Archivos diarios: marzo 29, 2010

TITÓN Y CAÍN DESDE “EL MÁS ALLÁ”

Sigo tomando notas para el libro que quisiera escribir alguna vez sobre Tomás Gutiérrez Alea. No quiero que sea exactamente una biografía. Por eso me está costando bastante trabajo, pues más que narrar de manera lineal lo que el positivismo historiográfico suscribiría sin dilación, me interesa explorar la interacción entre el mundo material en que se desarrolló el cineasta (las condiciones objetivas de producción), el mundo subjetivo que podría deducirse de su epistolario, por ejemplo, y el mundo de la cultura (de las ideologías, las artes) en que le tocó vivir y polemizar una vez que fuera “arrojado” al mismo. Por eso he querido nombrar ese libro “Hasta cierto Titón”.

Para ello no solo he estado revisando otra vez sus películas, o releyendo los diversos artículos que escribió, sino también escudriñando en varios de los libros que conformaban su biblioteca, y que tengo en mi poder gracias a la gentileza de Mirtha Ibarra.

Hace unos días me llamó la atención uno cuya portada se encuentra en muy mal estado, debido a la inclemente factura que le ha pasado la humedad. Se trata de uno de esos textos breves que publicaba la Editorial Paidós (Buenos Aires) en los años cincuenta, como parte de la colección “Biblioteca del Hombre Contemporáneo”. El título del libro es “El más allá”. El autor es Francois Grégoire (entonces profesor de la Facultad de Letras de Bangkok), y en la parte final puede leerse que se terminó de imprimir el 9 de mayo de 1960.

Como en todos los libros de la biblioteca privada de Gutiérrez Alea, en la primera página encuentro garabateado con letras menudas el para mí ya familiar “TGA”; en el folio siguiente, con tinta más oscura (aunque también semidesvanecida por el tiempo), me tropiezo con lo siguiente: “Guillermo Cabrera Infante/ La Habana, 15 enero/ 62”.

Puestos a especular, podríamos pensar que el libro inicialmente pertenecía a Caín. ¿Se lo regaló a Titón en un período en que todavía la relación de amistad sobrevivía, si bien no con la intensidad de antes? Las especulaciones podrían ser infinitas. Sin embargo, a los efectos de este breve post me interesa más bien llamar la atención sobre el contenido de ese libro, y su posible influencia en la obra de quien en más de una ocasión aludió a la Muerte en sus películas, y quién sabe si dejemos abierta una conexión soterrada con el imaginario del autor de “La Habana para un infante difunto”.

Aunque pareciera que las meditaciones metafísicas referidas al mundo exterior y la finitud de la materia interesa solo a los filósofos, en realidad no existe una sola persona (por ilustrada o falta de instrucción que esté) que alguna vez no se vea sobresaltada por el recuerdo de aquello del “ser-para-la-muerte”. Seamos ateos o creyentes, pragmáticos o espirituales, vivamos en una cueva o Nueva York, la imagen de la impecable finitud del ser que es uno, llega en algún momento ante nosotros. Y es el momento en que nos preguntamos cuál es el sentido más profundo de la vida, si lo único que queda a la vista es la condición absurda de nacer para morir.

En Titón esta “angustia” (en el sentido que proponía Kierkegaard) está presente con bastante frecuencia en su obra y escritos íntimos, lo cual contrasta con una época donde (al menos en la primera etapa) lo que prevalecía era el abandono del individuo a una causa colectiva; una época donde el sujeto y su suerte particular desaparecían ante la importancia única concedida a esa abstracción nombrada “Revolución”. Por eso llama la atención la carta que Titón escribe el 25 de marzo de 1965, la cual comienza advirtiendo que se encuentra de guardia (como miliciano) en uno de los edificios del ICAIC, y acto seguido se sumerge en una serie de reflexiones sobre las estrellas de la noche, llegando a concluir que:

“Me parece que sería un buen ejercicio, un ejercicio sano, purificador –no quieras ver en ello connotaciones místicas- eso de observar el cielo periódicamente (sería mejor con un telescopio). Por lo menos las cosas auténticamente mezquinas que suelen rodearlo a uno diariamente, dejan de preocuparnos, y en general creo que resulta útil para revisar nuestra escala de valores”.

Ignoro si la anterior reflexión tenía algo que ver con el célebre pasaje kantiano donde el filósofo alemán habla de “el cielo estrellado sobre mí”, y el impacto que provoca reconocer el lugar exacto que ocupamos en el mundo sensible exterior (infinito y grandioso), y que termina anonadando nuestra “importancia como criatura animal”. A estas alturas es difícil detectar cómo dialogaban entre sí las ideas filosóficas en un contexto donde se hacía cada vez más hegemónico, ya no el Marxismo (que admite diversas lecturas, incluyendo las que lo estudian de manera crítica), sino un marxismo de manual que prescindió del sujeto en nombre de “la Historia”, y subordinó a los intereses de un grupo el modo de dominar en sociedad.

Lo interesante de este libro que alguna vez compartieron Guillermo Cabrera Infante y Tomás Gutiérrez Alea, es que habla de un modo novedoso del modo en que se ha representado “el más allá” en el imaginario de cualquier civilización que haya conocido la historia del ser humano. El repaso que se hace desde la prehistoria, la visión de celtas, germanos, nórdicos, griegos, etruscos, romanos, cristianos, budistas, etc, hasta llegar a lo contemporáneo, permite obtener un panorama que invita a seguir reflexionando.

En el caso de Caín y Titón: ¿tendría alguna influencia el libro a la hora de evocar ellos mismos en sus respectivas obras, ese momento que nos imaginamos después que todo ha terminado “aquí”? Es difícil asegurarlo, pues por la época en que cae en las manos de ambos el volumen, comenzaba a predominar de manera oficial el rechazo de toda alusión a “la supervivencia” del alma, dada la asociación que se podía hacer con la falsa ciencia, a su vez asociada a lo religioso, el oscurantismo, o a lo excesivamente sentimental. Entonces se apelaba a la Razón histórica como el único modo de mejorar el mundo de los vivos, que era el que importaba. “El más allá” no se pensaba en términos verticales (a la manera en que se piensa tradicionalmente a Dios), sino horizontales (el Futuro lejano como nuevo altar), que es donde ha de alcanzarse la armonía después que, en el presente, conviven de modo desordenado los hombres, trazando alianzas efímeras, y peleando a muerte por la paz definitiva.

Sin embargo, como alcanza a leerse en el primer capítulo de Grégoire, dedicado justo a examinar la “actitud negadora” de todo lo que huela a “ultratumba”, en el seno de esa comunidad positivista “no es raro notar que la negación más cerrada de la vida futura se acompaña de otra clase de “inmortalidad” más discreta y, si puede decirse, menos ofensiva para el pensamiento racionalista”. El autor menciona al menos tres posibles ejemplos de esta variante que niega, pero acepta: el de Lucrecio, con su propuesta de combinaciones infinitas de esa materia atómica que nos garantiza la perpetua existencia; el de Nietzsche con su hermosa teoría del eterno retorno, y el de Comte confiriéndole a la Humanidad (el “Gran Ser”) la eternidad que se le niega a ese individuo que, sin embargo, gracias a su finitud sobrevivirá en el recuerdo de generaciones venideras. Por eso para Grégoire: “No es exagerado decir que numerosos materialistas modernos participan más o menos explícitamente de este punto de vista; y cuando cierto mártir (comunista) de la Resistencia, en el emocionante texto escrito en la víspera de su ejecución, se compara al ramaje desprendido del árbol y que va a enriquecer la tierra de donde nacerá una vegetación nueva, reenvía en cierto sentido a la posición lucreciana”.

En las películas de Titón las alusiones a “el más allá” no se formula de una manera explícita, pero es obvio que la recurrencia de esas situaciones donde la Muerte es casi una protagonista, contienen alusiones al momento decisivo. “Guantanamera” tal vez sea la que se aproxima al asunto de una forma más explícita, y al mismo tiempo más intensa, quizás porque el cineasta se sentía más próximo a su desenlace vital.

Recordemos la secuencia final en el cementerio; recordemos el personaje interpretado por el actor Carlos Cruz cuando se queda paulatinamente solo en medio del discurso que ha preparado con la pretensión de alcanzar “la Gloria”, y hagamos un rápido flash back al momento aquel en que un Titón mucho más joven observa las estrellas, y llega a la convicción kantiana de que nada puede curar mejor los delirios de un ego desbocado, que medir sus fuerzas con el Universo.

La imagen que nos queda en nuestra mente de ese personaje encaramado en un podio, despidiendo a quien viajará antes que él a “el más allá”, más despiadada no puede ser. Es el retrato nada sutil del irracionalismo humano, ese que en su afán de llamar la atención de los contemporáneos a toda costa, llega a sacrificar la autenticidad de su existencia con tal de obtener todavía en vida un epitafio (la última de nuestras vanidades) que emule con el final de la mejor de las novelas heroicas.

Ese epitafio prediseñado por el burócrata de la película sería otra manera de representarse “el más allá”, y hasta un anticipo de la estatua que en lo más íntimo aspira que le dediquen cuando ya no esté físicamente. Titón es implacable a la hora de juzgar tanta vanidad, como sugiere el último plano que nos muestra al personaje cada vez más aislado, y que pareciera contener en sí una interrogante anónima que mucho me gusta, por irreverente: “¿Hay mayor soledad que la de la estatua de alguien a quien nadie recuerda?”.

Juan Antonio García Borrero