en crisis-sujeto en crisis, ni para trascender la anécdota de los chiquillos inadaptados porque sí y ya. Perfectamente, la trama pudo transcurrir en 1983, 1993, 2003 o 2013, pues no se demarca bien el peculiar contexto socioeconómico que por mucho detonó o bien catalizó la reestructuración a fondo del sistema de valores cívico-morales, de los proyectos vitales del cubano.

Caotizadas fueron las conciencias generacionales, agravada más que nunca las rupturas irreconciliables entre ascendientes (utópicos), y descendientes (distópicos, descreídos, postmodernos). Los precedentes dirigidos por Ichaso y Tort buscan, respectivamente, articular una causalidad sociopolítica (“Azúcar…”), y exponer la brutalidad selvática de un contexto urbano alienado, hasta desmantelar en los jóvenes protagónicos todo resto de espíritu, empujados a terrible final donde el último asidero al padre-nación es destrozado, (“De la calle”).

Parece la joven Miriel Cejas condenada a protagonizar acelerones en falso en nuestro cine de sesgo histórico, al estilo de la ligerísima “Lisanka” (Daniel Díaz Torres, 2009). Filme este que perdió todas las oportunidades del mundo para ser la película cubana sobre la Crisis de Octubre, sin abandonar la clave satírica de un “Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the Bomb” (Sanley Kubrick, 1964), en contraposición con la más contundente, aunque parcial y efectista, “13 días” (Roger Donaldson, 2000).

A pesar del digno oficio narrativo desplegado por Chijona, a pesar del orgánico y verosímil cuarteto por momentos entrañable, la cinta está tejida sobre bastidor simple: un patrón anecdótico que hurta el cuerpo a tesis más complicadas, vistazo de bienintencionado ojo ajeno sobre área social obviada olímpicamente en los medios de comunicación cubanos (a pesar de la nutrida feligresía en constante crescendo de tales grupos y tribus urbanas), sin alcanzar dotar de reales densidades simbólicas a los personajes. Peca la cinta de excesivo recato problémico, deviniendo muy limitada la visión fenoménica, desdibujadas finalmente las pautas conceptuales otras más allá de la mera exposición de otredades.

Los no obstante deliciosos cameos de Alí, Lahera, Doimeadios, Pujols, Limonta y de la Uz, sólo consiguen aguzar el amable pintoresquismo de la película, que renunció a pasar a la historia del cine cubano por algo más que el reconocimiento (requete)tardío de una comunidad social significativa, de una generación de hijos que nadie quiso. Quizás baste esta postura moderada, sin azucarados excesos de amargor ni dulzor, para apaciguar la consciencia social de los realizadores y productores.

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Publicado el marzo 27, 2011 en GUIA CRITICA DEL CINE CUBANO, PELICULAS DEL ICAIC. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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