ARTURO ARANGO SOBRE EL NÚMERO 36 DE “CRITERIOS”

El pasado miércoles 31 de marzo, el narrador y ensayista Arturo Arango presentó en el Centro Teórico-Cultural Criterios, el número 36 de la Revista Internacional de Teoría de la Literatura, las Artes y la Cultura “Criterios”. Como seguramente recordarán los lectores del blog, ese número también fue presentado en Camagüey, en el marco del 17 Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica.

En su momento dije que si las sesiones teóricas de ese evento dejaron en mí un buen sabor, no menos placentero fue lo que considero resultó todo un broche de oro para esa cita con el pensamiento de altura: la conferencia de Desiderio Navarro en la Biblioteca Provincial “Julio Antonio Mella”, y posterior presentación y venta de las publicaciones auspiciadas por ese Centro (incluyendo la revista presentada ahora por Arango).

Lográbamos de esa manera insertar en nuestros predios agramontinos algo de esas ideas que, lamentablemente, con demasiada sistematicidad han estado ausentes en nuestras conversaciones y polémicas. Como si el cine se bastara a sí mismo, y no formara parte de una dinámica mayor y mucho más compleja de la que sugiere la cómoda cinefilia.

Recuerdo que en su momento le pedí a Desiderio una charla dirigida sobre todo a los jóvenes, a esos que se inician en el audiovisual en una época donde pareciera que, liquidados los viejos autoritarismos de izquierda y derecha (las viejas enfermedades del poder, como les llamó Foucault), el mundo está llamado a convertirse en un aplacible lago inundado de imágenes que hablan siempre de una violencia ajena (jamás de un mal interior o próximo).

El tituló a su charla “Circulación de las teorías; también la cinematográfica”. La importancia de su contenido se ponía de manifiesto tan solo con el título. Hoy más que nunca necesitamos que la TEORÍA circule y se discuta, pues en medio de tanto caos y banalidad el individuo necesita aferrarse a algo que lo haga sentir, si no menos finito, menos rehén de las fuerzas que lo superan en virtud de un egoísmo cada vez más desenfrenado: que le devuelva el talante de soñar mundos menos irracionales, sin que ello signifique, desde luego, caer en las antiguas “Razones históricas” convertidas en deshumanizadoras camisas de fuerza.

El hecho de que los jóvenes camagüeyanos abarrotaran la sala con la conferencia de Desiderio, preguntaran, intercambiaran puntos de vistas, nos hace pensar que hay “Criterios” para mucho tiempo, y las razones las expone Arturo Arango con mejor suerte que yo. Por otro lado, esta es una buena manera de comenzar a naturalizar entre los jóvenes que aspiran a hacer audiovisual cubano, y/o criticarlo, la exigencia de un fundamento teórico en todo aquello que implica juzgar una obra de arte, o sus alrededores.

Juan Antonio García Borrero

CRITERIOS Y LA POLÍTICA DEL CONOCIMIENTO

Por Arturo Arango

En uno de los excelentes ensayos que componen este número 36 de Criterios, el artista y teórico polaco Artur Zmijewski asegura que:

“la sociedad quizás está interesada en el mantenimiento de cierto nivel de ignorancia en los artistas. Los procedimientos cognoscitivos del arte, basados en el riesgo y la intuición, parecen amenazadores. La debilidad del programa teórico en las escuelas artísticas es el miedo realizado inconscientemente de la comunidad a reforzar el instrumento intuitivo del arte”.

Me valgo de la cita, procedente del texto “Artes sociales aplicadas”, para comenzar esta presentación afirmando que, a mi juicio, Criterios, revista y Centro Teórico Cultural, constituye en su conjunto una de las principales instancias de acción política con que ha contado la cultura artística y literaria cubana a lo largo de ya más de tres décadas, y que este nuevo número es una pieza clave para los años duros y críticos que, otra vez, transitamos.

No estamos reunidos aquí para hacer historia, pero ya es una verdad de Perogrullo que los textos sistemáticamente publicados por Desiderio Navarro, desde los años 70 y hasta hoy, han sido fundamentales para la formación teórica de varias generaciones de escritores, artistas y académicos cubanos, es decir, han contribuido eficazmente a “reforzar el instrumento intuitivo del arte”. Si, de nuevo apelando a Zmijewski, “El artista es una especie de idiota genial que dice cosas importantes e interesantes, pero no sabe cómo las produce, no sabe tampoco cómo consumirlas”, la función política principal de Criterios ha sido la de ofrecer al campo cultural cubano un impresionante arsenal que, en muchos casos, ha hecho posible potenciar la genialidad con la sabiduría, o, al menos, nos ha permitido ser un poco menos idiotas.

Trasladando ahora al terreno de la teoría los argumentos que el filósofo y traductor polaco Pawel Moscicki, de nuevo en estas páginas, propone para el teatro, me atrevo a opinar que Criterios no realiza sus acciones principalmente en la esfera de la política sino que prefiere la de la politicidad. Dicho con palabras de Moscicki, es ésta la esfera de “las condiciones de surgimiento de las distintas figuras, sujetos y opiniones políticos”, de manera que su operatividad sería más “comprometiente” que “comprometida”. Según el ensayo “Compromiso y autonomía del teatro”,

“el arte comprometiente trata de inventar nuevas líneas divisorias, posibilitar la toma de nuevas posiciones que hasta entonces parecían imposibles. No responde a postulados o problemas políticos, sino que inventa nuevas preguntas y formula postulados que hasta entonces no conocíamos”.

Sin embargo, estoy convencido de que Criterios también cumple con otra prevención estratégica que plantea Moscicki:
“El verdadero arte comprometiente debe, en cambio, ser en parte también arte comprometido. De lo contrario, permanecerá de manera duradera desvinculado del espacio social y perderá la posibilidad real de reconfigurarlo”.

Si bien es cierto que, como afirma Pierre Bourdieu en “Las condiciones sociales de la circulación social de las ideas”, “muchos malentendidos en la comunicación internacional provienen del hecho de que los textos no se llevan consigo sus contextos”, la enorme utilidad del arsenal ofrecido por Desiderio se sostiene en una infatigable tarea dual, con la que se conectan productivamente los dos polos que constituyen, desde su nacimiento, la base del perfil de esta revista: una constante puesta al día en torno al desarrollo de las principales corrientes teóricas mundiales (y verán que frente a este número se puede escribir la palabra “mundiales” con entera propiedad) y, a la vez, la atención permanente sobre los rumbos que van siguiendo la sociedad y la cultura cubanas, lo cual, para atender a Bourdieu, hace necesario que se tengan en consideración los contextos de donde proceden los materiales elegidos y traducidos, y las nuevas lecturas que provocarán en el contexto cubano. Criterios, lo sabemos todos, es una revista que se permite una relativa atemporalidad. Los viejos, amarillentos números que atesoramos en nuestras bibliotecas pueden ser en este mismo minuto imprescindible material de estudio para alumnos del ISA o de la Universidad de La Habana, pero, a la vez, fueron pensados para el presente en que aparecieron publicados.

Una mirada a los temas de que tratan los ensayos de este número 36 confirma lo que acabo de decir. Un excelente bloque dedicado a las relaciones entre el arte y la política viene a advertir, a mucho esnobista nacional, que en otras partes del planeta, y en especial en los países que pertenecieron al campo socialista europeo, se está revitalizando la necesidad de reformular el pensamiento de la izquierda desde los procesos artísticos y, dicho con palabras que esos esnobistas suelen comprender, que el arte político se está poniendo otra vez de moda. Pero, más importante aún, ese segmento ofrece un conjunto de ideas, de anticipaciones o propuestas teóricas a quienes en Cuba están desarrollando ahora mismo un arte socialmente crítico.

Luego, hay en Criterios un bloque en el que se agrupan textos cuyo contenido podríamos enmarcarlo dentro de las relaciones interculturales, y que está atravesado por asuntos como la globalización de ciertos procesos filosóficos o artísticos y las relaciones centro-periferia. En este sentido, para los imprescindibles debates que actualmente ocurren entre nosotros en torno a la cuestión racial, serán utilísimos los ensayos “Mestizaje o pluralismo”, de Dominique Chateau, y “El sincretismo y sus sinónimos: reflexiones sobre la mezcla cultural”, de Charles Stewart; así como las miradas a Occidente desde las llamadas periferias contenidas en “¿Puede la filosofía ser intercultural?: un punto de vista africano”, del filósofo ghanés Kwasi Wiredu, y “Reconsiderando a Occidente”, del filósofo indio A. Raghuramaraju.

Pero no pretendo agotar el índice, del cual me quedarían, aún, otros textos muy reveladores que comentar, y donde expresiones como “Semiótica del turismo” y “World music”, bastarían para hacer evidentes esas conexiones entre el mundo y Cuba, sino tan sólo ofrecer algún otro punto de vista a partir de mi lectura de un conjunto de estos ensayos.

En particular, me ha llamado la atención la indudable familiaridad que se establece entre el arte, la sociedad y los procesos políticos cubanos y los materiales elaborados en esos países de la Europa del Este a que me referí antes, y no sólo porque en estos trabajos se pueda estar anticipando nuestro futuro, sino porque autores como Ales Erjavec están incorporando a sus estudios los vasos que comunican momentos del arte cubano y de países de la antigua comunidad socialista anterior a 1990. Lo importante, a mi juicio, es que, de nuevo, Criterios está poniendo sobre la mesa un imprescindible debate largamente aplazado, silenciado, en Cuba: ¿hasta qué punto el socialismo cubano adquirió contenidos del socialismo europeo y hasta dónde se diferenció de aquél? ¿Cuánto de esos contenidos ha desaparecido ya y cuánto permanece en nuestra sociedad, en las estrategias del arte y la literatura, y en su contraparte, aquello de lo que Beata Müller trata en su ensayo “La censura y la regulación cultural”?

Son problemas que de nuevo parecen cruciales para el presente cubano: este conjunto de ensayos, como los relativos a la globalización y los procesos interculturales, ilumina un pasado que aún gravita, actúa sobre nosotros. La política es también el arte de prever, de trazar las estrategias hacia el futuro deseable, y sin el conocimiento útil, universal y fecundante como el que proporciona Criterios, la política, en cualquier esfera, se reduce a politiquería, a retórica. Ese porvenir incierto, todavía deforme, se va configurando ya, en este mismo minuto, amoldándose, tomando forma a partir de una sustancia irregular constituida tanto por los traumas de aquel pasado como por las anticipaciones iluminadoras de esos “idiotas geniales” que pocas veces son tenidas en cuenta. El futuro deseable, entonces, será posible sólo desde la lucidez.

De acuerdo con Ovidiu Tichindeleanu, en Europa del Este, “En la esfera cultural, el período de transición [al capitalismo] estuvo ligado a una degradación de la reflexión teórica, compensado por la instauración de la razón metonímica como modo de pensar hegemónico”, lo cual fue favorecido por el hecho de que durante el período llamado socialista, la reflexión marxista pasó a ser “estrategia tecnócrata de partido”, y, al igual que en el sistema capitalista, también en el socialista “la modernidad tecnológica y la modernidad de la emancipación o de la libertad han sido la pareja simbólica en torno a la cual se ha articulado la contradicción cultural central”, y en ambos sistemas se impuso “la prioridad de la modernidad tecnológica sobre la emancipación”.

Creo que para toda persona con una mediana capacidad de reflexión es evidente que Cuba atraviesa un complejo período de transición, en el que se confrontan muchas más fuerzas de las que suelen considerarse públicamente. Algunas de ellas estarían tendiendo a esa “degradación de la reflexión teórica” y a la hegemonía de un pragmatismo economicista que tiene en su base la modernidad tecnológica, instrumental. Otras, en cambio, modifican, de acuerdo con las nuevas circunstancias, una tradición intelectual que concibe el socialismo, principalmente, como un proceso de emancipación y enriquecimiento del ser humano. De nuevo en palabras de Tichindeleanu, “En la actualidad, el sistema mundial moderno se acerca a su fin. Por eso, la tarea intelectual necesaria, hoy y en el futuro cercano, es la de la utopística: imaginar el nuevo orden social, definir las instituciones concretas mediante las cuales se pueda reexpresar la emancipación humana”, tarea para la cual estos textos que ahora nos ofrece Criterios son de un valor incalculable.

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Publicado el abril 16, 2010 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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