Archivos diarios: marzo 22, 2010

MEMORIAS DE UN TALLER (1)

Todavía es dominante en muchos la idea de que los eventos pueden resolver los problemas de la cultura. O lo que es lo mismo: los problemas que nos afectan en nuestras vidas particulares.

Desde mi punto de vista, esta aspiración es bastante ingenua. Por lo general, quienes participan en un evento que tenga a la cultura en su foco de atención, no son los que determinan las “políticas culturales”. Entonces, lo más que se puede hacer es someter a debate los problemas que generan la aplicación de esas políticas, que casi siempre (al menos, eso es lo que muestra la Historia) se ven superadas por las contradicciones que va generando la propia existencia (que es dinámica, antidogmática), ya sea por razones subjetivas o tecnológicas.

El Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica, que desde hace 17 años se celebra en Camagüey en el mes de marzo, nació con el claro propósito de detectar algunos de los problemas que más afectan al audiovisual cubano, a su crítica e historiografía, y también a su público. Y aunque venga de muy cerca la observación, pienso que su mayor mérito está en haber conseguido un sitio donde lo que llamamos “cultura de la polémica” es posible. En los Talleres se ha discutido con pasión, se han expresado opiniones injustas que otros han sabido matizar, y en sentido general, se ha aprendido.

Desde luego, hablo desde mi perspectiva muy personal. Para mí el Taller de la Crítica siempre comienza después que todo ha acabado. Es decir, comienza justo en ese momento en que, a solas en la cueva, reviso las notas que fui tomando en cada una de las sesiones, y empiezo a garabatear las ideas que me hubiese gustado compartir u oponer en cada caso. Y vuelvo a descubrir que “escuchar a los otros” siempre será la mejor vía para llegar a un conocimiento, si no último, menos mutilado que ese que nos zarandea a diario.

Este año, cuando anunciamos que la primera sesión del Taller de la Crítica estaría dedicada a hablar de la Cinemateca de Cuba en su cincuenta aniversario, alguien me comentaba que el evento estaría sacrificando un día que podía dedicarse al debate del presente. Espero que la propia sesión y las discusiones que allí se desarrollaron lo hayan hecho repensar su creencia. En realidad, una vez más quedó demostrado que someter a debate los modos en que hasta ahora se ha escrito la Historia (en este caso la del cine cubano), es un gesto que en verdad está mirando al presente, y hasta el futuro.

Lo cierto es que los historiadores del cine cubano ahora mismo tenemos un serio problema con este asunto que, en su momento, puso sobre la mesa el investigador francés Enmanuel Vincenot. Y agradezco a Manuel Herrera, actual director de la Cinemateca de Cuba (esa a la cual se le entregó un reconocimiento público por sus cincuenta años de sostenida gestión cultural) que en ningún momento se sintiera ofendido por lo que allí se discutió. Manuel Herrera es de los que ha entendido que la propuesta de hablar de “la otra Cinemateca” no significa negar esta. Al menos a mí no se me ocurriría suprimirla, pues como espectador de provincia, reconozco que buena parte de mi actual formación se la debo al culto de esos ciclos en los cuales me inició Luciano Castillo, apoyado a su vez desde La Habana por Héctor García Mesa. Sin la asistencia sistemática a esas proyecciones jamás habría pasado de ser ese espectador más bien común, que confunde la historia del cine con la historia del Hollywood más frívolo.

Lo que pasó en Camagüey ese día debería quedar como ejemplo de las posibilidades comunicativas que brinda un debate civilizado. Es decir, un debate donde la cortesía cívica no es excluida. Y lo que me entusiasma mucho más es el hecho de que ese debate haya sido propiciado por Carlos Velazco Fernández, un muy joven investigador que junto a Elizabeth Mirabal Llorens, están consiguiendo un conjunto de investigaciones donde lo que es fundamental es el aporte testimonial y documental.

Hasta ahora, este asunto de las Cinematecas se había quedado en la pura retórica. En sentido general, casi todo el mundo reconoce la existencia de ese grupo de jóvenes (Germán Puig, Ricardo Vigón, Tomás Gutiérrez Alea, Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros, Rine Leal, entre otros), que en su momento se propusieron algo absolutamente inédito en la cultura nacional. La propia Cinemateca de Cuba mostró, en la exposición que organizamos en el Centro de Arte de la ciudad, un ejemplar del programa de mano que dicho grupo imprimió con el fin de promover las distintas proyecciones, respaldadas incluso por el MOMA.

Donde no existe consenso es a la hora de concederle legitimidad nominal a esas actividades. Y justo en ese debate (insisto: el primero donde se confrontan los argumentos encontrados, con el fin de obtener un punto de vista superior), salieron a relucir las debilidades de aquellos razonamientos que hablan de una Cinemateca atendiendo solo, por ejemplo, a la fecha de ingreso a la FIAF. Pues si este fuera un argumento válido, entonces la Cinemateca de Cuba no estaría cumpliendo cincuenta años, sino cuarenta y ocho, en tanto ingresó a la Federación en 1963, y uno tendría que preguntarse qué era en ese período (¿acaso un cineclub de la institución ICAIC?). Por otro lado, el colombiano Sergio Becerra, presente en la mesa en su condición de Director de la Cinemateca Distrital de Bogotá, con una proyección de trabajo reconocida más allá del espacio donde tiene su sede, confesaría que su Cinemateca no formaba parte de la FIAF.

Ante este gran dilema al que se enfrentan los estudiosos (seres de carne y hueso, que tienen sus filias y sus fobias, como cualquier mortal), pienso que la sugerencia que nos hace Desiderio Navarro adquiere un gran valor metodológico, pues nos permitiría hablar no de “la Historia de la Cinemateca” (un enfoque a todas luces excluyente, en su afán fundacional), sino de “las Historias de las Cinematecas”. Dando por sentado que en ambos casos ha existido un proyecto de trabajo dirigido a influir en la comunidad (al margen del apoyo recibido por instituciones con poder legitimante), el estudioso podría reconstruir el horizonte de expectativas que movilizaba a ambos grupos de jóvenes, establecer conexidades que explicarían no los diferendos, sino las continuidades en cuanto a aspiraciones de influencia cultural. Se trata, a mi juicio, de enriquecer la memoria histórica de la nación, no de empobrecerla.

Al final de la sesión teórica fueron presentados varias publicaciones, entre ellas, la revista “Revolución y Cultura” número 5/6 del 2009, donde aparecen la entrevista realizada por Leandro Estupiñán a Alfredo Guevara (y donde se toca el asunto de la Cinemateca de Puig), y el texto escrito por Elizabeth Mirabal Llorens y Carlos Velazco Fernández con el título de “Memorias de la primera Cinemateca de Cuba”.

Pienso que el “nuevo historiador” de cine cubano tendrá que esforzarse en la búsqueda de un equilibrio que le permita tomar en cuenta todos los puntos de vista (los de aquellos que han gozado del respaldo del Poder, o escriben desde el Poder, y los de aquellos que han sido excluidos), pero sin olvidar que “la enunciación pública” (desde el Poder) y “el silencio impuesto o voluntario” pueden tocarse cuando llegan a los extremos. En ambos casos hay una construcción de “sentidos” (nada en este mundo es inocente una vez que lo toca el hombre), por lo que, más que nunca, será necesaria la apropiación crítica (nunca pasiva) de aquello que llega (o deja de llegar) a nuestros ojos y oídos.

Dicho por lo claro: este nuevo historiador debe hacer suyo aquel argumento que esgrimía en su momento Aristóteles: “Soy amigo de Platón, pero soy mucho más amigo de la verdad”. Por supuesto que esa decisión le reportará un sinnúmero de escollos y detractores. La falta de aliados tal vez devenga en lo adelante su marca de identidad, pero es lo que le toca si realmente quiere que aquello que escribe no termine considerándose “la última palabra” (una fantasía que el Tiempo se encarga de demoler con brutal agilidad), sino en todo caso, la víspera de una nueva forma de ver las cosas.

La trascendencia de la Cinemateca fundada en 1959 difícilmente podrá ser ignorada por las generaciones venideras. Al menos a mí me enseñó a pensar críticamente todo lo que tenga que ver con el cine, por lo que sería un contrasentido que ahora me pusieran frenos a pensarla críticamente también a ella. Pero desde luego, no olvido que somos seres humanos. Que las pasiones nos mueven, y nos convierten en rehenes de hábitos intelectuales que nos inmovilizan. De allí mi confianza en los más jóvenes; en esos que pueden mantener una distancia crítica donde combinen con eficacia la lealtad al conocimiento científico con el afán de justicia, de rectificación, o mejor aún, superación.

El final del texto de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal más hermoso no puede ser, cuando apelan el testimonio de Rine Leal. Decía Rine en 1963, en su comentario al libro “Un oficio del siglo XX”:

“Luego fueron Germán Puig y Ricardo Vigón y finalmente Néstor Almendros y vino el Cine Club de La Habana y más tarde la Cinemateca de Cuba. Sin saber cómo, estábamos todos creando una nueva sensibilidad cinematográfica en el país, influyendo en los más jóvenes, discutiendo con los más viejos y uniéndonos a los de nuestra generación. Yo era algo así como un renegado entre ellos: no iba mucho al cine (me sigue aburriendo) dudaba que fuera un arte (aún lo dudo a pesar de cuantos ejemplos en contrario se me citen) y mi interés fílmico no era otra cosa que residuos del banquete homérico que Guillermo, Néstor, Germán y Ricardo solían darse cada noche”.

Es una suerte que, tantos años después, y a pesar de todo, sigamos asistiendo a ese singular banquete.

Juan Antonio García Borrero

ARTURO INFANTE SOBRE EL CINE Y LA REALIDAD

Lourdes Stusser y Carlos Ríos: ¿Crees que el cine deba encargarse de denunciar o alertar sobre zonas oscuras de la realidad?

Arturo Infante: Un tipo de cine “comprometido”, sí. Siempre con inteligencia, nunca desde el panfleto, que provoca el efecto opuesto a lo que se quiere denunciar. El humor, la ironía, suelen ser herramientas sumamente eficaces. Siempre están presentes, por ejemplo, en el cine de Michael Moore.

Creo que mis cortometrajes hablan de la realidad también, a su manera. Aunque nunca me he dicho: “Mira que zona mas oscura hay aquí, ¡voy a denunciarla con un corto!”. Si hay algún tipo de alerta o denuncia, está más en la mirada del espectador, que en una voluntad mía.

Pero de cualquier forma, no creo que este cine comprometido sea mejor ni más valioso que otro. El cine debe ser lo que es. Debe haber diversidad. Cine para “alertar sobre zonas oscuras de la realidad”, y también cine para hacerte olvidar por un rato que esas zonas existen. Cine para soñar, para pensar, para excitar, que te saque las lágrimas, que te asuste, o que te haga morir de risa.

Nota de La Pupila:

Me gusta muchísimo este sitio editado por jóvenes, y del cual he tomado este fragmento de entrevista. Les recomiendo revisarlo, porque sobre el audiovisual hay cosas interesantísimas. Por lo pronto le establezco un link permanente.

RESULTADO DEL PREMIO NACIONAL DE CRÍTICA E INVESTIGACIÓN CINEMATOGRÁFICAS 2010

Un jurado integrado por Desiderio Navarro, Pedro Noa, y Mario Naito, decidió entregar por unanimidad, en el marco de la decimoséptima edición del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica, el galardón en la categoría de ensayo e investigación a la obra “A la sombra del elogio”, de la autora Berta Carricarte Melgarez, la cual incursiona en el cine japonés.

Según el acta del jurado, dicho premio se entrega “por el conocimiento que demuestra de la producción analizada y de su singular contexto estético y cultural, así como por ser una contribución inaugural a la superación de una de las tantas lagunas de la bibliografía cinematográfica nacional”.

Asimismo, el jurado decidió declarar desierto el premio correspondiente a la categoría de crítica, “debido a la ausencia de un enfoque metodológico y de una articulación temático-conceptual en la obras presentadas”.