Archivos Mensuales: marzo 2010

TITÓN Y CAÍN DESDE “EL MÁS ALLÁ”

Sigo tomando notas para el libro que quisiera escribir alguna vez sobre Tomás Gutiérrez Alea. No quiero que sea exactamente una biografía. Por eso me está costando bastante trabajo, pues más que narrar de manera lineal lo que el positivismo historiográfico suscribiría sin dilación, me interesa explorar la interacción entre el mundo material en que se desarrolló el cineasta (las condiciones objetivas de producción), el mundo subjetivo que podría deducirse de su epistolario, por ejemplo, y el mundo de la cultura (de las ideologías, las artes) en que le tocó vivir y polemizar una vez que fuera “arrojado” al mismo. Por eso he querido nombrar ese libro “Hasta cierto Titón”.

Para ello no solo he estado revisando otra vez sus películas, o releyendo los diversos artículos que escribió, sino también escudriñando en varios de los libros que conformaban su biblioteca, y que tengo en mi poder gracias a la gentileza de Mirtha Ibarra.

Hace unos días me llamó la atención uno cuya portada se encuentra en muy mal estado, debido a la inclemente factura que le ha pasado la humedad. Se trata de uno de esos textos breves que publicaba la Editorial Paidós (Buenos Aires) en los años cincuenta, como parte de la colección “Biblioteca del Hombre Contemporáneo”. El título del libro es “El más allá”. El autor es Francois Grégoire (entonces profesor de la Facultad de Letras de Bangkok), y en la parte final puede leerse que se terminó de imprimir el 9 de mayo de 1960.

Como en todos los libros de la biblioteca privada de Gutiérrez Alea, en la primera página encuentro garabateado con letras menudas el para mí ya familiar “TGA”; en el folio siguiente, con tinta más oscura (aunque también semidesvanecida por el tiempo), me tropiezo con lo siguiente: “Guillermo Cabrera Infante/ La Habana, 15 enero/ 62”.

Puestos a especular, podríamos pensar que el libro inicialmente pertenecía a Caín. ¿Se lo regaló a Titón en un período en que todavía la relación de amistad sobrevivía, si bien no con la intensidad de antes? Las especulaciones podrían ser infinitas. Sin embargo, a los efectos de este breve post me interesa más bien llamar la atención sobre el contenido de ese libro, y su posible influencia en la obra de quien en más de una ocasión aludió a la Muerte en sus películas, y quién sabe si dejemos abierta una conexión soterrada con el imaginario del autor de “La Habana para un infante difunto”.

Aunque pareciera que las meditaciones metafísicas referidas al mundo exterior y la finitud de la materia interesa solo a los filósofos, en realidad no existe una sola persona (por ilustrada o falta de instrucción que esté) que alguna vez no se vea sobresaltada por el recuerdo de aquello del “ser-para-la-muerte”. Seamos ateos o creyentes, pragmáticos o espirituales, vivamos en una cueva o Nueva York, la imagen de la impecable finitud del ser que es uno, llega en algún momento ante nosotros. Y es el momento en que nos preguntamos cuál es el sentido más profundo de la vida, si lo único que queda a la vista es la condición absurda de nacer para morir.

En Titón esta “angustia” (en el sentido que proponía Kierkegaard) está presente con bastante frecuencia en su obra y escritos íntimos, lo cual contrasta con una época donde (al menos en la primera etapa) lo que prevalecía era el abandono del individuo a una causa colectiva; una época donde el sujeto y su suerte particular desaparecían ante la importancia única concedida a esa abstracción nombrada “Revolución”. Por eso llama la atención la carta que Titón escribe el 25 de marzo de 1965, la cual comienza advirtiendo que se encuentra de guardia (como miliciano) en uno de los edificios del ICAIC, y acto seguido se sumerge en una serie de reflexiones sobre las estrellas de la noche, llegando a concluir que:

“Me parece que sería un buen ejercicio, un ejercicio sano, purificador –no quieras ver en ello connotaciones místicas- eso de observar el cielo periódicamente (sería mejor con un telescopio). Por lo menos las cosas auténticamente mezquinas que suelen rodearlo a uno diariamente, dejan de preocuparnos, y en general creo que resulta útil para revisar nuestra escala de valores”.

Ignoro si la anterior reflexión tenía algo que ver con el célebre pasaje kantiano donde el filósofo alemán habla de “el cielo estrellado sobre mí”, y el impacto que provoca reconocer el lugar exacto que ocupamos en el mundo sensible exterior (infinito y grandioso), y que termina anonadando nuestra “importancia como criatura animal”. A estas alturas es difícil detectar cómo dialogaban entre sí las ideas filosóficas en un contexto donde se hacía cada vez más hegemónico, ya no el Marxismo (que admite diversas lecturas, incluyendo las que lo estudian de manera crítica), sino un marxismo de manual que prescindió del sujeto en nombre de “la Historia”, y subordinó a los intereses de un grupo el modo de dominar en sociedad.

Lo interesante de este libro que alguna vez compartieron Guillermo Cabrera Infante y Tomás Gutiérrez Alea, es que habla de un modo novedoso del modo en que se ha representado “el más allá” en el imaginario de cualquier civilización que haya conocido la historia del ser humano. El repaso que se hace desde la prehistoria, la visión de celtas, germanos, nórdicos, griegos, etruscos, romanos, cristianos, budistas, etc, hasta llegar a lo contemporáneo, permite obtener un panorama que invita a seguir reflexionando.

En el caso de Caín y Titón: ¿tendría alguna influencia el libro a la hora de evocar ellos mismos en sus respectivas obras, ese momento que nos imaginamos después que todo ha terminado “aquí”? Es difícil asegurarlo, pues por la época en que cae en las manos de ambos el volumen, comenzaba a predominar de manera oficial el rechazo de toda alusión a “la supervivencia” del alma, dada la asociación que se podía hacer con la falsa ciencia, a su vez asociada a lo religioso, el oscurantismo, o a lo excesivamente sentimental. Entonces se apelaba a la Razón histórica como el único modo de mejorar el mundo de los vivos, que era el que importaba. “El más allá” no se pensaba en términos verticales (a la manera en que se piensa tradicionalmente a Dios), sino horizontales (el Futuro lejano como nuevo altar), que es donde ha de alcanzarse la armonía después que, en el presente, conviven de modo desordenado los hombres, trazando alianzas efímeras, y peleando a muerte por la paz definitiva.

Sin embargo, como alcanza a leerse en el primer capítulo de Grégoire, dedicado justo a examinar la “actitud negadora” de todo lo que huela a “ultratumba”, en el seno de esa comunidad positivista “no es raro notar que la negación más cerrada de la vida futura se acompaña de otra clase de “inmortalidad” más discreta y, si puede decirse, menos ofensiva para el pensamiento racionalista”. El autor menciona al menos tres posibles ejemplos de esta variante que niega, pero acepta: el de Lucrecio, con su propuesta de combinaciones infinitas de esa materia atómica que nos garantiza la perpetua existencia; el de Nietzsche con su hermosa teoría del eterno retorno, y el de Comte confiriéndole a la Humanidad (el “Gran Ser”) la eternidad que se le niega a ese individuo que, sin embargo, gracias a su finitud sobrevivirá en el recuerdo de generaciones venideras. Por eso para Grégoire: “No es exagerado decir que numerosos materialistas modernos participan más o menos explícitamente de este punto de vista; y cuando cierto mártir (comunista) de la Resistencia, en el emocionante texto escrito en la víspera de su ejecución, se compara al ramaje desprendido del árbol y que va a enriquecer la tierra de donde nacerá una vegetación nueva, reenvía en cierto sentido a la posición lucreciana”.

En las películas de Titón las alusiones a “el más allá” no se formula de una manera explícita, pero es obvio que la recurrencia de esas situaciones donde la Muerte es casi una protagonista, contienen alusiones al momento decisivo. “Guantanamera” tal vez sea la que se aproxima al asunto de una forma más explícita, y al mismo tiempo más intensa, quizás porque el cineasta se sentía más próximo a su desenlace vital.

Recordemos la secuencia final en el cementerio; recordemos el personaje interpretado por el actor Carlos Cruz cuando se queda paulatinamente solo en medio del discurso que ha preparado con la pretensión de alcanzar “la Gloria”, y hagamos un rápido flash back al momento aquel en que un Titón mucho más joven observa las estrellas, y llega a la convicción kantiana de que nada puede curar mejor los delirios de un ego desbocado, que medir sus fuerzas con el Universo.

La imagen que nos queda en nuestra mente de ese personaje encaramado en un podio, despidiendo a quien viajará antes que él a “el más allá”, más despiadada no puede ser. Es el retrato nada sutil del irracionalismo humano, ese que en su afán de llamar la atención de los contemporáneos a toda costa, llega a sacrificar la autenticidad de su existencia con tal de obtener todavía en vida un epitafio (la última de nuestras vanidades) que emule con el final de la mejor de las novelas heroicas.

Ese epitafio prediseñado por el burócrata de la película sería otra manera de representarse “el más allá”, y hasta un anticipo de la estatua que en lo más íntimo aspira que le dediquen cuando ya no esté físicamente. Titón es implacable a la hora de juzgar tanta vanidad, como sugiere el último plano que nos muestra al personaje cada vez más aislado, y que pareciera contener en sí una interrogante anónima que mucho me gusta, por irreverente: “¿Hay mayor soledad que la de la estatua de alguien a quien nadie recuerda?”.

Juan Antonio García Borrero

JORGE PUCHEUX SOBRE NUEVAS TECNOLOGÍAS Y CINE

OTRAVEZ SOBRE LAS NUEVAS Y GENIALES TECNOLOGÍAS Y EL EJERCICIO DE HACER CINE.
Por Jorge Pucheux

Mil super equipos. Diferentes cámaras de alta definición. Nuevos micrófonos. Excelentes e innovadores Dollys. Excelentes Boom. Maravillosos programas de Post y edición. Toda una industria dentro de un programa: increíbles globos de iluminación, lámparas extraordinarias, talleristas apologéticos de las tecnologías, Sets virtuales, mágicos, Talleres aparentemente geniales, chicos adormecidos, soñadores, otros frustrados. Empresas cada vez más publicitadas y ricas. Patrocinadores permanentes y de por vida. Esto fue y será cada año, lo que vi y sentí en el gran evento de Televisa, Espacio 2010. Una ausencia casi total de conceptualización imperdonable. Todo un gran e increíble Show, claro está, con sus buenos momentos, porque algo se aprende si eres avispadito.

Quise comenzar con esta pequeña información de todo lo sucedido en sentido general en este famoso evento anual de Televisa, porque realmente de esto trató. Una erupción de información de alta tecnología, necesario a veces, pero con un total silencio de lo que realmente necesita un chavo hoy día y siempre, para iniciarse en los Medios, sobre todo en la producción de Seriales, Cortos y Largos de ficción.

No vi, ni escuché a nadie, platicarles de técnicas o lenguaje. Todos, o casi todos los que participaron, se fueron si las verdaderas nociones de cómo se emprende realmente un proyecto audiovisual. Todos, o casi todos, llevaron a su disco duro que solo con todas estas técnicas podrán hacer algo real. Últimamente veo con preocupación que en casi todos los sitios, publicaciones, etc, se afirma que esto es lo único importante: te compras una buena técnica y como por arte de magia tienes un video maravilloso, lo subes a Youtube y, punto, lo lograste. Y lo triste de todo esto es que a veces pululan las buenas ideas, pero casi nunca llegan a final feliz. ¿Qué nos está pasando, de veras, que ese es el futuro, el gran camino?

Yo recuerdo en Cuba, hace años, que alguien dijo, “Con una lata y un palo se hace también buena música”. ¿Es que acaso esta frase no se podría traer a la producción de un audiovisual desde el punto del uso o no de la alta tecnología? La super tecnología, bienvenida sea, pero, por Dios, no es lo primero o lo máximo para emprender un proyecto cualquiera audiovisual. ¿Qué nos está pasando?

Y perdónenme los estudiosos del Cine y del audiovisual en general, pero para mí, y fíjense que escribo y digo, para mí, el cine se lleva en el ADN. El cine nace con uno. Claro está, después con un buen empujoncito y sobre todo, bien preparado, la persona tendrá más posibilidades.

Ganas, amor decidido, creatividad e inteligencia. Lo demás llega después….

JORGE MOLINA SOBRE EL 17 TALLER DE LA CRÍTICA EN CAMAGÜEY

MOLINEANDO ANÓNIMO: RECUERDO DE CAMAGÜEY
por Jorge Molina

Escribo esta especie de nota en mi oficina mientras escucho a lo lejos al Residente y al Visitante, miembros de Calle 13 que descargan de manera informal frente a un auditorio enardecido aquí en la EICTV de San Antonio de los Baños.

Hace unos tres o cuatro días terminó el taller Nacional de la Crítica Cinematográfica de Camagüey a donde fui invitado por sus organizadores ya que se haría una retrospectiva de mis trabajos y mi presencia allí se aprovecharía para impartir un taller de realización a los estudiantes de Medios Audiovisuales, miembros de la AHS y demás interesados. El Taller es un evento de discusión y generación de pensamiento que permite además a una gran cantidad de camagüeyanos ver cine de todo tipo de género y de calidad.

Por las mañanas desde el 17 al 19 se desarrollaba el evento teórico que orbitó entre el homenaje a la Cinemateca de Cuba, las mujeres en el audiovisual cubano y los jóvenes realizadores. El viernes 19, último día de las sesiones teóricas, el tema era los jóvenes realizadores y aunque no era uno de los ponentes, sí quise aportar algo a la discusión. En este blog ya dejé claro mi posición sobre el asunto, así que no voy a redundar en ello; apunté ante un nutrido público joven, lo que pienso sobre el tema y hablé de los nuevos-viejos realizadores del audiovisual cubano, poniendo en crisis el manido criterio determinista que asocia juventud en materia de edad en proporcionalidad directa con técnicas renovadoras y riesgo en el arte, concluyendo que hay mucho que ver, leer y aprender, estar informado y no ser ajeno a lo que ocurre a tu alrededor y en el mundo y lo más importante es hacer, hacer y hacer con los medios que se tengan a tu alcance y el rigor obstinado a la hora de emprender la aventura.

Por las tardes desde una de las aulas del Instituto Superior de Arte de Camagüey cuya sede lo acoge un antiguo y hermoso convento que bien pudiera ser aprovechado como locación para infinidad de historias por los propios estudiantes, a decir del amigo Reynaldo Lastres removí los cerebros de estudiantes de los medios y de aficionados al cine. Fue un pequeño taller, hubiera querido fuera de realización y de por lo menos dos semanas, pero desgraciadamente en tan solo tres días tuve que convertir aquello en un taller de iluminación más que de realización y despertar conciencia sobre que sí se puede hacer audiovisual lejos de la capital.

Para que funcionaran las cosas, partí con la premisa de analizar el proceso creativo del filme, se analizaron los pasos a seguir para producir un audiovisual con escasos recursos materiales y al margen de la industria. Para ¿lograrlo? compartí mis propias experiencias en la creación de “Molina`s Ferozz” mi primer largometraje, (que por cierto, se pre-estrenó la noche del 17 en la sala Nuevo Mundo. Se proyectó dos noches seguidas con mucha afluencia de público y bastante impacto sensorial). Pues nada, la experiencia fue renovadora para mi y espero haber aportado mi granito de arena a los allí presentes intercambiando con ellos mis aventuras y desventuras en el mundo audiovisual que se me antoja el más hermoso de los mundos.

Tomado de su blog MOLINATOR.

MEMORIAS DE UN TALLER (3)

La tercera sesión teórica del Taller de la Crítica fue dedicada a los nuevos realizadores del audiovisual cubano. Este es otro tema que despierta pasiones, suspicacias, y desencuentros. Como moderador estuvo Frank Padrón Nodarse, y tuve la suerte de acompañar en la mesa a los críticos Gustavo Arcos, Dean Luis Reyes, Juan Ramírez, Rolando Leyva, y al realizador Karen Ducasse.

Como era de sospechar, no faltaron los planteamientos polémicos, y las réplicas apasionadas, sobre todo alrededor de la naturaleza misma de la Muestra de Nuevos realizadores que auspicia el ICAIC. El hecho de haber organizado la primera de ellas no me pone en las mejores condiciones para intentar un balance que, diez años después, nos permita evaluar con objetividad los resultados. Se habló de que la Muestra peca de “habanacentrismo”, algo que me parece esencialmente injusto. Y también de que deviene forzada esa estimulación casi explícita a utilizar el lenguaje experimental.

Ojalá que los ponentes envíen en algún momento los puntos de vistas esgrimidos. Sería muy interesante, pienso yo, retomar lo planteado por Gustavo Arcos en cuanto a la relación entre docencia y nuevos realizadores. O la disertación de Dean Luis Reyes, llamando la atención acerca de las nuevas tendencias que se aprecian en esa producción joven, con un repentino crecimiento del lenguaje, si bien no se descuida lo temático, y donde se sigue apreciando, sobre todo en el documental, características del llamado “nuevo documental social”.

Por la tarde Desiderio Navarro ofreció en la Biblioteca “Julio Antonio Mella” una charla con el título de “La circulación de las teorías, también las cinematográficas”. Para el evento es importante este tipo de acción, que quisimos combinar con un Taller de dirección que impartió a los alumnos del ISA el cineasta Jorge Molina, porque con ello pretendemos superar esa tendencia a que los encuentros se conviertan en suerte de entelequias donde las opiniones van y vienen, pero sin aportar un real crecimiento, y mucho menos en el plano práctico. Con Molina, por ejemplo, los jóvenes entendieron que también es posible “otro cine” al margen de la industria, y con Desiderio Navarro que es imprescindible la densidad teórica.

No debería ser yo quien hable del saldo final. Algunos me comentan de forma positiva la venta de publicaciones, las exposiciones organizadas con fotos de Ovidio González Hernández y materiales de la Cinemateca de Cuba. Sin embargo, lo que más complacido me dejó es que, en términos de programación conseguimos concebir un programa de cine cubano absolutamente inédito. No porque en cada caso fuesen estrenos, sino porque estas películas respondían a intereses diversos, y por primera vez el público local se enfrentaba, sin previo aviso, a cintas que movilizaban en él sentimientos encontrados. Pues el “José Martí, el ojo del canario”, de Fernando Pérez (filmado en la institución ICAIC), nada tiene que ver con “Molina’s Feroz”, de Jorge Molina (rodado de forma independiente), como tampoco encaja en el horizonte de expectativas de ese público las “Memorias del desarrollo”, de Miguel Coyula, realizadas en Nueva York.

Les dejo con el texto que leí en la sesión dedicada a los nuevos realizadores, y ojalá podamos seguir moviendo ideas, mientras llega el próximo Taller.

Juan Antonio García Borrero

DE LA EDAD DE LA HEREJÍA A LA HEREJÍA ILUSTRADA

0.
Las ideas que siguen no alcanzan para conformar el ensayo que algún día me gustaría escribir, a propósito de eso que, no sin indiscreta altisonancia, solemos llamar “audiovisual joven” en Cuba. Digamos que más bien son provocaciones que pretenden desligarse de una circunstancia puntual (algo bastante difícil en el marco de todo lo que tenga que ver con “lo cubano”), con el fin de pensar la herejía fílmica en su condición más radical, y al mismo tiempo, trascendente. Quisiera, pues, en este sentido, regresar una vez más a ciertos aspectos básicos, y revisarlos a la luz de las nuevas circunstancias que nos ha tocado vivir.

1.
Nunca sobrará preguntarlo otra vez: ¿a qué le llamamos “audiovisual joven” en Cuba? Parece una interrogante sencilla de responder, pues casi todo el mundo lo asocia a lo biológico. “Audiovisual joven” pareciera ser, únicamente, aquel que realizan esos muchachos que no traspasan los veinticinco años, que han aprendido a desplazarse a cualquier lado con una cámara, como antes nosotros (los nacidos en los años sesenta) nos movíamos con los libros. A los jóvenes de hoy también les importa, desde luego, la literatura, pero el soporte de su pensamiento no obedece a la cultura literaria, sino a la cultura audiovisual. Y para ellos el zapping (esa novedosa manera de enfatizar la falta de concentración en algo) se ha convertido en un recurso de comunicación. Superficial, pero de todos modos “comunicación”.

2.
Todavía puedo recordar los detalles de aquella noche del 31 de octubre del 2000, en el cine Chaplin. Me habían encargado organizar la Primera Muestra Nacional del Audiovisual Joven. Busqué la asesoría de Jorge Luis Sánchez, y junto a un grupo de amigos curamos lo que se habría de proyectar. A la gente le gustó el programa inaugural, integrado por “Clase Z Tropical” (2000), de Miguel Coyula, “Se parece a la felicidad” (2000),de Aarón Vega, “Caidije… la extensa realidad” (2000), de Gustavo Pérez, “Rrring” (1998), de Pavel Giroud, “Más de lo mismo” (2000), de Esteban García Insausti, y “La Época, El Encanto y Fin de Siglo” (2000), de Juan Carlos Cremata. Como el resultado de la Muestra tuvo un saldo colectivo, no individual, puedo tomarme la licencia de decir que fue un éxito. Y me alegra detectar que las que le siguieron (dirigidas por Jorge Luis Sánchez y Fernando Pérez) perfilaron mucho mejor el superobjetivo de estos encuentros. Para empezar, le pusieron un nombre (“Muestra de Nuevos Realizadores”) que está más ajustado a lo que en el fondo nos debería desvelar: la posibilidad de poner en el mapa cultural de la nación a todos aquellos que, de un modo u otro, aquí o allá, están representando en pantalla la huella integral de nuestra existencia colectiva. Con sus luces y sus sombras, sus alegrías y sus dolores. Sin embargo, no solo basta poner en el mapa a esos actores, y conformarnos con saber que existen: es preciso recuperar aquella energía herética que sostenía el discurso de los fundadores del ICAIC. No imitar a los maestros de entonces, sino superarlos, liquidarlos, y ajustar las cuentas con el desafío que alguna vez nos dejaron.

3.
Desde mi punto de vista, lo peor que ha podido pasar es que no hemos sabido transmitirles a nuestros hijos la lógica de una práctica herética que tiene fundamentos muy sólidos, y que a estas alturas permite hablar de algo que trasciende a la simple revuelta de salón. Quizás hemos creído con demasiada ingenuidad de que nuestra circunstancia es única, y que el resto de los seres que habitan este mundo no han tenido que lidiar con sus propios problemas. Pareciera que nuestro drama nacional se convierte en el único drama que importa.

Creo que los cubanos tenemos un sinnúmero de herejes que nos han enseñado a pensar críticamente nuestra condición, sin perder de vista lo global. Quisiera, en este punto, traer a colación como ejemplo el intercambio de ideas que en diciembre de 1942 sostuvieran, de modo epistolar, Jorge Mañach y Virgilio Piñera, y que nos puede describir la permanencia de esa tensión que suele contraponer lo nuevo a lo viejo. En aquella ocasión, Mañach daba acuse de recibo del ejemplar de “Poeta” (revista editada por Piñera) del siguiente modo:

“Lo he leído y me ha gustado –a pesar de su reticencia polémica un poco menuda, a pesar de su cuarzo y de su niebla. Aparte de logros más sustantivos, le celebro la impaciencia, porque sin ésta no se llega a aquéllos.

Esa impaciencia, esa violación de rutinas, la trajimos nosotros –no lo olviden: nosotros, los que ya somos “viejos” para ustedes, como ustedes lo serán para los de pasado mañana. Y debo confesarle que a veces me asusto un poco de mi propia herencia. Quisiera tener tiempo para escribir un ensayo un poco escandaloso –al que ustedes, naturalmente, no le harían ningún caso- sobre Lo poético irresponsable”.

Desde luego, para aquellos que sabemos de esa adicción a la herejía que convirtió a Piñera en uno de nuestros creadores más trascendentales, no resulta sorpresiva la agudeza de su respuesta, sobre todo cuando dice: “(…) Yo envié Poeta al Mañach de la Revista de Avance, pero el envío me fue respondido por el Mañach de próximo ingreso en la Academia de Artes y Letras. Y como la existencia de este personaje último exige necesariamente la muerte del primero, me pregunto melancólicamente, si el destino del hombre de letras en Cuba sea el de sucesivas metamorfosis hacia un espécimen de simetría cada vez más opuesta a la de este puro hombre de letras”.

Y más adelante:

“Yo no sé por qué causa (dejo esto al minucioso sociólogo) el hombre cubano (el americano en general) en llegando a un punto capitula; y comienzan entonces esos hombres sucesivos que no son ningún hombre y que implantan la confusión; que instauran la escuela del confusionismo. Sí, Usted “se asusta a veces un poco de su propia herencia”… Pero Mañach, es que en materia de sustos, de terrores, la de nosotros tiene sobrados fundamentos para asustarse ante la franca capitulación de la generación anterior. Y sabe Usted que no hay cosa más difícil para una nueva generación que toparse con que la precedente ha capitulado. Y a nosotros –de quienes se dice que somos erizados puercoespines, supercríticos de todo- ha tocado representar ese difícil papel de la rebeldía; del espíritu metódico y de intransigencia en un medio, que después de la pseudo revolución machadista, sólo quería el pesebre y el conformismo en todos los órdenes y en todas las esferas”.

4.
Vuelvo al audiovisual cubano realizado en estos tiempos por los más jóvenes. ¿Cuánto de esa impaciencia poéticamente irresponsable a la que aludía Mañach, podríamos encontrar en todo ese conjunto de imágenes que cada año se nos entrega a la retina, con el fin de convertir el estímulo luminoso en un estímulo nervioso?

Me gustaría precisar algo. Llamo “impaciencia poéticamente irresponsable” a aquel estado de ánimo visceral que no responde al humor del momento, sino al de la época (que es algo que nos trasciende). Que se compromete no con el interés egoísta que nos puede reportar durante quince minutos la fama de una première que se olvida demasiado pronto, sino que piensa y discute ese mundo del cual formamos parte desde el paradigma de la complejidad. Que nos enriquece con la posibilidad de someter a juicio cada una de nuestras ideas con el fin de mejorar la convivencia. Los artistas verdaderos aman la complejidad porque es la única fuente de lo auténtico; el grueso de los seres humanos prefiere esa mediocridad que siempre se refugia en los estereotipos excluyentes, y en la división maniquea de la realidad en bandos contrapuestos que apenas reparan en ángeles y villanos, en buenos y malos que se anulan entre sí.

Esta visión grosera de la existencia ha estado presente en nuestras vidas en innumerables ocasiones. Otra vez Piñera, aunque ahora dirigiéndose a Gastón Baquero en el año 1944, podría sonarnos profético a la par que lapidario cuando le dice: “El momento cubano es terrible en todos los órdenes. Cada día la conspiración contra la inteligencia gana nuevas posiciones; cada día sus conspiradores ganan un neófito más”. ¿Acaso lo sucedido con “El grito” en Bayamo no es ejemplo de esa nueva conspiración contra la inteligencia?, ¿acaso la negativa a discutir críticamente (en vez de lapidarlo de una manera sumaria) el documental “Revolution” no ejemplifica esa fobia al debate inteligente?

Pero aquí también tendríamos que recordar que nada de lo que está ocurriendo ha sido ajeno a ese combate de ideas que el hombre, en sentido general, ha tenido que protagonizar a lo largo de su existencia. Recuérdese a Galileo cuando tuvo que lidiar no sólo con los teólogos de su época sino también con los filósofos aristotélicos, estos últimos reacios a poner en duda las doctrinas científicas de su maestro, no obstante las evidencias. Todavía memorable resulta aquel diálogo que Galileo redacta para librar al filósofo de toda responsabilidad, al advertir que:

“Son sus secuaces quienes han dado la autoridad a Aristóteles, y no él quien la ha usurpado o tomado; y esto es así porque es más fácil cubrirse bajo el escudo de otro que aparecer a cara descubierta, y temen y no se arriesgan a alejarse un solo paso y antes que poner cualquier alteración en el cielo de Aristóteles, pretenden de manera impertinente negar aquello que ven en el cielo de la naturaleza”.

5.
“Sería ridículo, sin haber tenido el apogeo de una cultura pasar como los retóricos de una decadencia”, nos dice Piñera en otras de sus explosivas misivas, esta vez apuntando al corazón mismo de Orígenes. Para Piñera era imprescindible ir más allá de los adornos retóricos “conque se adornan las culturas cuando, habiendo cumplido su fase dinámica entran a esa elegante pero estéril postura de la momia”.

Quisiera ahora trasladar esa inquietud al contexto del audiovisual cubano. En el audiovisual nacional sí puede hablarse de un conjunto de películas que han marcado nuestros hábitos, nuestras maneras de sociabilizar y pensar las circunstancias que nos ha tocado en vida. Quiero decir, que sí hemos tenido un apogeo de la cultura fílmica. Y también un estancamiento. Y aunque para la Historia (escrita con mayúsculas) cincuenta años de cine revolucionario es nada, para un conjunto de individuos (los que han hecho ese cine y los que lo han visto) probablemente constituya toda una vida. ¿Cuál es la relación que vienen guardando los jóvenes realizadores con esa herencia ya cristalizada?, ¿en verdad se muestran a la altura de esa herencia que invita a superarla o se conforman con la simple condición de epígonos?

Mi criterio es que ahora mismo los jóvenes comienzan a ganar conciencia de que una cosa es el simple arribo a la edad de la herejía y otra la llegada a ese punto donde empieza a advertirse la madurez de esa herejía, la cual ya ha arrojado frutos útiles. Si comparo los materiales que los jóvenes hacían en los primeros años de esta primera década que vamos dejando atrás con los de ahora, sale a relucir un indiscutible crecimiento en la conciencia narrativa.

Antes parecía que colocar la cámara sobre todo en aquellas zonas que nuestros medios insisten en ignorar bastaba para concederle valía a lo que se mostraba: el periodismo confundido con el arte. Pero hoy ya son varios los realizadores que no solo exploran la realidad con ahínco, sino que apelan a la sutileza (que nada tiene que ver con la tibieza) para describirnos justo el carácter paradójico de esa realidad que muestran. Podremos estar de acuerdo o no con lo que se expresa en esas películas, pero ya no es solo la catarsis por la catarsis lo que moviliza el discurso de estos materiales. Es el lenguaje mismo que hasta ahora se ha estado utilizando en nuestro cine lo que estos jóvenes han comenzado a poner bajo sospecha.

6.
En este sentido, creo que una película como “Memorias del desarrollo” (2009), de Miguel Coyula, va a marcar un punto de giro radical. Justo porque en su base se aprecia un interés por subvertir el lenguaje más común, es de sospechar que la recepción del filme conocerá de no pocas incomodidades e incomprensiones. Ya no hablo de la lectura estrictamente política, que en un contexto como el nuestro, tan polarizado y precario en diversidades, termina subordinando la impresión personal al criterio colectivo. Hablo de la otra lectura, la que tiene que ver con ese “horror sagrado al cambio” (para decirlo como Piñera) que moviliza no pocas de nuestras inercias.

Coyula nos está proponiendo un filme que pone en crisis la santidad del modelo aristotélico, pero que además, recupera buena parte de aquel escepticismo crítico del primer Sergio para devolvérnoslo no con un ropaje literario (como quizás le hubiese gustado al mismísimo Desnoes), sino arropado con las vestimentas que concede el audiovisual más moderno.

Lo interesante de “Memorias del desarrollo” es que nos reintegra a un Sergio que insiste en su oficio de no ganar, pero que vive con intensidad su derrota, y de ella extrae para nosotros las mejores enseñanzas.

Juan Antonio García Borrero (Leído en Camagüey, el 19 de marzo del 2010)

ALGO DE MENUDO PARA UNA ALCANCÍA VACÍA

Ayer Magdiel Aspillaga, desde Miami, bombardeó mi buzón electrónico enviándome seis veces un post que colgó en su sitio “La alcancía del artesano” (tengo entendido que se lo reenvió a un grupo de conocidos también). Por lo menos tres de esos conocidos me han rogado que apele al silencio como mejor respuesta. Y debiera, porque es obvio que aquí no hay argumentos con los cuales polemizar; solo opiniones histéricas de alguien que cree tener la verdad absoluta en sus manos.

Ignoro el motivo de su tajante hostilidad, y admito que estuve tentado de responderle en el mismo tono ofensivo, en tanto ya se sabe que en esto de intercambiar groserías, los cubanos no se llevan tanta ventaja entre sí. Pero como sé que este modo de discutir a lo único que conduce es a una agresión contra uno mismo (porque estos personajes son solo fantasmas vociferando en medio del mundanal ruido), pasaré por alto la tentación de devolver los epítetos. Después de todo, no hay peor frustración para un adversario que aspira a esa condición, que descubrir que no lo toman en cuenta, al menos en la dimensión que ellos se (sobre)valoran.

Intentaré brevemente, porque me apremian otras cosas, hacer algunas precisiones. Lo primero es que para mí sí es importante defender la libertad de expresión: por eso es que tengo este blog donde escribo lo que pienso, con nombres y apellidos, y sin importarme a quién le pueda parecer bien o no. Me queda claro que asomarse a la esfera pública implica ser interpretado de modo múltiple. Yo hablo desde mi punto de vista, y no trato de imponérselo a los otros. Mucho menos ofendiendo. La polémica respetuosa siempre será bienvenida.

Sin embargo, este señor leyó mal lo que escribí (que al fin y al cabo es apenas una opinión: la mía), porque cuando hablo del ICAIC (desde Camagüey) como pensamiento (no como institución) me refiero a esa voluntad (con Fernando Pérez a la cabeza) que ha defendido una Muestra donde los más jóvenes (incluyendo a “Los Aldeanos”) defienden sus puntos de vista desde aquí. Pero en su afán de satanizar y reducir a la nada todo aquello que no encaje con su modo de pensar prejuiciado, Aspillaga mete en el mismo saco a organizadores y represores. Es decir, según él la Muestra fue organizada por algo misterioso o cósmico (tal vez la Providencia) y reprimida por el ICAIC. Así que exterminar a todos los que piensen diferente a él, detractor acérrimo del ICAIC, es “la gran solución”. Hermosa manera de cultivar la democracia (claro, a noventa millas de aquí).

En alguna parte de su exaltada diatriba afirma que “el blog de Borrero es una mezcla mala de panfleto cultural con porno nostalgia, lleno de palabras que suenen complacientes para los oídos de todos los partidos como suelen ser DIÁSPORA, TOLERANCIA, UTOPÍAS, ETC”. Lo de “mezcla mala” me encanta por aquello de que es preferible que hablen mal a que no hablen: esa es su opinión y hay que respetarla. Y como no me interesan las evaluaciones apresuradas, no me tomo el trabajo de preguntarme si su blog sería entonces el paradigma ideal para esta actividad, o si su cine ha dejado de ser la combinación casi mística, por deshielo tropical, del peor Tarkovski con el mejor Juan Orol.

Ahora bien, que alguien en Miami, donde sé que el tiempo es literalmente oro, me haya dedicado esta sarta gratuita de improperios nacida no sé de qué oscura pulsión, en vez de dedicarse a algo seguramente más útil, me pone a pensar mucho (aunque tampoco me desvela). En todo caso me pregunto si Magdiel Aspillaga, de vivir todavía en Cuba, escribiría sobre “la Diáspora o el exilio, la tolerancia, las utopías, los derechos humanos, los presos políticos, etc…” Trato de recordar nuestros escasos encuentros y conversaciones en La Habana, allá por el año 2000 o 2001. ¿Se ocupaba entonces, como Manuel Zayas con “Café con leche”, de censuras y olvidos?, ¿hacía un cine como el de Jorge Molina, al cual sí considero un auténtico trasgresor del modelo de representación cinematográfica en Cuba, y de quien acabamos de exhibir en Camagüey toda su obra? Puede ser, pero lo más que he retenido en mi mente son sus esfuerzos por terminar un documental en torno a Julio García Espinosa, del cual llegó a hablarme con verdadero entusiasmo (aunque, para ser honesto, no sé si lo terminó). Cosa que trae otra vez a mi mente aquello de que mientras más apuntamos con un dedo a alguien, más tiempo hay tres que quedan mirando hacia nosotros. En su caso, ¿a partir de cuándo el ICAIC (léase García Espinosa), comenzó a ser algo absolutamente “reaccionario”?

En cuanto a sus insinuaciones de que soy “un elegido del poder” y su afirmación de que viajo con pasaporte oficial, mejor ni hablar. Me niego a introducir lo personal en estos asuntos. Desde luego, ya se sabe que la mente humana tiene una tendencia casi inevitable a sacar conclusiones aún cuando no se tenga dominio de aquello puntual a lo que se alude: en esa mente lo único que cuenta son las habladurías, no el saber fundamentado.

Por otro lado, me parece infantil que en vez de concentrarse en argumentar sus ideas (que podrían ser legítimas) prefiera acusarme de “viajar”. Como si fuera un delito aceptar las invitaciones que me cursan. O como si esos viajes me los “regalaran”. Al menos cuando viajo, siempre invitado por las universidades o festivales extranjeros (y nunca “enviado” por el Instituto, como él insinúa) yo no le oculto a nadie mis ideas. Dicho sea de paso, esas ideas me las respetaron íntegramente en ese mismo Miami donde él vive ahora. Por lo menos cuando participé hace algún tiempo en un evento organizado allí por Alejandro Ríos, nadie salió ofendido porque a nadie intenté ofender, no obstante las posibles diferencias. Nadie promovió el mitin de repudio que ahora él intenta promover desde su “Alcancía”. Yo obtuve matices de esa realidad que los medios de acá me pintan monolítica, y quienes hablaron conmigo allá obtuvieron una idea un poco más real que estas ideas mías que personas como Aspillaga se encargan de simplificar de modo tan pedestre.

Por lo demás, entiendo su despiste a la hora de creer que vivo una luna de miel con el poder de este país. Es típico de los que defienden la visión binaria del mundo (me cuidaré de no llamarlo “nazi”, como de manera festinada él hace en su texto, aunque el gesto totalitario se parece): o estás conmigo, o estás contra mí. Tomo una brevísima muestra de su libelo, cuando dice: “EL CINE CUBANO NO ES SINONIMO DE CINE ICAIC, EL CINE CUBANO ES MUCHO MAS QUE EL ICAIC”. ¿Dónde aprendió eso nuestro iluminado? No lo dice, pero quién sabe si en ese silencio no hay otra cosa que cinismo y mala voluntad, porque si algo se ha cuestionado aquí desde hace mucho es el “icaicentrismo”. Pero en su visión excluyente, este blog es un panfleto, y todos los que han colaborado le hacen el juego al régimen.

Y para finalizar, algo que me parece el colmo de su ya egocentrismo galopante. Me reclama haber enlazado un texto suyo aparecido en su blog sin su AUTORIZACIÓN. (acabo de quitarlo, y compruebo que es como si nunca se hubiese colgado). Lo escandaloso es que él colgó en su “Alcancía” un post que en su momento yo le solicitara a Fausto Canel a propósito de Joe Massot, Y NI SIQUIERA TUVO LA GENTILEZA DE COMUNICÁRMELO, o al menos consultarme. Comoquiera que está obligado a indicar el crédito de la fuente original, yo le pediría sin ningún tipo de diplomacia que retirara mi nombre de su engendro, pero al final, esto tampoco me molesta, porque se supone que lo que en el fondo nos debe interesar a todos los que incursionamos en la blogósfera (la cual, por suerte, no conoce fronteras) es la libre circulación de ideas, y el debate civilizado. De hecho, he enlazado y me han enlazado no siempre para elogiar, y eso no me incomoda porque contribuye a hacernos más visibles, y a que aprendamos más entre sí. Mas el subdesarrollo, para decirlo con el bocadillo de ese Sergio de “Memorias” que a Aspillaga le gusta citar sin sentirse curiosamente aludido, sigue en la mente municipal de aquellos que se creen ombligos del mundo, aunque el mundo no se entera que existieron.

Por eso es obvio que para este bloguero con repentinas ínfulas de Comandante en Jefe de los blogs cubanos referidos al cine, un sitio como “La pupila insomne” es algo desechable. Y yo muy feliz de que nos perdamos de vista para siempre, después de haber contribuido en algo a sus ¿quince minutos? de infamia. Pues Internet es demasiado rico para que venga alguien con la falacia de pretender hacernos creer, así sea por un momento, que una intrascendente alcancía puede llegar a ser, en algún instante, la medida luminosa de todas las cosas.

Juan Antonio García Borrero

MEMORIAS DE UN TALLER (2)

En la segunda sesión del Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica estuvimos hablando y discutiendo sobre la mujer como creadora en el audiovisual cubano. Los lectores del blog recordarán que este tema propició en su momento una intensa polémica. La mesa fue moderada por la Dra. Olga García Yero, y la presencia de las realizadoras Marina Ochoa y Yamilka Álvarez, la actriz Eslinda Núñez, y los estudiosos Pedro Noa y Danae Diéguez, nos garantizaron que se cumplieran buena parte de las expectativas que teníamos en cuanto al asunto.

Sigo diciendo que la utilidad de los Talleres no está en las supuestas soluciones que ofrece a aquellos problemas que se discuten, sino en las perspectivas y novedades teóricas que contribuye a insertar en nuestras discusiones. En el caso de Danae Diéguez lo tiene todo, como diría Vivanco, “muy bien pensao”. En sus argumentos se advierte un dominio profundo de esas herramientas que, según nos confiesa ella misma, ya en otros contextos académicos han sido superadas por nuevas visiones del fenómeno, pero que acá permanecen ajenas a los estudiosos y estudiosas.

A mí lo único que me inquieta es la falta de intercambio teórico que tienen entre sí las mujeres que hacen o estudian el audiovisual en Cuba, de allí una pregunta que formulé en público, pero que (debo ser honesto), siento que todavía no me han respondido: ¿cómo dialogan críticamente estas mujeres entre sí?, ¿cómo se actualizan en cuanto a estas corrientes de pensamiento?, ¿y cuál es el saldo intelectual que hasta ahora se va logrando?

No hablo de la innegable existencia de esos espacios y acciones individuales que ya conocemos, sino de una interacción que debe desmontar una visión del mundo tan monstruosamente falocéntrica, que hasta un buen número de féminas prefiere desmarcarse de todo lo que huela a “feminismo”, porque se asocia a aquellas teorías extremistas que utilizaban los posibles argumentos, no como un hipotético instrumento de justicia y redención, sino en todo caso, de implacable venganza.

Sin embargo, este es un tema en el cual prefiero mantenerme en silencio porque mis lagunas son realmente escandalosas. Y porque como esta “Historia” la han narrado casi siempre los hombres, o mujeres que no se sienten particularmente afectadas por esa visión “machista” y excluyente, no quisiera contribuir aún más a la naturalización de un canon que, cuando no se ha encargado de invisibilizar esa parte de nuestra realidad, ha tergiversado con sus propios prejuicios e imposiciones las demandas de nuestras creadoras.

Por lo pronto, pienso que es bueno que se haya puesto sobre el mapa el tema, pero eso en modo alguno basta. Atacar a fondo la lógica patriarcal exige llegar al nido donde empieza todo. ¿Recuerdan aquel célebre bocadillo de “Some Like it Hot”, el filme de Wilder: “No se puede hacer una tortilla sin antes romper los huevos”? Pues de eso se trata, de llegar al lugar donde se esconde el huevo de la serpiente. Y destruirlo.

Juan Antonio García Borrero.

REYNALDO LASTRES LABRADA SOBRE EL 17 TALLER DE LA CRÍTICA

Existen varios motivos para calificar al Taller de la Crítica Cinematográfica de Camagüey como una fiesta innombrable. Dentro de la amplia gama de actividades con que cuenta el programa, y que van desde presentaciones de libros y revistas hasta la amplia selección de películas capaces de hacer alucinar a cinéfilos de cualquier especie, sobresale con creces la sección teórica, sin dudas, plato fuerte del evento.

Este año la discusión de las mesas se centró en un homenaje a la Cinemateca de Cuba en sus 50 años, al papel de la mujer en el audiovisual cubano, y a los jóvenes realizadores del audiovisual cubano. Carlos Velazco, joven graduado de Periodismo en la Universidad de la Habana inició el debate de la primera mesa con una ponencia sobre la Cinemateca de Germán Puig y Ricardo Vigón, que aunque para algunos estaba fuera de lugar, para otros no podía ser más acertada. Como parte de su tesis de grado (conjuntamente con su novia Elizabeth Mirabal) sobre Guillermo Cabrera Infante, las palabras de Carlos suman evidencias a la real existencia de esta institución cultural injustamente vetada en la historiografía oficial, y que para muchos fue tan relevante en materia cultural como lo fue Nuestro Tiempo, institución a la que no le faltó mérito en la historia de esos años prerrevolucionarios. Dejando a un lado el criterio trivial de que no se trata de quien fue primero o a quién se le ocurrió la idea más original, bajo francas posturas egocéntricas, es necesario percatarse de que lo realmente importante en este asunto es lograr un panorama histórico más real, sin tapujos políticos y sin confusiones trasnochadas entre ideología y política. Más que promover injusticias, esclarecer evidencias.

No menos interesante fue la mesa sobre el papel de la mujer en el cine cubano, pues se pusieron sobre el tapete criterios que por su peso desbordaron lo cinematográfico, e incluso lo cultural. La investigadora Danáe Diéguez impactó a la audiencia con su ponencia, la cual desde los estudios feministas propuso una reconstrucción de la Historia más inclusiva para la mujer y no ya solo para legitimar el papel omnipotente del hombre. Alertó sobre las deficiencias de ciertas teorías feministas radicales que lejos de intentar romper la verticalidad imperante en franca desventaja con el género femenino, no hacen más que proponer una suerte de reverso del machismo más rampante que, a fin de cuentas, no es más que afianzar otra dictadura de género.

El último día de debates se dedicó a los nuevos realizadores y su representatividad en la Muestra de la Habana. Una vez más se alertó sobre el problema de los jóvenes en la construcción formal de su obra, y sobre la necesidad de que los mismos alberguen un amplio espectro cultural que dialogue de manera directa con sus propuestas. Bajo técnicas pre-Melies ha denominado Juan Antonio García a muchos de estos trabajos, y el realizador Jorge Molina habló de nuevos-viejos realizadores del audiovisual cubano, colocando en crisis el criterio determinista que asocia juventud en materia de edad directamente con técnicas renovadoras y novedosas en el arte. Lo que sí quedó claro es el hecho de que en conjunto, los temas tratados por los jóvenes realizadores navegan en dirección contraria a ese periodismo vigente que lejos de centrar al lector o televidente en la realidad, lo desplaza a un mundo fantástico enajenado y distinto de lo que realmente sucede en el actual devenir de nuestros días.

En contrapunteo con el evento teórico, las tardes del evento estuvieron matizadas por el realizador independiente Jorge Molina, quien desde una de las aulas del Instituto Superior de Arte de Camagüey removió los cerebros de estudiantes de medios y de aficionados al cine. En un mini-taller con tan solo tres días de duración, se trazó como línea central los puntos a seguir para conseguir una producción y realización de un audiovisual con escasos recursos materiales y al margen de una institución rectora. Para ello compartió con los oyentes sus propias experiencias en la creación de su primer largometraje, “Molina`s Feroz” (estrenado por esos días en el evento), y las aventuras y desventuras que le llevaron a la concreción del mismo. Fue una experiencia sin par, pues uno comprendía que más allá de una formación académica, de contar con una basta cultura, dinero y cámara a disposición para filmar, lo que realmente marca el camino al éxito es la pasión, la voluntad y el rigor que cada cual ponga en la obra que desee hacer.

Evidentemente el Taller de Camagüey ha contribuido a consolidar un ejercicio del criterio en Cuba en materia cinematográfica, y con el tiempo ha logrado ser un referente insoslayable no solo en asuntos de cine, sino de pensamiento, que es a la larga lo que más se agradece.

Reynaldo Lastres Labrada

EL ICAIC

Para mí el ICAIC no es la institución, sino una manera menos ingenua de pensar la vida. El ICAIC ha marcado buena parte de mis hábitos intelectuales, y me ha sacudido de la inercia espiritual, justo en esos momentos en que parecía que ya no tendrían sentido las herejías. Más allá de la producción cinematográfica que ha fomentado, del público que ha conseguido formar (y del cual soy parte), le agradezco la posibilidad de contar hoy con un grupo de amigos que, no importan donde estén, siguen soñando con el cine cubano.

J. A. G. B.

MEMORIAS DE UN TALLER (1)

Todavía es dominante en muchos la idea de que los eventos pueden resolver los problemas de la cultura. O lo que es lo mismo: los problemas que nos afectan en nuestras vidas particulares.

Desde mi punto de vista, esta aspiración es bastante ingenua. Por lo general, quienes participan en un evento que tenga a la cultura en su foco de atención, no son los que determinan las “políticas culturales”. Entonces, lo más que se puede hacer es someter a debate los problemas que generan la aplicación de esas políticas, que casi siempre (al menos, eso es lo que muestra la Historia) se ven superadas por las contradicciones que va generando la propia existencia (que es dinámica, antidogmática), ya sea por razones subjetivas o tecnológicas.

El Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica, que desde hace 17 años se celebra en Camagüey en el mes de marzo, nació con el claro propósito de detectar algunos de los problemas que más afectan al audiovisual cubano, a su crítica e historiografía, y también a su público. Y aunque venga de muy cerca la observación, pienso que su mayor mérito está en haber conseguido un sitio donde lo que llamamos “cultura de la polémica” es posible. En los Talleres se ha discutido con pasión, se han expresado opiniones injustas que otros han sabido matizar, y en sentido general, se ha aprendido.

Desde luego, hablo desde mi perspectiva muy personal. Para mí el Taller de la Crítica siempre comienza después que todo ha acabado. Es decir, comienza justo en ese momento en que, a solas en la cueva, reviso las notas que fui tomando en cada una de las sesiones, y empiezo a garabatear las ideas que me hubiese gustado compartir u oponer en cada caso. Y vuelvo a descubrir que “escuchar a los otros” siempre será la mejor vía para llegar a un conocimiento, si no último, menos mutilado que ese que nos zarandea a diario.

Este año, cuando anunciamos que la primera sesión del Taller de la Crítica estaría dedicada a hablar de la Cinemateca de Cuba en su cincuenta aniversario, alguien me comentaba que el evento estaría sacrificando un día que podía dedicarse al debate del presente. Espero que la propia sesión y las discusiones que allí se desarrollaron lo hayan hecho repensar su creencia. En realidad, una vez más quedó demostrado que someter a debate los modos en que hasta ahora se ha escrito la Historia (en este caso la del cine cubano), es un gesto que en verdad está mirando al presente, y hasta el futuro.

Lo cierto es que los historiadores del cine cubano ahora mismo tenemos un serio problema con este asunto que, en su momento, puso sobre la mesa el investigador francés Enmanuel Vincenot. Y agradezco a Manuel Herrera, actual director de la Cinemateca de Cuba (esa a la cual se le entregó un reconocimiento público por sus cincuenta años de sostenida gestión cultural) que en ningún momento se sintiera ofendido por lo que allí se discutió. Manuel Herrera es de los que ha entendido que la propuesta de hablar de “la otra Cinemateca” no significa negar esta. Al menos a mí no se me ocurriría suprimirla, pues como espectador de provincia, reconozco que buena parte de mi actual formación se la debo al culto de esos ciclos en los cuales me inició Luciano Castillo, apoyado a su vez desde La Habana por Héctor García Mesa. Sin la asistencia sistemática a esas proyecciones jamás habría pasado de ser ese espectador más bien común, que confunde la historia del cine con la historia del Hollywood más frívolo.

Lo que pasó en Camagüey ese día debería quedar como ejemplo de las posibilidades comunicativas que brinda un debate civilizado. Es decir, un debate donde la cortesía cívica no es excluida. Y lo que me entusiasma mucho más es el hecho de que ese debate haya sido propiciado por Carlos Velazco Fernández, un muy joven investigador que junto a Elizabeth Mirabal Llorens, están consiguiendo un conjunto de investigaciones donde lo que es fundamental es el aporte testimonial y documental.

Hasta ahora, este asunto de las Cinematecas se había quedado en la pura retórica. En sentido general, casi todo el mundo reconoce la existencia de ese grupo de jóvenes (Germán Puig, Ricardo Vigón, Tomás Gutiérrez Alea, Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros, Rine Leal, entre otros), que en su momento se propusieron algo absolutamente inédito en la cultura nacional. La propia Cinemateca de Cuba mostró, en la exposición que organizamos en el Centro de Arte de la ciudad, un ejemplar del programa de mano que dicho grupo imprimió con el fin de promover las distintas proyecciones, respaldadas incluso por el MOMA.

Donde no existe consenso es a la hora de concederle legitimidad nominal a esas actividades. Y justo en ese debate (insisto: el primero donde se confrontan los argumentos encontrados, con el fin de obtener un punto de vista superior), salieron a relucir las debilidades de aquellos razonamientos que hablan de una Cinemateca atendiendo solo, por ejemplo, a la fecha de ingreso a la FIAF. Pues si este fuera un argumento válido, entonces la Cinemateca de Cuba no estaría cumpliendo cincuenta años, sino cuarenta y ocho, en tanto ingresó a la Federación en 1963, y uno tendría que preguntarse qué era en ese período (¿acaso un cineclub de la institución ICAIC?). Por otro lado, el colombiano Sergio Becerra, presente en la mesa en su condición de Director de la Cinemateca Distrital de Bogotá, con una proyección de trabajo reconocida más allá del espacio donde tiene su sede, confesaría que su Cinemateca no formaba parte de la FIAF.

Ante este gran dilema al que se enfrentan los estudiosos (seres de carne y hueso, que tienen sus filias y sus fobias, como cualquier mortal), pienso que la sugerencia que nos hace Desiderio Navarro adquiere un gran valor metodológico, pues nos permitiría hablar no de “la Historia de la Cinemateca” (un enfoque a todas luces excluyente, en su afán fundacional), sino de “las Historias de las Cinematecas”. Dando por sentado que en ambos casos ha existido un proyecto de trabajo dirigido a influir en la comunidad (al margen del apoyo recibido por instituciones con poder legitimante), el estudioso podría reconstruir el horizonte de expectativas que movilizaba a ambos grupos de jóvenes, establecer conexidades que explicarían no los diferendos, sino las continuidades en cuanto a aspiraciones de influencia cultural. Se trata, a mi juicio, de enriquecer la memoria histórica de la nación, no de empobrecerla.

Al final de la sesión teórica fueron presentados varias publicaciones, entre ellas, la revista “Revolución y Cultura” número 5/6 del 2009, donde aparecen la entrevista realizada por Leandro Estupiñán a Alfredo Guevara (y donde se toca el asunto de la Cinemateca de Puig), y el texto escrito por Elizabeth Mirabal Llorens y Carlos Velazco Fernández con el título de “Memorias de la primera Cinemateca de Cuba”.

Pienso que el “nuevo historiador” de cine cubano tendrá que esforzarse en la búsqueda de un equilibrio que le permita tomar en cuenta todos los puntos de vista (los de aquellos que han gozado del respaldo del Poder, o escriben desde el Poder, y los de aquellos que han sido excluidos), pero sin olvidar que “la enunciación pública” (desde el Poder) y “el silencio impuesto o voluntario” pueden tocarse cuando llegan a los extremos. En ambos casos hay una construcción de “sentidos” (nada en este mundo es inocente una vez que lo toca el hombre), por lo que, más que nunca, será necesaria la apropiación crítica (nunca pasiva) de aquello que llega (o deja de llegar) a nuestros ojos y oídos.

Dicho por lo claro: este nuevo historiador debe hacer suyo aquel argumento que esgrimía en su momento Aristóteles: “Soy amigo de Platón, pero soy mucho más amigo de la verdad”. Por supuesto que esa decisión le reportará un sinnúmero de escollos y detractores. La falta de aliados tal vez devenga en lo adelante su marca de identidad, pero es lo que le toca si realmente quiere que aquello que escribe no termine considerándose “la última palabra” (una fantasía que el Tiempo se encarga de demoler con brutal agilidad), sino en todo caso, la víspera de una nueva forma de ver las cosas.

La trascendencia de la Cinemateca fundada en 1959 difícilmente podrá ser ignorada por las generaciones venideras. Al menos a mí me enseñó a pensar críticamente todo lo que tenga que ver con el cine, por lo que sería un contrasentido que ahora me pusieran frenos a pensarla críticamente también a ella. Pero desde luego, no olvido que somos seres humanos. Que las pasiones nos mueven, y nos convierten en rehenes de hábitos intelectuales que nos inmovilizan. De allí mi confianza en los más jóvenes; en esos que pueden mantener una distancia crítica donde combinen con eficacia la lealtad al conocimiento científico con el afán de justicia, de rectificación, o mejor aún, superación.

El final del texto de Carlos Velazco y Elizabeth Mirabal más hermoso no puede ser, cuando apelan el testimonio de Rine Leal. Decía Rine en 1963, en su comentario al libro “Un oficio del siglo XX”:

“Luego fueron Germán Puig y Ricardo Vigón y finalmente Néstor Almendros y vino el Cine Club de La Habana y más tarde la Cinemateca de Cuba. Sin saber cómo, estábamos todos creando una nueva sensibilidad cinematográfica en el país, influyendo en los más jóvenes, discutiendo con los más viejos y uniéndonos a los de nuestra generación. Yo era algo así como un renegado entre ellos: no iba mucho al cine (me sigue aburriendo) dudaba que fuera un arte (aún lo dudo a pesar de cuantos ejemplos en contrario se me citen) y mi interés fílmico no era otra cosa que residuos del banquete homérico que Guillermo, Néstor, Germán y Ricardo solían darse cada noche”.

Es una suerte que, tantos años después, y a pesar de todo, sigamos asistiendo a ese singular banquete.

Juan Antonio García Borrero

ARTURO INFANTE SOBRE EL CINE Y LA REALIDAD

Lourdes Stusser y Carlos Ríos: ¿Crees que el cine deba encargarse de denunciar o alertar sobre zonas oscuras de la realidad?

Arturo Infante: Un tipo de cine “comprometido”, sí. Siempre con inteligencia, nunca desde el panfleto, que provoca el efecto opuesto a lo que se quiere denunciar. El humor, la ironía, suelen ser herramientas sumamente eficaces. Siempre están presentes, por ejemplo, en el cine de Michael Moore.

Creo que mis cortometrajes hablan de la realidad también, a su manera. Aunque nunca me he dicho: “Mira que zona mas oscura hay aquí, ¡voy a denunciarla con un corto!”. Si hay algún tipo de alerta o denuncia, está más en la mirada del espectador, que en una voluntad mía.

Pero de cualquier forma, no creo que este cine comprometido sea mejor ni más valioso que otro. El cine debe ser lo que es. Debe haber diversidad. Cine para “alertar sobre zonas oscuras de la realidad”, y también cine para hacerte olvidar por un rato que esas zonas existen. Cine para soñar, para pensar, para excitar, que te saque las lágrimas, que te asuste, o que te haga morir de risa.

Nota de La Pupila:

Me gusta muchísimo este sitio editado por jóvenes, y del cual he tomado este fragmento de entrevista. Les recomiendo revisarlo, porque sobre el audiovisual hay cosas interesantísimas. Por lo pronto le establezco un link permanente.