Archivos diarios: julio 22, 2010

MARÍA ZAMBRANO Y EL CINE UNIVERSITARIO EN CUBA

Hacia el año 2006 la madre del escritor camagüeyano Obdulio Fenelo me invitó a visitarla en el municipio malagueño de Vélez-Málaga, y gracias a esa feliz circunstancia (yo estaba de visita en la cercana Málaga), pude recorrer la tierra donde nació la filósofa María Zambrano, caminar por la Fundación que lleva su nombre (aunque no radica en la casa natal) y manosear parte de su papelería y libros (incluyendo algunos firmados por sus amigos, como era el caso de Lezama Lima). Pude imaginarme, de paso, el regreso de María Zambrano a la Madre Patria en el año 1984, tras más de cuatro décadas de exilios forzados.

Ahora no podría precisar desde cuándo comenzó a seducirme la escritura de esta pensadora excepcional. O quizás, antes que su escritura, debería admitir que me embelesó la manera en que nos invitaba a asomarnos al mundo que está más allá de las apariencias: el mundo esencial. Su amistad con los miembros de “Orígenes” y su pasión por esa “Cuba secreta” a la que en algún momento aludió, tenía para mí algo de misterioso y al mismo tiempo aleccionador. Luego vino el descubrimiento de su condición de mujer exiliada, y ese escrito suyo que tanto me emocionara, y donde afirma: “Tal nos parece, por instantes, que hayamos sido lanzados de España para que seamos su conciencia, para que derramados por el mundo, hayamos de ir respondiendo de ella, por ella, y fuera de su realidad, seamos simplemente españoles. Españoles sin España”.

La presencia de María Zambrano en La Habana que va de 1940 a 1953 ha sido descrita de modo profuso, a partir de su vínculo con el grupo Orígenes. Sin embargo, resultan menos conocidas sus aproximaciones a otras zonas de la realidad cubana de aquel momento, como puede ser el contexto universitario. Por eso ha resultado tan estimulante para mí la lectura de ese artículo recuperado por “La Gaceta de Cuba” (Julio/ Agosto 2004, Nro. 4, pp 9-10) bajo el título de “Cine universitario”, donde María Zambrano exalta las labores desarrolladas por el Departamento de Cinematografía de la Universidad de La Habana, bajo la dirección de José Manuel Valdés Rodríguez.

Lo que más me gusta es que no se trata de un simple cumplido a una actividad puntual, a un hombre en específico. El texto parte de ese hecho concreto, de esa innegable temeridad espiritual que en aquellos instantes respondía a los apellidos de Valdés Rodríguez, para más adelante introducirnos en un universo de interrogantes e inquietudes que desbordan los límites de lo estrictamente cinematográfico.

Para comenzar, María Zambrano nos propone una suerte de “filosofía de vida” donde uno adivina más de un punto común con sus amigos de Orígenes. Para ella, la labor de Valdés Rodríguez se acerca a “lo ejemplar” porque prescinde de “la estridencia y el grito”, esas ficciones nada sutiles que solo consiguen resaltar la brutalidad de una existencia tan efímera como vulgar, por común. Hermosísimo este pasaje donde nos comenta que:

“Con una actitud semejante, claro está que no se suele conseguir la atención del público; pero sucede que hay dos clases de atención: la que se despierta súbitamente y parece anegarlo todo para desaparecer tan súbitamente como naciera –lo que en cubano se dice “embullo”- y la atención constante que crece lentamente; es la que produce un resultado, una obra, a la manera del paso del agua entre las peñas crea espacios donde parecía imposible los pudiera haber o ese proceso de la gota de agua que parece huir, pero que no huye y forma columnas, milagrosas arquitecturas que nadie apenas ve, y un día se descubren repentinamente. Tal es el efecto de una labor paciente y constante –esas virtudes que da rubor casi el tener- y un buen día algo se ha logrado, está ahí simplemente y parece natural, aunque haya significado una novedad”.

Lo otro que me entusiasma de ese artículo es la defensa que María Zambano hace del cine, y con ello, de la urgencia de que éste forme parte de esos debates ilustrados donde se estudian las artes tradicionales. Y esto que hoy nos puede parecer un lugar común, en aquellos tiempos sonaba bastante díscolo. María Zambrano no ignoraba las paradojas que han nutrido el devenir de esta nueva manera de representarnos el mundo, y es de suponer que estaba al tanto de aquellas polémicas entre Unamuno y Ortega y Gasset, a propósito de la defensa que el último hiciera de un teatro (según Unamuno) “cinematográfico”, o de la exaltada antipatía fílmica del autor de “Niebla”, quien llegaría a suscribir que una “película es lo mismo que pelleja, y peliculear una obra literaria es despellejarla”.

En María Zambrano, sin embargo, no hay desmesura de entusiasmo, o irritación ante la creciente popularidad del intruso: sólo extrañeza. O lo que es lo mismo: docta curiosidad. Para la Zambrano “el mundo de las imágenes ha quedado enriquecido por este nuevo arte y no sólo en número sino de modo más sutil, en verdaderas nuevas dimensiones”. La jerarquía del cine no estaría, pues, en esa imitación novelesca que se hace de la vida (mansa subordinación al reino literario, como hubiese aspirado Unamuno), sino en la capacidad que tiene para introducirnos en universos donde el espacio, el tiempo, y el ser, adquieren imprevistos significados.

Creo que María Zambrano fue una de esas intelectuales que, en su momento, no dudó en pensar en el cine como algo “auroral”, como algo que podía contribuir a descubrir y mejorar, ya no esa Cuba secreta que a ella impresionara tanto, sino a la Existencia misma como conjunto de soledades y destinos humanos. Tal vez pensaba en Pascal hablando de “la infinita inmensidad de espacios que ignoro y que me ignoran”.

Juan Antonio García Borrero