Archivos diarios: enero 14, 2010

SOBRE LA DOBLE MORAL DEL CINE

Hay ciertos ensayos que, con apenas leer los títulos, uno se siente compulsado a escribir una continuación. O una “segunda temporada”, como se dice ahora. Tan solo por lo provocador que nos puede resultar el título.

Entre nuestros ensayistas, Julio García-Espinosa es uno de los que más astucia ha invertido en este renglón. Tiene varios textos con títulos antológicos: “Por un cine imperfecto”; “Una imagen recorre el mundo”, entre otros. Ninguno me fascina tanto, sin embargo, como aquel que conocemos por “La doble moral del cine”.

No comentaré ahora el texto (que, como el grueso de lo de García-Espinosa, se encarga de inspirar impresiones encontradas), sino en todo caso me gustaría apuntar algunas ideas que despierta en mí esa manera rígidamente binaria de invocar la contrapuesta moral que se esconde detrás de una producción cinematográfica. Y es que no creo que sea el caso de Julio, quien ha demostrado ser un pensador abierto, pero sí existe entre la mayoría de los consumidores de cine (y no solo en Cuba) esa tendencia a percibir “la moral” de aquello que ven de acuerdo a las expectativas ideológicas, religiosas, o culturales que ya tienen en mente: la moral como algo que inhibe.

Está claro que, después que uno ha leído a Nietzsche, entre otros, desmantelando el mito de los fundamentos de la Moral, es imposible pensar en ese fenómeno con la misma inocencia que antes. Aún cuando sigamos pensando que la Moral es necesaria. Y es que hoy sabemos que la moral es mucho más que un manual natural de “reglas de buenas conductas” que sirven al bienestar general.

Cada comunidad va dejando establecidas las reglas del juego de acuerdo a intereses egoístas que disfrazan de interés colectivo. Y en cada caso la violencia que utilizan para legitimar esas reglas (a veces explícita, a veces sutil, pero siempre violenta) legando infinitas víctimas que resultarán invisibles a ese sordo devenir que llamamos Progreso; de allí la conclusión de Nietzsche cuando nos habla de “la moral como forma de miedo”, o su convicción de que no existen fenómenos morales, sino interpretaciones morales de esos fenómenos.

El cine nació bajo el signo moral de la burguesía como clase dominante. Era el instrumento perfecto para adormecer a esa plebe que en medio de su desesperación cotidiana, aspiraba a mejorar su suerte (mediante la rebelión) o se conformaba con la indigencia como destino. Un poco antes Rimbaud había escrito aquel texto terrible titulado “Democracia”:

“La bandera va por el paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga al tambor. (…) Hasta la vista, aquí, no importa dónde. Reclutas de buena voluntad, nuestra filosofía será feroz; ignorantes para la ciencia, hábiles para el confort; que el resto del mundo reviente. Es la verdadera senda. ¡Adelante, en marcha”.

Que el cine haya sido a lo largo de su corta existencia el pretexto preferido de aquellos que gustan de moralizar en público (sobre todo del gusto de los políticos), tiene un sinfín de causas imposibles de asumir con profundidad en un post. Apenas me interesa llamar la atención sobre el hecho de que hay gente que, sin ser políticos, se escandaliza mucho más con lo que se ve en “Las Hurdes”, de Buñuel, que con la miseria que percibe cuando transita por algunas de las desarrolladas sociedades donde vive con ese confort al que aludía Rimbaud. Por escandaloso que parezca, en esta época un mendigo en la vida real afecta menos el ánimo burgués, que una película donde el dolor ajeno tiene la ventaja de vivirse a distancia. Visto de esa manera, tal vez sea mejor hablar de una “doble moral”, ya no del cine, sino del espectador.

A “la moral burguesa” del cine hollywoodense, con el tiempo se le intentó oponer “la moral socialista”. El cine producido en el campo socialista, a diferencia del de Hollywood y sucedáneos, exaltaba el espíritu colectivista, hacía loas a la solidaridad postergando el examen de lo que implicaba para el individuo de carne y hueso vivir en las nuevas circunstancias.

Cuando en 1959 se crea el ICAIC, los cineastas cubanos tenían claras sus responsabilidades históricas. Nos basta revisar las películas de esa década para detectar cuánto de ímpetu herético había en esa producción. No hablo de los resultados estéticos, sino del impulso aniquilador del viejo sistema de representación. Cada cual desde su particular manera de ver la vida, quería dejar atrás la moral “fílmica” del viejo régimen. Incluso, aún a riesgo de ser llamados ingratos, muy pronto hicieron a un lado el neorrealismo italiano, para crear una escuela propia. De allí la singularidad de su documentalística. O el impacto de películas como “Memorias del subdesarrollo”.

Cincuenta años después, y en medio de un contexto donde la idea del socialismo aún huele a utopía trasnochada (no obstante el desastre actual que vive el sistema capitalista), se tiende a pasar por alto los debates que en su momento se fomentaron entre los propios cineastas, con el fin de lograr, de veras, un cine que no fuera “burgués”. No solo porque lo burgués fuese ideológicamente incorrecto, sino porque desde Marx a Nietzsche (antípodas donde las hay), se ha argumentado que la visión burguesa de la vida lo que ha traído es decadencia en el modo de convivir los seres humanos, y falsedad en nuestro “yo” interior. El espíritu burgués puede alardear de las abundantes “novedades” que su sistema de producción (y dominación) le aporta al comercio, pero eso, si Sócrates reviviera, creo que no le haría cambiar ni una sola letra de aquella opinión que emitiera mientras paseaba por los mercados de su época: “¡Cuántas cosas que no necesito!”.

En Europa, el cine de los sesenta trató de sumarse a ese empeño colectivo que quiso poner en la palestra pública la sinrazón. Pero en Latinoamérica la Revolución cubana contribuyó a que el cine que se practicara por estos predios buscase su propia personalidad (su propia moral). Y surgió “Viña del Mar”, y lo que después se conoció como “nuevo cine latinoamericano”. Para Rocha, por ejemplo, era imposible conseguir un cine descolonizador si se utilizaba la misma lengua del cine que colonizaba; de allí su rechazo radical al neorrealismo y compañía; otros hablaban del espectador como un cobarde o un traidor (la acción era lo único que se concebía; la pasividad de un espectador, imperdonable). Entre los cubanos, Gutiérrez Alea fue uno de los que más lejos llegó en sus análisis, al escribir en 1971:

“Aún el cine que se ha hecho en sociedades en revolución, el cine “socialista”, es la mayoría de las veces un cine falso, torpe, “artístico”. Los raros momentos en que ha apuntado hacia una consciente revolución en el lenguaje, se han visto pronto ahogados en la convención y el oportunismo y el espíritu pequeñoburgués. Después, cuando ha querido ser un cine crítico dentro de la revolución, ha utilizado el mismo lenguaje que utiliza la crítica burguesa, y ha puesto así en evidencia su profunda filiación, o su tendencia reformista en el mejor de los casos, y siempre su ridícula incoherencia, su falta de autenticidad”.

El hecho de que cincuenta años después de fundado el ICAIC, la recepción del audiovisual cubano todavía tropiece con la doble moral del espectador en ciertos niveles (no solo políticos, pues dentro de la población también se localiza un sector mojigato o intransigente con la visión herética de algunos de los cineastas), nos confirma que cinco décadas puede ser una desmesura en términos biográficos, pero nada de nada en cuanto a “Historia”. Y es por eso que no pocas veces me siento más cómodo releyendo a pensadores que en el siglo pasado fueron capaces de atisbar nuestra circunstancia actual, proponiéndonos lecturas críticas que conservan toda su vigencia.

Pondré el ejemplo, sin comentar nada más, de ese ensayo maravilloso escrito por Medardo Vitier en 1944 con el título de “La enseñanza y la cohesión cubana”, y este segmento que cito, porque se me antoja que las inquietudes que comenta, no obstante el tiempo transcurrido, pareciera que son las mismas que hoy nos angustian a muchos:

“(…) Los valores implican creencias que son el soporte de una civilización. El número de los que de veras creen en la realidad del bien, de la justicia, es muy reducido. En consecuencia, se percibe desdibujada la unidad moral del mundo. Asistimos a una desintegración de creencias, y se da el hecho anómalo de que hoy, cuando más ataques sufre el viejo individualismo para dar paso a credos socialistas, de evidente sentido humano, cunde no ya el individualismo sino la anarquía en punto a valores, como si ante la inseguridad de todo, cada sujeto se refugiara en la conducta que mejor lo salva en el momento”.

Juan Antonio García Borrero