Archivos Mensuales: agosto 2010

FIN DE TEMPORADA

Desde hace un tiempo estoy intentando ponerle al blog una pausa larga. Ahora aprovecho que ha llegado agosto (mes que suele asociarse con las vacaciones, el descanso), para hacer mutis por un período bastante extenso, en tanto debo concentrarme en varios compromisos aplazados. Sin embargo, la sección de los comentarios seguirá activa.

Mantener el blog durante todos estos años ha sido para mí un verdadero placer. Y una fuente sin par de conocimientos. Un experimento que me ha permitido romper muchas veces con las convenciones establecidas en el gremio. En ese sentido me siento un privilegiado, pues he tenido la oportunidad de ocuparme de algo que me permite disfrutar con su ejecución, aún cuando no obtenga remuneración alguna a cambio. Sobre todo me he sentido libre, y dueño de lo que hago.

Así son las cosas de la vida: conozco pocas personas que se sienten a gusto con lo que hacen todos los días, a pesar de que pueden ganar muchísimo dinero y lujos por esa vía. Lo hacen porque no les queda otro remedio, no porque sientan una necesidad íntima. No todo el mundo tiene la oportunidad de descubrir una pasión que lo salve de las fauces de la rutina.

No obstante lo anterior, creo que todo tiene su ciclo. Además de que aquí también lo multidimensional opera, pues aunque placentero, desde Cuba es una verdadera agonía mantener actualizado el sitio. No sólo por la desesperante lentitud de la conexión, sino por el hecho de que muchas veces se caen los enlaces.

Ya sé que esto que diré a continuación es un lugar común, pero no quisiera dejar de agradecer a todos los amigos que han convertido a “Cine cubano, la pupila insomne” en una página donde “la cultura del debate” sí es posible. En lo personal, he aprendido un mundo. Gracias de corazón por sus contribuciones, y ojalá nos veamos en una próxima temporada blogueril, para seguir hablando y debatiendo del audiovisual hecho por cubanos en cualquier época o parte del planeta.

Esto último (conversar sin ánimo de imponer petulantes protagonismos) es lo único que, en mi criterio, adquiere sentido en medio de tanta fugacidad generalizada. Reconozco que en los últimos tiempos me interesa menos la visión antropocéntrica de la vida, que la observación del lugar que ocupamos en el vasto universo. Creo que si atendiéramos más a las leyes de la Naturaleza que a los imperativos morales que inventan los hombres contra sus semejantes, nos sentiríamos más a gusto con nosotros mismos. Pues todo puede parecer vano si terminamos creyendo que son las glorias sociales, la fama, o las riquezas, lo que nos va a conceder el sosiego.

Los camagüeyanos tenemos una hermosa leyenda que resume con maestría este asunto. Basta entrar a la necrópolis de la ciudad y toparse con el célebre epitafio que evoca el final de Dolores Rondón, una hermosa mujer enterrada en 1863 en una fosa común, luego de fallecer producto de una epidemia de viruela.

Se dice que la Rondón despreció en vida el amor de un humilde barbero para casarse con un oficial español, y que fue el despechado fígaro quien después de muerta le construyó aquella inusual lápida con esta décima aleccionadora:

“Aquí Dolores Rondón/ finalizó su carrera, / ven mortal y considera/ la grandeza cuales son: / el orgullo y presunción/ la opulencia y el poder, / todo llega a fenecer/ pues solo se inmortaliza/ el mal que se economiza/ y el bien que se puede hacer”.

Juan Antonio García Borrero

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EDUARDO MUÑOZ BACHS

Ahora no alcanzo a precisar si fue para el Quinto Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica (celebrado en Camagüey en el año 1997), que le pedimos a Muñoz Bachs (Valencia, 1937/ La Habana, 2001) diseñara el cartel del evento.

Los recuerdos se me desdibujan. Por eso intento apresarlos en estas breves notas. Pescarlos en el río revuelto de esa desmemoria donde apenas sobreviven equívocas ganancias para los ingratos. Si, como es de lamentar, no existe en la ciudad un sitio en que puedan apreciarse las huellas físicas del homenaje al Taller de Camagüey de uno de los artistas gráficos más relevantes de Cuba, al menos quedarán estas evocaciones lanzadas al mar infinito de la blogosfera. Alguien (puede que los nietos de mis biznietos) quizás las retengan algún día.

Muñoz Bachs fue el diseñador del primer cartel cinematográfico realizado por el ICAIC para la película “Historias de la Revolución”, de Gutiérrez Alea. Con él comenzó esa fértil tradición del cartel cubano asociado al cine, a través de la cual el afichista se liberaba de la servidumbre comercial, para proponerse un arte gráfico verdaderamente revolucionario, a la altura de lo que estaba pasando por esa época en la sociedad.

Por una conmovedora evocación de su hermana Ana María Muñoz Bachs, sabemos que el padre de ambos era capitán del ejército republicano, y que tras la victoria franquista, había decidido refugiarse en París. “Mi hermano y yo nunca fuimos conscientes de cuántas vueltas dimos por el mundo”, nos expresa Ana María al describirnos ese agónico peregrinaje que los hizo conocer, no precisamente en forma voluntaria, lugares como Marsella, Antillas Francesas, Santo Domingo, y por último, desembarcar en Cuba luego de viajar los cuatro “en la bodega de un barco”.

Hay un dicho que asegura que el mundo es un pañuelo. Es solo un dicho, desde luego, pero no deja de resultar sorprendente cómo la vida, en ocasiones, proporciona coincidencias que nos obliga a pensar en la pequeñez del planeta como vecindario. Según Ana María:

“(…) Junto a otros republicanos españoles, nuestros padres idearon fundar una escuela en la provincia de Camagüey. La bautizaron “Ignacio Agramonte”, nombre del más ilustre patriota cubano oriundo de esa región. Abarcaba la enseñanza primaria y el bachillerato. El hecho de que fueran catedráticos europeos quienes formaran a aquellos alumnos tuvo un fuerte impacto, y la escuela-instituto alcanzó el éxito, pero la jerarquía eclesiástica tildó de comunistas a quienes eran personas de izquierda, y por tal motivo, en aquella provincia de fuerte catolicismo, la institución fracasó”. (1)

Al final renunciaron seguir hacia México, que se estaba convirtiendo en el lugar preferido de la comunidad de españoles exiliados. Se quedaron en La Habana, para comenzar otra vez desde cero: el padre, trabajando “bajo cuerda” como colaborador de una emisora, y la madre, dedicada a cuidar de los críos. Ambos resignados a olvidar los estudios de Filosofía y Letras cumplidos en la Universidad de Madrid. La vida típica de quien se ve separado de manera destemplada del contexto que lo vio nacer. Solo que esta sería una familia que no se habría de rendir ante las adversidades: el padre consiguió convertirse en autor radial exclusivo de Sabatés, S.A., encargándose de la exitosa serie “Tamakún, el Vengador Errante”, y la madre revalidar su carrera en la Universidad de La Habana, llegando a trabajar como adaptadora de novelas para la televisión.

Toda vocación artística siempre será un misterio, pero parece real que tener en casa creadores puede contribuir a liberar esas pulsiones. Por eso se entiende un poco mejor que un día Muñoz Bachs resolviera abandonar su tercer año de bachillerato, con el consentimiento de sus padres, y se dedicase a trabajar en el Departamento de Publicidad de la CMQ “haciendo telups, ilustraciones y caricaturas para la incipiente televisión que llegó a Cuba en 1950” (2). Más tarde, en 1957, pasa a la Agencia Publicitaria Siboney incursionando en el mundo de los dibujos animados, junto a futuros fundadores del Departamento de Animación del ICAIC (Jesús de Armas, Hernán Henríquez). Esos antecedentes facilitarían su ingreso a la primera institución cultural creada en marzo de 1959 por el Gobierno Revolucionario.

Los aportes gráficos de Muñoz Bachs a ese cine fundacional se hicieron rápidamente inconfundibles. Animados como “El maná” (1960), “La prensa seria” (1960), “El tiburón y las sardinas” (1962), o “Cuba sí Yanquis no” (1963), contaron con sus sugerentes trazos, y, como bien afirma la estudiosa Sara Vega, anticiparon algunas de las claves utilizadas por Bachs en su cartelística: “amplia gama cromática, dominio pleno de la ilustración y eficaz utilización del humor” (3).

Por otro lado, tenía el don de la creatividad insomne. Por eso explorar el conjunto de carteles diseñados por Muñoz Bachs significa asomarse a un amplio panorama de lo exhibido en Cuba, ya fuera producción nacional, o filmes extranjeros. Era un coloso del dibujo. Sin embargo, quien se topara por primera vez con Muñoz Bachs, e iniciara con él alguna conversación, difícilmente podría enterarse por boca de éste de la jerarquía artística que ha adquirido su desempeño dentro de la gráfica nacional. Al menos esa es la impresión que perdura en mí de nuestro único encuentro: un hombre modesto, demasiado modesto, que prefería hablar de lo que había visto de meritorio en los otros (sus influencias, quizás), antes que vanagloriarse de lo suyo.

Sin embargo, del elogio de los expertos no pudo evadirse. “Uno de los imprescindibles”, le ha llamado Sara Vega; “La mano izquierda de Dios”, le ha nombrado el también artista plástico hispano-cubano Rafael Morante. En sus numerosos carteles podemos verificar todavía la justeza de esos calificativos. Y suerte que tenemos un documental como “El cine y yo” (1995), de Mayra Vilasís, donde se le rinde en vida el homenaje que tanto mereció. Que sigue mereciendo.

Juan Antonio García Borrero

Notas:
1) Ana María Muñoz Bachs. “Evocación”. En “Imágenes de cine. Eduardo Muñoz Bachs”. Pentagraf Editorial, Valencia, 2007, p 28.
2) Ana María Muñoz Bachs. “Evocación”. En “Imágenes de cine. Eduardo Muñoz Bachs”. Pentagraf Editorial, Valencia, 2007, p 37.
3) Sara Vega. “Uno de los imprescindibles”. En “Imágenes de cine. Eduardo Muñoz Bachs”. Pentagraf Editorial, Valencia, 2007, p 51.

NOSOTROS, LOS CINÉFILOS MUERTOS

Otro amigo que abandona Camagüey. Otro aliado que se marcha de Cuba con lo de “salida definitiva” estampado en el pasaporte.

Anoche nos despedimos sin demasiadas formalidades. Me invitó al Café Ciudad, ese que abrieron en dólares frente al Parque Agramonte.

Me alegro por él. Lleva como diez años intentando reunirse con sus padres. Pero siempre surgía algún impedimento. Algún problema que la insaciable burocracia insular conseguía encontrarle a la posible solución.

A pesar de eso nunca perdió el humor, y ha sido uno de los que se alegra de los viajes que he tenido posibilidades de hacer. “Dios le da visa al que quiere amarrarse a este lugar”, solía decirme burlón, para enseguida preguntar si es verdad que París es como la anuncian, o si en Río de Janeiro la gente siempre está gritando, como en las telenovelas.

A mi amigo se le nota la felicidad en la cara. Pero es una felicidad rara. ¿Melancólica? Ríe azorado cuando saco a relucir mi impresión. Y suelta aquello de que no piensa echarle de menos a la ciudad. “Total”, remata, “esta ciudad tampoco me extrañará a mí”.

Sé que las cosas han cambiado demasiado desde que nos conocimos en nuestra primera juventud, y ambos nos dábamos cita en la Cinemateca del cine Guerrero. Ahora ya no hay cines en Camagüey. Y la Cinemateca es solo una impecable antología de epitáficas evocaciones.

¿Quién, después de haberlo leído, no recuerda para siempre aquel verso tremendo de Dámaso Alonso en el poema “Insomnio”: “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”.

Pues bien, según mis cálculos privados, Camagüey es una ciudad de más de un millón de cinéfilos muertos (una persona puede albergar dentro de sí varias generaciones de cinéfilos).

Mi amigo es uno de ellos: lo he visto pasar como un zombi ante ese camposanto simbólico que son las fachadas de los cines que alguna vez “fueron”, con lápidas modernas que divulgan las más extravagantes ocupaciones, en forma de carteleras escandalosamente mudas.

Supongo que lo mismo dirán de mí cuando camino por estas calles de Camagüey. O murmurarán de nosotros, los cinéfilos muertos.

Juan Antonio García Borrero

“HISTORIA DEL CINE” EN LA TELEVISIÓN CUBANA: JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ Y CARLOS GALIANO.

La formación de los críticos de cine en Cuba es autodidacta. Que yo sepa, hasta ahora no existe en la isla una carrera que, como la Teatrología, por ejemplo, permita adquirir conocimientos basados en un programa académico específico. Lo cual no quiere decir que no hayan existido (o existan) críticos excelentes, y con un nivel de comunicación envidiable.

No sé los demás, pero en mi caso me inicié en este culto a las películas escuchando a esos expertos en la televisión. Ver a Enrique Colina en “24 por segundo”, a Mario Rodríguez Alemán y Eduardo López Morales en “Tanda del domingo” (ahora tengo mis dudas sobre si Rolando Pérez Betancourt pasó por ese espacio), o a Antonio Mazón Robau en “Toma Uno”, resultaron estímulos inmejorables a la hora de adquirir esta adicción.

Uno de los programas que más me marcó fue “Historia del cine”, creado el 20 de agosto de 1973. No llegué a conocer a su fundador José Antonio González (fallecido en un lamentable accidente el 3 de septiembre de 1989), pero es sorprendente cómo perdura en mí el recuerdo de esa voz fluyendo con una facilidad tremenda, seduciendo ya no solamente por lo que decía (que a mi edad, era imposible entender en toda su profundidad), sino por las maneras en que lo decía.

Por una excelente entrevista concedida a Mario Piedra para la revista “Cine Cubano”, hoy podemos recordar aquel “espíritu crítico” que guardaba el propio José Antonio González hacia el programa. Según sus palabras,

“(…) crítico, pero no tan virulento. Simplemente objetivo. A Historia del Cine lo siento como algo mío y eso me parece natural. Ello no me impide tomar distancia y darme cuenta de sus (mis) insuficiencias, reiteraciones y, en algunos momentos, falta de creatividad e imaginación.

He discutido esto largamente con Galiano, quien ha venido al programa para quedarse y, de paso, resolverme graves problemas de tiempo que incidían en todo mi trabajo y prácticamente en el programa. Tal solución le ha dado estabilidad a Historia del Cine y creo que el sentido de organización y rigor de Galiano y muy especialmente su meticulosidad, ha rescatado para el programa un tono saludable. Claro que aún discutimos y tratamos de corregirle defectos. Nos hacemos muchas preguntas, por ejemplo, ¿cómo hacerlo más ameno y atractivo sin perder su perfil didáctico y la seriedad en el tratamiento de los problemas?

Siempre he creído que la crítica no puede ser un estado de ánimo o una reacción emocional, es y tiene que ser un método de trabajo y un principio para la vida”. (1)

Con Carlos Galiano, actual conductor del programa, sí he tenido la suerte de establecer una relación donde el afecto corre parejo con lo profesional. No importa que llevemos algún tiempo sin vernos: el afecto perdura. Y en mi caso, la gratitud también.

Con Galiano persiste el mito de su incorrupta parsimonia, que lo hace parecer, en medio de tanto cubaneo televisivo, todo un lord escapado de algunas de las películas que él mismo presenta (como si con cada aparición tuviese lugar la versión nacional de “La rosa púrpura del Cairo”). El propio Galiano le comentaría a Mario Piedra sobre la recepción de su imagen del siguiente modo:

“Es un problema de apreciación. Otros televidentes, cuando me conocen personalmente, me comentan que por televisión me veo más joven o más viejo, más gordo o más flaco, más alto o más bajito. Quizá esos a los que tú aludes, si algún día nos encontráramos, cambiarían de impresión… o confirmarían la que ya tienen. Lo que sí reconozco es que me pongo muy serio, lo que no es necesariamente sinónimo de “almidonado”. Te voy a contar algo. Periódicamente recibo cartas de dos televidentes que aún no he podido descubrir si sin reales o imaginarias y que se autodenominan “las jimaguas”. Las “jimas” –así firman- se entretienen en apostar entre ellas, en cada uno de los programas, a que si me sonrío o a que no. La que apuesta a que no, me dice que ha hecho una fortuna. La otra, no sé por qué insiste en seguir el juego. Temo que se arruine…”.

Yo he tenido la suerte de ver reír a Galiano mientras me habla de la vida y sus problemas (incluyendo al cine, que en todo caso es un falso problema, o si se quiere, un problema entretenido), y nunca he podido agradecerle del todo su desprecio al egocentrismo, no obstante saberse una persona “muy popular”. Quizás ese implacable consumidor de imágenes de televisión que somos todos, nos hace pensar que esa obstinada circunspección contradice la naturaleza más bien ligera de la televisión. Pero en mi criterio, hay allí un equívoco: cuando la televisión se usa para compartir sentimientos, no para imponerlos o lanzarlos al vacío como fatuos fuegos artificiales, “lo serio” termina aglutinando espectadores muy fieles.

Lo único que no le perdono a Galiano es que todavía se resista a publicar en forma de libro todos esos comentarios que desde hace años escribe para sus programas. Un día me mostró la loma de portafolios que contienen esas intervenciones que prepara con la meticulosidad de un relojero suizo: una enciclopedia descomunal. La verdad es que no sé cómo el ICAIC no le ha exigido –no pedido: exigido- la publicación de ese libro. ¿Tendrá idea Galiano de cuántos cubanos le agradecerían en un futuro haber custodiado las memorias de esto tan maravilloso y frágil que ha sido el cine?

Ojalá Carlos Galiano leyera esto y se entusiasmara de una vez. Tal vez lo estimule la propuesta y, una vez publicado el libro, hasta me invite otra vez al Loipa, y sigamos (como si no hubiese pasado el tiempo) con aquel almuerzo memorable donde un mediodía ya lejano hablamos del cine, de la vida, de la amistad, y de las caídas que, a pesar de todo, nos hacen reír.

Juan Antonio García Borrero

Notas:
1) Mario Piedra. “Cine del hogar”. Revista Cine Cubano Nro. 106, pp 73-74.
2) Mario Piedra. “Cine del hogar”. Revista Cine Cubano Nro. 106, pp 74.

Otras fuentes: “La tienda negra”, de María Eulalia Douglas

YOLANDA ARENAS, ACTRIZ

¿Alguien sabe qué fue de la actriz Yolanda Arenas, quién protagonizó junto a Sergio Corrieri el cuento “Los novios”, de Jomi García Ascot, perteneciente a “Cuba’58”? Según la revista Cine Cubano Nro. 2, procedía de la Academia Municipal de Artes Dramáticas; Teatro Estudio; el Ballet de Cuba, y el Ballet de Ramiro Guerra. Como experiencia se menciona el desempeño en piezas de teatro como “Rencor al pasado”, de Osborne, “Beatriz Cenci”, de Moravia, “Algo salvaje en el lugar”, de Williams, y “varias obras más, con Morín, Castro…”.

JAGB

REALENGO 18 (1960), de Oscar Torres

“El que quiera conocer otro país, sin ir al extranjero, que se vaya a Oriente; que se vaya a las montañas de Oriente donde está el Realengo 18… Que se vaya a Oriente, a las montañas de Oriente. El que quiera conocer otro país. Que monte en una mula pequeña y de cascos firmes y se adentre por los montes donde la luz es poca a las tres de la tarde y los ríos, de precipitado correr, se deslizan claros por el fondo de los barrancos, con las aguas frías como si vinieran del monte. (…) De los labios del propio Lino Álvarez recogí la Historia íntegra de las luchas por la posesión del Realengo 18; su aporte personal a las mismas; el relato de las celadas que le han tendido… El deseo ferviente de ellos de acogerse a la justicia y a la decisión final de hacerse la justicia ellos mismos, porque como dice él mismo con maravillosa certeza, ellos no le deben esta tierra más que al Estado y el Estado son ellos…”.

Quien escribe esto en 1934 es Pablo de la Torriente Brau, sensibilizado con un grupo de campesinos que, en las zonas montañosas de Guantánamo, han decidido enfrentar los intereses de poderosas compañías norteamericanas. En ese relato se inspiró el ICAIC para su cuarto material de ficción, el cual es dirigido por el dominicano Oscar Torres (fallecería unos pocos de años después), con la colaboración de Eduardo Manet. En la película se describen las demandas de los campesinos, pero a su vez se inserta el drama de Dominga, que tiene que lidiar con el conflicto de ver cómo su hijo decide integrar la Guardia Rural que los reprime.

Desde el punto de vista técnico la película tiene muy poco que aportar. No es lo estético lo que persigue, sino la descripción de ese ambiente donde un grupo de personas deciden reclamar su derecho a la no humillación social. El planteamiento dramático tampoco es demasiado profundo, en tanto se contenta con el dibujo epidérmico de las disparidades sociales (narradas desde un solo punto de vista), sin adentrarse en complejidades que el cine posterior de un Glauber Rocha, por ejemplo, no dudaría en llevar a la pantalla con su “estética del hambre”.

El instante, desde luego, respondía a un claro propósito reafirmativo. El Gobierno revolucionario había comenzado a promulgar leyes dirigidas a beneficiar a los antiguos desposeídos (como la Ley de Reforma Agraria), por lo que el ICAIC había puesto buena parte de su naciente producción en función de legitimar audiovisualmente cada una de esas medidas, ya fuera con la exaltación explícita del nuevo régimen (“Sexto aniversario”/ 1959, de García-Espinosa, “Cooperativas agrícolas”/ 1960, de Manuel Octavio Gómez, “Asamblea General”/ 1960, de Gutiérrez Alea, o “El Maná”/ 1960, de Jesús de Armas), o destacando las injusticias del pasado (“Tierra olvidada”/ 1960, del propio Oscar Torres).

Ficha técnica:

REALENGO 18 (1961)/ Productor: Amaro Gómez, Jorge Rouco/ D: Oscar Torres, con la colaboración de Eduardo Manet/ Asistencia de dirección: Rigoberto Águila/ G: Oscar Torres/ Fotografía: Harry Tanner, Jorge Haydú, Ramón F. Suárez/ Cámara: Derbis Pastor Espinosa/ Música: Leo Brouwer, Enrique Ubieta/ Edición: Julio Chávez, Amparo Laucirica/ Sonido: Eugenio Vesa/ Intérpretes: Teté Vergara, René de la Cruz, Pablo Ruiz Castellanos, José Antonio Rodríguez, Ester Guerra, Rita Limonta.

Sinopsis: Un grupo de campesinos de Realengo 18 deben enfrentarse a la codicia de una compañía norteamericana que pretende desalojarlos del lugar. Una de las campesinas tendrá que lidiar con el conflicto de ver cómo su hijo se une a la guardia rural que los reprime.

TITON EN LA HABANA, A SU REGRESO DEL FESTIVAL DE KARLOVY VARY, DONDE HABÍA PRESENTADO “LA MUERTE DE UN BURÓCRATA”

“Me entregan una planilla en el avión donde se me pide una serie de datos personales. La lleno cuidadosamente. Nos reciben en un salón cerrado con una mesa por la que vamos desfilando uno a uno los pasajeros. Nos revisan los documentos (pasaporte, planilla, etc) y nos registran en una lista y nos ponen cuños en nuestros papeles. Después nos hacen pasar a otro salón donde hay otra mesa en la que otro funcionario revisa cuidadosamente todos nuestros papeles y nos registran en otra lista y nos hacen llegar a un mostrador donde otros tres funcionarios uniformados realizan la última parte de la tarea de recibimiento y control de pasajeros. Aquí estos compañeros me dicen que tengo que empezar otra vez por el principio pues la planilla que me dieron en el avión no era la que me correspondía por mi condición de cubano.

Me dan otra planilla. Parece que la burocracia tiene también medios de vengarse de uno. Queremos tomar esto con una sonrisa de comprensión y no darle mucha importancia, pero no podemos”.

Tomás Gutiérrez Alea

MEMORIAS DE LA PRIMERA MUESTRA DE AUDIOVISUAL JOVEN

Me ha costado un trabajo enorme encontrar, entre tantos papeles viejos, estas notas escritas por tres realizadores cubanos para la Primera Muestra del Audiovisual Joven, celebrada en La Habana en el mes de octubre del año 2000.

Si las cuelgo ahora en el blog no es sólo porque me parezcan valiosas desde el punto de vista histórico e intelectual, sino porque me ayuda a saldar en parte una deuda que me hacía sentir bastante mal. Y es que esas reflexiones fueron entregadas por sus autores con el fin de publicarlas en forma de Memorias.

Ya he escrito otras veces en el blog que tuve la suerte de organizar aquel primer evento, gracias a la confianza depositada en mí por Senel Paz y Omar González. Aquella primera Muestra (que como antecedentes contaba con encuentros similares organizados por la Asociación Hermanos Saíz de la mano de Jorge Luis Sánchez, entre otros) tenía el propósito de estudiar qué estaba pasando con el audiovisual cubano más allá de la industria.

Como podrá advertirse en estos tres escritos, los jóvenes acudieron a la cita con una mezcla de esperanza y reservas críticas. Pienso que estas notas pueden ayudar a reconstruir el ambiente, a entender un poco mejor qué es lo que se estaba pidiendo. Pero como dije, ya en el plano personal, si bien con bastante tardanza, cumplo con aquello que en su momento prometí como organizador, y que a ciencia cierta ignoro por qué no pudo cumplirse: la publicación en forma de Memorias de estos textos (faltan otros) junto a la transcripción de los debates.

Juan Antonio García Borrero

UN CINE JOVEN CUBANO. ¿UN CINE JOVEN CUBANO?
Por Leandro Martínez Cubela

Hablar de un cine joven en Cuba es como hablar de la presumible existencia de vida en Marte. Dos claras evidencias apuntan a creer en esta afirmación: la primera es la no-existencia de un número suficiente de películas que confirmen su presencia. Las breves excepciones no hacen más que dibujar con claridad el abismo circundante entre ellas. Islas en la desolación. Y la segunda evidencia es la no existencia de una generación de cineastas definidos por un discurso estético y conceptual común. Lo cual no significa que no existan creadores, personas concretas, con voluntad de hacer un cine distinto. Pero la diferencia entre estos realizadores lejos de apuntar a la riqueza que aporta la diversidad, acentúa su aislamiento como generación.

No estamos en presencia de una generación compuesta por personas de la misma edad, o de un grupo de realizadores cuyas obras agrupan rasgos similares, sino una generación básicamente de los que esperan. Y quizás este sea el común denominador de esta generación. Una generación de creadores de todas las edades, detenidos en un limbo productivo ante una industria hermética y por demás única, esperando esa oportunidad que se anhela y no llega, esa oportunidad que se sueña y no se alcanza.

Su organización como fenómeno es caótica, y su presencia como cuerpo en la cultura es amorfa. La praxis de este grupo está mediatizada por concesiones de todo tipo. Fundamentalmente se cuentan las urgencias económicas y el enfrentamiento ante el ejercicio desmesurado de una censura oficial fundamentada en la superstición y no en el criterio. El resultado es que esta supuesta nueva y joven generación de cineastas cubanos está más unida por sus miserias, necesidades, angustias, ahogos e incomprensiones que por sus intereses.

¿Qué necesitamos como generación? En primer lugar un espacio y un espacio para la variedad. ¿Contra qué estamos? Contra la pobreza narrativa y temática que parece haber colmado el cine cubano como una enfermedad crónica. Contra la ausencia de personajes, nuestras películas siempre se hacen con los mismos personajes y en las mismas situaciones. Contra una dramaturgia maniquea y superficial imperante. Contra la falta de profundidad a la hora de abordar la realidad y al ser humano. Contra una mirada complaciente que ha convertido el humor en una mueca que lejos de polemizar con zonas y aristas candentes de la sociedad limita su comprensión. Contra una risa que amordaza y no libera. ¿A qué aspiramos? A devolverle al cine cubano la audacia formal y temática de otras épocas, y así ponerlo en sintonía con lo que se hace en el mundo. ¿Qué podemos ofrecer? Nuestra pasión, nuestro esfuerzo, nuestros sueños… nuestra mirada.

No se puede pensar en el desarrollo de una industria cinematográfica nacional sin el desarrollo de su talento joven. No se puede aspirar a un gran salto en este sentido si no se le permite a estos creadores acceder a la realización, si no se da curso a esa posibilidad. Es deuda y pecado de la industria no instrumentar mecanismos con ese fin. En otros años el Noticiero ICAIC fue la escuela de muchos realizadores que tiempo después demostraron su valía y fueron representantes del cine cubano. El fin de esa experiencia cerró la posibilidad de formación de muchos otros, al tiempo que la industria perdió una vía a través de la cual nutrirse. Su quizás inevitable desaparición no justifica que no se hayan encontrado otros mecanismos con igual propósito.

Es necesario que las instituciones, organismos o personas a los cuales corresponda resolver este dilema, entiendan que el mejor modo de afirmar nuestra existencia como creadores, acaso como generación, es con obras y no con palabras. En oportunidades y no en promesas. En el acceso a la posibilidad de concretar en proyectos esa nueva mirada que identifique este tiempo, nuestro tiempo. Un tiempo que por derecho natural también nos pertenece.

10 de octubre de 2000.

APARENTE INDEPENDENCIA
Por Aarón Vega

Cuando apenas tenía doce años llegó a mis manos una camarita de 8 mm. Para mí fue una gran sorpresa. Hasta ese momento, en que comenzaba mi acercamiento real al cine, las cámaras eran sólo artefactos inalcanzables y los camarógrafos “buenas gentes” porque me dejaban mirar por el visor de ellas, aunque no sé si era por ser el hijo del director o porque disfrutaban de mi precoz interés cinematográfico.
Comencé a buscar dónde y cómo podía echar a andar aquel aparatico.
Por aquella época comenzaba a organizarse la Asociación Nacional de Cine Clubes y me vinculé a las sesiones realizadas en la Casa de la Cultura de Plaza donde se proyectaban y debatían los trabajos realizados por diferentes grupos, que cada cual defendía posiciones estéticas y artísticas, en ocasiones opuestas, pero jamás indiscutibles. Sin hacer del pasado el paraíso recuerdo esta época como algo alentador y creativo. Las personas de allí se reunían, compartían trucos, secretos, innovaciones y, aunque jamás terminé una película, nunca me quitaron el aliento ni la palabra.

El negativo 8 mm comienza a desaparecer y el video hace su tímida entrada. Las primeras cámaras no son de muy buena calidad pero intentamos hacer algunos documentales, que no se terminan por no contar con la técnica adecuada de edición, y hasta soñamos con producir un largometraje de ficción donde se intentaba contar la problemática de los jóvenes estudiantes del ISA, que como podrán imaginar tampoco llegó a feliz término. Toda una etapa hermosa, sin dudas, que nos sirvió a muchos como taller para aprender en la práctica cómo se hace cine y la necesidad de encontrar financiamientos para llevar a cabo cualquier tipo de proyectos.

El espacio abierto por el Taller de Cine de la AHS fue punto de buenas producciones y debates. En la Muestra de Cine Joven se presentaba todo lo que se producía. Imbuido por todo este movimiento y con la ayuda incondicional de familiares y de la Escuela de cine de San Antonio, logramos hacer nuestros primeros trabajos. Desde ese momento comencé a considerarme un cineasta independiente.
Desgraciadamente el término independiente se ha utilizado para definir a gente que está fuera de la industria, gente que no necesita del sistema y que viola lo establecido. A pesar de estar representados por el MOVIMIENTO NACIONAL DE VIDEO, en algunos casos, y en otros por la ASOCIACIÓN DE PUBLICISTAS Y PROPAGANDISTAS DE CUBA, los trabajos asumidos por los grupos independientes están envueltos en una nebulosa de ilegalidad, provocando en nosotros una extraña sensación ambigua. Esto se debe, a mi juicio, a que estas instituciones no han conseguido el status legal necesario para darnos un apoyo real y por lo tanto nos hace perder credibilidad, tanto con el cliente como con la industria, que nos mira como si lo que ella representa fuera todo lo contrario a lo que nosotros hacemos.

Un punto importante en esta discusión es entender que los independientes cubrimos un segmento de mercado que las instituciones que producen audiovisuales en Cuba no alcanzan por cuenta de la misma infraestructura que tienen creada para producir. Se sabe que muchos clientes pequeños no acuden a dichas instituciones para realizar su publicidad por un problema de precios. Por lo general sus presupuestos son bajos debido a que no se encuentran los canales de distribución para su proyección final. Prefieren, entonces, destina el presupuesto global hacia otros rubros que sí tienen una publicación. Un ejemplo de todo esto lo constituye unos spots de 30 segundos, que realizó Luz Brillante y que el cliente encontró donde ponerlos cuatro años después de terminados. Justamente por no tener creada una gran infraestructura de producción podemos ofrecer precios más competitivos a estos clientes, pero en realidad estamos actuando como una especie de puente entre la industria y este cliente, porque es en la industria donde encontramos el equipamiento necesario para realizar estos proyectos.

Si esto es cierto no se entiende por qué la industria no se acerca más a nosotros si todo parece indicar que resolvemos un problema. No se quiere decir que la industria se ha mantenido ajena a nuestro trabajo. En ocasiones hasta ha trabajado conjuntamente con grupos independientes.

Pero, en general, la industria no siempre sigue la misma política con los proyectos de estos grupos. En el mejor de los casos sentimos que nos están haciendo un favor cuando acudimos a ella, ya como clientes, y lo peor es cuando intentan ponernos precios como si fuéramos una gran producción foránea. Esto ha sido cuestionado por todos nosotros. Se puede decir que se ha especulado bastante sobre este tema. Las respuestas a estos cuestionamientos no han pasado de ser conjeturas y el pasillo ha sido la triste tribuna que hemos encontrado para reflexionar. En primer lugar pensamos que la ya mencionada falta de credibilidad pudiera ser una de las respuestas y una segunda pudiera ser la falta de control aparente que se tiene sobre los proyectos que realizamos.

Es cierto que no existe una estructura oficial donde se controle nuestro trabajo. Sin embargo, estos trabajos de alguna manera pasan por un filtro invisible e intangible que comienza por nosotros mismos. Es ahí donde radica nuestra responsabilidad profesional porque no somos “los mercenarios del mercado”. Si los plásticos, músicos y hasta escritores hacen su trabajo de manera independiente, regidos, claro está, por instituciones oficiales que los representan, es injusto que los cineastas no podamos trabajar del mismo modo sólo porque necesitamos un poco más de artefactos para ello. Peor aún es que se tome esta necesidad como el modo de controlar nuestros proyectos convirtiéndose, en un triste chantaje solapado.

Podríamos decir que esta es una parte del problema. La otra cara de la moneda son los proyectos que realizamos “Por Amor al Arte” y que por lo general son los llamados a tener una verdadera trascendencia porque, en definitiva, son los que necesitamos hacer. Comprender este hecho es clave; un artista no hace su obra para sobrevivir. En tiempos del Taller de Cine de la AHS, donde se producía la idea que tenías y la economía no era lo más importante, se lograron verdaderas rupturas conceptuales y estéticas con respecto a la industria. El desenfado y libertad con que se asumían los proyectos es tristemente poco visto en la actualidad. Pero quien sostenía este movimiento era la industria porque en ningún otro lugar estos cineastas hubieran encontrado lo necesario para sus producciones, aunque no se puede asegurar que la industria tuviera una seria conciencia al respecto. La realidad es que existió pero también es cierto que hay toda una generación de cineastas jóvenes que no conocieron este fenómeno y mucho menos lo disfrutaron.

Los tiempos cambian pero la necesidad creativa de comunicación es algo que no dejará de existir, a menos que nos lo propongamos. La mayoría de todos nosotros comenzamos a hacer cine en tiempos difíciles, económicamente hablando, y no quedó otro remedio que buscar y encontrar alternativas para nuestra producción. En este caso pienso que la industria no ha jugado el papel que debe como responsable del futuro audiovisual de la isla. Los canales que están establecidos no funcionan bien por cuenta de no existir un verdadero diálogo entre nosotros y ellos. No podemos ser tratados, ni medidos por el mismo rasero que productores extranjeros a los que se les brinda los famosos servicios de producción. Siempre digo que si “El último poeta” hubiera esperado por la industria jamás se hubiera realizado. Se sabe que la industria está siempre predispuesta con este tipo de proyectos porque alegan que no tendrá recuperación. Todo parece indicar que los documentales tienden a desaparecer en Cuba mientras que en el mundo entero se siguen produciendo. Un dato curioso, en el documental mencionado, es que no solo encontramos la manera de producirlo sino que además encontramos el modo de recuperar lo invertido.

La industria tiene la obligación de aportarnos sus experiencias siempre y cuando no estén basadas en estereotipos y predisposiciones. También debe asumir nuestras experiencias positivas. Se podrían poner ejemplos en que, a nuestro juicio, las posiciones de algunos funcionarios de la industria cubana audiovisual, en defensa de extrañas estructuras, han puesto en peligro la realización de un trabajo que más tarde ha demostrado ser una buena obra. Culpables o no, esto generalmente sucede cuando no se quiere asumir nuevas maneras de hacer y cuando no se reconoce que estos nuevos modos son el resultado de una etapa muy bien conocida por todos.

Es obvio que se impone un cambio en la manera de vernos. No se trata de que nos incorporen en extensas nóminas, sino, sencillamente, que se dialogue de igual a igual. No es secreto que el país se encuentra recuperándose económicamente y la industria cinematográfica no está fuera de esta recuperación. Aprovecharla con nuevos conceptos sería lo más inteligente, sin intentar dinamitar de golpe estructuras creadas hace muchos años, que provocaría un verdadero desastre.
Si la industria es responsable del futuro audiovisual de la isla, nosotros también lo somos. Sin intención heroica estamos obligados a defender este futuro. Es por ello que seguiremos haciendo y buscando alternativas diversas que nos permitan expresarnos de manera honesta, y a la industria no le quedará otra alternativa que darnos todo el apoyo necesario.

Oct-2000

HABLEMOS DEL CINE
Por Lester Hamlet

1.
Hablemos del cine. Del hoy del cine.
Arte superior y que brinda eternidad, arte magia que rogamos nos acoja, arte sin piedad ni susurro.
Hablamos del sueño que traducido en luz, linterna, cañón, mordaza, nos mejora.
Historia del hombre, sus códigos y espacios.
Imágenes que se apresuran a estar y seducir. Historia del mundo.
Ritmo, oscuridad, encanto, sed.
Silencio en la sala, inquietud en la silla.
Miradas todas a un lugar común.

2.
Un siglo termina, y tiene entre sus mejores huéspedes a los artistas del cine, directores de cine, cineastas, productores; descubriendo, más cercano a sus finales también, una forma no menor de imágenes y sonido, el video. Definición que se reconoce y nos acoge, no como soporte sino como posibilidad de sueño. Hecho, fragmento, manera de entender y hacer el arte y desde él comprender la naturaleza humana de las cosas.
Pido pues, que al pronunciar “cine”, entendamos imagen, sin distinción racial a los soportes. Entendámoslo como arte de la imagen en movimiento. El que nos toca defender. El empeño. Pantalla, ojos y manos.
No hablemos del cine que compone historias distantes y sin compromiso, sino de ese que por veraz se hace palpable y devuelto arte sacude y reflexiona.
Hablemos de ese conjugar imágenes y sueños, -inevitable captura del recuerdo-. Tristeza, alegría.
Placer al desgarrarse, al morir reinventando, desde la soledad, juegos y ternura.
Hablemos del arte que desde el inicio hasta siempre intenta el placer lúcido de desnudar la vida para entender, de su piel, los poros.
Y hablemos así, de la isla que ha sabido contar su historia y sus revoluciones, la que poseemos en el acto mismo de la entrega, y que en cada esquina muestra una historia.
Isla nuestra que también se queja y reclama nuestros ojos para mejorarse, para no perderse en lo inevitable del olvido que los ojos no perpetúan.
Isla que se sabe historia y leyenda de arcilla y tierra fértil.
Isla nuestra, y cine, por nacional vivo, nuestro y así de todos.

3.
Antes, cuando más que amar admiré nuestra pantalla, aún sin saber lo que era, entendí mi historia en las imágenes, la de los maestros, la que prefiguraba el entorno y lo devolvía inexacto y tangible.
Hoy, admirado y amante, sintiendo que no quiero en mi vida más que imágenes y sonidos me enfrento a la pantalla siempre, con la ilusión esperanzada de que alguna vez la teñiré con historias de agua, isla, ciudad por la que transito. Realidad vital que nos conforma.
Antes, cuando los maestros definían con la conciencia alegre y la patria en paz nuestras sonrisas, creía en la pantalla. Lo que a mis ojos llegaba era verdad, lo que escuchaba era mi historia, los que sonreían o lloraban éramos nosotros mismos, que convertidos en personajes provocábamos las más limpias ideas, los más auténticos sueños, ansias… lo mejor de tanta historia.
Pero el tiempo pasa –ha pasado, siempre ocurre-, y los moldes envejecen, las estructuras no exploran posibilidades, y este arte necesita como todos revolución y tiempo, adaptación y respiro, verdad y clemencia.
Tal vez reevaluar el concepto de arte dentro de la sociedad no sea suficiente, tal vez la libertad expresada y el anhelo, no sean tampoco capaces ante tanta ausencia.
Vivo creyendo que más que lujos, este arte nuestro hoy debe mostrar verdades, sin edulcorar derrotas ni sobresaltar triunfos, sin obviar que mucho se hace y está bien, pero doliéndonos por nuestra propia voz.
A un buen Dios no le satisface que su historia la cuente solo aquel que de lejos valora la epidermis del problema, que no lo sufre, que guarda la cámara al final para buscar con intención foránea otra historia de brujas.
Baste entonces saber que no está solo este arte que aquí nos une, ese Dios que en un buen guiño nos saluda y se lamenta por tanto desgaste inútil, por tanta necesidad de historias que nos eduquen y aclaren la existencia.
Sé que los novísimos, como escuché nos llaman (al estilo tal vez de la trova o la danza), somos varios, muchos. Sé también que el nombrarnos “jóvenes” no es buen síntoma, que enmarcarnos no pasará nunca de un esquema y que mirar nuestra descalcez desde la sapiencia no aportará mucho a nuestra historia. Historia que se inicia ya en la carrera por alcanzar con nuestra esencia la pantalla.
Empieza un ciclo vital en la vida de todos los que ansiosos esperamos por la bondad de una aprobación institucional.
La vida no es espera ni quietud.
Tenemos ahora un camino que recorreremos, cuestionándolo todo día a día, preguntando cada despertar si fue el sueño o si la vida.
Tendremos suerte o no.
Muchos, antes también, la han o no tenido, y eso es la historia, la inquietud que este oficio supone, su eterno retar y superar, del infinito auténtico que dominará nuestra creación.

4.
Los jóvenes están allí, estamos. Trabajamos y estudiamos en función de otorgar vida a nuestra casa, nuestro cine, nuestro anhelo.
Somos más cada vez. La pluralidad es el signo de esta época que no cree en censuras ni en silencio. Somos muchas cabezas, y ninguna semejante, y esa es una de las virtudes con las que aprenderemos a vivir desde y para siempre.
Van quedando atrás los tiempos en que todos fueron autodidactas eternos de un juego en el que se comprometían leyes y vida.
Gracias a ellos hoy pensamos y soñamos todos con historias y encuadres, aunque soñar no baste, ni alcance el sueño para lograrlo.
De nada valdrá la ilusión si no se abre la ventana, si no se acciona el arma que propicie el desenlace.
Los jóvenes están allí, estamos, y pedimos se nos observe, nos permitan enseñar nuestras historias y leyendas.
Estamos.
Muchos en espera de la inserción o el salto, anhelando otros proyectos en los que participar, deseando algunos abandonar el anónimo de la independencia, jugándonos la vida en cada plano, agonizando, disfrutando de la torpeza en que esta ansia nos entrena, pero todos allí, aquí, vivos y conscientes de lo que podemos. Tal vez hasta con miedo, pero solo al riesgo.

5.
Una industria no es solamente la producción cinematográfica.
También sus pasillos cargados de historia, el recuerdo de los colaboradores, su universo desmedido; por suerte los novísimos no solo son realizadores, sino también productores, diseñadores, músicos, críticos (sin ellos, nosotros, el edificio no estaría en paz).
Ningún acto de creación es tan poco personal y angustiante.
Es de las cosas de la vida que no se pueden hacer a solas, de ahí que esta generación dedicada a la creación audiovisual, sabemos, traerá consigo todo un despliegue de nuevas maneras de entender y hacer arte de las imágenes y el sonido.
La industria debe también estar preparada para ello, para exhibir a los colaboradores eventuales que junto a nosotros desarrollen espacios de su arte.
La industria entiende, lo ha hecho siempre.
Sabe que la espiral de la existencia es evolutiva y ascendente. Nuevas tecnologías ya dominan la mente del mundo, la rapidez es signo de esta época que nos toca, así el ritmo es cada vez más vital, cada vez más mente joven anda a pasos largos, y nuestra industria no será menos.
Nunca ha sido así.
Ahora tampoco.

6.
Quién va a escribir la historia, ahora, cuando lo que se pudo aprender, lo que está ocurriendo importa a cada vez más mentes. Ahora que este sentido de la vida que es el cine nos toma por sorpresa con nuevo olor a técnica estrenada y por descubrir.
Y todo por ese buen Dios que nos guiña un ojo y nos saluda: el cine.
Admirado y temido. Cada vez con nuevas formas y secretos, pero siempre con el hombre en el centro, siempre con alma y el aviso de un ciclo que se cierra, y otro que abre paso.
Un proyector, una sala oscura, vacía en apariencia.
Una pantalla se tiñe y las mentes abren paso a las alas.
Es el momento. Tras colores, sombras, historias y personajes se esconde el hechizo.
Ojalá y para siempre el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos exista. El nuestro. El que de tanto cuidar celamos, el que signifique a nuestros hijos el recuerdo, el que supo transitar entre gardenias y patria, el que nos confirma y aprueba.
Ojalá siga existiendo como el arte que ha sabido también ser y no la industria, o tal vez.
Ojalá nuevas mentes le permitan existencia y perdurabilidad.
En ello confío, reposo y tiemblo.
Nuestra historia lo necesita, y también nosotros, los que desvelo a desvelo queremos contar nuestra época, traducir nuestro entorno, recuperarnos y despertar cada día con la cabeza llena de sueños y música.

7.
En unos meses el siglo abrirá finalmente las puertas y cruzaremos el umbral todos, con ansia y desconcierto.
En unos meses todo será mejor, quedarán atrás reproches y dudas.
He allí la puerta, las personas y las ansias.
Queda espacio para pensamientos y definiciones.
Los jóvenes, los que confiamos y vivimos dentro de estas costas estamos allí, aquí, en espera de que el buen Dios nos abrace, ese buen Dios que, seguro, avanza hacia nosotros, convertido en luz, linterna, cañón, mordaza, y en su afán por hacer mejores las sonrisas, nos alerta.

Viernes, 27 de octubre de 2000.

MIAMI

1.
No he podido retener demasiados recuerdos de la primera vez que estuve en Miami. Apenas un par de fotos con una colombiana a la que vi entonces por primera y única vez. Su hermana la había llamado desde Los Ángeles para que me sirviera de cicerone en una ciudad donde yo tenía centenares de conocidos…, pero ningún teléfono a mano. Y solo seis o siete horas para recorrer algunas de sus calles.

Sucedió que aquel año (noviembre del 2002) estuve en Miami por puro azar. La investigadora Laura Podalski me había invitado a hablar sobre cine cubano en la Universidad de Columbus (Ohio), y de paso, participar en un encuentro académico en Denver. El itinerario era bastante extravagante, porque tenía que hacer escala como en siete aeropuertos distintos. Catorce aviones (siete para allá, siete para acá), en menos de una semana, no sé si será un récord, pero como promedio es de vértigo. El colmo es que en la escala Miami-La Habana debía esperar hasta el día siguiente, pues esa noche no volaba nada a Cuba. Me hospedaron en un hotelito modesto, pero con vista al mar. No me quedé con esas tarjetas donde figuran el nombre y los teléfonos del hotel, y ahora es solo el resbaladizo recuerdo de una cama donde quedé rendido mientras miraba una televisión empeñada en aburrirme veinticuatro veces por segundo.

He revisado las fotos de aquella ocasión. Allí estoy yo, con el famoso “parque del Dominó” a mis espaldas, y el bullicio de la gente que pone de modo aparatoso una ficha en la mesa, y aprovecha para gritar con eufórica rabia algo sobre Cuba, sobre lo que dejó atrás, sobre lo que le quitaron, sobre los que todavía mandan. O me veo tomando café en algún timbirichi de la Calle 8, al lado del Tower Theater. ¿Qué iba a pensar yo que tan sólo un año después estaría justo en ese local, participando en un encuentro organizado por el Miami Dade College, para hablar de “cine alternativo en Cuba”?

La idea del evento fue del crítico Alejandro Ríos, a quien tengo entendido le interesó el término que en algún momento esgrimí (“cine cubano sumergido”) para hablar de esa producción audiovisual que no pertenece al ICAIC y apenas se ve, y que sin embargo, existe. Ríos tuvo la gentileza de cursarme una invitación con el fin de que participara en las sesiones teóricas y exhibición de materiales, y de paso presentar algunas de las investigaciones que me habían publicado. Este último gesto lo recuerdo con mucha gratitud, porque ha sido la única vez que la “Guía crítica del cine cubano de ficción” ha tenido una presentación pública en alguna parte, pese a que en su momento le concedieran en Cuba un Premio de la Crítica Literaria.

Aquellos fueron días asombrosamente bucólicos, si se toma en cuenta de los debates entre cubanos no suelen ser casi nunca serenos (mucho menos en Miami). ¿Un armisticio intelectual? Puede ser, pero como investigador agradecí el coloquio en tanto me permitió aproximarme a esa producción audiovisual que han hecho los cubanos más allá de la isla y la industria, y gracias a esos intercambios pude iniciar un proyecto que tres años después terminaría en un libro. Curiosamente tampoco recuerdo el nombre del hotel donde fui hospedado, aunque sí la cercanía de la playa, el murmureo imborrable de las olas en medio del silencio de la madrugada.

Hasta aquel hotel me fue a ver un amigo de la primera juventud que había llegado diez años atrás a Miami como balsero. Me alegró verlo, aún cuando no estuviese en el mejor momento de su vida: acababa de perder a su novia, quien se había suicidado con una pistola que nunca supo de dónde ella sacó.

En la versión que mi amigo tenía de Miami no se adivinaba resentimiento alguno hacia la ciudad, pero tampoco se advertía un entusiasmo demasiado grande a la hora de describirla. Sencillamente se había acostumbrado a sobrevivir en ella, y no había tenido tiempo de “aprovecharla”. Tampoco se quejaba de ser una suerte de hombre invisible en este drama donde aparentemente solo existen los cubanos que más alto griten que están a favor o en contra del régimen de la isla. Seguía en la misma rutina que tenía en el lugar que lo vio nacer: “luchar” para poder respirar, al precio que fuese necesario (a veces, admitió, no de las maneras más amables).

Recuerdo que aquella noche mi amigo llevaba un libro de Dostoiesvki en sus manos. Lo vi alejarse del hotel en la madrugada. El imparable parloteo de las olas me hizo sospechar que volvía a esa balsa de la que quizás, por lo menos mentalmente, todavía no había descendido.

2.
Sería interesante estudiar en algún momento de qué modo ha representado el cine esta relación de los cubanos que salen de la isla en busca de libertad con Miami. La gran industria nos ha brindado películas como “Scarface”, “Los reyes del mambo”, o “The Family Pérez”, pero intuyo que allí hay más brocha gorda que matices (sobre todo de orden psicológico). Mi pregunta es, ¿más allá del enfoque político ha existido en ese cine (hecho por cubanos o sobre cubanos) una mirada como la de Guillermo Rosales en la literatura?, ¿o como la de Reinaldo Arenas, hipercrítica con el gobierno cubano, pero igual de mordaz con las zonas oscuras de ese exilio al que fue expulsado?

La relación de cintas con tramas que involucran a cubanos en la llamada “Ciudad del Sol” es bastante amplia. Como no las he visto todas, me cuido de emitir algún juicio generalizador. Tan solo me referiré a algunas que han llamado mi atención por el modo en que reflejan el impacto que ha tenido en la comunidad cubana que reside en esa ciudad, el diferendo político que desde 1959 viven entre sí cubanos de diversas ideologías, pero también los gobiernos de Cuba y Estados Unidos.

La película que inaugura el ciclo es la norteamericana “We Shall Retun” (1962), de Philip Goodman, con César Romero en el protagónico. Se trata de una cinta fallida en términos estéticos, trasnochada en el planteamiento que hace de una trama llena de lugares comunes (tómese en cuenta que para entonces estaba en pleno apogeo la modernización del lenguaje cinematográfico), pero que como antropología visual sí ofrece puntos de interés.

En primer lugar, porque ayuda a matizar un mito generalizador a través del cual se piensa que todos aquellos que buscaron refugio político por esas fechas en el sur de La Florida, encontraron un paraíso. Es real que a ese lugar huyeron personajes acaudalados que apoyaron antes de 1959 al régimen batistiano y ahora fomentaban la contrarrevolución rotunda, la cual incluía todo tipo de acto violento: a la violencia revolucionaria se le opuso con un celo milimétrico la violencia contrarrevolucionaria. Pero una cosa es lo que en términos generales de “Política” pueda afirmarse, y otra es escrutar en ese infierno tremendo que es la vida cotidiana de cada individuo que ha padecido esas “Políticas”: “We Shall Return” es bastante elocuente en ese sentido, pues con independencia de esos personajes estereotipados que tienen como fin justificar por todos los medios “un mensaje patriótico”, hay escenas que nos van rescatando a un Miami que entonces no era la ciudad turística que es hoy, sino una suerte de pueblucho de veraneo sin otros atractivos que las playas y el clima.

Una secuencia reveladora es aquella donde el personaje de César Romero (pequeño propietario que ha huido de Cuba tras un altercado con la policía política) entra a un bar después de una larga e infructuosa caminata buscando trabajo. No tiene dinero, por lo que pide tan solo un vaso de agua. Pero el barman (un estadunidense) pregunta si va a consumir algo, y cuando descubre la insolvencia del hombre, lo expulsa sin miramientos del sitio. Luego comenta con alguien que queda a su lado que “esos cubanos están llegando como plagas”, lo cual confirma lo que ciertos rumores nos habían notificado; que en aquellos primeros años podían leerse en Miami letreros con la siguiente leyenda prohibitiva: “No perros, no cubanos”.

3.
¿Cuándo fue que lo que al principio era percibido como “una invasión de intrusos” (y hacia los cuales se lanzaban las mismas miradas de recelos o rechazo que a los chicanos u otras minorías étnicas), pasaría a convertirse en un poderoso enclave de operaciones políticas y económicas?

En la versión nacionalista del exilio miamense (que, apartando las ideologías, se distingue poco de la insular a la hora de mostrar un feroz orgullo por lo “nacional” o lo autóctono) el “cubano” parece ser, dentro del género humano, algo especial: un grupo étnico que merece mejor suerte y más comodidades que los nicaragüenses, los mexicanos, los salvadoreños, o los haitianos. Para ello se invoca todo un pasado lleno de próceres y tradiciones humanistas, y se suele tomar el “milagro” ocurrido en Miami (de ciudad pantanosa a emporio turístico) como una prueba irrefutable del talento que llevan en vena nuestros compatriotas.

Lo del talento emprendedor de muchos, no lo cuestiono, pues ya a nadie se le ocurriría negar que hacia 1959 La Habana era, en términos arquitectónicos, una de las ciudades más atractivas de Latinoamérica. Pero también parece demasiado cierto que, a diferencia de otros emigrantes, los recién llegados recibieron un tratamiento especial por parte de las administraciones estadounidenses no porque los cubanos les parecieran a éstas superiores en el orden moral o físico, sino porque se trataba de un conflicto (la consolidación del comunismo en sus narices, y su posible propagación por la región) que necesitaba ser atajado a tiempo, en tanto afectaba intereses nacionales, es decir, la esencia misma del sistema económico que lo acogía.

Las primeras películas filmadas por cubanos (y/o sobre cubanos) en Miami, como era de esperar se apoyaban en una suerte de anticastrismo extático (por lo del éxtasis ideológico renuente a apreciar los matices) que corría el riesgo de convertirse en el opio del anticomunismo más monótono. No es que las cintas que se filman ahora en Miami no tengan un enfoque anticastrista (de hecho, en ocasiones resultan aún más acerbas que antes, porque con el medio siglo transcurrido, el resentimiento y las frustraciones también han crecido), pero a la confrontación ideológica con el régimen se ha sumado la autorreflexión de grupo.

El punto de giro tal vez esté en “El Super” (1979), de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, el cual se apoya en la exitosa obra teatral de Iván Acosta. Si antes el discurso audiovisual de ese grupo de cubanos exiliados estaba encaminado tan solo a exaltar el pasado republicano (“La Cuba de ayer”, 1963, de Manolo Alonso) o denunciar la creciente “sovietización” del sistema (“Cuba, satélite 13”, 1963, de Manuel de la Pedrosa), con “El Super” comienzan a introducirse matices, y sobre todo, a caracterizar a una comunidad que no es tan monolítica como la pintan los medios oficiales de ambas orillas.

En este sentido, aquel encuentro de cineastas y críticos celebrado en Miami para mí fue bien revelador de las múltiples aristas que pueden encontrarse en ese grupo. Junto al discurso monocromático del exilio primigenio, pude encontrar las miradas de cineastas jóvenes, como Joe Cardona (“Bro”, “Water, Mud and Factories”), Bill Teck (“El Florida”), o Lisandro Pérez (“Más allá del mar”), por nombrar apenas algunos, mostrándonos una realidad mucho más compleja que eso que nos describen los periódicos.

No he podido ver aún “Paraíso”, de León Ichaso, otra cinta que me han comentado intenta dejar a un lado los estereotipos de siempre, para narrarnos una historia donde los protagonistas no encuentran en Miami precisamente un mundo mejor, sino tan solo diferente. Creo que algo de esto está en la mira de “Cercanías”, el filme de Rolando Díaz que saca a la luz un sujeto omitido con frecuencia en estos relatos: el compatriota de la tercera edad que pretende alcanzar el sosiego en una sociedad altamente competitiva.

Digamos que, en términos generales, Miami todavía funciona de acuerdo a la rígida dicotomía legada por la Guerra Fría (derecha vs. Izquierda; comunistas vs. anticomunistas). Pero en un plano más realista, esas bipolaridades (como en la vida misma), se extravían para dar paso a la interacción persistente. Lo que la política ha intentado establecer con pretensiones de inmutabilidad es replicado a diario por la fluencia de lo existente, que desborda con creces los intereses de los grupos dominantes.

Puede que en la misma medida que el cine realizado por cubanos en Miami tome conciencia de ello, el número de filmes con proyección universal (hablamos de una ciudad con vocación cada vez más aglutinante) comience a cobrar vigor. Porque se trataría entonces de un cine hecho por cubanos, pero no sólo para cubanos: un cine, a todas luces, post-nacional.

Juan Antonio García Borrero

TITÓN SOBRE REYNALDO MIRAVALLES

“Lo primero que diría sobre Miravalles es que es un actor muy profesional, de mucho oficio. En “Historias de la Revolución” hace un papel insignificante, que generalmente los actores suelen rechazar. El hecho de que lo haya asumido es una muestra de profesionalismo.

Considero que lo más interesante sobre Miravalles –lo he dirigido en varias películas- es la comparación de sus personajes en “Las doce sillas” (1962) y en “Los sobrevivientes” (1979), porque prácticamente la relación con Enrique Santiesteban es la misma. En la primera es un sirviente; en la segunda es el abogado que trabaja para él.

En “Las doce sillas” ya era un actor hecho, pero no tenía la soltura, ni la audacia que debe tener un actor. En aquella época a Santiesteban tenía que frenarlo, porque era muy exuberante; en cambio, a Miravalles tenía que motivarlo, tendía a hablar muy rápido, lo cual, a veces nos dificultó el doblaje. Casi diez años después, cuando lo dirigí en “Los sobrevivientes”, me encontré con un actor dueño de todos los recursos necesarios para el cine. También en “Una pelea cubana contra los demonios”, interpretó un papel difícil, insólito, nada sencillo. Me parece que tuvo momentos brillantes.

En la actualidad Miravalles tiene un dominio absoluto de la actuación –no en función de creerse un divo para recibir aplausos-, sino para lograr un personaje de la manera más profesional y honesta. Es un actor que asume cualquier papel que le interesa, tiene una personalidad carismática; no tiene que estar temeroso de nada, porque es muy seguro de sí mismo, de ahí que puede establecer una perfecta e inmediata comunicación”.

Tomás Gutiérrez Alea en una revista Revolución y Cultura de ¿198…?

PD: En este mismo blog se puede leer REYNALDO MIRAVALLES Y ELIZABETH MIRABAL CONVERSAN.