ARMANDO PÉREZ PADRÓN SOBRE CINES-MÓVILES EN CUBA

LOS CINES-MÓVILES A CUARENTA Y OCHO AÑOS DE DISTANCIA.
Por Armando Pérez Padrón

Uno de los precursores del cine nacional, José Esteban Casasús, de hecho el primer cubano en rodar una película, El brujo desapareciendo, también tiene el mérito de haber sido el pionero en llevar las imágenes en movimiento, a principios del pasado siglo, a varios pueblos y caseríos de la antigua provincia de Las Villas; para ello compró dos plantas eléctricas, y un cinematógrafo de los producidos por el naciente imperio de los hermanos Pathé; se subió a uno de aquellos primeros automóviles que tanto disfrutamos en la época de oro de la comedia silente, y viajó con su preciada carga, por Cruces, Santo Domingo, Esperanza, Ranchuelo, Camajuaní y su natal Caibarién.

A inicios de la década de los cincuenta, por iniciativa de Raúl Roa, entonces a cargo de la dirección de cultura del Ministerio de Educación, se crea un proyecto denominado Misiones culturales bajo la égida de un joven de apenas veinte años, llamado Julio García-Espinosa. Según el propio relato de quien devendría uno de los principales pilares del cine revolucionario, «[…] aquello consistía en un camión rastra que se movía por los pueblos de todo el país llevando diferentes manifestaciones artísticas, incluyendo el cine […]».(1)

En el año 1960, Héctor García fue designado para fundar y dirigir la Cinemateca de Cuba. Al año siguiente creó la sección de Cine Clubes, con la aspiración de ir mucho más allá de la concepción tradicional que existía desde que el teórico y realizador francés Louis Delluc inventara el primero, allá por los años veinte, con el pomposo nombre de Templo del nuevo arte. La aspiración de estos nuevos apóstoles del séptimo arte, era la de transformar los cánones de apreciación del público en general, y sobre todo de su exclusión clasista, que segregaba a millones de campesinos de todas las edades que no habían visto nunca cine, ni sabían que existía algo así. A partir de estas ideas, por iniciativa del propio Héctor, se crea el primer camión de Cine Móvil, en los últimos meses del mismo año 1961, que empezó a funcionar en la antigua provincia de La Habana. Este vehículo piloto, a pesar de enfrentarse a las dificultades lógicas de un proyecto novedoso y sui géneris; en pocos meses sobrepasó las expectativas de sus creadores, para convertirse en un elemento de extraordinaria demanda: […]se hizo evidente la necesidad de elevar la categoría organizativa del proyecto, por lo que en marzo de 1962, se crea el Departamento de Divulgación Cinematográfica del ICAIC, a la vez que se decide captar cuarenta jóvenes de las antiguas seis provincias para impartirles un curso intensivo que incluía aprender a conducir el camión, operar los equipos de proyección y sus aditamentos, así como una preparación liminar para presentar los materiales y películas en escuelas, comunidades, campamentos y demás lugares a donde arribaran.

Con la incorporación de Matanzas, en el mes de abril, comienza a extenderse el programa al resto del país; al mes siguiente lo harían Pinar del Río y Las Villas; y en junio Oriente y Camagüey. Esta tarea fundacional en territorio agramontino, estuvo a cargo del joven José Manuel Pardo Sánchez, miembro del Departamento de Divulgación Cinematográfica del ICAIC, quien estaría al frente de la actividad en el país desde 1963 hasta su fallecimiento en 2001. A la memoria de Pardo Sánchez, devenido uno de los más queridos y admirados trabajadores del cine móvil a lo largo de todo el territorio, quiero dedicar estas líneas.

Para tener una idea más cercana a las dimensiones del alcance de esta noble intención; es imprescindible recordar que en el año 1962, la población cubana era de poco más de seis millones y medio de habitantes, con un por ciento mayoritario en zonas rurales de los cuales más del 90% nunca habían visto una película. Razón suprema para que el proyecto de los cines móviles, no solo constituyera esa extraordinaria hazaña de llevar el cine hasta el ultimo rincón de la nación; sino que devino indiscutiblemente en la segunda revolución cultural llevada a cabo en menos de dos años; alzándose como la fiel continuadora, de la recién concluida campaña de alfabetización.
El hecho de enfrentarse a grandes masas, prácticamente sin ningún referente de anteriores códigos de asimilación de las imágenes en movimiento, posibilitó que obras de todas las latitudes se llevaran hasta los lugares más intrincados, y fueran bien acogidas, junto a los noticieros y documentales dirigidos a promover las doctrinas del nuevo proceso; así nos podemos encontrar, títulos como El ciudadano Kane, La quimera del oro, Cantando bajo la lluvia, En compañía de Max Linder, El gran dictador, junto a los documentales Despegue a las 18.00, Now, L.B.J, Hasta la victoria siempre, Productividad, Inseminación artificial; unidos a buena parte de las principales propuestas de los movimientos renovadores que marcaron el devenir del cine universal a finales de los cincuenta y principios de los sesenta; tal parece un cuento de hadas encontrarse con una programación en lo más intrincado de la campiña criolla, que incluía El limpiabotas, Alemania año cero, Humberto D, La muerte de un ciclista, El samurai, Lejos de Vietnam, Todo comienza el sábado, El arpa de Birmania, Rashomon, Trono de sangre, Iván el terrible I y II, o El fascismo corriente, entre otras.

A ello se agrega el protagonismo de Cuba, en un renovado cine regional, libre de los tradicionales melodramas, salpicados de rancheras, corridos, tangos, sones y comparsas, que signaron el populismo del cinematógrafo de los años cuarenta y cincuenta, para dar paso a obras más cercanas a las realidades de nuestra América; tributando al repertorio de los Cine-Móviles con títulos como Los olvidados, Vidas secas, Tierra en trance, Tire dié, Ganga Zumba, Historias de la Revolución, El joven rebelde, Lucía, Manuela, De la guerra americana, Las aventuras de Juan Quin Quin, entre muchas otras.

De manera que estos Quijotes de las imágenes en movimiento, montados en sus Rocinantes del siglo XX, llevaban una ambiciosa programación, que incluía al menos tres proyecciones diarias en lugares diferentes, en un recorrido, que por el día abarcaba, fundamentalmente, las escuelas rurales, donde se hacía un alto en la rutina docente para dar paso a la mayor de las algarabías de la grey. En poco menos de 45 minutos, el pizarrón dejaba los números y las letras, para convertirse en un espacio mágico, donde desfilaban las imágenes, que hacían desbordar los sueños de aquellos pequeños, que de buena gana hubiesen traspasado la pared para averiguar, dónde se escondían las personas y cosas que veían ante sus ojos.

Los frutos no se hicieron esperar. Al finalizar 1962, los primeros treinta y dos Cine-Móviles habían realizado más de cuatro mil proyecciones, con una participación de un millón 239 528 espectadores, cifra que continuó creciendo, y ya para 1968 ascendía a 74 220 funciones y siete millones 582 494 espectadores.

Pasaron los años y la electrificación fue alcanzando buena parte de la campiña cubana, los diferentes programas sociales llevados a cabo por la Revolución estimulan un éxodo paulatino de campesinos hacia pueblos y ciudades; durante la década del ochenta los televisores invaden la mayoría de los hogares cubanos, los adelantos tecnológicos fueron perfeccionando los reproductores electromagnéticos de imagen y sonido, y el video comienza a señorear como el soporte por excelencia para multiplicar las obras audiovisuales; cada uno de estos pasos era como una herida de muerte para los vetustos equipos de 16 mm. En 1988 se reciben las últimas copias de películas en este formato, y para 1991, debido a las restricciones del Período Especial, se ve afectado el combustible para los cines móviles.

Los filmes de 16 mm, pasarán a engrosar los fondos del museo del cine, en el caso de los más románticos, –en nuestra provincia aún conservamos una bóveda con más de mil títulos–, otros irán a parar a un destino más trágico; pero lo que sí quedará para siempre será la impronta de los miles de hombres y mujeres que durante más de treinta años lo dieron todo para llevar las imágenes en movimiento hasta la retina del último cubano; el recuerdo de la cándida mirada de aquellos infantes que, Por primera vez, vieron el cine en algún lugar de la Sierra Maestra, y que la cámara y el ingenio de Octavio Cortázar legó como uno de los testimonios históricos más representativos de la segunda revolución cultural del proceso revolucionario.

NOTA:
(1) Víctor Fowler Calzada, Conversaciones con un cineasta incómodo, La Habana, Ediciones ICAIC, 2004. p. 25.

Publicado el noviembre 1, 2009 en REFLEXIONES. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. como puedo conseguir un filme en formato 16mm para poder probar un viejo proyector antiguo q reparė ??

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