ROLANDO DÍAZ Y ELIZABETH MIRABAL CONVERSAN

Me llamó la atención que, durante los días en que se celebrara la Novena Muestra de Nuevos Realizadores, apenas trascendiera en los medios la presencia en Cuba de Rolando Díaz, el popular director de “Los pájaros tirándole a la escopeta” (1984), y del actor Reynaldo Miravalles, una referencia insoslayable en toda la historia del cine post-59.

Gracias a la gentileza de la muy joven periodista Elizabeth Mirabal, “Cine cubano, la pupila insomne” puede ofrecer a sus lectores las entrevistas que les hiciera a Díaz y Miravalles, y que aparecieron en el boletín “Bisiesto”, que circula entre los asistentes a la Muestra.

J. A. G. B.

Chanson de Roland(o)
Por Elizabeth Mirabal

Rolando Díaz vive en ese lugar de extraña autonomía que es Islas Canarias. Se empeña en continuar haciendo cine (pronto comenzará a filmar Puzzle). Fundó su propia empresa y le puso Luna, como el satélite natural que acompaña a la Tierra. Todavía se ríe con ganas cuando recuerda que en un Noticiero Latinoamericano ICAIC combinó los nombres de dos de sus grandes amigos. Sólo así se explica la existencia de ese realizador heterónimo llamado Fernando Díaz Torres. Compensa las ausencias con una vida dinámica y mucho trabajo. Decide su vida, lo mismo en el fracaso que en el éxito, y eso, lo hace feliz. En la avenida Acosta, con un inusitado viento frío, conversamos y por cincuenta y cuatro minutos, pareciera que es posible quebrar las barreras.

—¿A qué atribuye que el público de Cuba lo recuerde o reconozca casi siempre por Los pájaros tirándole a la escopeta?

—Hubo un tiempo de mi vida en el que quería negar Los pájaros… Me molestaba que no se dialogara con otro tipo de cine que yo había hecho. Como me estoy poniendo mayor, pienso ahora que es una película muy importante en mi vida, por muchas razones. Sigue gustando mucho y no sólo en Cuba. Mantiene la vigencia y cuando esas cosas suceden, tienes que preguntarte: «¿Qué pasa?», «¿Por qué se queda esa manera de ver la vida y hacer humor?» Ahora, lo que sí me duele mucho es que una parte importante de mi obra no la conozcan los cubanos, y cuando hablo de los cubanos, me refiero a los que están entre el Cabo de Antonio y la Punta de Maisí.

—¿Por qué suele ser el guionista de sus films?

—Quizás eso es una limitación. No exploro en otra literatura, en otros mundos. Puedo reconocer que es una deficiencia, pero me gusta escribir mis historias y hasta ahora la vida me lo ha permitido.
—A diferencia de lo que sucede en la literatura o las artes plásticas, ¿por qué cree que se continúe ignorando en el ámbito cinematográfico las películas realizadas por cubanos fuera de la Isla?

—Me parece una injusticia brutal que se escamoteen las películas hechas por cubanos fuera. Hay que exhibirlas todas, aunque los puntos de vista sean diferentes, porque de lo contrario, se está mutilando la creatividad. No creo que la ideología tenga un poder sobre la creación. Cualquier cineasta del continente latinoamericano (e incluyo a los cubanos, por supuesto) hace a lo largo de su vida a lo sumo diez películas. No puede realizar más, porque es difícil, complicado, transcurre mucho tiempo en lo que armas tu producto. Realmente es triste que aquella que logras terminar, no sea vista por su destinatario. Así ha pasado con Melodrama, con Si me comprendieras… y eso te va haciendo una mella increíble.

—¿Alguna vez el reconocimiento obtenido por su hermano Jesús Díaz, tanto en la literatura como en el cine, le resultó incómodo? ¿Sentía la molestia de las comparaciones.

—Nunca. Yo no soy escritor. Escribí pininos, algunos cuentos, pero mi hermano era mayor que yo y sé de esa relación clásica que se da entre los pequeños y los más grandes. Empecé a realizarme en el cine antes que él y hacía un cine diferente al suyo. El cine que hice en Cuba tenía mucho que ver con mi visión de la vida, mi barrio, mi cultura, con la pelota, los Van Van y era más próximo a la comedia, tan vilipendiada injustamente. Mi hermano prefería un cine más político. Andábamos por caminos diferentes. He tenido compensaciones por mi obra. Jamás experimenté esas miserias humanas. Quizás algún día publique un cuento, pero sin ninguna pretensión, sólo para sacar fuera lo que tengo dentro.

—¿Hasta qué punto la decisión de su hermano de quedarse en Alemania en 1992 y un texto de ruptura como «Los anillos de la serpiente» incidieron sobre los destinos de Rolando Díaz?

—Cuando Jesús toma esa decisión, estaba mucho más convencido de lo que estaba haciendo que yo. Todavía yo tenía una parte de mi corazón en la Revolución, para no decirte en el país, porque ese es de todos, yo no creo que sea de la Revolución o de una idea política. Para mí era duro que mi hermano pensara así. Creía posible solucionar los problemas. Aunque sí estaba bastante decepcionado con cosas que no acababan de suceder como la libertad para la pequeña y mediana empresa. Incluso tuve la ilusión de crear una pequeña productora con Daniel Díaz Torres y Fernando Pérez a raíz de la nominación al premio Goya por El largo viaje de Rústico. No sé si ellos se acordarán, pero yo sí lo recuerdo perfectamente. Vinieron los problemas con Alicia…, que los sufrí muy en carne propia. Me sentí rechazado después de la decisión de Jesús. El hecho de que no se exhibiera Melodrama, fue injusto. Y eso ya no tenía nada que ver con mi hermano. Se relacionaba estrictamente conmigo. Atravesé una etapa de desencanto muy fuerte, que me condujo a aceptar propuestas de trabajo en España.

—¿Cambia algo que varios de sus documentales y películas sean exhibidas dentro de la programación de la Muestra de Nuevos Realizadores? ¿Es una modificación sustancial o se integra a esa misma voluntad de limitar que ha advertido?

—Le agradezco a los jóvenes que hayan albergado esta idea. Me cuesta hacer un análisis que pueda tocar con el pétalo de una rosa esa decisión. No sé quién aprobó esta iniciativa. Tampoco me lo pregunto, es una realidad: se van a poner las películas y yo vine. Ahora, hay algo obvio, a estas películas no se les ha levantado la veda. No soy tonto. Eso sucederá el día que todas las salas hagan una programación con los films de los cineastas que están viviendo fuera de Cuba. Reconocer que son pequeñas aperturas, y que las puertas comienzan un movimiento inesperado, quizás sí. Esto es un paso y estoy agradecido a la Muestra por acogerme. Lo ideal sería que la gente pudiera vivir donde quisiera y pudiera ir y venir de un lugar a otro. A mí me gustaría mucho filmar en Cuba y colaborar con otros realizadores, si no hubiera prejuicios. A estas alturas creo que es imposible. Y quizás cuando se pueda, ya no esté vivo. Pero conservo esa ilusión. Por otra parte, me importa un bledo que los extremistas de afuera me digan: «Oh, aceptaste una invitación de Cuba» y que los blogs publiquen que soy esto o lo otro, eso me resbala, me da exactamente igual. He descubierto que puedo vivir en libertad sin que nadie me esté presionando ni de un lado ni de otro.

Publicado el marzo 21, 2010 en CINEASTAS EN LA DIÁSPORA, ENTREVISTAS. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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