Archivos diarios: febrero 18, 2010

LOS RUMORES DEL MITO

Mi generación (se incluyen a los que nacieron un poco antes y un poco después de 1964) todavía no conoce todo el cine cubano que se hizo en la década que nos vio crecer. Para algunos esto no es tan grave, pues en realidad no se trata de un cine hecho por mi generación: en todo caso es el cine de nuestros padres, y sin que parezca ingratitud, ya se sabe que los hijos terminan pareciéndose más a su tiempo que a sus padres. Sin embargo, a pesar de lo anterior, hay gente a las que sí nos interesa interpretar el origen de las ideas de los procreadores, lo cual solo es posible revisando el fundamento de ese pasado a la luz de nuevas estrategias reflexivas.

En el caso de nuestro cine, cuando mi generación (y no hablo en nombre de ella sino apenas estimulado por la curiosidad de miembro) maduró lo suficiente como para pensar en esto, cuando quisimos comprobar cuánta verdad habita en aquella frase con la que algunos todavía aseguran que la década de oro del cine cubano fue justamente la de los sesenta, nos encontramos con que varias de las películas que conforman ese hipotético corpus, nunca más se habían exhibido.

A partir de entonces, y todavía cuando no se quisiera, tropezamos con los rumores que conlleva el mito. Alimentamos nuestras expectativas con las tergiversaciones que siempre implica lo proscrito. Le concedimos a lo natural el carácter de extraordinario. A lo pésimo, la condición de salvable gracias a la propia censura, que le asignó el privilegio de lo significativamente coyuntural.

Imposible distinguir ahora quién o quiénes (quizás el imaginario colectivo, quizás las singulares circunstancias políticas, quizás la suspicacia de algunos o el resentimiento de otros) pero nos hicieron creer que posiblemente estábamos perdiéndonos fotogramas dignos de figurar en el Louvre.

Juan Antonio García Borrero

ÁNGEL VELÁZQUEZ CALLEJAS SOBRE “CUBA: EL ARTE DE LA ESPERA” (2009), de Eduardo Lamora

CUBA: EL ARTE DE LA ESPERA
Por Ángel Velázquez Callejas

Consciente quizás de que el hombre por naturaleza social y cultural es un exiliado, un Adán fuera del Jardín del Edén, un ser arrojado ahí al medio social sin previa consulta, estas ideas hayan sido, según mi punto de vista, la motivación esencial del discurso y la narración cinematográfica del documental de Eduardo Lamora “Cuba: el arte de la espera”. Más que fotografiar la realidad de un conjunto social en medio de carencias y vicisitudes agónicas económicas y políticas que suceden en Cuba, el documental rastrea de un modo sutil, hábil y cuidadoso, penetrando en los intersticios de la memoria histórica de cada una de las personas entrevistadas, las simbolizaciones textuales recurrentes en Cuba -desgracia y sufrimiento- dibujando un panorama emocional y desgarrador en cada uno de los personajes: de que la vida en Cuba no tiene significado, o que la vida para estos personajes carece de sentido.

El punto de vista del narrador es sostener a lo largo del discurso el origen de un milagro: la espera; de que en Cuba a pesar de las carencias y vicisitudes y la falta de sentido para con la vida, se vive. Creo ver en ello, la concepción de lo que denomina etnología íntima: esos resquicios interculturales e interactuantes que rellenan la subjetividad y la mentalidad humana. La condición también, desde luego, de que la vida ha tenido, tiene y tendrá un significado dado.

Después de más 30 años fuera de Cuba, sin apenas comunicación con su familia en Presto, el rencuentro de Lamora con su madre, padre, hermanas y demás familiares cercanos lo llevan a experimentar, directamente en conexión con su madre, una de la solicitudes existenciales de mayor envergadura para entender en qué consiste el exilio: “el verdadero exilio es la del retorno”. Si no se retorna, si no se tiene contacto con la madre, el exilio queda como un concepto, una abstracción, una metáfora, yerta de sustancia humana. Con la presencia de la madre todos los secretos que acumula el inconsciente se ponen a prueba, ya que la distancia con el conciente se vuelve próxima; con la presencia de la madre se revive y con la madre el vuelo a soñar se convierte en un despertar. Me parece que este punto de Lamora es interesante y novedoso, pero no exacto.

De modo que una de las tesis de este documental es derribar la frontera entre un exilio patrio, inconsciente, “de un amor ridículo a la tierra”, y un exilio amoroso, real, existencial, de encuentro con la fuente de vida. Se es un exiliado consciente en la medida en que se produzca el retorno. Pero el retorno no debe ser hasta la madre; el retorno debe ser total, trascendental, porque con la madre aún suscite una separación, en cuyo espacio cabe aún la emoción de la separación y la expulsión. Con la madre solamente no te hace consciente del exilio, sino que lo recuerda por primera vez. Antes soñaba con el exilio; ahora la presencia de la madre le hace recordarlo y permite que se hunda en el recuerdo de su segundo exilio, debido a que existe otro, desconocido, el primero y real. Y en ello creo ver la diferencia existencial respecto al exilio que muestra el punto de vista del narrador: que Lamora no está consciente aún del exilio; solo la presencia de su madre le recuerda que existe y le señala al mismo tiempo que debe vivirlo. No se trata ya de una justificación exiliada o de la conmoción que produce estar fuera de su patria. Se trata de un fenómeno por vivir y experimentar en sí mismo. En esto consiste, a mi modo de ver, el arte de la espera. La madre espera que Lamora viva por un instante el exilio porque ella ha sido de un modo alguno una exiliada en un profundo retorno.

Y esta será la mayor realización de un exiliado cubano. El exilio tiene tres fases: la soñada, la recordada y la vivida. Esta última fase falta –o mejor dicho está oculta- en el espectro simbólico del cubano. En la soñada estamos todos aquellos que nos consideramos exiliados por pura justificación; aquí el exilio formando un símbolo, un texto, un discurso que impera en la mente del exiliado. Un metarrelato histórico. La fase soñada es un exilio proyectado por la mente humana; es un exilio esperanzador. En la fase recordada están aquellos como Lamora, los cuales han tenido contacto con los secretos de su madre, con el útero envolvente, con la maga del tiempo. De ahí la importancia de su documental. Esta fase es mucho más cercana a la realidad que la fase soñada, pero no deja de ser un sueño también. La fase vivida no tiene parangón con las anteriores. No tengo otro exiliado cubano en mano que no fuese José Martí la prueba de esta tercera fase. El Diario de Campaña, los días que narra desde su llegada hasta su caída, es la prueba cinematográfica de esta fase vivida. La conmoción se esfuma, las justificaciones se ausentan y el martirio desaparece. La dicha lo invade todo. Entonces la vida toma un nuevo significado que no puede ser dado por nadie: la responsabilidad de acción del exiliado queda a prueba, la del arte del retorno; la espera se eclipsa.