Archivos diarios: marzo 20, 2010

JORGE SANTOS CABALLERO SOBRE “JOSÉ MARTÍ, EL OJO DEL CANARIO” (2010), de Fernando Pérez

¿UN MARTÍ PARA NOSOTROS?
Por Jorge Santos Caballero.

El filme de Fernando Pérez, “José Martí, el ojo del canario”, que se estrenó en Camagüey, más allá de las excelencias o defectos creativos a los que todos pueden aludir como pretexto para hablar de la cinta, nos deja, sin embargo, algo sensato, y es el discurrir a tenor de la necesidad de reflexionar en torno a ella tomando en consideración nuestra historia, pues esta siempre se ha magnificado en grado sumo, y el público que ve la película y los cubanos en general, no están preparados para que se desacralicen los héroes.

Quizás estemos en primera instancia, en el ámbito cinematográfico, a las puertas de ver a los próceres nacionales más humanizados, más hechos de carne y hueso, y menos mostrados como si fueran de papel, caracterizados en un intento porque encontremos a estos hombres y mujeres por encima de un contexto humano en pos de la lucha patriótica. Eso hace que nos llame la atención este trabajo de Fernando Pérez, pues la percepción inicial parte de que el Martí imaginado e impregnado como consecuencia de todo lo que se ha escrito sobre él, no es en realidad como fue. Cabe decir, por ejemplo, que desde mucho antes y después de que Jorge Mañach publicara su célebre biografía, Martí, el Apóstol, en 1933, se tejió en conformidad con esa manera de reflejar cómo era el patriota, toda una exégesis bibliográfica laudatoria, que ha posibilitado el contar con un Martí ingenuo, luchador por la libertad de su patria -casi desde que estaba en el claustro materno, según se infiere-, pero carente de verosimilitud como ser humano. Así, el Martí hombre, con virtudes, defectos, incomprensiones, arrebatos y errores -como cuando criticó severamente a Ramón Roa, por la publicación del texto A Pie y Descalzo, o cuando confió exageradamente en Tomás Estrada Palma, o en Gonzalo de Quesada, que fueron pro yanquis convictos y confesos, como ha quedado demostrado por la historiografía, entre otras equivocaciones-, no ha sido refrendado en todo lo escrito y exhibido en relación con él.

Si bien la cinta “La rosa blanca” (Momentos estelares en la vida de Martí), de Emilio Fernández, es indignante, no hubo hasta la fecha un intento real de mostrarnos a Martí (al menos en su edad adolescente, entre los 9 y los 17 años) lo más cercano posible a su acontecer. Recuerdo el libro de Froilán Escobar, Martí a flor de labios, en el que se da el mejor ejemplo de cómo personas que lo conocieron hablaran de él. Pero nuestro Martí fue ubicado en un sitial etéreo, acartonado, sobredimensionado, y solo las artes plásticas del país desde los años ochenta del siglo XX, nos lo desmontaron del pedestal donde estaba postrado el Grande Hombre. Ese sentimiento incorpóreo nos llevó en realidad a desconocer a Martí, a pesar de que estudiosos de su quehacer de toda filiación ideológica lo hayan analizado exhaustivamente y arrimado a su brasa según conveniencia. Pero lo que ha quedado sigue siendo un mito y, lo peor, lo hemos acercado tanto a un supuesto ideal, que se ha llegado a falacia de considerarlo como parte de esta época.

A nuestro entender, Fernando Pérez, nos regaló una suerte de “visión personal” de su Martí, con muchas aristas discutibles en lo artístico, pues las actuaciones a ratos eran sobreactuadas, o si se prefiere, muy planas y repetitivas, como en el caso de actor Manuel Porto, y lo peor, con un final excedido en la ruptura que tuvo el personaje Martí si tomamos en cuenta como nos lo presentó a lo largo de la cinta, es decir, fue como una complacencia hacia otros el discurso radical contra el apóstata; pero, evidentemente, lo planteado por el cineasta es notable gracias a las posibles interpretaciones que posibilita, las cuales alarmarían a cualquier puritano, quien no vacilaría en criticarlas abiertamente. Nos parece que los años esbozados en el filme dan una muestra interesante de cómo presuntamente era José Martí, aunque no tengamos toda la certidumbre. Habría que preguntarse: ¿fueron así esos años? Nadie tiene una respuesta clara al respecto, nadie puede afirmar que Martí pensaba de la forma en que nos lo presentó Fernando Pérez en su filme, pero tenemos un telón de fondo y, por ese camino, podemos colegir que vale la pena haber intentado decirnos cómo era. Lo más sugerente de la cinta, es que nos ha dejado la facilidad para que emerja la diversidad de criterios, con vistas a que no sigamos sacralizando a los héroes, quienes a todas luces eran -y son- humanos, con todo lo que acarrea tal condición.

Además, tener memoria cultural no significa endiosar lo acontecido, hay que saber que cada acción de los hombres, por muy justa que parezca, se asienta en una compostura de interés particular o colectivo, y eso trae consigo un riesgo. Martí no era más que un hombre de su tiempo, no un semidiós, ni un dios, por tanto, tuvo que manifestarse según sus pasiones y prejuicios. No se puede olvidar eso a la hora de analizarlo, porque caeríamos en la ingenuidad palmaria de apoderarnos de una imagen para crearla a nuestra semejanza. Como bien ha dicho Rafael Rojas: “La guerra de la memoria es un conflicto de herederos que están en proceso de duelo”, lo que entraña una responsabilidad de cómo asumir las disquisiciones, pero quedarnos postrados en el pasado es un pecado histórico injustificable. No sé si Martí hubiera querido que se le viera como nos lo han enseñado en múltiples textos (desde los escolares), o como nos los pintan o esculpen los artistas, o como Fernando Pérez lo delineó en su filme, pero una cosa queda clara, por única vez, esta versión fílmica, nos lo presentó sin tanto retoque ético, bajado del pedestal, pero sin todo su “laberinto” humano, porque como nos dijera la historiadora Elda Cento, en una conversación que sostuvimos, “los cubanos no estamos preparados para otro General en su laberinto”, en franca alusión a la obra de García Márquez.