Archivos diarios: agosto 7, 2010

MEMORIAS DE LA PRIMERA MUESTRA DE AUDIOVISUAL JOVEN

Me ha costado un trabajo enorme encontrar, entre tantos papeles viejos, estas notas escritas por tres realizadores cubanos para la Primera Muestra del Audiovisual Joven, celebrada en La Habana en el mes de octubre del año 2000.

Si las cuelgo ahora en el blog no es sólo porque me parezcan valiosas desde el punto de vista histórico e intelectual, sino porque me ayuda a saldar en parte una deuda que me hacía sentir bastante mal. Y es que esas reflexiones fueron entregadas por sus autores con el fin de publicarlas en forma de Memorias.

Ya he escrito otras veces en el blog que tuve la suerte de organizar aquel primer evento, gracias a la confianza depositada en mí por Senel Paz y Omar González. Aquella primera Muestra (que como antecedentes contaba con encuentros similares organizados por la Asociación Hermanos Saíz de la mano de Jorge Luis Sánchez, entre otros) tenía el propósito de estudiar qué estaba pasando con el audiovisual cubano más allá de la industria.

Como podrá advertirse en estos tres escritos, los jóvenes acudieron a la cita con una mezcla de esperanza y reservas críticas. Pienso que estas notas pueden ayudar a reconstruir el ambiente, a entender un poco mejor qué es lo que se estaba pidiendo. Pero como dije, ya en el plano personal, si bien con bastante tardanza, cumplo con aquello que en su momento prometí como organizador, y que a ciencia cierta ignoro por qué no pudo cumplirse: la publicación en forma de Memorias de estos textos (faltan otros) junto a la transcripción de los debates.

Juan Antonio García Borrero

UN CINE JOVEN CUBANO. ¿UN CINE JOVEN CUBANO?
Por Leandro Martínez Cubela

Hablar de un cine joven en Cuba es como hablar de la presumible existencia de vida en Marte. Dos claras evidencias apuntan a creer en esta afirmación: la primera es la no-existencia de un número suficiente de películas que confirmen su presencia. Las breves excepciones no hacen más que dibujar con claridad el abismo circundante entre ellas. Islas en la desolación. Y la segunda evidencia es la no existencia de una generación de cineastas definidos por un discurso estético y conceptual común. Lo cual no significa que no existan creadores, personas concretas, con voluntad de hacer un cine distinto. Pero la diferencia entre estos realizadores lejos de apuntar a la riqueza que aporta la diversidad, acentúa su aislamiento como generación.

No estamos en presencia de una generación compuesta por personas de la misma edad, o de un grupo de realizadores cuyas obras agrupan rasgos similares, sino una generación básicamente de los que esperan. Y quizás este sea el común denominador de esta generación. Una generación de creadores de todas las edades, detenidos en un limbo productivo ante una industria hermética y por demás única, esperando esa oportunidad que se anhela y no llega, esa oportunidad que se sueña y no se alcanza.

Su organización como fenómeno es caótica, y su presencia como cuerpo en la cultura es amorfa. La praxis de este grupo está mediatizada por concesiones de todo tipo. Fundamentalmente se cuentan las urgencias económicas y el enfrentamiento ante el ejercicio desmesurado de una censura oficial fundamentada en la superstición y no en el criterio. El resultado es que esta supuesta nueva y joven generación de cineastas cubanos está más unida por sus miserias, necesidades, angustias, ahogos e incomprensiones que por sus intereses.

¿Qué necesitamos como generación? En primer lugar un espacio y un espacio para la variedad. ¿Contra qué estamos? Contra la pobreza narrativa y temática que parece haber colmado el cine cubano como una enfermedad crónica. Contra la ausencia de personajes, nuestras películas siempre se hacen con los mismos personajes y en las mismas situaciones. Contra una dramaturgia maniquea y superficial imperante. Contra la falta de profundidad a la hora de abordar la realidad y al ser humano. Contra una mirada complaciente que ha convertido el humor en una mueca que lejos de polemizar con zonas y aristas candentes de la sociedad limita su comprensión. Contra una risa que amordaza y no libera. ¿A qué aspiramos? A devolverle al cine cubano la audacia formal y temática de otras épocas, y así ponerlo en sintonía con lo que se hace en el mundo. ¿Qué podemos ofrecer? Nuestra pasión, nuestro esfuerzo, nuestros sueños… nuestra mirada.

No se puede pensar en el desarrollo de una industria cinematográfica nacional sin el desarrollo de su talento joven. No se puede aspirar a un gran salto en este sentido si no se le permite a estos creadores acceder a la realización, si no se da curso a esa posibilidad. Es deuda y pecado de la industria no instrumentar mecanismos con ese fin. En otros años el Noticiero ICAIC fue la escuela de muchos realizadores que tiempo después demostraron su valía y fueron representantes del cine cubano. El fin de esa experiencia cerró la posibilidad de formación de muchos otros, al tiempo que la industria perdió una vía a través de la cual nutrirse. Su quizás inevitable desaparición no justifica que no se hayan encontrado otros mecanismos con igual propósito.

Es necesario que las instituciones, organismos o personas a los cuales corresponda resolver este dilema, entiendan que el mejor modo de afirmar nuestra existencia como creadores, acaso como generación, es con obras y no con palabras. En oportunidades y no en promesas. En el acceso a la posibilidad de concretar en proyectos esa nueva mirada que identifique este tiempo, nuestro tiempo. Un tiempo que por derecho natural también nos pertenece.

10 de octubre de 2000.

APARENTE INDEPENDENCIA
Por Aarón Vega

Cuando apenas tenía doce años llegó a mis manos una camarita de 8 mm. Para mí fue una gran sorpresa. Hasta ese momento, en que comenzaba mi acercamiento real al cine, las cámaras eran sólo artefactos inalcanzables y los camarógrafos “buenas gentes” porque me dejaban mirar por el visor de ellas, aunque no sé si era por ser el hijo del director o porque disfrutaban de mi precoz interés cinematográfico.
Comencé a buscar dónde y cómo podía echar a andar aquel aparatico.
Por aquella época comenzaba a organizarse la Asociación Nacional de Cine Clubes y me vinculé a las sesiones realizadas en la Casa de la Cultura de Plaza donde se proyectaban y debatían los trabajos realizados por diferentes grupos, que cada cual defendía posiciones estéticas y artísticas, en ocasiones opuestas, pero jamás indiscutibles. Sin hacer del pasado el paraíso recuerdo esta época como algo alentador y creativo. Las personas de allí se reunían, compartían trucos, secretos, innovaciones y, aunque jamás terminé una película, nunca me quitaron el aliento ni la palabra.

El negativo 8 mm comienza a desaparecer y el video hace su tímida entrada. Las primeras cámaras no son de muy buena calidad pero intentamos hacer algunos documentales, que no se terminan por no contar con la técnica adecuada de edición, y hasta soñamos con producir un largometraje de ficción donde se intentaba contar la problemática de los jóvenes estudiantes del ISA, que como podrán imaginar tampoco llegó a feliz término. Toda una etapa hermosa, sin dudas, que nos sirvió a muchos como taller para aprender en la práctica cómo se hace cine y la necesidad de encontrar financiamientos para llevar a cabo cualquier tipo de proyectos.

El espacio abierto por el Taller de Cine de la AHS fue punto de buenas producciones y debates. En la Muestra de Cine Joven se presentaba todo lo que se producía. Imbuido por todo este movimiento y con la ayuda incondicional de familiares y de la Escuela de cine de San Antonio, logramos hacer nuestros primeros trabajos. Desde ese momento comencé a considerarme un cineasta independiente.
Desgraciadamente el término independiente se ha utilizado para definir a gente que está fuera de la industria, gente que no necesita del sistema y que viola lo establecido. A pesar de estar representados por el MOVIMIENTO NACIONAL DE VIDEO, en algunos casos, y en otros por la ASOCIACIÓN DE PUBLICISTAS Y PROPAGANDISTAS DE CUBA, los trabajos asumidos por los grupos independientes están envueltos en una nebulosa de ilegalidad, provocando en nosotros una extraña sensación ambigua. Esto se debe, a mi juicio, a que estas instituciones no han conseguido el status legal necesario para darnos un apoyo real y por lo tanto nos hace perder credibilidad, tanto con el cliente como con la industria, que nos mira como si lo que ella representa fuera todo lo contrario a lo que nosotros hacemos.

Un punto importante en esta discusión es entender que los independientes cubrimos un segmento de mercado que las instituciones que producen audiovisuales en Cuba no alcanzan por cuenta de la misma infraestructura que tienen creada para producir. Se sabe que muchos clientes pequeños no acuden a dichas instituciones para realizar su publicidad por un problema de precios. Por lo general sus presupuestos son bajos debido a que no se encuentran los canales de distribución para su proyección final. Prefieren, entonces, destina el presupuesto global hacia otros rubros que sí tienen una publicación. Un ejemplo de todo esto lo constituye unos spots de 30 segundos, que realizó Luz Brillante y que el cliente encontró donde ponerlos cuatro años después de terminados. Justamente por no tener creada una gran infraestructura de producción podemos ofrecer precios más competitivos a estos clientes, pero en realidad estamos actuando como una especie de puente entre la industria y este cliente, porque es en la industria donde encontramos el equipamiento necesario para realizar estos proyectos.

Si esto es cierto no se entiende por qué la industria no se acerca más a nosotros si todo parece indicar que resolvemos un problema. No se quiere decir que la industria se ha mantenido ajena a nuestro trabajo. En ocasiones hasta ha trabajado conjuntamente con grupos independientes.

Pero, en general, la industria no siempre sigue la misma política con los proyectos de estos grupos. En el mejor de los casos sentimos que nos están haciendo un favor cuando acudimos a ella, ya como clientes, y lo peor es cuando intentan ponernos precios como si fuéramos una gran producción foránea. Esto ha sido cuestionado por todos nosotros. Se puede decir que se ha especulado bastante sobre este tema. Las respuestas a estos cuestionamientos no han pasado de ser conjeturas y el pasillo ha sido la triste tribuna que hemos encontrado para reflexionar. En primer lugar pensamos que la ya mencionada falta de credibilidad pudiera ser una de las respuestas y una segunda pudiera ser la falta de control aparente que se tiene sobre los proyectos que realizamos.

Es cierto que no existe una estructura oficial donde se controle nuestro trabajo. Sin embargo, estos trabajos de alguna manera pasan por un filtro invisible e intangible que comienza por nosotros mismos. Es ahí donde radica nuestra responsabilidad profesional porque no somos “los mercenarios del mercado”. Si los plásticos, músicos y hasta escritores hacen su trabajo de manera independiente, regidos, claro está, por instituciones oficiales que los representan, es injusto que los cineastas no podamos trabajar del mismo modo sólo porque necesitamos un poco más de artefactos para ello. Peor aún es que se tome esta necesidad como el modo de controlar nuestros proyectos convirtiéndose, en un triste chantaje solapado.

Podríamos decir que esta es una parte del problema. La otra cara de la moneda son los proyectos que realizamos “Por Amor al Arte” y que por lo general son los llamados a tener una verdadera trascendencia porque, en definitiva, son los que necesitamos hacer. Comprender este hecho es clave; un artista no hace su obra para sobrevivir. En tiempos del Taller de Cine de la AHS, donde se producía la idea que tenías y la economía no era lo más importante, se lograron verdaderas rupturas conceptuales y estéticas con respecto a la industria. El desenfado y libertad con que se asumían los proyectos es tristemente poco visto en la actualidad. Pero quien sostenía este movimiento era la industria porque en ningún otro lugar estos cineastas hubieran encontrado lo necesario para sus producciones, aunque no se puede asegurar que la industria tuviera una seria conciencia al respecto. La realidad es que existió pero también es cierto que hay toda una generación de cineastas jóvenes que no conocieron este fenómeno y mucho menos lo disfrutaron.

Los tiempos cambian pero la necesidad creativa de comunicación es algo que no dejará de existir, a menos que nos lo propongamos. La mayoría de todos nosotros comenzamos a hacer cine en tiempos difíciles, económicamente hablando, y no quedó otro remedio que buscar y encontrar alternativas para nuestra producción. En este caso pienso que la industria no ha jugado el papel que debe como responsable del futuro audiovisual de la isla. Los canales que están establecidos no funcionan bien por cuenta de no existir un verdadero diálogo entre nosotros y ellos. No podemos ser tratados, ni medidos por el mismo rasero que productores extranjeros a los que se les brinda los famosos servicios de producción. Siempre digo que si “El último poeta” hubiera esperado por la industria jamás se hubiera realizado. Se sabe que la industria está siempre predispuesta con este tipo de proyectos porque alegan que no tendrá recuperación. Todo parece indicar que los documentales tienden a desaparecer en Cuba mientras que en el mundo entero se siguen produciendo. Un dato curioso, en el documental mencionado, es que no solo encontramos la manera de producirlo sino que además encontramos el modo de recuperar lo invertido.

La industria tiene la obligación de aportarnos sus experiencias siempre y cuando no estén basadas en estereotipos y predisposiciones. También debe asumir nuestras experiencias positivas. Se podrían poner ejemplos en que, a nuestro juicio, las posiciones de algunos funcionarios de la industria cubana audiovisual, en defensa de extrañas estructuras, han puesto en peligro la realización de un trabajo que más tarde ha demostrado ser una buena obra. Culpables o no, esto generalmente sucede cuando no se quiere asumir nuevas maneras de hacer y cuando no se reconoce que estos nuevos modos son el resultado de una etapa muy bien conocida por todos.

Es obvio que se impone un cambio en la manera de vernos. No se trata de que nos incorporen en extensas nóminas, sino, sencillamente, que se dialogue de igual a igual. No es secreto que el país se encuentra recuperándose económicamente y la industria cinematográfica no está fuera de esta recuperación. Aprovecharla con nuevos conceptos sería lo más inteligente, sin intentar dinamitar de golpe estructuras creadas hace muchos años, que provocaría un verdadero desastre.
Si la industria es responsable del futuro audiovisual de la isla, nosotros también lo somos. Sin intención heroica estamos obligados a defender este futuro. Es por ello que seguiremos haciendo y buscando alternativas diversas que nos permitan expresarnos de manera honesta, y a la industria no le quedará otra alternativa que darnos todo el apoyo necesario.

Oct-2000

HABLEMOS DEL CINE
Por Lester Hamlet

1.
Hablemos del cine. Del hoy del cine.
Arte superior y que brinda eternidad, arte magia que rogamos nos acoja, arte sin piedad ni susurro.
Hablamos del sueño que traducido en luz, linterna, cañón, mordaza, nos mejora.
Historia del hombre, sus códigos y espacios.
Imágenes que se apresuran a estar y seducir. Historia del mundo.
Ritmo, oscuridad, encanto, sed.
Silencio en la sala, inquietud en la silla.
Miradas todas a un lugar común.

2.
Un siglo termina, y tiene entre sus mejores huéspedes a los artistas del cine, directores de cine, cineastas, productores; descubriendo, más cercano a sus finales también, una forma no menor de imágenes y sonido, el video. Definición que se reconoce y nos acoge, no como soporte sino como posibilidad de sueño. Hecho, fragmento, manera de entender y hacer el arte y desde él comprender la naturaleza humana de las cosas.
Pido pues, que al pronunciar “cine”, entendamos imagen, sin distinción racial a los soportes. Entendámoslo como arte de la imagen en movimiento. El que nos toca defender. El empeño. Pantalla, ojos y manos.
No hablemos del cine que compone historias distantes y sin compromiso, sino de ese que por veraz se hace palpable y devuelto arte sacude y reflexiona.
Hablemos de ese conjugar imágenes y sueños, -inevitable captura del recuerdo-. Tristeza, alegría.
Placer al desgarrarse, al morir reinventando, desde la soledad, juegos y ternura.
Hablemos del arte que desde el inicio hasta siempre intenta el placer lúcido de desnudar la vida para entender, de su piel, los poros.
Y hablemos así, de la isla que ha sabido contar su historia y sus revoluciones, la que poseemos en el acto mismo de la entrega, y que en cada esquina muestra una historia.
Isla nuestra que también se queja y reclama nuestros ojos para mejorarse, para no perderse en lo inevitable del olvido que los ojos no perpetúan.
Isla que se sabe historia y leyenda de arcilla y tierra fértil.
Isla nuestra, y cine, por nacional vivo, nuestro y así de todos.

3.
Antes, cuando más que amar admiré nuestra pantalla, aún sin saber lo que era, entendí mi historia en las imágenes, la de los maestros, la que prefiguraba el entorno y lo devolvía inexacto y tangible.
Hoy, admirado y amante, sintiendo que no quiero en mi vida más que imágenes y sonidos me enfrento a la pantalla siempre, con la ilusión esperanzada de que alguna vez la teñiré con historias de agua, isla, ciudad por la que transito. Realidad vital que nos conforma.
Antes, cuando los maestros definían con la conciencia alegre y la patria en paz nuestras sonrisas, creía en la pantalla. Lo que a mis ojos llegaba era verdad, lo que escuchaba era mi historia, los que sonreían o lloraban éramos nosotros mismos, que convertidos en personajes provocábamos las más limpias ideas, los más auténticos sueños, ansias… lo mejor de tanta historia.
Pero el tiempo pasa –ha pasado, siempre ocurre-, y los moldes envejecen, las estructuras no exploran posibilidades, y este arte necesita como todos revolución y tiempo, adaptación y respiro, verdad y clemencia.
Tal vez reevaluar el concepto de arte dentro de la sociedad no sea suficiente, tal vez la libertad expresada y el anhelo, no sean tampoco capaces ante tanta ausencia.
Vivo creyendo que más que lujos, este arte nuestro hoy debe mostrar verdades, sin edulcorar derrotas ni sobresaltar triunfos, sin obviar que mucho se hace y está bien, pero doliéndonos por nuestra propia voz.
A un buen Dios no le satisface que su historia la cuente solo aquel que de lejos valora la epidermis del problema, que no lo sufre, que guarda la cámara al final para buscar con intención foránea otra historia de brujas.
Baste entonces saber que no está solo este arte que aquí nos une, ese Dios que en un buen guiño nos saluda y se lamenta por tanto desgaste inútil, por tanta necesidad de historias que nos eduquen y aclaren la existencia.
Sé que los novísimos, como escuché nos llaman (al estilo tal vez de la trova o la danza), somos varios, muchos. Sé también que el nombrarnos “jóvenes” no es buen síntoma, que enmarcarnos no pasará nunca de un esquema y que mirar nuestra descalcez desde la sapiencia no aportará mucho a nuestra historia. Historia que se inicia ya en la carrera por alcanzar con nuestra esencia la pantalla.
Empieza un ciclo vital en la vida de todos los que ansiosos esperamos por la bondad de una aprobación institucional.
La vida no es espera ni quietud.
Tenemos ahora un camino que recorreremos, cuestionándolo todo día a día, preguntando cada despertar si fue el sueño o si la vida.
Tendremos suerte o no.
Muchos, antes también, la han o no tenido, y eso es la historia, la inquietud que este oficio supone, su eterno retar y superar, del infinito auténtico que dominará nuestra creación.

4.
Los jóvenes están allí, estamos. Trabajamos y estudiamos en función de otorgar vida a nuestra casa, nuestro cine, nuestro anhelo.
Somos más cada vez. La pluralidad es el signo de esta época que no cree en censuras ni en silencio. Somos muchas cabezas, y ninguna semejante, y esa es una de las virtudes con las que aprenderemos a vivir desde y para siempre.
Van quedando atrás los tiempos en que todos fueron autodidactas eternos de un juego en el que se comprometían leyes y vida.
Gracias a ellos hoy pensamos y soñamos todos con historias y encuadres, aunque soñar no baste, ni alcance el sueño para lograrlo.
De nada valdrá la ilusión si no se abre la ventana, si no se acciona el arma que propicie el desenlace.
Los jóvenes están allí, estamos, y pedimos se nos observe, nos permitan enseñar nuestras historias y leyendas.
Estamos.
Muchos en espera de la inserción o el salto, anhelando otros proyectos en los que participar, deseando algunos abandonar el anónimo de la independencia, jugándonos la vida en cada plano, agonizando, disfrutando de la torpeza en que esta ansia nos entrena, pero todos allí, aquí, vivos y conscientes de lo que podemos. Tal vez hasta con miedo, pero solo al riesgo.

5.
Una industria no es solamente la producción cinematográfica.
También sus pasillos cargados de historia, el recuerdo de los colaboradores, su universo desmedido; por suerte los novísimos no solo son realizadores, sino también productores, diseñadores, músicos, críticos (sin ellos, nosotros, el edificio no estaría en paz).
Ningún acto de creación es tan poco personal y angustiante.
Es de las cosas de la vida que no se pueden hacer a solas, de ahí que esta generación dedicada a la creación audiovisual, sabemos, traerá consigo todo un despliegue de nuevas maneras de entender y hacer arte de las imágenes y el sonido.
La industria debe también estar preparada para ello, para exhibir a los colaboradores eventuales que junto a nosotros desarrollen espacios de su arte.
La industria entiende, lo ha hecho siempre.
Sabe que la espiral de la existencia es evolutiva y ascendente. Nuevas tecnologías ya dominan la mente del mundo, la rapidez es signo de esta época que nos toca, así el ritmo es cada vez más vital, cada vez más mente joven anda a pasos largos, y nuestra industria no será menos.
Nunca ha sido así.
Ahora tampoco.

6.
Quién va a escribir la historia, ahora, cuando lo que se pudo aprender, lo que está ocurriendo importa a cada vez más mentes. Ahora que este sentido de la vida que es el cine nos toma por sorpresa con nuevo olor a técnica estrenada y por descubrir.
Y todo por ese buen Dios que nos guiña un ojo y nos saluda: el cine.
Admirado y temido. Cada vez con nuevas formas y secretos, pero siempre con el hombre en el centro, siempre con alma y el aviso de un ciclo que se cierra, y otro que abre paso.
Un proyector, una sala oscura, vacía en apariencia.
Una pantalla se tiñe y las mentes abren paso a las alas.
Es el momento. Tras colores, sombras, historias y personajes se esconde el hechizo.
Ojalá y para siempre el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos exista. El nuestro. El que de tanto cuidar celamos, el que signifique a nuestros hijos el recuerdo, el que supo transitar entre gardenias y patria, el que nos confirma y aprueba.
Ojalá siga existiendo como el arte que ha sabido también ser y no la industria, o tal vez.
Ojalá nuevas mentes le permitan existencia y perdurabilidad.
En ello confío, reposo y tiemblo.
Nuestra historia lo necesita, y también nosotros, los que desvelo a desvelo queremos contar nuestra época, traducir nuestro entorno, recuperarnos y despertar cada día con la cabeza llena de sueños y música.

7.
En unos meses el siglo abrirá finalmente las puertas y cruzaremos el umbral todos, con ansia y desconcierto.
En unos meses todo será mejor, quedarán atrás reproches y dudas.
He allí la puerta, las personas y las ansias.
Queda espacio para pensamientos y definiciones.
Los jóvenes, los que confiamos y vivimos dentro de estas costas estamos allí, aquí, en espera de que el buen Dios nos abrace, ese buen Dios que, seguro, avanza hacia nosotros, convertido en luz, linterna, cañón, mordaza, y en su afán por hacer mejores las sonrisas, nos alerta.

Viernes, 27 de octubre de 2000.