Archivos diarios: agosto 13, 2010

NOSOTROS, LOS CINÉFILOS MUERTOS

Otro amigo que abandona Camagüey. Otro aliado que se marcha de Cuba con lo de “salida definitiva” estampado en el pasaporte.

Anoche nos despedimos sin demasiadas formalidades. Me invitó al Café Ciudad, ese que abrieron en dólares frente al Parque Agramonte.

Me alegro por él. Lleva como diez años intentando reunirse con sus padres. Pero siempre surgía algún impedimento. Algún problema que la insaciable burocracia insular conseguía encontrarle a la posible solución.

A pesar de eso nunca perdió el humor, y ha sido uno de los que se alegra de los viajes que he tenido posibilidades de hacer. “Dios le da visa al que quiere amarrarse a este lugar”, solía decirme burlón, para enseguida preguntar si es verdad que París es como la anuncian, o si en Río de Janeiro la gente siempre está gritando, como en las telenovelas.

A mi amigo se le nota la felicidad en la cara. Pero es una felicidad rara. ¿Melancólica? Ríe azorado cuando saco a relucir mi impresión. Y suelta aquello de que no piensa echarle de menos a la ciudad. “Total”, remata, “esta ciudad tampoco me extrañará a mí”.

Sé que las cosas han cambiado demasiado desde que nos conocimos en nuestra primera juventud, y ambos nos dábamos cita en la Cinemateca del cine Guerrero. Ahora ya no hay cines en Camagüey. Y la Cinemateca es solo una impecable antología de epitáficas evocaciones.

¿Quién, después de haberlo leído, no recuerda para siempre aquel verso tremendo de Dámaso Alonso en el poema “Insomnio”: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”.

Pues bien, según mis cálculos privados, Camagüey es una ciudad de más de un millón de cinéfilos muertos (una persona puede albergar dentro de sí varias generaciones de cinéfilos).

Mi amigo es uno de ellos: lo he visto pasar como un zombi ante ese camposanto simbólico que son las fachadas de los cines que alguna vez “fueron”, con lápidas modernas que divulgan las más extravagantes ocupaciones, en forma de carteleras escandalosamente mudas.

Supongo que lo mismo dirán de mí cuando camino por estas calles de Camagüey. O murmurarán de nosotros, los cinéfilos muertos.

Juan Antonio García Borrero

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