Archivos diarios: agosto 11, 2010

“HISTORIA DEL CINE” EN LA TELEVISIÓN CUBANA: JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ Y CARLOS GALIANO.

La formación de los críticos de cine en Cuba es autodidacta. Que yo sepa, hasta ahora no existe en la isla una carrera que, como la Teatrología, por ejemplo, permita adquirir conocimientos basados en un programa académico específico. Lo cual no quiere decir que no hayan existido (o existan) críticos excelentes, y con un nivel de comunicación envidiable.

No sé los demás, pero en mi caso me inicié en este culto a las películas escuchando a esos expertos en la televisión. Ver a Enrique Colina en “24 por segundo”, a Mario Rodríguez Alemán y Eduardo López Morales en “Tanda del domingo” (ahora tengo mis dudas sobre si Rolando Pérez Betancourt pasó por ese espacio), o a Antonio Mazón Robau en “Toma Uno”, resultaron estímulos inmejorables a la hora de adquirir esta adicción.

Uno de los programas que más me marcó fue “Historia del cine”, creado el 20 de agosto de 1973. No llegué a conocer a su fundador José Antonio González (fallecido en un lamentable accidente el 3 de septiembre de 1989), pero es sorprendente cómo perdura en mí el recuerdo de esa voz fluyendo con una facilidad tremenda, seduciendo ya no solamente por lo que decía (que a mi edad, era imposible entender en toda su profundidad), sino por las maneras en que lo decía.

Por una excelente entrevista concedida a Mario Piedra para la revista “Cine Cubano”, hoy podemos recordar aquel “espíritu crítico” que guardaba el propio José Antonio González hacia el programa. Según sus palabras,

“(…) crítico, pero no tan virulento. Simplemente objetivo. A Historia del Cine lo siento como algo mío y eso me parece natural. Ello no me impide tomar distancia y darme cuenta de sus (mis) insuficiencias, reiteraciones y, en algunos momentos, falta de creatividad e imaginación.

He discutido esto largamente con Galiano, quien ha venido al programa para quedarse y, de paso, resolverme graves problemas de tiempo que incidían en todo mi trabajo y prácticamente en el programa. Tal solución le ha dado estabilidad a Historia del Cine y creo que el sentido de organización y rigor de Galiano y muy especialmente su meticulosidad, ha rescatado para el programa un tono saludable. Claro que aún discutimos y tratamos de corregirle defectos. Nos hacemos muchas preguntas, por ejemplo, ¿cómo hacerlo más ameno y atractivo sin perder su perfil didáctico y la seriedad en el tratamiento de los problemas?

Siempre he creído que la crítica no puede ser un estado de ánimo o una reacción emocional, es y tiene que ser un método de trabajo y un principio para la vida”. (1)

Con Carlos Galiano, actual conductor del programa, sí he tenido la suerte de establecer una relación donde el afecto corre parejo con lo profesional. No importa que llevemos algún tiempo sin vernos: el afecto perdura. Y en mi caso, la gratitud también.

Con Galiano persiste el mito de su incorrupta parsimonia, que lo hace parecer, en medio de tanto cubaneo televisivo, todo un lord escapado de algunas de las películas que él mismo presenta (como si con cada aparición tuviese lugar la versión nacional de “La rosa púrpura del Cairo”). El propio Galiano le comentaría a Mario Piedra sobre la recepción de su imagen del siguiente modo:

“Es un problema de apreciación. Otros televidentes, cuando me conocen personalmente, me comentan que por televisión me veo más joven o más viejo, más gordo o más flaco, más alto o más bajito. Quizá esos a los que tú aludes, si algún día nos encontráramos, cambiarían de impresión… o confirmarían la que ya tienen. Lo que sí reconozco es que me pongo muy serio, lo que no es necesariamente sinónimo de “almidonado”. Te voy a contar algo. Periódicamente recibo cartas de dos televidentes que aún no he podido descubrir si sin reales o imaginarias y que se autodenominan “las jimaguas”. Las “jimas” –así firman- se entretienen en apostar entre ellas, en cada uno de los programas, a que si me sonrío o a que no. La que apuesta a que no, me dice que ha hecho una fortuna. La otra, no sé por qué insiste en seguir el juego. Temo que se arruine…”.

Yo he tenido la suerte de ver reír a Galiano mientras me habla de la vida y sus problemas (incluyendo al cine, que en todo caso es un falso problema, o si se quiere, un problema entretenido), y nunca he podido agradecerle del todo su desprecio al egocentrismo, no obstante saberse una persona “muy popular”. Quizás ese implacable consumidor de imágenes de televisión que somos todos, nos hace pensar que esa obstinada circunspección contradice la naturaleza más bien ligera de la televisión. Pero en mi criterio, hay allí un equívoco: cuando la televisión se usa para compartir sentimientos, no para imponerlos o lanzarlos al vacío como fatuos fuegos artificiales, “lo serio” termina aglutinando espectadores muy fieles.

Lo único que no le perdono a Galiano es que todavía se resista a publicar en forma de libro todos esos comentarios que desde hace años escribe para sus programas. Un día me mostró la loma de portafolios que contienen esas intervenciones que prepara con la meticulosidad de un relojero suizo: una enciclopedia descomunal. La verdad es que no sé cómo el ICAIC no le ha exigido –no pedido: exigido- la publicación de ese libro. ¿Tendrá idea Galiano de cuántos cubanos le agradecerían en un futuro haber custodiado las memorias de esto tan maravilloso y frágil que ha sido el cine?

Ojalá Carlos Galiano leyera esto y se entusiasmara de una vez. Tal vez lo estimule la propuesta y, una vez publicado el libro, hasta me invite otra vez al Loipa, y sigamos (como si no hubiese pasado el tiempo) con aquel almuerzo memorable donde un mediodía ya lejano hablamos del cine, de la vida, de la amistad, y de las caídas que, a pesar de todo, nos hacen reír.

Juan Antonio García Borrero

Notas:
1) Mario Piedra. “Cine del hogar”. Revista Cine Cubano Nro. 106, pp 73-74.
2) Mario Piedra. “Cine del hogar”. Revista Cine Cubano Nro. 106, pp 74.

Otras fuentes: “La tienda negra”, de María Eulalia Douglas