Archivos diarios: marzo 21, 2010

NOTA ACLARATORIA DE MARIO PIEDRA

Juan Antonio:

Me parece que quien decide la publicación de una entrevista y dónde, es el periodista que la hace, no el entrevistado.

En este caso, para no usar otros términos, creo que has incurrido en un “exceso de confianza”. Tú estabas perfectamente consciente de que esa entrevista tenía como destino el Boletín ICAIC DIGITAL. Y que, en cualquier caso, no hubiera podido publicarse en el número anterior correspondiente porque no la habías respondido a tiempo.

Publicarla en el Boletín, o en cualquier otro lugar, es mi decisión, no la tuya.

Quisiera que este comentario apareciera en tu blog, para dejar nítidamente sentado que has publicado la entrevista sin mi consentimiento, haciendo caso omiso de eso que llaman “derecho de autor”. Y. lo que es mucho más importante, de eso que suele llamarse “sentido de la amistad”.

Yo respeto tu trabajo, y bien lo sabes, pero resulta obvio que tú no respetas el mío.

Mario Piedra

Nota de “Cine cubano, la pupila insomne”:

Supongo que a Mario Piedra, con mucho más conocimientos en estos temas, le asista toda la razón del mundo. Este debe ser una de los tantos errores que a diario cometo, y no trataré de justificar la falta. Me dejé llevar por el deseo de compartir con los amigos del blog ese conjunto de respuestas y preguntas. Como rectificar es de sabio, dejo constancia en público de mi equivocación, y procedo a retirar la entrevista, que en verdad no me pertenece. Solo una aclaración: en Camagüey sí respetamos el trabajo de Mario Piedra, y las pruebas de esto son las que sobran.

Juan Antonio García Borrero

REYNALDO MIRAVALLES Y ELIZABETH MIRABAL CONVERSAN

Miravalles
Por Elizabeth Mirabal

Reynaldo Miravalles está en Cuba. Vino porque supo que exhibían Cercanía, de Rolando Díaz y quiso presenciar ese estreno. Además, como él mismo confiesa, así su esposa Nena y él pueden ver a sus hijas, sus nietos y bisnietos. Ha salido a caminar por los alrededores de 23 y 12, no sin escuchar comentarios muy graciosos («Mira como se parece a Melesio Capote ese hombre»). A los ochenta y siete años, sus seis pies y tres pulgadas continúan causando la extraña incertidumbre de no saber si estamos ante un deportista olímpico o el actor memorable de una veintena de películas. Al principio, advirtió por teléfono que las preguntas sobre política no las respondía. Y yo le dije que no, que iban a ser sobre su carrera como actor. Cuando me vio llegar, confió: «Pero si eres un muchacha».Ya sólo restaba divertirse.

—¿Qué recuerda de la preparación para su primer personaje en el cine, en Historias de la Revolución?

—Había empezado en la televisión desde 1951, es decir, tenía casi diez años de experiencia y había obtenido varios premios de actuación. Titón hizo un casting y me dio un papel en El herido, uno de los tres cuentos de la película. Yo no sabía como actuaba, no me había visto nunca, porque antes no existía el video. Recibía los elogios, pero no sabía si lo estaba haciendo bien o mal. El director de fotografía de Historias… era uno de los grandes del cine italiano, Otello Martelli. Yo fui a verme en rushes. Aparecía poco, pero pensaba que estaba bien. De pronto, me tocaron por detrás y era Martelli para decirme: «Muy buena su representación», pero en italiano: «Molto bene».Y si ese hombre me daba ese criterio, pues era feliz.

—¿A qué atribuye que tres frases de Cheíto León figuren entre las diez más recordadas del cine cubano?

—Los diálogos se construyen en un buró. Pueden estar bien, pero siempre sugieren algo. Y yo improviso. Claro, hay que tener la conciencia de que no siempre lo que se improvisa es bueno. En ocasiones, es una bobería o no sirve. En El hombre…, Cheíto León está tratando de sacarle a Alberto Delgado que él es del G2. Lo llamo, empezamos a conversar, pero él es mi enemigo. Están haciendo café y yo mando a que le den. Él toma y dice: «Buen café». Y yo le contesto: «Especiaaal pa los amigos». Eso es una estocada. Frases así se han quedado, y algunas son producto de la improvisación. He tenido suerte. Quizás es casualidad. El papel que me había dado Manolo Pérez no era el de Cheíto León, sino El Carretero, que políticamente tenía más connotación, pero como personaje dentro de la película estaba mal colocado con dos o tres escenas por la mitad del film. Pasaba el metraje y lo que había hecho, la historia se lo comía. En el Escambray no pagaban. Yo perdí una camisa y un par de botas, una camisa mía y un par de botas que me dieron y me robaron. Seguí leyendo y al final apareció Cheíto León, un pequeño papel, pero de más actividad. Le dije a Manolo: «Mira, el que tú me das, a mí no me interesa. Ahora, si me dejas Cheíto León, yo me voy a pasar hambre allá al Escambray». Al día siguiente me dijo que sí. Cuando la redacción del diálogo de mi personaje no se acomodaba a su carácter, yo hablaba con él para ver si era posible recomponerlo. No pedía nada para destacarme, sino para arreglar al personaje.

—¿Qué podría revelarnos de su experiencia en El misterio Galíndez? ¿Le fue bien compartiendo la escena con Harvey Keitel?

—Esa película está hecha en inglés y español. Gerardo Herrero, el director, vino aquí para buscar un actor cubano de unos setenta años que supiera inglés, pero no lo encontró. Le pusieron unos rushes, me vio y dijo que ese era el actor que quería. Le dijeron: «Pero ese no está aquí». Livia, una productora, le dio el teléfono de mi hija y él me llamó de España. Me preguntó si sabía inglés y le dije que sí, pensando que realmente yo sabía. Fui a Canadá a ensayar con la actriz Saffron Burrows, y cuando me escucharon, una asistente de dirección inglesa aseguró que no me entendía una palabra. Se me cayó la cara de vergüenza. Ante esa catástrofe, Herrero decidió que si yo era cubano y hablaba español, y la protagonista hablaba en el mismo idioma con los dominicanos, ella podía hacerlo también en mi caso. Cambió las escenas en inglés con Burrows para el español y eso me ayudó. Pero luego, me tradujeron todos esos fragmentos con una sintaxis castiza. Y eso no daba naturalidad, porque soy cubano, no español y mis acentuaciones son distintas. Le dije al director: «Esto que tú me has dado aquí es un caldo gallego. Voy a respetar palabra por palabra de los diálogos, pero las frases las voy a fabricar yo como cubano».Él me lo permitió, me senté con la esposa de mi hijo en la computadora y comencé a dictarle, a decir lo mismo, pero como cubano. Cuando llegó mi parte en inglés, me pusieron un coach de acento. Yo sabía pronunciar, pero mal. Es una lengua con sutilezas, con conexiones necesarias. Se habla en bloques de sonido. Fui para Miami. Faltaban quince días para la próxima prueba, y le pedí a un amigo que me consiguiera un profesor de fonética. Me propuso a un muchacho cubano, actor también, que fue de niño para los Estados Unidos y que se dedicaba a eso. Escuchó mis parlamentos y me advirtió que ni malanga me iban a entender si hablaba así. Me grabó todos los diálogos, y me aseguró que si me los aprendía, no tendría ningún problema. Dormía menos de tres horas en el día. Escuchaba la grabación, la practicaba sin cesar. Cuando el profesor me escuchó, le pareció bien. Entonces fue que respiré. El día de la prueba, se sentaron conmigo el director, la asistente de dirección y el coach de acento. Empecé a hablar y cuando miré a la asistente, estaba boquiabierta. Repetía: «Perfecto, perfecto». Después, muchos calificaban a mi personaje como un success.

—¿Qué le inspiró a protagonizar Cercanía?

—Se hizo a muy bajo costo, pero me gustó la historia que contaba. Filmábamos durante doce horas todos los días. Cuando único descansábamos era el domingo y terminamos en mes y medio. A los cubanos les gusta la película. Recrea una situación muy propia de los viejos en Estados Unidos. A los ancianos se les relega. La mayoría de la gente mayor va y tiene que hacer locuras para poder vivir. Tengo situaciones muy graciosas y algunas que lo son menos en el film. Ahora, soy toda la película, no por el éxito, sino porque aparezco desde el principio hasta el final, siempre estoy en escena, y eso no es muy beneficioso. El espectador se cansa de esa imagen que se repite. La película tiene noventa y tres llamados, y sólo no estoy en tres. Rolando y yo somos íntimos amigos, trabajé con él en su primera película Los pájaros tirándole a la escopeta y estoy aquí precisamente porque se va a proyectar Cercanía y no sé si con mi presencia puedo ayudarlo en algo. Así veo a mis hijas, nietos y bisnietos.

—¿Cómo es ahora un día en la vida de Miravalles?

—Tranquilo. Ahora estoy aprendiendo más inglés. Me entretengo haciendo artesanías que le regalo a los amigos y la familia. Es muy difícil cuando se llega a viejo trabajar en la actuación. A no ser que el personaje que te ofrezcan sea el de un anciano y este tenga importancia. Estoy retirado. Ya tengo muchos años: ochenta y siete. No es bobería. Estoy bien, pero a veces me falla el trineo (Se señala la cabeza).Es mejor aquí en un sentido, porque yo soy cubano, pero la vida me resulta más fácil allá.

—¿Está de acuerdo con quienes aseguran que es una leyenda del cine cubano?

—Me río cuando me dicen que soy una leyenda. Lo que sí es cierto es que posiblemente he trabajado más que nadie.

ROLANDO DÍAZ Y ELIZABETH MIRABAL CONVERSAN

Me llamó la atención que, durante los días en que se celebrara la Novena Muestra de Nuevos Realizadores, apenas trascendiera en los medios la presencia en Cuba de Rolando Díaz, el popular director de “Los pájaros tirándole a la escopeta” (1984), y del actor Reynaldo Miravalles, una referencia insoslayable en toda la historia del cine post-59.

Gracias a la gentileza de la muy joven periodista Elizabeth Mirabal, “Cine cubano, la pupila insomne” puede ofrecer a sus lectores las entrevistas que les hiciera a Díaz y Miravalles, y que aparecieron en el boletín “Bisiesto”, que circula entre los asistentes a la Muestra.

J. A. G. B.

Chanson de Roland(o)
Por Elizabeth Mirabal

Rolando Díaz vive en ese lugar de extraña autonomía que es Islas Canarias. Se empeña en continuar haciendo cine (pronto comenzará a filmar Puzzle). Fundó su propia empresa y le puso Luna, como el satélite natural que acompaña a la Tierra. Todavía se ríe con ganas cuando recuerda que en un Noticiero Latinoamericano ICAIC combinó los nombres de dos de sus grandes amigos. Sólo así se explica la existencia de ese realizador heterónimo llamado Fernando Díaz Torres. Compensa las ausencias con una vida dinámica y mucho trabajo. Decide su vida, lo mismo en el fracaso que en el éxito, y eso, lo hace feliz. En la avenida Acosta, con un inusitado viento frío, conversamos y por cincuenta y cuatro minutos, pareciera que es posible quebrar las barreras.

—¿A qué atribuye que el público de Cuba lo recuerde o reconozca casi siempre por Los pájaros tirándole a la escopeta?

—Hubo un tiempo de mi vida en el que quería negar Los pájaros… Me molestaba que no se dialogara con otro tipo de cine que yo había hecho. Como me estoy poniendo mayor, pienso ahora que es una película muy importante en mi vida, por muchas razones. Sigue gustando mucho y no sólo en Cuba. Mantiene la vigencia y cuando esas cosas suceden, tienes que preguntarte: «¿Qué pasa?», «¿Por qué se queda esa manera de ver la vida y hacer humor?» Ahora, lo que sí me duele mucho es que una parte importante de mi obra no la conozcan los cubanos, y cuando hablo de los cubanos, me refiero a los que están entre el Cabo de Antonio y la Punta de Maisí.

—¿Por qué suele ser el guionista de sus films?

—Quizás eso es una limitación. No exploro en otra literatura, en otros mundos. Puedo reconocer que es una deficiencia, pero me gusta escribir mis historias y hasta ahora la vida me lo ha permitido.
—A diferencia de lo que sucede en la literatura o las artes plásticas, ¿por qué cree que se continúe ignorando en el ámbito cinematográfico las películas realizadas por cubanos fuera de la Isla?

—Me parece una injusticia brutal que se escamoteen las películas hechas por cubanos fuera. Hay que exhibirlas todas, aunque los puntos de vista sean diferentes, porque de lo contrario, se está mutilando la creatividad. No creo que la ideología tenga un poder sobre la creación. Cualquier cineasta del continente latinoamericano (e incluyo a los cubanos, por supuesto) hace a lo largo de su vida a lo sumo diez películas. No puede realizar más, porque es difícil, complicado, transcurre mucho tiempo en lo que armas tu producto. Realmente es triste que aquella que logras terminar, no sea vista por su destinatario. Así ha pasado con Melodrama, con Si me comprendieras… y eso te va haciendo una mella increíble.

—¿Alguna vez el reconocimiento obtenido por su hermano Jesús Díaz, tanto en la literatura como en el cine, le resultó incómodo? ¿Sentía la molestia de las comparaciones.

—Nunca. Yo no soy escritor. Escribí pininos, algunos cuentos, pero mi hermano era mayor que yo y sé de esa relación clásica que se da entre los pequeños y los más grandes. Empecé a realizarme en el cine antes que él y hacía un cine diferente al suyo. El cine que hice en Cuba tenía mucho que ver con mi visión de la vida, mi barrio, mi cultura, con la pelota, los Van Van y era más próximo a la comedia, tan vilipendiada injustamente. Mi hermano prefería un cine más político. Andábamos por caminos diferentes. He tenido compensaciones por mi obra. Jamás experimenté esas miserias humanas. Quizás algún día publique un cuento, pero sin ninguna pretensión, sólo para sacar fuera lo que tengo dentro.

—¿Hasta qué punto la decisión de su hermano de quedarse en Alemania en 1992 y un texto de ruptura como «Los anillos de la serpiente» incidieron sobre los destinos de Rolando Díaz?

—Cuando Jesús toma esa decisión, estaba mucho más convencido de lo que estaba haciendo que yo. Todavía yo tenía una parte de mi corazón en la Revolución, para no decirte en el país, porque ese es de todos, yo no creo que sea de la Revolución o de una idea política. Para mí era duro que mi hermano pensara así. Creía posible solucionar los problemas. Aunque sí estaba bastante decepcionado con cosas que no acababan de suceder como la libertad para la pequeña y mediana empresa. Incluso tuve la ilusión de crear una pequeña productora con Daniel Díaz Torres y Fernando Pérez a raíz de la nominación al premio Goya por El largo viaje de Rústico. No sé si ellos se acordarán, pero yo sí lo recuerdo perfectamente. Vinieron los problemas con Alicia…, que los sufrí muy en carne propia. Me sentí rechazado después de la decisión de Jesús. El hecho de que no se exhibiera Melodrama, fue injusto. Y eso ya no tenía nada que ver con mi hermano. Se relacionaba estrictamente conmigo. Atravesé una etapa de desencanto muy fuerte, que me condujo a aceptar propuestas de trabajo en España.

—¿Cambia algo que varios de sus documentales y películas sean exhibidas dentro de la programación de la Muestra de Nuevos Realizadores? ¿Es una modificación sustancial o se integra a esa misma voluntad de limitar que ha advertido?

—Le agradezco a los jóvenes que hayan albergado esta idea. Me cuesta hacer un análisis que pueda tocar con el pétalo de una rosa esa decisión. No sé quién aprobó esta iniciativa. Tampoco me lo pregunto, es una realidad: se van a poner las películas y yo vine. Ahora, hay algo obvio, a estas películas no se les ha levantado la veda. No soy tonto. Eso sucederá el día que todas las salas hagan una programación con los films de los cineastas que están viviendo fuera de Cuba. Reconocer que son pequeñas aperturas, y que las puertas comienzan un movimiento inesperado, quizás sí. Esto es un paso y estoy agradecido a la Muestra por acogerme. Lo ideal sería que la gente pudiera vivir donde quisiera y pudiera ir y venir de un lugar a otro. A mí me gustaría mucho filmar en Cuba y colaborar con otros realizadores, si no hubiera prejuicios. A estas alturas creo que es imposible. Y quizás cuando se pueda, ya no esté vivo. Pero conservo esa ilusión. Por otra parte, me importa un bledo que los extremistas de afuera me digan: «Oh, aceptaste una invitación de Cuba» y que los blogs publiquen que soy esto o lo otro, eso me resbala, me da exactamente igual. He descubierto que puedo vivir en libertad sin que nadie me esté presionando ni de un lado ni de otro.