Archivos diarios: julio 19, 2010

DEDICADO A…

Llevo varios días pretendiendo poner algo de orden en mi caótico librero. No sé si le pasa a los otros, pero soy de los que pierde un tiempo enorme en este tipo de gestión, porque entonces me da por releer páginas de libros que hace tiempo no pasaban por mis manos. Tan solo por el placer de recordar “el placer” (valga el pleonasmo) que provocó en mí su lectura. Y en eso se me van horas.

Mas no solo están los libros en sí. Están aquellos que han sido “firmados” por sus autores, y cuyas dedicatorias narran algunas veces una historia paralela a la que contiene la obra. Una historia de amistad que quizás permanece, pero que a lo mejor el tiempo, algún malentendido, maneras diferentes de entender la vida, o la distancia geográfica desvaneció en la nada, para no hablar de aquellos casos en que la muerte impidió que siguiera cultivándose.

Ordenando el librero descubrí que cuento con una buena colección de libros firmados por sus autores. En la mayoría de las ocasiones han sido quienes escribieron el volumen los que lo firman, pero conservo otros que me lo han obsequiado amigos como Roberto del Rey (ahora vive en España), que tal vez fue el primero en dedicarme un volumen como muestra de afecto, en este caso un ejemplar de “El proceso creador del filme”, de John Howard Lawson. En la dedicatoria puede leerse: “Para Juan Antonio, fiel divulgador del Séptimo Arte en la tierra del Mayor, con saludos cinematográficos”. Un ligero escalofrío recorre mi cuerpo cuando descubro la fecha: La Habana, 13 de diciembre de 1986”. Dios mío, ¿es posible que haya pasado tanto tiempo ya?, ¿y es posible que, a pesar los años transcurridos, aún retenga en mi mente con nitidez el momento en que del Rey lo puso en mis manos?

Una buena parte de esos libros cuyos autores han tenido la gentileza de dedicármelos, hablan del cine, como es de sospechar. De todos estos libros escritos por colegas he aprendido siempre algo, pero ahora mismo me gustaría agradecer aquellos que, desde la novela, la poesía, o el cuento, me han ayudado a enriquecer la idea primigenia que, de joven, tenía de “la crítica”.

Antes era en mí demasiado dominante la impresión de que la crítica de cine (como oficio), iba a ser mejor en la misma medida en que se pareciera más a la que ejercían nuestros pioneros. Memoriosa. Respetuosa de cada uno de las reglas establecidas. Y sobre todo muy cinéfila. Sin embargo, muchos de los autores que me han firmado sus libros de cuentos, sus novelas o poesías, se empeñaron en echar por tierra desde bien temprano ese culto a la reverencia. Descubrí que también ellos eran críticos desde la creación.

Ahora creo que la verdadera creación siempre ha sido incómoda (o sea, crítica) con la realidad que describe. Y la crítica que se encarga de pensar esa creación, si de veras se interesa en pensarla a fondo, estará contribuyendo a crear siempre algo superior, es decir, algo igualmente incómodo. Solo que como críticos necesitaríamos sentirnos menos rehenes de las ergástulas “científicas”, pues, si en sentido general el pensamiento que juzga ha sido zarandeado desde el punto de vista metodológico (Descartes) y gnoseológico (Kant), es de sospechar que esta otra crítica más puntual también debería apelar al escepticismo sistemático (sobre todo cuando piensa en ella misma) no solo como un derecho, sino como un deber.

Cada uno de esos narradores y/o poetas que habitan mi librero con sus firmas (Carlos Esquivel, Reynaldo González, Rafael Almanza, Jesús David Curbelo, Roberto Méndez, Amir Valle, Obdulio Fenelo, Oneyda González, Gustavo Pérez, por nombrar apenas algunos), supieron alertarme sobre los riesgos de incurrir en una crítica vanilocuente, saturada de lugares comunes, o lo que es lo mismo, escrita con tinta invisible.

A uno de los que más recuerdo por sus libros y dedicatorias (llegó a obsequiarme cuatro), pero sobre todo por sus impagables consejos, es al gran escritor tunero Guillermo Vidal. Al autor de “Matarile” y “Donde nadie nos vea” le debo la convicción de que también el crítico puede experimentar, e intentar crear sus propios mundos. No importa que aquello que escriba lo lean después apenas seis o siete amigos; lo que importa es el saldo que Guillermo Vidal hace notar en la dedicatoria general de “La saga del perseguido”: “Me siento bendecido por Dios entre todos ellos”.

Juan Antonio García Borrero