Archivos diarios: febrero 5, 2010

GÉRARD PHILIPE, EL PRIMER AMIGO…

Hacía calor aquella mañana de julio en que el actor francés Gérard Philipe entró por primera vez en el inmueble que hoy conocemos como el ICAIC. El calor en La Habana de por sí es sofocante, pero al evento veraniego habría que sumarle los acontecimientos que por entonces se vivían en la isla: el Gobierno Revolucionario que derrocara al dictador Fulgencio Batista el 1 de enero de 1959 comenzaba a experimentar sus primeras crisis internas. Ese mismo mes (exactamente el 16 de julio), Fidel Castro dimite de su cargo de Primer Ministro, alegando conflictos irreconciliables con el presidente Manuel Urrutia. A su vez, al día siguiente Urrutia renuncia a su responsabilidad, y es sustituido por Osvaldo Dorticós. Ya se había firmado la Ley de Reforma Agraria, y los Estados Unidos comenzaban a mirar con suspicacia lo que estaba sucediendo solo a noventa millas de sus costas.

Gerárd Philipe entró a un edificio que entonces era conocido como “Edificio Atlantic”. El ICAIC estaba ubicado en el quinto piso: allí apenas trabajaban, a tiempo completo, unas cinco o seis personas. Dos meses atrás (24 de marzo), el Gobierno Revolucionario había aprobado la Ley 169 que creaba el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Fue el primer texto legislativo en materia cultural que dictara el nuevo régimen.

El triunfo de las fuerzas encabezadas por Fidel contaba con un respaldo popular irrebatible, según pueden confirmarnos los noticieros de aquellas fechas que aún se conservan. También el grueso de los intelectuales apostó a favor de un proyecto político que prometía restaurar las libertades suprimidas por el golpe de Estado protagonizado por Batista en 1952. Ese entusiasmo local muy pronto se hizo acompañar de la euforia de buena parte de la izquierda internacional de la época: se vivía en plena Guerra Fría, y a los ojos de esa izquierda, la Revolución cubana prometía ser una estupenda alternativa al esquema bipolar.

Gérard Philipe fue, al decir de Alfredo Guevara,

“(…) el primer intelectual francés de verdadero renombre y real influencia que valoró nuestro proceso revolucionario en su justa dimensión. Hasta su visita, las revistas, reporteros y escritores, menores o demasiado ciegos, se habían encargado de presentarnos como la característica revolución latinoamericana de opereta, plena de romanticismo y exotismo, y claro sin la profundidad y seriedad que la nuestra tiene. El nos presentó a Jean Paul Sartre y Simona de Beauvoir, a (Henry) Lefebvre y María Casares, a Gisèle Halimi y Claude Faux, a Yves Montand y Simone Signoret, a Chris Marker y Armand Gatti, en fin, la gente más activa, complicada y polémica de los círculos artísticos, a quienes desde entonces juegan de un modo u otro un papel militante en la defensa de nuestra Revolución.”

Philipe llegó a Cuba con sus treinta y siete años cumplidos, y esa sonrisa espléndida que ya lo había convertido en ídolo de multitudes. Había iniciado su carrera fílmica en 1944 con Les Petites du Quai aux Fleurs, y apenas dos años después consiguió alcanzar el estrellato gracias a su actuación en Le Diable au Corps, de Claude Autant-Lara. A partir de entonces ya no dejaría de conocer la popularidad. Películas como La Chartreuse de Parme (1948), La Beauté du Diable (1950), La Ronde (1950), Fanfan la Tulipa (1952), Monsieur Ripois (1954), Le Rouge et le Noir (1954), Les Grandes Manoeuvres (1955), Montpartnasse 19 (1958), o Les Liasons dangereuses (1959), entre otras, terminaron por convertirlo, aún en vida, en uno de los grandes mitos que ha tenido el cine francés en toda su historia.

Sin embargo, el hombre que mantenía seducido a medio mundo con su carisma, fue flechado de forma fulminante por los acontecimientos cubanos. Llegó a La Habana escoltado por su esposa, la misma Anne Philipe que tres años después del inesperado fallecimiento del actor decidiera escribir un libro con el hermoso título de “El tiempo de un suspiro” , donde (sin mencionarlo) evoca las relaciones de ambos.

En una breve reseña sobre ese texto, Roberto Fernández Retamar ha escrito unas reflexiones que también resultan útiles para entender el comportamiento público de Gérard Philipe, compañero de lucha en la vida cotidiana de Anne Philipe:

“(…) la autora pertenece a ese fenómeno tan característico que es la “izquierda francesa”, y desde esa situación escribe su libro. El marxismo, Sartre y Camus, la revolución cubana, el deslumbramiento por el sputnik, el anticolonialismo, la “desmitificación” y una limpidez de la escritura, una confianza en la palabra y la inteligencia, hacen los componentes de esta izquierda.”

Hollywood, con su famoso “sistema de estrellas”, contribuyó a consolidar una imagen de los actores que, por lo general, se asocia a la vanidad, al flirteo publicitario con la prensa. Un actor como Gérard Philipe, lleno de una gracia juvenil que contrastaba con la de los otros galanes que, por entonces, dominaban la escena francesa, pudo ser uno de los tantos que han vivido con indiscreta intensidad sus “quince minutos de fama”. Pero si para Philipe el cine era importante, la vida (con sus contradicciones, sus dolores reales) lo era más.

Nos quedan varias fotos de su visita a Cuba, pero hay dos que todavía llaman poderosamente la atención. En una está mostrando a un joven Raúl Castro algo que quizás sea una revista. En la otra sonríe abiertamente junto a Fidel y Alfredo Guevara, en el encuentro que sostuvieran en el INRA. Es una sonrisa contagiosa. Parece como si al fin hubiese encontrado ese mundo edénico que la izquierda europea pensó hallar en el régimen soviético, pero que las todavía recientes denuncias de los atropellos cometidos por Stalin, habían terminado por sumergir en la incertidumbre, cuando no en la más absoluta falta de fe. Que no otro malestar fue el que promovió el radical diferendo entre Sartre y Camus.

Gérard Philipe ya sabía de esta parte del mundo, con sus traumas tan distintos a los de Europa, gracias a la película Los orgullosos (Les Orgueilleux/ 1953), de Yves Allegret, la cual se apoyaba en un cuento de Jean-Paul Sartre, pero que había sido rodada íntegramente en México. El filme no fue exactamente un éxito de crítica, si bien para intelectuales como Gabriel García Márquez “el cine mexicano ha recibido una lección ejemplar de este equipo de franceses”.

La Revolución cubana lo devolvió a una América Latina que nunca lo dejó indiferente. No quiso que le contasen terceros: prefirió palpar “la realidad cubana” con sus manos. Y allí estaba en aquel mes de julio que sirvió para filmar la primera gran concentración popular de apoyo al proceso revolucionario: en la Plaza Cívica (hoy, Plaza de la Revolución), más de quinientos mil campesinos llegados de las provincias orientales, se reunieron para celebrar el sexto aniversario del asalto al Cuartel Moncada, ocurrido el 26 de julio de 1953, y demandar el regreso de Fidel Castro al puesto de Primer Ministro.

En ese tiempo que Gérard Philipe permanece en Cuba, no dejaría de visitar de manera entusiasta los más diversos lugares. La Universidad. Los pasillos y salas del Teatro Nacional que aún no ha terminado de ser. Y en Ciudad Libertad asiste a una proyección del documental “Esta tierra nuestra”, de Gutiérrez Alea, acompañado, entre otros, del Comandante Raúl Castro (entonces Jefe de las Fuerzas Armadas), Vilma Espín, Comandante Efigenio Almejeiras, Capitán Osmani Cienfuegos, y Alfredo Guevara, director del ICAIC.

Cuando en la conferencia de prensa que concede en el ICAIC alguien le pregunta si le gustaría trabajar sobre un tema revolucionario, no duda en responder: “En la medida que no sea hereje, como extranjero, trabajar sobre una cosa nacional. Estoy muy impresionado con la revolución cubana y en medio de dos conversaciones, y al bajar del automóvil en el hotel, se me ocurrió un tema que someteré al Director del Instituto”.

Hoy podemos presumir que ese proyecto estaba asociado al enorme deseo de encarnar en pantalla el personaje de Raúl Castro, en una película que debía ser la primera representación cinematográfica de esa lucha que parecía haber finalizado (cuando recién se iniciaba). Según el cineasta Fausto Canel, dos meses después Alfredo Guevara y Guillermo Cabrera Infante (entonces vicepresidente del ICAIC) viajarían,

“(…) juntos a México, a entrevistarse con Jerry Wald, presidente de la 20th Century Fox, quien quería hacer una biografía fílmica de Fidel Castro. Malvin Wald, hermano de Jerry, guionista, acababa de estrenar con éxito una (buena) biografía de Al Capone, dirigida por Richard Wilson, mano derecha de Orson Welles en el Mercury Theatre y durante la primera época de Welles en Hollywood, incluyendo Kane, y Ambersons. Ellos venían con el proyecto de hacer la biografía de Castro, pero Alfredo (no sabré nunca si honestamente o como simple táctica dilatoria: dudo mucho que Fidel Castro estuviese interesado en dejar que Hollywood le hiciese una biografía) se negó a que fuese Wilson el director, y le envía a Jerry Wald, a la Fox, una lista de los directores que el ICAIC proponía, al frente de la cual estaba el propio Welles, bofetada sin mano al pobre Richard Wilson. Como protagonista pedía a Marlon Brando para hacer de Fidel, con Gerard Phillipe, que acababa de pasar por la Habana invitado por su amigo Ricardo Vigón, como Raúl. Para llegar a un acuerdo, se citaron en territorio neutro, en Ciudad de México, a donde viajaron Guillermo y Alfredo.”

Por supuesto que el encuentro con los cineastas cubanos también sirvió para hablar de las maneras en que, por aquellas fechas, comenzaba a pensarse el cine en Occidente. Alguien le pregunta qué piensa del neorrealismo italiano, y Philipe concede que “es el tipo de cine que se acerca más a la impresión que da la vida”. Otro comenta la tendencia más bien literaria que por entonces cultivaban cineastas como Bergman, radicalmente contrapuesta al énfasis realista de los italianos de antaño, a lo cual el actor francés apunta que “(n)o creo que se pueda pedir a un talento que está formado para hacer neorrealismo que haga cine literario”. Y habla en términos elogiosos de Truffaut, Chabrol, Vadim, Astruc, Louis Malle, pero sobre todo de Alain Resnais, en quien advierte como su mayor cualidad el hecho de ser “fiel a sí mismo”.

Antes de partir de Cuba, le confesaría a Alfredo Guevara que “…por primera vez desde la Resistencia siento que nuestro arte puede realizarse en plenitud. La Revolución cubana me ha devuelto esa certeza…” Y lo cierto es que una vez en Francia se hizo eco de esa adhesión incondicional. Siguiendo con Guevara,

“(…) Cuando regresó a París se convirtió en infatigable y eficaz propagandista de la Revolución cubana. Muchos intelectuales y especialmente escritores, realizadores cinematográficos y en general gente del cine descubrieron nuestra Revolución de labios de Gerárd. Él y Anne se encargaron de fijar las cosas. “Paris Match” hacía de nuestra gesta una novela romántica. Donde no se describía la clásica opereta latinoamericana de caudillos y generales según la visión más falsa y frívola de nuestra realidad, Fidel resultaba un Robin Hood de las Antillas. Gerárd Philipe reparaba el error, descubría la verdad, ayudaba a entender…”

Philipe estaba realmente entusiasmado con la Revolución Cubana. Ese mismo año había filmado a las órdenes de Luis Buñuel “La Fièvre monte à El Pao” (1960), que a la postre sería la última película de su filmografía. El filme no dejó satisfecho ni siquiera a Buñuel, quien en algún momento lo evocaría del siguiente modo: “A Gérard no le iba bien el papel, no era el hombre para el personaje, y eso se notaba hasta en el hecho de que llevaba la pistola al cinto como un colgajo… (…) Recuerdo muy mal el argumento, seguramente porque quisiera no haber hecho la película”.

Pero a pesar del fiasco de la cinta, aún puede afirmarse que Gerárd Philipe se encontraba en un período de plena madurez. Por eso resultaría tan impactante el desenlace trágico que ese mismo año (25 de noviembre de 1959) conoció el actor. Alguien ha reparado en que fue aquella una época donde la muerte precoz sirvió para encumbrar aún más a algunos hombres que ya tenían garantizado un puesto protagónico en la Historia. James Dean inició esa suerte de tradición de “vivir de prisa, morir joven”, y a su nombre podrían sumarse los de Albert Camus, Marilyn Monroe, John F. Kennedy, “Che” Guevara, entre otros.

El de Gérard Philipe ocupa un lugar privilegiado dentro de ese grupo. Alfredo Guevara alcanzó a mencionar que fue “el primer amigo de nuestra Revolución en París”. Pero esto no impide pensar que también fuera un hombre que, además de sensible con el asunto de la justicia social, estaba al tanto de que todas las revoluciones portan en sí esa doble naturaleza que hacen que la utopía y el desencanto marchen por caminos paralelos, alternando el protagonismo a lo largo del camino.

Por ello se podría especular que el agudo cuestionario preparado por su compañera sentimental Ann Philipe, con el objetivo de incluir las respuestas de Fidel en un libro testimonial sobre la Revolución cubana, con seguridad hubiese sido suscrito por el actor. En ese cuestionario, que a continuación reproducimos, se plantean interrogantes penetrantes donde se pone de manifiesto algunos de las aspiraciones que movilizaban a aquella izquierda europea, pero también los temores que convivían junto a sus expectativas. El cuestionario era el siguiente:

Cuestionario para la entrevista con el Primer Ministro Dr. Fidel Castro

1) En su discurso del mes de marzo de 1962 usted afirma que son las masas las que construyen la historia pero ¿no son los hombres los que las dirigen o influencian? (ejemplos: Alejandro Magno, Napoleón, Stalin, Mao, Lenin…usted mismo). ¿Nos encontramos siempre a un hombre que da un rostro propio a los acontecimientos de su época? Por ejemplo: ¿la revuelta de los esclavos de Haití, que fue un éxito en sí misma… no se convirtió en fracaso, en parte al menos, dado que carecía de lo que hoy llamamos un líder?
2) Estoy entusiasmada por el gusto al estudio que la Revolución ha sabido suscitar en la juventud, y por el desarrollo de la educación. He leído varias veces “la Revolución no te dice cree, te dice lee”. La educación que la juventud recibe y va a recibir, los libros que leerá, los instructores políticos que la influenciarán, ¿permitirán a esa juventud tener un sentido crítico, indispensable, me parece, en un régimen marxista-leninista?
3) La Revolución es una aceleración de la Historia. Esta aceleración, que me parece deseable en el dominio económico y en el desarrollo de la educación, me parece imposible en lo que concierne a la creación artística, ya que el artista debe crear y para eso tiene necesidad de un tiempo (digestión, digerir). En consecuencia, ¿cree Ud. que una revolución socialista puede hacerse dejando libertad a la creación artística?
4) ¿No cree usted que la competencia y la diversidad que esta comporta, tanto en el dominio económico como en el artístico, es un factor de progreso?

Al margen de su activismo político, el nombre de Philipe sigue figurando como símbolo de un momento relevante en la fundación del cine cubano revolucionario. Pero sigue siendo también uno de los grandes mitos del cine de todos los tiempos. Encuentro en el hermoso argumento que Fernández Retamar escribiera, la mejor de las razones para esa trascendencia: “El cine no tiene su Don Juan, pero sí su John Barrymore; no su Margarita, pero sí su Greta Garbo; no su Julien Sorel, pero sí su Gérard Philipe. Los hemos visto morir (o desvanecerse, como la Garbo inolvidable) con incredulidad”.

Juan Antonio García Borrero