Archivos diarios: agosto 6, 2010

MIAMI

1.
No he podido retener demasiados recuerdos de la primera vez que estuve en Miami. Apenas un par de fotos con una colombiana a la que vi entonces por primera y única vez. Su hermana la había llamado desde Los Ángeles para que me sirviera de cicerone en una ciudad donde yo tenía centenares de conocidos…, pero ningún teléfono a mano. Y solo seis o siete horas para recorrer algunas de sus calles.

Sucedió que aquel año (noviembre del 2002) estuve en Miami por puro azar. La investigadora Laura Podalski me había invitado a hablar sobre cine cubano en la Universidad de Columbus (Ohio), y de paso, participar en un encuentro académico en Denver. El itinerario era bastante extravagante, porque tenía que hacer escala como en siete aeropuertos distintos. Catorce aviones (siete para allá, siete para acá), en menos de una semana, no sé si será un récord, pero como promedio es de vértigo. El colmo es que en la escala Miami-La Habana debía esperar hasta el día siguiente, pues esa noche no volaba nada a Cuba. Me hospedaron en un hotelito modesto, pero con vista al mar. No me quedé con esas tarjetas donde figuran el nombre y los teléfonos del hotel, y ahora es solo el resbaladizo recuerdo de una cama donde quedé rendido mientras miraba una televisión empeñada en aburrirme veinticuatro veces por segundo.

He revisado las fotos de aquella ocasión. Allí estoy yo, con el famoso “parque del Dominó” a mis espaldas, y el bullicio de la gente que pone de modo aparatoso una ficha en la mesa, y aprovecha para gritar con eufórica rabia algo sobre Cuba, sobre lo que dejó atrás, sobre lo que le quitaron, sobre los que todavía mandan. O me veo tomando café en algún timbirichi de la Calle 8, al lado del Tower Theater. ¿Qué iba a pensar yo que tan sólo un año después estaría justo en ese local, participando en un encuentro organizado por el Miami Dade College, para hablar de “cine alternativo en Cuba”?

La idea del evento fue del crítico Alejandro Ríos, a quien tengo entendido le interesó el término que en algún momento esgrimí (“cine cubano sumergido”) para hablar de esa producción audiovisual que no pertenece al ICAIC y apenas se ve, y que sin embargo, existe. Ríos tuvo la gentileza de cursarme una invitación con el fin de que participara en las sesiones teóricas y exhibición de materiales, y de paso presentar algunas de las investigaciones que me habían publicado. Este último gesto lo recuerdo con mucha gratitud, porque ha sido la única vez que la “Guía crítica del cine cubano de ficción” ha tenido una presentación pública en alguna parte, pese a que en su momento le concedieran en Cuba un Premio de la Crítica Literaria.

Aquellos fueron días asombrosamente bucólicos, si se toma en cuenta de los debates entre cubanos no suelen ser casi nunca serenos (mucho menos en Miami). ¿Un armisticio intelectual? Puede ser, pero como investigador agradecí el coloquio en tanto me permitió aproximarme a esa producción audiovisual que han hecho los cubanos más allá de la isla y la industria, y gracias a esos intercambios pude iniciar un proyecto que tres años después terminaría en un libro. Curiosamente tampoco recuerdo el nombre del hotel donde fui hospedado, aunque sí la cercanía de la playa, el murmureo imborrable de las olas en medio del silencio de la madrugada.

Hasta aquel hotel me fue a ver un amigo de la primera juventud que había llegado diez años atrás a Miami como balsero. Me alegró verlo, aún cuando no estuviese en el mejor momento de su vida: acababa de perder a su novia, quien se había suicidado con una pistola que nunca supo de dónde ella sacó.

En la versión que mi amigo tenía de Miami no se adivinaba resentimiento alguno hacia la ciudad, pero tampoco se advertía un entusiasmo demasiado grande a la hora de describirla. Sencillamente se había acostumbrado a sobrevivir en ella, y no había tenido tiempo de “aprovecharla”. Tampoco se quejaba de ser una suerte de hombre invisible en este drama donde aparentemente solo existen los cubanos que más alto griten que están a favor o en contra del régimen de la isla. Seguía en la misma rutina que tenía en el lugar que lo vio nacer: “luchar” para poder respirar, al precio que fuese necesario (a veces, admitió, no de las maneras más amables).

Recuerdo que aquella noche mi amigo llevaba un libro de Dostoiesvki en sus manos. Lo vi alejarse del hotel en la madrugada. El imparable parloteo de las olas me hizo sospechar que volvía a esa balsa de la que quizás, por lo menos mentalmente, todavía no había descendido.

2.
Sería interesante estudiar en algún momento de qué modo ha representado el cine esta relación de los cubanos que salen de la isla en busca de libertad con Miami. La gran industria nos ha brindado películas como “Scarface”, “Los reyes del mambo”, o “The Family Pérez”, pero intuyo que allí hay más brocha gorda que matices (sobre todo de orden psicológico). Mi pregunta es, ¿más allá del enfoque político ha existido en ese cine (hecho por cubanos o sobre cubanos) una mirada como la de Guillermo Rosales en la literatura?, ¿o como la de Reinaldo Arenas, hipercrítica con el gobierno cubano, pero igual de mordaz con las zonas oscuras de ese exilio al que fue expulsado?

La relación de cintas con tramas que involucran a cubanos en la llamada “Ciudad del Sol” es bastante amplia. Como no las he visto todas, me cuido de emitir algún juicio generalizador. Tan solo me referiré a algunas que han llamado mi atención por el modo en que reflejan el impacto que ha tenido en la comunidad cubana que reside en esa ciudad, el diferendo político que desde 1959 viven entre sí cubanos de diversas ideologías, pero también los gobiernos de Cuba y Estados Unidos.

La película que inaugura el ciclo es la norteamericana “We Shall Retun” (1962), de Philip Goodman, con César Romero en el protagónico. Se trata de una cinta fallida en términos estéticos, trasnochada en el planteamiento que hace de una trama llena de lugares comunes (tómese en cuenta que para entonces estaba en pleno apogeo la modernización del lenguaje cinematográfico), pero que como antropología visual sí ofrece puntos de interés.

En primer lugar, porque ayuda a matizar un mito generalizador a través del cual se piensa que todos aquellos que buscaron refugio político por esas fechas en el sur de La Florida, encontraron un paraíso. Es real que a ese lugar huyeron personajes acaudalados que apoyaron antes de 1959 al régimen batistiano y ahora fomentaban la contrarrevolución rotunda, la cual incluía todo tipo de acto violento: a la violencia revolucionaria se le opuso con un celo milimétrico la violencia contrarrevolucionaria. Pero una cosa es lo que en términos generales de “Política” pueda afirmarse, y otra es escrutar en ese infierno tremendo que es la vida cotidiana de cada individuo que ha padecido esas “Políticas”: “We Shall Return” es bastante elocuente en ese sentido, pues con independencia de esos personajes estereotipados que tienen como fin justificar por todos los medios “un mensaje patriótico”, hay escenas que nos van rescatando a un Miami que entonces no era la ciudad turística que es hoy, sino una suerte de pueblucho de veraneo sin otros atractivos que las playas y el clima.

Una secuencia reveladora es aquella donde el personaje de César Romero (pequeño propietario que ha huido de Cuba tras un altercado con la policía política) entra a un bar después de una larga e infructuosa caminata buscando trabajo. No tiene dinero, por lo que pide tan solo un vaso de agua. Pero el barman (un estadunidense) pregunta si va a consumir algo, y cuando descubre la insolvencia del hombre, lo expulsa sin miramientos del sitio. Luego comenta con alguien que queda a su lado que “esos cubanos están llegando como plagas”, lo cual confirma lo que ciertos rumores nos habían notificado; que en aquellos primeros años podían leerse en Miami letreros con la siguiente leyenda prohibitiva: “No perros, no cubanos”.

3.
¿Cuándo fue que lo que al principio era percibido como “una invasión de intrusos” (y hacia los cuales se lanzaban las mismas miradas de recelos o rechazo que a los chicanos u otras minorías étnicas), pasaría a convertirse en un poderoso enclave de operaciones políticas y económicas?

En la versión nacionalista del exilio miamense (que, apartando las ideologías, se distingue poco de la insular a la hora de mostrar un feroz orgullo por lo “nacional” o lo autóctono) el “cubano” parece ser, dentro del género humano, algo especial: un grupo étnico que merece mejor suerte y más comodidades que los nicaragüenses, los mexicanos, los salvadoreños, o los haitianos. Para ello se invoca todo un pasado lleno de próceres y tradiciones humanistas, y se suele tomar el “milagro” ocurrido en Miami (de ciudad pantanosa a emporio turístico) como una prueba irrefutable del talento que llevan en vena nuestros compatriotas.

Lo del talento emprendedor de muchos, no lo cuestiono, pues ya a nadie se le ocurriría negar que hacia 1959 La Habana era, en términos arquitectónicos, una de las ciudades más atractivas de Latinoamérica. Pero también parece demasiado cierto que, a diferencia de otros emigrantes, los recién llegados recibieron un tratamiento especial por parte de las administraciones estadounidenses no porque los cubanos les parecieran a éstas superiores en el orden moral o físico, sino porque se trataba de un conflicto (la consolidación del comunismo en sus narices, y su posible propagación por la región) que necesitaba ser atajado a tiempo, en tanto afectaba intereses nacionales, es decir, la esencia misma del sistema económico que lo acogía.

Las primeras películas filmadas por cubanos (y/o sobre cubanos) en Miami, como era de esperar se apoyaban en una suerte de anticastrismo extático (por lo del éxtasis ideológico renuente a apreciar los matices) que corría el riesgo de convertirse en el opio del anticomunismo más monótono. No es que las cintas que se filman ahora en Miami no tengan un enfoque anticastrista (de hecho, en ocasiones resultan aún más acerbas que antes, porque con el medio siglo transcurrido, el resentimiento y las frustraciones también han crecido), pero a la confrontación ideológica con el régimen se ha sumado la autorreflexión de grupo.

El punto de giro tal vez esté en “El Super” (1979), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, el cual se apoya en la exitosa obra teatral de Iván Acosta. Si antes el discurso audiovisual de ese grupo de cubanos exiliados estaba encaminado tan solo a exaltar el pasado republicano (“La Cuba de ayer”, 1963, de Manolo Alonso) o denunciar la creciente “sovietización” del sistema (“Cuba, satélite 13”, 1963, de Manuel de la Pedrosa), con “El Super” comienzan a introducirse matices, y sobre todo, a caracterizar a una comunidad que no es tan monolítica como la pintan los medios oficiales de ambas orillas.

En este sentido, aquel encuentro de cineastas y críticos celebrado en Miami para mí fue bien revelador de las múltiples aristas que pueden encontrarse en ese grupo. Junto al discurso monocromático del exilio primigenio, pude encontrar las miradas de cineastas jóvenes, como Joe Cardona (“Bro”, “Water, Mud and Factories”), Bill Teck (“El Florida”), o Lisandro Pérez (“Más allá del mar”), por nombrar apenas algunos, mostrándonos una realidad mucho más compleja que eso que nos describen los periódicos.

No he podido ver aún “Paraíso”, de León Ichaso, otra cinta que me han comentado intenta dejar a un lado los estereotipos de siempre, para narrarnos una historia donde los protagonistas no encuentran en Miami precisamente un mundo mejor, sino tan solo diferente. Creo que algo de esto está en la mira de “Cercanías”, el filme de Rolando Díaz que saca a la luz un sujeto omitido con frecuencia en estos relatos: el compatriota de la tercera edad que pretende alcanzar el sosiego en una sociedad altamente competitiva.

Digamos que, en términos generales, Miami todavía funciona de acuerdo a la rígida dicotomía legada por la Guerra Fría (derecha vs. Izquierda; comunistas vs. anticomunistas). Pero en un plano más realista, esas bipolaridades (como en la vida misma), se extravían para dar paso a la interacción persistente. Lo que la política ha intentado establecer con pretensiones de inmutabilidad es replicado a diario por la fluencia de lo existente, que desborda con creces los intereses de los grupos dominantes.

Puede que en la misma medida que el cine realizado por cubanos en Miami tome conciencia de ello, el número de filmes con proyección universal (hablamos de una ciudad con vocación cada vez más aglutinante) comience a cobrar vigor. Porque se trataría entonces de un cine hecho por cubanos, pero no sólo para cubanos: un cine, a todas luces, post-nacional.

Juan Antonio García Borrero