Archivos Mensuales: mayo 2010

ÁNGEL VELÁZQUEZ SOBRE EL CINE CUBANO Y EL MIEDO A SOÑAR

CINE CUBANO Y LA FUENTE DE LA IMAGINACION
Por Ángel Velázquez Callejas

Bianchi preguntó una vez a Lezama: “¿todos los personajes de Paradiso pertenecen a la realidad?”. Muchos de los personajes de Paradiso “responden a una realidad”, pero “los personajes que constituyen el núcleo central de mi libro son entes de ficción…. seres imaginados, lo que le otorga también una forma de realidad porque nada hay más real que la imaginación”, aseveró sin titubear Lezama. Sin embargo, para Tosltoi construir un personaje de ficción, un ente imaginado, era un parto doloroso. Darle nacimiento y luego alimentarlo daba miedo, creaba terror, dado a que al menor descuido podía morir. Una batalla campal se le anteponía a todo creador. Por su parte, Kierkegaard, el filósofo danés, presumía que el ser humano vivía en el dolor eterno: que entre la realidad y la imaginación, entre el camino seguro y el misterio existía una gran tensión humana. La angustia, la tensión, el temblor era el modo sutil de existencia que unía al ser humano entre la realidad y la ficción, entre lo soñado y lo imaginado, entre la fuente y la manifestación.

De modo que lo señalado por Lezama, aunque contrastaba con la opinión de Kierkegaard, en ambos puntos de vista algo común lo acechaba: el desgarramiento sufrido al ver en el arte el temor al misterio, la aversión a lo desconocido. Me inclino a pensar que el señalamiento de García Borrero en su ensayo “El miedo a soñar” (Algunas reflexiones sobre el futuro del cine cubano) que aparece en “Otras manera de pensar el cine cubano” posee su punto de partida en lo anteriormente aducido. Es mucho más cómodo trabajar con la realidad, con lo conocido, que lanzarse al misterio, o que inmolarse a crearla. Todo indica que eso produce temor. Entonces mejor sería seguir el camino trillado, seguir la realidad construida por otro, sea ficticia e histórica. Y este es problema cardinal que creo ver: después de crear cierta realidad a través de la imaginación, cuesta duro, casi imposible mantenerla en pie. La angustia lo va invadiendo todo y la fuente palidece. Ese es el aserto del genio de Kierkegaard.

Es decir, poniendo un ejemplo de la literatura cubana, Oppiano Licario aún es para nuestra literatura un personaje improbable, un personaje mítico, aunque Lezama diga lo contrario. Un personaje en el umbral de su nacimiento. Un personaje creado como un ente mitológico e inalcanzable. Un personaje que nunca llega ser realidad, a no ser que Lezama se convierta el mismo en la poesía. ¿Fue Lezama un Oppiano Licario, un poeta en acto?; sí, solo en imaginación. La imaginación solo tiene el poder de crear cierta mitología, no la realidad misma. Y desde luego, esto produce tensión y miedo para muchos. El miedo al fracaso, el temor a no ser elegido. Porque tal parece que este alumbramiento imaginativo está destinado a pocos. De aquí surge la teoría mesiánica del elegido. Y Lezama se creyó un elegido de la poesía cubana.

¿Por qué sucede esto? No solo en el cine, sino también en la demás artes. ¿Por qué se tiene miedo a soñar, aunque la epiteme de la creación sea el sustento básico para los “creadores”? He estado oteando en la narrativa en general cubana y sucede también lo mismo. El problema no es unilateral sino multilateral. Para el cine cubano, García Borrero aduce varias razones puntuales, pero una que me gusta es el advenimiento lógico de esta era al pánico a soñar. No sé si el propio concepto soñar que se maneja aquí esté correctamente empleado. Resulta como bien señala García Borrero al inicio de su ensayo, que “el hombre es un animal utópico”, cuya referencia ubica al hombre en un ser para el futuro, de entrada a la adivinación expectante. Y habría que considerar también, a la manera de Braudel, la estructura temporal de la ensoñación humana en corta, media y larga duración.

Porque el hombre no solo sueña dormido, sino también sueña despierto. Sueña en estructuras concomitantes que le permite visualizar cierta ruptura con el pasado o aferrarse a él. Tanto en la vigilia como en el dormir el ser humano quiere adivinar el futuro. A Nieztsche se le adjudica la opinión de que el soñar es un medio de vida para el hombre. El hombre ha sobrevivido a todas las circunstancias adversas gracia al soñar. Y tiene razón. Sin el soñar el hombre hubiese desaparecido de la faz de la tierra. El soñar es el medio psicológico por el cual el hombre alimenta el alma, la fuente, pero al mismo tiempo crea la barrera para estar unido a la realidad, estar unido así mismo.

Ahora bien, un proceso de confiscación en torno a la utopía, lo cual fue propio del cine cubano a finales de los 60, como bien apunta García Borrero, estimula a plantear la idea siguiente: los cineastas cubanos, al crearse el ICAIC, estaban imbuidos por la idea de la salvación. O mejor dicho, el ICAIC fue el primer sueño nacido de la idea de la salvación. De dónde surgió esta idea de la salvación en Cuba, no es necesario explicarla aquí. Pero si dejar plasmado que en el plano existencial, el vacío que provocó la frustración republicana de los 50, abrió la perspectiva y ejecución de esa utopía. Sin embargo, en los 70 la idea de la salvación perdió sentido para la propia institución creada, aunque algunos de sus miembros permanecieran fieles al origen de la utopía. No se trataba en el fondo de una utopía nacionalista, sino de una concepción espiritual del corpus nacional. Esto es lo que lo distingue, de un modo sustancial, a la utopía nacionalista que vendrá después.

Ya en el proceso que regularizó el propio ICAIC con su cinematografía a finales de los 60 y principios de los 70, comenzaron a verse poderosas razones que hicieron, para la elite dirigente de entonces, la creencia acerca de la falta de sentido de la salvación: no era necesaria; lo que había que salvarse estaba salvado. Entonces el panorama en la idea del ICAIC cambió abruptamente. La cinematografía nacionalista irrumpió diáfana y galopante. Era lógico pensar en esta nueva visión de la cinematografía cubana, ya que a mi modo de ver el ego nacional estaba consolidado. Se necesitaba echarles raíces a ese ego. Y esas raíces hundieron sus razones en la idea del patriotismo y la independencia. Una película como “Memoria del subdesarrollo”, atavió una vieja peculiaridad erradicada.

Sin embargo, no descarto que hubiera intentos de hacer volar la imaginación en busca de nuevos espacios cinematográficos, pero la caída fue tan honda que concuerdo con García Borrero cuando afirma que lo que prima hoy es el pánico a soñar. El miedo es de índole espiritual, ni siquiera psicológico. Nadie quiere imaginar nada porque no hay fuente para la imaginación. La fuente ha sido agotada, aunque exista espacio para imaginar. Las raíces del ego nacional basado en la idea del patriotismo y la independencia caló tan hondo que la fuente ha sido agotada. El cubano ha ido agotando su propia fuente de imaginación. Por eso se produce la tensión, el agobio desmedido por no asumir el peligro. Y este es el peligro que asume el arte en los días que corren. Para mí, el cine cubano lucha a brazos partidos para rejuvenecer esa fuente, pero la suerte parece le toca a unos pocos, a una cantidad reducida de elegidos.

“INTRODUCCIÓN AL CINE”, de Luis Álvarez Álvarez y Armando Pérez Padrón

Alguna vez David Bordwell afirmó algo que para mí es lo que justifica la existencia de libros como “Introducción al cine”, de Luis Álvarez Álvarez y Armando Pérez Padrón. Decía Bordwell: “El cine es tan cautivador que tendemos a olvidar que las películas se hacen”.

Y en efecto, el hecho de que el cine haya cumplido más de cien años gozando del favor del público (no importa que ahora mismo las estrategias de producción y recepción sean otras, y que en vez del cine, pensemos en algo más amplio llamado “audiovisual”), paradójicamente ha contribuido a concederle incorporeidad, o más bien, a “naturalizarlo”, a hacernos creer que es algo que ha estado allí siempre. ¿Y a quién se le ocurre preguntar de dónde llegó eso que tan cercano a nosotros está todos los días, y que llega un momento en que ya no lo vemos?

Los autores de “Introducción al cine” tienen clara la complejidad del asunto. El libro arriba, además, en un momento en el cual ya el cine no es el líder del ocio dentro de ese gran mapa del entretenimiento que era antes la producción de imágenes en movimiento. Ahora el cine está intentando ganar un terreno que aparece temporalmente dominado por la televisión, si bien el desarrollo incesante de las nuevas tecnologías sugiere que ese liderazgo pudiera desplazarse al campo de Internet. ¿Por qué entonces un libro como “Introducción al cine” sigue resultando imprescindible?

Pues porque, tal como advierten los propios autores, en Cuba, por ejemplo, “(l)a existencia de un público creciente exige, sin la menor duda, el trazado de estrategias de trabajo cultural destinadas a la educación –en diversos niveles de especialización- de los receptores”. En tal sentido, un libro como este no solo sería fundamental para aquel público que consume de manera desaforada mensajes audiovisuales a diario (y que no estamos muy seguro que lo leerá), sino sobre todo para aquellos que tienen la misión de garantizar que el legado de ese “buen gusto” cinematográfico no se pierda en medio de la indiferencia colectiva. Es decir, detrás del carácter didáctico del texto aparece una y otra vez la urgencia de que su contenido sea tomado en cuenta por quienes diseñan “políticas culturales” en sus territorios.

Aún así, el volumen es un ejemplo impecable de lo que puede ser un manual motivador de estudios ulteriores, y no un decálogo de creencias que se le dictan al alumno. Nos los dicen sus propios autores: “El libro, pues, se orienta hacia una función social de formación del espectador, para iniciarlo en rudimentos de una recepción más consciente de sí misma y, por tanto, más responsable”. En el primer apartado se habla de la integración del carácter industrial y artístico del cine, un tópico que aún no consigue poner de acuerdo a los especialistas, no obstante el legado que en su breve historia ya tiene la expresión, gracias a cineastas como Chaplin, Bergman, Fellini. El capítulo deviene importante no solo por ese panorama histórico que nos brindan los autores, sino por el registro crítico que se hace de ese devenir.

Por otro lado, el modo en que se encara esa supuesta conflictividad entre arte e industria es humanizada, y traspolada la naturaleza de esa actividad al mismo acto de crear. Si para algunos habituados a pensar la cultura en términos de minorías, el hecho mismo de que el cine se haga de acuerdo a las reglas de los centros de producción industrial es de por sí un inconveniente, los autores encuentran en argumentos como los de Buñuel un desmentido a ese prejuicio. “El mejor cine es el que deriva de una industria más perfeccionada”, nos dijo en algún momento el genial aragonés, y esto resulta más que esclarecedor para aquellos que confunden el espíritu del cine de autor, es decir, del cine más personal, con la imperfección, pero no entendida como la pensaba García Espinosa, sino como cine alejado, por incapacidad estética, de los cánones más elementales del gusto cultivado.

Esto es importante reiterarlo hoy en día que la llamada democratización de la producción audiovisual está propiciando esa superabundancia de imágenes donde, sin embargo, es de notar la ausencia de un conocimiento del lenguaje básico. O por lo menos, una autoconciencia de ese lenguaje, así sea para negarlo. De allí que para los autores, el problema de la “artisticidad” también sea objeto de estudio, llegando a afirmar algo en lo que me gustaría detenerme brevemente, porque acaso sea una de las afirmaciones más lúcidas que he leído en los últimos tiempos; dicen los autores: “Una de las características esenciales de la artisticidad del cine radica en que no es enseñable”, lo cual coincide en esencia con lo que asegura Fernando Pérez en el prólogo: “Aprendí que el cine no se enseña cuando tuve que enfrentarme, por primera vez, a varios alumnos sentados en una clase y yo, frente a una pizarra, tratando de decirles..¿qué?”.

Si siguiera comentando el libro en el orden que sugiere el índice podría adelantarles que hay aquí referencias a las estructuras organizativas en que se desarrolla esta creación, con análisis que van desde las funciones del director y el equipo técnico hasta la existencia de diversos festivales, pasando por el estudio que se hace del guión y las características del lenguaje audiovisual. Ya el solo hecho de contar con un texto donde cualquiera que se quiera iniciar en el misterio de la creación cinematográfica pueda encontrar referencias al encuadre, a la escala de planos, a la función de la música o el color, resulta de por sí atractivo.

Pero quisiera concentrarme brevemente en ese capítulo que cierra el libro con el título de “Primicias sobre la crítica de cine”, por dos razones fundamentales. Primero, porque los autores han sido a lo largo de estos últimos diecisiete años en Camagüey dos de los máximos impulsores del Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica, evento que como se sabe, intenta concederle al ejercicio del criterio referido al cine una densidad teórica que vaya más allá del impresionismo superficial; y segundo, porque las reflexiones que se encierran en ese capítulo podrían estimular una segunda y tercera lectura del texto, a partir de las múltiples preguntas que pudieran relacionarse entre sí, pues, si como afirman los autores en las páginas iniciales, “el cine no es enseñable”, podríamos preguntarnos cuál sería entonces la función de esa crítica que se aproxima al mismo. Por fortuna, la lucidez de los autores nos permite leer que en el presente texto no será posible presentar “un conjunto de fórmulas mágicas para el ejercicio crítico: tales pócimas suelen ser, en realidad, letales”.

En realidad, con este libro tanto Luis Álvarez Álvarez como Armando Pérez Padrón nos están demostrando que la tradición crítica no está reñida con la creación. El cine no es enseñable, pero si “pensable”. Ambos pasan por encima del malentendido que sigue viendo fronteras inexistentes entre el crítico y el creador, y nos dibujan un panorama donde las antiguas barreras se desmoronan ante la evidencia de que, si bien ver una película es diferente a ver un cuadro, la exigencia de un distanciamiento crítico que nos permita enriquecernos con los que se nos muestra, es común.

Ya en lo personal sobre Luis Álvarez Álvarez y Armando Pérez Padrón pudiera estar hablando ampliamente, pues en mi caso ambos han devenido referencias sin las cuales no podría concebir todo aquello que he escrito. Eso me pone en desventaja, por lo menos a la hora de ser imparcial. Pero en cambio me permite recomendarles con verdadera convicción la lectura de este texto que, desde ya, me parece se ha convertido en una fuente de consulta imprescindible.

Juan Antonio García Borrero

Palabras leídas en la presentación del libro “Introducción al cine” (Ediciones ICAIC) el miércoles 28 de abril del 2010 en la sala Nuevo Mundo.

Y MIENTRAS TANTO, EL MUNDO

Siguen siendo días de ensoñaciones, sopor, y reacomodamientos sicológicos, con el célebre verso de Borges invadiendo una y otra vez la cabeza: “Mi callejero no hacer nada vive y se suelta por la variedad/ de la noche”. Para no sentirme más náufrago en la viscosa realidad, he intentado aferrarme a esta suerte de madero salvador que es el blog; pero las conexiones más lentas no pueden mostrarse. Es como navegar en un océano de arenas movedizas, con el mundo haciendo aguas por todas partes.

Para colmo el silencio de la cueva, que casi siempre me protege del mundanal ruido, parece haberse convertido en algo pre-jurásico. Ahora mismo siento cómo llegan impunes hasta mí los ecos uniformados de un único regguetón, entonado por infinitas e incansables voces que creen cantar algo distinto en cada ocasión. Justo en ese instante alcanzo a entender mejor aquello que Armanda le expone a Harry Haller en la memorable “El lobo estepario”:

“¿Crees que no soy capaz de comprender tu terror ante el fox-trot, tu repugnancia hacia los bares y los locales de baile, tu resistencia contra la música de jazz y todas estas cosas? Demasiado bien lo comprendo, y lo mismo tu aversión a la política, tu tristeza por la palabrería y el irresponsable hacer que hacemos de los partidos y de la Prensa, tu desesperación por la guerra, por la pasada y por la venidera, por la manera como hoy se piensa, se lee, se construye, se hace música, se celebran las fiestas, se promueve la cultura. Tienes razón, lobo estepario, mil veces razón, y, sin embargo, has de sucumbir. Para este mundo sencillo de hoy, cómodo y satisfecho con tan poco, eres tú demasiado exigente y hambriento; el mundo te rechaza, tienes para él una dimensión de más. El que hoy quiera vivir y alegrarse de su vida, no ha de ser un hombre como tú ni como yo. El que en lugar de chinchín exija música, en lugar de placer alegría, en lugar de dinero alma, en vez de loca actividad verdadero trabajo, en vez de jugueteo pura pasión, para ese no es hogar este bonito mundo que padecemos…”

A decir verdad, no estoy muy de acuerdo con eso de renunciar a este mundo que nos ha tocado vivir, con todo y lo crepuscular que pueda parecernos. Y mucho menos a imponer jerarquías librescas que siempre me sonarán a humoradas en tránsito. Y es que toda impresión (apologética o apocalíptica) será expresada desde algún lugar, y estará condicionada por un interés subjetivo heredado en forma de “hábito cultural”. El mundo es y será como es, al margen del entusiasmo o indignación que eventualmente nos embargue. Y llegar a esta convicción es lo que permite entender un poco mejor qué hay detrás de esos discursos mesiánicos que hablan del Progreso como si fuese una operación guiada por la Razón, cuando en verdad se trata de intereses muy concretos de grupos humanos en lucha por el Poder.

No en balde aquellas miradas que parten de las diferencias han sabido enmendarle la plana a tanto canon excluyente dictado desde un centro, si bien la hegemonía sigue haciendo de las suyas. Luchar por fomentar, junto a lo que predomina de manera masificada e impersonal, “cotos de mayor realeza”, puede ser también otra forma de vivir en el mundo con pasión.

Ahora bien, sospecho que el malestar de Harry Haller llega a partir de algo que en la actualidad va adquiriendo ribetes de evidencia, y que en su momento mereció, entre otras, las críticas más acerbas de Nietzsche; me refiero al nacimiento y consolidación de un perfil psicológico que dejaba atrás cualquier pretensión de aristocracia espiritual para dar paso a la cómoda vida burguesa, esa en la que la palabra “precio” seduce más que la palabra “valor”, o la fineza interior es reemplazada por la elegancia fugaz de las modas, o el culto a la simple opinión ostenta más seguidores que el culto al pensamiento profundo.

Sin embargo, los ataques al “espíritu burgués” generados por las ideologías socialistas del siglo XX dejaron a un lado todo lo que tuviese que ver con el cuestionamiento de ese nuevo perfil psicológico, para preocuparse tan solo por sustituir el nombre de los que distribuían las riquezas con los nombres propios. Los socialistas de entonces llegaron a sustituir incluso a quienes mandaban como “burgueses”, pero, una vez en el Poder, asumieron los mismos hábitos de producción y consumo, por lo que de un capitalismo burgués se pasó a un socialismo burgués, y una vez desenmascarado el fraude, otra vez a un capitalismo burgués, más desarrollado, y también más implacable.

¿Se puede aspirar todavía a cultivar la aristocracia espiritual en una época donde lo que socialmente se reconoce es apenas “el triunfo material”?, ¿en una época dónde el dinero –siempre el dinero- lo empobrece todo? En mi criterio sí, porque esa aristocracia espiritual nada tiene que ver con los reinados formales, ni con los sistemas de dominación a los que uno esté ligado o sometido, sino con la voluntad íntima que supone aspirar a ser uno mismo, con todos los riesgos y consecuencias que ello implica.

Los cubanos hemos tenido nuestros grandes “aeronautas del espíritu”, para utilizar la imagen acuñada por Nietzsche (en lo que a mí respecta, José Martí sigue siendo el que más admiro, si bien evito mencionarlo en público). Tenerlos a la vista, dialogar críticamente con ellos, ha de ser siempre un buen pretexto para, a pesar de todo, seguir luchando en “este bonito mundo que padecemos…”

Juan Antonio García Borrero

VIAJAR

Viajar fuera de Cuba y regresar tiene su hechizo, pero también un costo temible. Y sobre todo hay que aprender a romper caída para no molerse los huesos cuando chocas de nuevo con la realidad. Con las precariedades. Pero sobre todo con las desidias. En mi caso sucede que siempre que retorno el cuerpo llega primero, y quince días después es que recupero la mente. Mientras tanto, parezco un “Dead Man Walking” en el trópico, pues no es nada estimulante eso de andar caminando por las calles coloniales de Camagüey, con la cabeza en los rascacielos de otro lugar.

Pero a lo que iba. Para cualquier cubano “viajar” es un privilegio. No importa a dónde se viaja. El solo hecho de poder salir más allá de la isla connota una sensación de triunfo momentáneo. Sin interesar lo que venga después. Hay razones para sentirse así, desde luego. Las restricciones absurdas que impiden ir y venir, salir o entrar; las visas denegadas en los países a los que se quiere llegar, van condicionando una forma de pensar el asunto donde lo que vale ya no es el sitio impropio al cual se arriba, sino el hecho mismo de haber conseguido llegar a eso que se sueña.

Viajar ayuda a desmunicipalizar el ego. Desde mi punto de vista “viajar” debería ser una suerte de asignatura obligatoria en la instrucción de los seres humanos. No hablo solo de los cubanos, que vivimos en circunstancias tan extravagantes, sino de la humanidad en sentido general (conozco españoles que nunca han salido de la ciudad donde viven). Paradójicamente, en estos tiempos donde los medios de comunicación son tan sofisticados, las personas andan más incomunicadas que nunca. La soledad se ha convertido en una suerte de franquicia exitosa, transformando al “otro” en algo que es preferible mantener en la distancia. Por eso me gusta tanto ese dicho que reza: “el racismo es una enfermedad que se cura…viajando”.

Sin embargo, tampoco soy de los que idealiza “el viaje” como fuente confiable de conocimiento. Para viajar “críticamente” es preciso desarrollar el arte de la sospecha hasta sus últimas consecuencias. Y no olvidar jamás que entre lo que escribe en secreto el corazón, y borra en público la lengua, por lo general queda un relato disimulado en lo más profundo de nuestras cabezas.

El que viaja va cargado de expectativas que, si uno se descuida, nos hace rehén de algo ya preconcebido, en vez de disfrutar de lo nuevo, de lo inédito. Entre cubanos esa tendencia involuntaria a la teatralización del viaje y los reencuentros, es aún más marcada debido al desacuerdo político que se viene viviendo desde 1959. La Cuba real ha sido reemplazada por representaciones mediáticas que prescinden de los infinitos matices, y hacen del triunfalismo simbólico el único desenlace que cuenta. Un perpetuo bombardeo de estereotipos y satanizaciones ha terminado por sumergir al individuo común en algo muy parecido a las trincheras. Solo parecieran sobrevivir en esta guerra “los que han triunfado”, aunque eso sea, para decirlo en cubano, mera “especulación”.

Ese ambiente de barricadas y murallas me ha hecho recordar las observaciones que Marc Bloch apuntaba en sus notas sobre la Historia, a propósito de la guerra de 1914 a 1918. Para Bloch:

“(…) Todos sabemos que esos cuatro años fueron fecundos en falsas noticias, principalmente entre los combatientes. Como tema a estudiar (el de los rumores), es en la sociedad tan particular de las trincheras donde su formación parece más interesante.

El papel de la propaganda y el de la censura fue, a su manera, considerable. Pero exactamente contrario a lo que de ellas esperaban los creadores de esas instituciones. Como dijo muy bien un humorista: “prevalecía la opinión de que todo podía ser verdad menos lo que se permitía imprimir”. No se creía lo que decían los periódicos, ni mucho más lo que traían las cartas, ya que, sobre llegar con irregularidad, se las suponía muy vigiladas. De ello resulta un prodigioso renuevo de la tradición oral, vieja madre de las leyendas y de los mitos. Por un golpe audaz, que ningún experimentador hubiese osado soñar, los gobiernos abolían los siglos pasados y retrotraían al soldado del frente a los medios de información y al estado de espíritu de los viejos tiempos, anteriores al periódico, anteriores a la hoja de noticias, anteriores al libro”.

¿Será por eso que en estos tiempos en que Internet parece verlo todo y al instante, el cubano de ambas orillas siga concediéndole un alto valor a las noticias que trae y lleva la gente de paso? Esto quizás tenga su explicación en el hecho de que Internet, con todo y su carácter democrático, por lo general se ocupa de aquellas noticias que (de forma interesada) contribuyen a legitimar o descalificar los relatos simbólicos a los que aludía antes; es decir, responde a los intereses de grupo. Los seres comunes de carne y hueso siguen siendo invisibles en esas tramas que, simbólicas al fin, suprimen los matices discordantes para el receptor medio. Para Bloch, el peligro está en que:

“Estas sociedades fueron siempre buen medio para el cultivo de las falsas noticias. Las relaciones frecuentes entre los hombres hacen fácil la comparación entre diversos relatos, excitan el sentido crítico; por el contrario, se cree fervientemente al narrador que, a largos intervalos y por difíciles caminos, trae rumores lejanos”

He de confesar que soy de los que evita describir una realidad (la de los otros) que para mí siempre será un enigma (como seguro es la mía para ellos). “¿Cómo viste a fulano?, ¿qué tal se ve mengano?”, me interrogan aquí y allá, y no sé qué decir, pues aunque la primera impresión cuenta, uno sabe que allí no está toda la verdad. “La crítica del testimonio”, nos dice Bloch, “que trabaja sobre realidades síquicas, será siempre un arte lleno de sutilezas”. Por eso lo más que intento es describir cómo me sentí en el reencuentro. Cuánto me marcó poder abrazar a alguien que no veía hace un montón de años. O que conocía sólo de correos electrónicos.

Viajar es un privilegio y entiendo la rabia o frustración de aquellos que no lo han tenido, que todavía no lo tienen. Cómo no lo voy a entender si en casa tengo a mi mujer, que me ha visto ir y venir más de veinte veces, sin poder acompañarme en uno solo de los viajes. No pierdo la esperanza de que mañana sea ella la que viaje, vea, y regrese para contarme. Aunque se pase quince días con el cuerpo aquí y la mente allá. Y yo mientras tanto durmiendo con un fantasma. Pero esa es otra historia, y por el momento, ni siquiera la hemos empezado a escribir.

Juan Antonio García Borrero

GUSTAVO ARCOS SOBRE “REVOLUTION” Y SU RECEPCIÓN

He leído con interés los diversos textos y comentarios circulados en Observatorio Crítico relacionados con el concierto de Los Aldeanos. No puedo hacer ningún comentario sobre el mismo, pues no estuve allí. Sin embargo en el trabajo de dos partes escrito por Regina Cano se desliza un criterio equivocado relacionado con los Premios que obtuviera el documental “Revolution” en la pasada Muestra de Nuevos Realizadores. Ella, primero se sorprende por el galardón y más adelante insinúa, que hay un juego oculto de las instituciones para premiar el documental y que el concierto del cine Acapulco es tal vez una consecuencia de los lauros obtenidos en el conocido evento cinematográfico. Entiendo que cuando habla de instituciones se refiere al ICAIC y a la AHS. No voy a hablar por ellos aunque me gustaría dejar claro, porque me consta, que la Oficina de Creación Artística del ICAIC, encargada directamente de organizar cada año la Muestra de Nuevos Realizadores no ejerció presión alguna sobre los jurados para que se le otorgara o no el Premio del evento. Los que allí trabajan, y he estado muy cerca de ellos, no cabildean con los jurados, ni hacen acuerdos “bajo la mesa” para complacer a ciertos autores o instituciones.

Lo experimentado este año por el comité organizador de la Muestra, en materia de presiones externas originadas por los enfermizos prejuicios hacia la obra de los “nuevos”, daría para escribir todo un informe crítico. No es secreto para nadie que eventos como este no gustan en ciertos círculos, especialmente en aquellos que desean controlar el pensamiento y la creación artística de los jóvenes. La Muestra pasó en esta edición por momentos difíciles que hicieron peligrar su realización, lograda gracias a la firmeza de sus organizadores y por ende del ICAIC. La actitud de defender un espacio como este, de apoyar el cine alternativo de la isla y de creer en el dialogo con el nuevo pensamiento artístico generado en el sector audiovisual, tuvo sus consecuencias dentro de “la oficialidad” que respondió censurando y silenciando el evento al no darle prácticamente cobertura en los medios. El papel de la TV y la prensa en relación con esta última Muestra resultó vergonzoso e irresponsable, pero eso sería asunto de otro análisis.

Formé parte de uno de los jurados colaterales, el de la Facultad de Medios Audiovisuales del I.S.A, que le otorgó a “Revolution” su merecido Premio. La Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica también le entregó el suyo. Ambos coincidimos felizmente con los criterios del jurado oficial que, como se sabe, le entregó otras tres distinciones en su categoría, al polémico documental. Cada uno tuvo sus razones en tales decisiones. Conozco perfectamente a los integrantes de cada jurado y se del rigor y la autonomía con la que trabajaron. En lo que al nuestro concierne puedo dar fe de que no hubo ninguna presión externa para que se le otorgara el Premio a “Revolution” y mucho menos se acercó nadie representando al ICAIC, AHS u otra institución para que así fuese. En honor a la verdad sucedió todo lo contrario. Existieron criterios de fuerzas externas al evento, para que NO se le otorgara reconocimiento alguno al valioso documental, puesto que eso sería legitimarlo. Por principio y ética profesional nuestro jurado no aceptó intromisión alguna en sus decisiones que por cierto ya estaban tomadas mucho antes de comenzado el evento pues los jurados trabajan semanas antes de su inicio. Si tanta ojeriza despertaba el documental “Revolution” en los círculos de poder, no lo hubieran permitido exhibir o inscribir en el evento. Una vez que se acepta y pasa a los cines, tiene la obra, todo el derecho de optar por los reconocimientos o premios que merezca. En lo personal no me guarda ninguna amistad con los integrantes de Los Aldeanos, no conozco muchos de sus temas, ni me interesa su performance público, además no soy aficionado a este tipo de expresión musical. Como crítico, estoy juzgando una obra, no imponiendo un gusto individual y este documental ofrecía los suficientes créditos en el plano de su realización artística y conceptual para ser premiado.

Aquellos que piensan, que el documental solo sirve de plataforma para el discurso contestatario de Los Aldeanos y la obra es solo un pretexto para hacer una crítica “vulgar” al estado actual de las cosas en nuestra sociedad, tendrán sus razones y todo el derecho a expresarlas pero ese mismo derecho le asiste a Los Aldeanos y a sus cientos de miles de seguidores. Como sujetos activos de la sociedad, como fenómenos de comunicación, como figuras carismáticas que trasmiten ideas y hacen pensar también a la gente de esta isla, deben ser objeto de atención para cualquier artista del audiovisual. Es una pena que nuestros medios oficiales, prensa y televisión que se dicen del y para el pueblo, se mantengan una vez más distantes de las dinámicas y preocupaciones que mueven realmente a esta sociedad. Los Aldeanos, a falta de otros para los jóvenes, se han convertido en líderes simbólicos y al mismo tiempo tangibles de la sociedad o al menos de una parte de ella. Sus textos representan realmente una “batalla de ideas”, cuestionables sí, pero ideas al fin, en todo caso preferibles, a esa homogénea y aburrida retórica que vemos cada día en la Mesa redonda y otros espacios donde el discurso oficial se expande. Si cientos de miles siguen con pasión a este grupo, por algo será. La cuestión y la inteligencia no está entonces en colocarse del otro lado, silenciando o censurando sino, y que difícil es que en ciertos círculos esto se entienda, buscar un diálogo con ese “otro” que es cada vez más, uno mismo.

Posterior a la Muestra, “Revolution”, castigado tal vez por los premios y la extraordinaria recepción de público allí obtenidos, ha sido rechazado en todos los eventos de cine y video en los que se ha presentado. Una demostración de ceguera política y de ejercicio de fuerza. Una extraña censura oficial, no escrita en documento alguno, pesa sobre el mismo, impidiendo que los comités de selección de obras, convocados habitualmente antes de cada festival, lo aprecien y por ende lo acepten en los concursos. El documental ha tenido que correr la misma suerte y similar camino que “Fuera de Liga”, aquel relevante filme de Ian Padrón sobre el beisbol que fue censurado durante años. Desconociendo las más elementales leyes de la comunicación y la recepción contemporánea los que conspiran y prohíben la exhibición de obras audiovisuales como estas, solo consiguen elevar su valor, redimensionarlas, creando con su censura, mayor interés en los receptores. Los filmes encontrarán hoy variadas formas de distribución en los mercados alternativos y undergrounds del país, al mismo tiempo que le brindan “al enemigo” razones para sostener sus criterios de que el estado cubano es totalitario pues censura, limita o prohíbe la difusión de sus obras artísticas.

Si las instituciones u otros, están jugando al ratón y al gato con Los Aldeanos, flaco favor se hacen. Sus canciones, su música, su documental, su personal estilo, existen, es un hecho y ha llegado al alma de muchos en esta isla. Perdurará seguramente más allá que los propios Aldeanos y hasta de las propias instituciones o figuras que hoy les ponen obstáculos. Muchos documentales quedaran todavía por hacerse. El juego no conducirá a ningún fin mientras persista en ciertas instancias del país la negación, el rechazo, la justificación y el método de esconder la cabeza como el avestruz, ante los conflictos que afloran por doquier en la nación.

Gustavo Arcos. Ciudad La Habana.

ÁNGEL VELÁZQUEZ A PROPÓSITO DEL POST DE GABRIEL CARTAYA

Amigo Cartaya:

Las alusiones que haces para contradecir algunos puntos de vista de mi texto son interesantes. Hallo razón en lo que afirmas, más si partimos de la inquebrantable pluralidad de pensamiento. Ahora bien, nadie duda que el debate que está sucediendo en estos momentos en el blog acerca de la “Historia y su verdad” en breves instantes se convierta en historia, en pasado; pero aun así sucediendo estos acontecimientos en el orden de las ideas, en el debate público, sigo sosteniendo con “absolutez” que ese pasado no es “verdad”. Las ideas que hemos ido tejiendo en torno a un tema, como el de la Historia y la verdad, pertenecen a múltiples espejismos del llamado pluralismo de pensamiento. Lo que tú dices es una manera de proyectarte; son tus hábitos, tu mecanicidad y habilidad a la hora de referirte al tema. No es tu verdad. Es la “verdad” del pasado moviéndose en forma de monólogo interior. Y todos los que hemos intervenido en este asunto estamos haciendo lo mismo. Uno mejor articulado que otro, pero hacemos lo mismo: una reproducción inconsciente de hábitos conceptuales adquiridos del pasado. Cuando Jesús se ajustó al “silencio” estaba negando esa suerte de pluralidad de pensamiento. Estaba reafirmando su verdad, no la verdad del pasado. Estaba diciendo que el pasado no existe. Señalaba con ese “silencio” que el espejo del pasado solo proyecta en el presente cosas inverosímiles.
Contaré la siguiente historia porque ejemplifica muy bien las ideas anteriores. Sucedió que uno de los pensadores más agudos de la primera mitad del XX, el ruso P. Ouspensky escribió en 1911 uno de esos libros que marcan hito en la historia del pensamiento. Con “Tertium Organum”, el tercer canon del pensamiento y una llave para los enigmas del mundo, Ouspensky se propuso definir un sistema de lógica superior al “Organon” de Aristóteles y al “Novum Organun” de Bacon . Es un libro genial. Si lo lees te das cuenta de la pluralidad del pensamiento, de múltiples verdades. Escrito bajo una prosa magistral, no hay una palabra y concepto que sobre. Si queremos aprender redacción, ese libro es una prueba práctica de enseñanzas gramaticales. Matemáticamente hablando, es un libro exacto, más lógico que la lógica en el verdadero sentido de las medidas y conceptos se refiere. Es un libro de infinitas posibilidades; rico en erudición y en pensamiento. Confieso que no he leído un libro más exacto que este; coherente, lógico, en fin, sabio.

Pues bien, se lo llevó a leer en 1915 a un desconocido, a un místico, a George Gurjdieff. Cuenta el propio Ouspensky en otro de su geniales libros, “En busca de lo milagroso”, que Gurjdieff al término de leerlo le dijo “ven, toma este papel en blanco y escribe de nuevo todo lo que recuerde conceptualmente novedoso del libro”. Ouspensky se sentó muy confiado y en la medida que recordaba un concepto le surgía una frustración. Lo sé o no lo sé, se preguntaba así mismo. Entonces dudaba y se abstenía de escribir el concepto. A pesar de todo lo sucedido siguió recordando en su libro y entonces llegó al concepto de “Historia” pero sus manos comenzaron a temblar; ni siquiera pudo poner las manos sobre el papel; finalmente, atolondrado, asustado, recordó el concepto de “verdad”, al que más fuerza intelectual le dedicó en el libro. Pero fue demasiado; se paró de un tirón y le entregó a Gurjdieff el papel en blanco y dijo: “aunque puedo recordar, no puedo escribir ninguna de las palabras y conceptos que desarrollé en mi libro”. Se dio cuenta ahora, afirmó Ouspensky, nunca tuve un vislumbre de atención en lo que escribía; todos esos conceptos lo recogí, sin ninguna consideración crítica, mecánicamente, de otros autores en otros libros. Solo desarrollé lo que puede ser mío, un discurso lógico, la habilidad de expresarme lógicamente sobre esos conceptos. Pero esos conceptos no me pertenecen. El concepto de “historia” y de la “verdad”, no son mis experiencias.

Lo mismo sucede con nosotros los historiadores. Hacemos lo mismo. Nuestro conocimiento es solo de expresión, de lógica gramatical. Nuestra atención es mínima respecto a los conceptos manejados. Hoy se pone de moda un concepto y mañana otros. Cuando Braudel expuso su metodología histórica de la corta, mediana y larga duración en Francia todos los historiadores en ese momento la asumieron como verdad. Después, al acabo de un par de décadas esa verdad pasó a un segundo plano y la “historia de mentalidades” se impuso como la nueva verdad. Cartaya afirma, para refutar la idea de que “la historia no tiene que demostrar ninguna verdad” otra expresión lógica, diferente, a la que yo expresé, de que “la historia disciplinaria expone e interpreta con la seriedad del historiador y con su ideología, su visión honesta de la verdad sin ambición de absolutez”. Pero ambos estamos en el mismo barco: en la de la relatividad histórica, la relatividad de la expresión.

Si analizamos cada expresión narrativa del texto de Cartaya nos encontramos con la verdad, no de la verdad histórica, sino de la verdad de la expresión, con la verdad de lógica expositiva. “La historia disciplinaria expone…”. No, la historia no expone nada; la historia es un suceso alimentado por la expresividad metodológica y teórica del historiador. Sucedió con uno de lo más grandes exponentes de la historiografía mundial, el polaco Wiltod Kula. Cuando escribía el libro “Las medidas y los hombres”, canon de la historiografía social y de las mentalidades, se sintió opacado por un hecho primordial: ¿cómo puede ser verdad la implantación de un sistema de medida moderno a raíz de la Revolución Francesa si las reminiscencias feudales de las pesas y medidas antigua vivian con fuerza en la mentalidad colectiva de la nación? ¿Que verdad podía resultar para el engendro del sistema de medida moderno? Kula se daba cuenta de algo primordial: a los hombres le suceden las cosas, no actúan. La historia es un suceso mecánico forjado por hábitos sociales consumados. Hoy la memética, ciencia en ciernes, trata de explicar este fenómeno desde un punto darwinista, y acude lamentablemente a una verdad; la historia es un epifenómeno de expresividad, lenguaje y lógica gramatical. Por ahí es donde se desarrollan los canales vivientes de la infección del “menen”, de la conducta, los hábitos, la mecanicidad de acción del hombre y los historiadores.

Me resulta aleccionador ese último poema de Lezama Lima en “Fragmentos a su imán” titulado “El pabellón del vacío”. Lezama pasó más de treinta años trabajando en un sistema poético del mundo, que no era más que un sistema lógico, categorial, para comprender la esencia de la poesía. Lezama era un buscador incesante de la verdad poética y su lectura es impresionante; su erudición es fascinante. Pudo a través de esa memoria acumular tanto como le fue posible para estructurar ese sistema de conocimiento poético, llegar a conocer la verdad. Pero este poema, “El pabellón del vacío”, lo desmiente todo. Lezama llegó a experimentar en sus últimos días que todos esos conocimientos acumulados, esa enorme erudición cultivada no lo llevaron a encontrar ninguna verdad. A mi modo de ver, este poema ha sido mal interpretado por la crítica literaria, especialmente por Cintio Vitier. Este poema es prueba de que el conocimiento no llena ninguna verdad. Para conocer la verdad tiene que desaparecer, tiene que acabar con el conocimiento adquirido del pasado, tiene que morir a las ideas de las eras imaginarias, de un sistema, del imago; tiene que reducirse al máximo y caber en un hoyo en la pared. Es una de las metáforas más bellas que se haya pronunciado por un poeta cubano. Para Lezama, tiene que dejar de conocer, de adquirir conocimiento, de adjudicarte conceptos, para poder encontrarte con la verdad. La propuesta final de Lezama es tiene que estar vacío para hacerse uno con la verdad. Ese es el único modo de conocerla. Y eso mismo fue lo que le dijo Gurjdieff a Ouspensky. Entonces comenzó una nueva búsqueda.

Los historiadores necesitamos de una nueva búsqueda, no sobre la base de la lógica expresiva, no sobre la base del conocimiento acumulado, sino de la experiencia histórica.

Ángel Velázquez Callejas

OTRA OPINIÓN SOBRE LA VERDAD HISTÓRICA

SOBRE LA VERDAD HISTORICA
Por Gabriel Cartaya López

La repetida frase de que la historia está escrita por los vencedores, tal vez nacida de la inconformidad con que los vencidos oyeron el relato de una batalla, no solo ocultaría la opinión de los perdedores, sino, también, la naturaleza del relato que fue creciendo de boca en boca. Leo ahora, en el blog que para bien del pensamiento crítico -no solo del cine y no solo cubano- tiene abierto en la Web Juan Antonio García Borrero, una breve polémica que sostienen Ángel Velásquez, Delio Orozco y otros, acerca de la verdad histórica. Y como en todo campo honesto del pensamiento, todos exponen sus propias verdades relativas…. Creo útil deslindar, a priori, que el adjetivo que aquí sustantiva la verdad, podría también invertirse para considerar la historia verdadera.

Después de todo, ¿que es la historia?, ¿qué es la verdad? Más que adentrarnos en la resbaladiza argamasa conceptual, solo habitable en el cerebro humano, podría remitirnos a la realidad objetivizable donde nos remite la voz, tan llena de vida y de color. Yo, tan deudor de la interpretación positivista y marxista, como respetuoso de annalistas, y de la pluralidad de metodologías y enfoques que abordan el paso del hombre por la tierra, estoy convencido de que la historia existe, como existe la humanidad; y no creo en clasificaciones afirmativas de un antes y después para esta rama del saber -y del vivir- que pueda sumirnos en la nada, en el vacío.

Coincido en centrar la mirada en un matiz crítico alrededor de lo verdadero, o dudoso, de la historia asumida, donde también el cúmulo de interpretaciones es abrumador. Ángel Velásquez arranca, por cierto, de un hecho no probadamente histórico -la supuesta interrogante de Pilatos a Jesús acerca de la verdad, respondida con el silencio. Y si buscamos detrás de aquel silencio de verdad pronunciada, se nos dibuja la imagen de un hombre blanco, rubio, de pelo largo, angelical, evidentemente europeo, como lo quiso Miguel Angel con su pincel. Y Jesucristo era de Judea. ¿Donde está la verdad?

¿De qué se trata? ¿De la verdad del historiador o de la verdad de la historia? Nadie duda de la existencia de la Antigua Grecia, que nos dejó tantas pruebas materiales de su cultura…, ¿pero captaron los historiadores -Herodoto, Tucidides-, o los filósofos -hasta Aristóteles y Platón- , o sus poetas -Hesiodo, Homero- toda su verdad? Hasta hoy, siguen las interpretaciones que nos explican la riqueza de aquella cultura precristiana, pero aquellos poetas, filósofos, historiadores, nos legaron su verdad.

Si diverso es el pensamiento del hombre, diversa es su verdad, también la historiográfica. Que no haya escalonado a través de verdades absolutas la historia de la poesía, de la teología, sociología, ciencia, política, etc,… no significa que no exista, independiente, el corpus de la poesía, y demás disciplinas mencionadas, ni desmiente la verdad histórica de cada una de las ramas del hacer y el saber del hombre, tan grande de carne y huesos medibles, como del espíritu donde habitan, para bien, los sueños y esperanzas. Desde el principio de los tiempos, el hombre tropezó con la pluralidad de interpretaciones y supo que la verdad absoluta era imposible buscarla en él; entonces tuvo la genialidad de crear un ser superior a sí mismo, aunque a su imagen y semejanza, para que moderara, en ansia de justicia, sus múltiples verdades.

No me sumo a la afirmación “la historia no tiene que demostrar ninguna verdad”. Para mí, la historia disciplinaria expone e interpreta con la seriedad del historiador y con su ideología, su visión honesta de la verdad sin ambición de absolutez. Que haya sido instrumento de manipulación política, religiosa, filosófica, acorde a intereses egoístas -¿los vencedores?- desde la comodidad de la tiranía encumbrada, no invita a rechazarla como historia, sino a reconstruirla, cada vez, para que las mejores luces de ayer, históricas, alumbren el camino de mañana.

Ángel Velásquez termina, como comienza, con un mito, y coincido con él en que Tebas es también una metáfora de la verdad, no una verdad histórica; de suerte, porque si fueran abiertas las siete puertas, ya no habría nada que buscar. Y la historia, como la verdad, es infinita. Para el discurso cinematográfico, como para la poesía, existe la verdad histórica, pero siempre sujeta a nueva interpretación y enriquecida. Aceptar que no existe la verdad histórica, o la verdad simplemente, como la verdad, es caer irremediablemente en la trampa hegeliana que quebró su dialéctica en la idealidad de un Estado prusiano. Es un decir.

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ULTIMAS PALABRAS CON ROBERTO FANDIÑO

En la isla mi acceso a Internet es limitado en cuanto a tiempo y sitios que puedo visitar. No cuento, por ejemplo, con la posibilidad de revisar sistemáticamente mi cuenta en Yahoo. Eso es lo que explica que se me hayan acumulado más de 2000 mensajes, y algunos amigos piensen que me he olvidado de ellos.

Aproveché mi reciente viaje a los Estados Unidos para limpiar el buzón, y dejar un número razonable de correos. Entonces me tropecé con el mensaje enviado por el cineasta cubano Roberto Fandiño el martes 16 de octubre del 2007, cuando después de un año y medio viviendo en España retorné a Camagüey, y le escribí para despedirme y pedirle que entregara a algunos amigos ejemplares del libro sobre el cine realizado por cubanos más allá de la isla. Su mensaje era este:

“Querido Juan Antonio:

Como soy viejo me atrevo a darte un consejo: sé digno, pero prudente. Y si en una disyuntiva extrema tuvieras que sacrificar una de las dos, renuncia a la prudencia, porque la dignidad, a la postre, siempre se respeta.

Mi mayor deseo sería, no que volvieras -que también sería bueno-, sino que yo pudiera ir a visitarte a tu cueva de Camagüey. ¿Sabes todo lo que tendría que cambiar para que eso ocurriera? Ah, pero eso sí sería lo mejor para ti, para mí y para todos.

Cumpliré tus encargos y los libros serán entregados.

Un abrazote muy fuerte,

Roberto”.

Este fue el último mensaje que me escribió. Y me fastidia descubrirlo ahora, cuando al parecer ya no hay nada que hacer, porque está muerto. Sin embargo, se me antoja que ni siquiera la muerte puede ser un obstáculo para dos personas que intentan comunicarse de buena fe. Al menos, en este mismo instante, yo sigo conversando con Roberto Fandiño. Y no sé si es o no prudente hacer público este mensaje, pero si sé que en mi mente Fandiño sigue siendo un hombre digno.

Juan Antonio García Borrero

EL REGRESO

Todavía ando asustado. Estuve a punto de perder el vuelo que me traía de regreso a la cueva camagüeyana desde la ciudad de Miami. Admito que en los aeropuertos soy una suerte de manager general del despiste. En esta ocasión me entretuve hablando con un amigo, al cual localicé telefónicamente en el último momento. Y solo me enteré que era hora de irse cuando comenzaron a vocear mi nombre por los altavoces, y dos aeromozas de la línea llegaron corriendo a buscarme, mientras me aseguraban que no podían esperar más. Confío en que no existan imágenes grabadas de las carreras que di con dos maletines en el hombro y el pase a bordo en la mano. Al final, el dios de Bembeta 723 me ayudó otra vez a regresar a la cueva.

Necesitaré un par de días, o más, para poner en orden todas las ideas que traigo regadas en la cabeza. La experiencia de Harvard fue fantástica. Y la estancia en Miami más que estimulante, debido a esa gran cantidad de amigos con los que compartí ideas, vivencias. En Miami he estado tres veces, pero esta es la primera ocasión en que pude apreciarla desde diversos ángulos. Hablar con los que les va bien, y también con los que nunca han podido ver de cerca eso que llaman “el sueño americano”, para mí ha resultado enriquecedor.

Ningún medio, ningún periódico, ninguna emisora, ningún político, ningún blog, podrá describir jamás eso tan complejo que es la ciudad de Miami. Para obtener una idea de esa complejidad es preciso dejar a un lado los roles sociales, y percibirnos como seres humanos que aspiran a lo mismo (ser felices), aún cuando se piense diferente. Algo difícil, lo reconozco, pero no imposible.

Juan Antonio García Borrero

UNA PAUSA

Hace cinco días que llegué a los Estados Unidos, pues he tenido la suerte de ser invitado a un simposio internacional sobre cine iberoamericano organizado por la Universidad de Harvard.

Al principio pensé que podría mantener actualizado el blog desde aquí, mas he comprobado que ello no es tan fácil. Para empezar, ando perdido con los teclados, y encontrar los acentos, por ejemplo, se convierte en toda una pesadilla. Así que el blog se tomará un receso, y al regreso a Camaguey trataré de describir lo que ha significado para mí esta experiencia.

En principio ya ha sido más que edificante el reencuentro en Miami con un grupo de amigos con los que siempre ha resultado un placer intercambiar ideas, confrontarlas. Y me quedan otros que temo que el tiempo no me permita verlos, o al menos hablar con ellos, así sea por teléfono.

Por lo pronto, les dejo con el enlace del evento EL CINE COMO HISTORIA, LA HISTORIA COMO CINE. Sobra decir que me siento un verdadero privilegiado con esta invitación.

Juan Antonio Garcia Borrero